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Felipe Guhl, el maestro de los biólogos colombianos

Científico de pura cepa, este hombre les ha enseñado a varias generaciones de colombianos a descubrir la riqueza del país.

Foto: David Rugeles

Científico de pura cepa, este hombre les ha enseñado a varias generaciones de colombianos a descubrir la riqueza del país.

Hace más de cuarenta años el biólogo Felipe Guhl escogió la isla de Gorgona para empezar una exploración de los sitios poco conocidos del país. Tenía que esperar días en Buenaventura a que un barco hiciera el recorrido hasta la isla y al llegar se encontraba, en medio de un paraíso de biodiversidad, con una prisión en la que más de mil reclusos vivían en condiciones deplorables. Cuando exploraba la fauna marina debía medir cuidadosamente el oxígeno en cada inmersión porque no tenía compresores para sus tanques y las boyas para marcar la profundidad del arrecife eran bombas de cumpleaños. Durante ocho años fue y vino con la convicción de que había que liberar a ese paraíso natural de su encierro. Finalmente sus esfuerzos llevaron al cierre de la prisión de Gorgona y a la conversión de la isla en un parque nacional natural. Por primera vez su trabajo como científico había transformado la vida de miles de personas, no sería la última.

Para Felipe Guhl, la ciencia no tiene sentido cuando no hay contacto con la realidad de un país. Ha dedicado su vida al estudio de la enfermedad de Chagas, una enfermedad olvidada que afecta a los sectores más pobres de la sociedad, y por sus investigaciones el año pasado fue nombrado como fellow de TWAS (The Academy of Sciences for the Developing World), un reconocimiento que solo se les otorga a aquellos científicos que han creado contribuciones significativas para el avance de la ciencia en el mundo en desarrollo.
Lleva la pasión por la naturaleza y la ciencia en la sangre. A su padre Ernest Guhl, nacido en Alemania y radicado en Colombia desde 1937, se le considera un maestro de maestros y es el padre de los estudios geográficos modernos del país. “Viajábamos mucho”, dice Felipe, “mi papá me llevaba a las salidas de campo que hacía y prácticamente recorrió el país de arriba abajo en carretera, a pie… Y en la medida en que yo veía en esa óptica el país, me iba convenciendo de la maravilla y la riqueza de su biodiversidad”.
De su padre heredó también el talento para la docencia. Desde los setenta es profesor en la carrera de biología de la Universidad de los Andes y desde allí ha estimulado en sus estudiantes una pasión por salir del laboratorio. “La salida de campo es clave”, dice, “porque se enfrenta uno a la realidad.Los estudiantes después de mirar los ranchos, la pobreza de la gente, el problema de las enfermedades, tienen una visión completamente distinta y se comprometen con lo que estamos haciendo”.

Camila González, quien fue su discípula y es hoy en día su colega en el Centro de Investigaciones que él dirige, es fiel seguidora de esa máxima. “Cuando uno lleva mucho tiempo sin hacer salidas de campo la cosa empieza a ponerse grave. Uno pierde la dimensión de lo que está sucediendo. Es una recarga de energía impresionante porque allá todo se encuentra en contexto. Las cosas que uno investiga le están pasando al lado. Por ejemplo, uno no quiere dormir en el cuarto donde están los bichos de Chagas”.
Para Camila, ir de la mano de su profesor fue indispensable para mantener la pasión. “Felipe me hizo saber que estaba en el lugar correcto. Cuando no tenía la suerte de tener profesores tan inspiradores, volvía al salón de Biología General y golpeaba de nuevo a su puerta y él me impulsaba a seguir adelante”. 
Para Felipe Guhl la investigación científica solo tiene sentido si es útil. Por eso, le disgusta la falta de voluntad política para utilizar la información de los investigadores: “Hace treinta años”, dice, “la inquietud de los científicos biólogos era dar a conocer lo que teníamos, que no se conocía. No sabíamos nada de la diversidad en el país. Treinta años después lo que realmente nos preocupa es que ese conocimiento tenga alguna utilidad y llegue hasta donde se hacen las políticas. Pero ahí encontramos, en la gran mayoría de los casos, oídos muy sordos”. En su opinión, muchas de las decisiones políticas se toman basadas en la ignorancia y al público también le falta educación para entender y cuidar la riqueza que lo rodea.
“Hay una frase que siempre me llamó la atención del libro El río, de Wade Davis. Él escribió que cuando se montó en un tren en Colombia por primera vez, vio un letrero que decía ‘Sea decente, por favor bote la basura por la ventana’. No creo que hayamos cambiado mucho. No es sino mirar a Bogotá y lo que tenemos en términos de basura y de polución”.
“Estamos viviendo en un basurero”, anota Camila.
“Bueno, no podemos decir eso”, dice Felipe, “pero las condiciones sí son tenaces, ¿por qué aquí todavía no se puede reciclar la basura? Es insólito, siendo una cosa tan sencilla. Es un asunto de educación. No hay educación ambiental”.

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Por eso, para Felipe Guhl hay que seguir enseñando y seguir transformando. Sueña con una reestructuración completa del sistema de ciencia y tecnología del país, una despolitización de Colciencias que, según cuenta, está pasando por su peor momento. Sueña con ver en los canales de televisión programas que enseñen sobre los parques naturales en lugar de novelas que no aportan nada. Parece ingenuo e idealista, pero es el mismo idealista que soñó con transformar una prisión en un parque natural y lo logró.

Y los sueños que él no cumpla, muy seguramente los cumplirán sus discípulos. Los que ha educado generación tras generación, con afecto, sencillez, en medio del trabajo de campo y, ante todo, con su ejemplo. Será siempre ese maestro que, en palabras de Camila González, “le pone a uno atención, lo inspira, lo guía, y lo apoya. Y eso es algo que se queda para toda la vida”.

 

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* Periodista independiente y comentarista musical.

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Agosto
22 / 2013

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