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El duelo de los ingleses por Su Majestad Isabel II

Desde londres traemos esta crónica sobre el luto que guardan los ingleses por su reina Isabel II.

Foto: instagram.com/theroyalfamily/

Desde londres traemos esta crónica sobre el luto que guardan los ingleses por su reina Isabel II.

Un puño y un escupitajo: no hay muerte que no sea un golpe imprevisto, una afrenta irremediable y un tijeretazo de hierro en los hilos con los que hemos ido tejiendo las costumbres y las certezas de la existencia. El duelo de los ingleses por la muerte de una reina y especialmente la de una tan longeva como Isabel II no podría ser menos.

La noticia conmovió primero al Reino Unido y luego al mundo entero. Los asuntos que hasta ese momento eran de indiscutible relevancia pasaron inmediatamente a un segundo plano. Lizz Truss, la novísima primera ministra asediada por una crisis inflacionaria sin precedentes recientes, se enfrentaba a un bautismo de fuego en el Parlamento.

La aparición de una serie de papelitos que alertaban a los parlamentarios sobre el estado de su majestad fueron más que suficiente para relegar a la política y a la economía a la insignificancia transitoria. Pronto la BBC interrumpía su programación habitual y Huw Edwards, uno de los presentadores estrella de la cadena daba la funesta noticia vestido de negro.

El duelo en los medios de comunicación

Los medios, por supuesto, habían ensayado con antelación cómo harían el anuncio y tenían también preparadas infinidad de semblanzas que en cuestión de minutos se apoderaron de redes y televisiones.

Una creciente multitud se fue agolpando frente a Buckingham y —como si la naturaleza quisiera reivindicar el vínculo entre la Corona, Dios y el territorio— un arcoíris doble apareció sobre el palacio.

Las campanas tampoco se hicieron esperar y entre repiqueteos sombríos se cernió sobre los británicos la pesadumbre de haber perdido a un monarca que, para muchos, había sido el único que habían conocido y con cuya imagen o nombre habían convivido desde siempre en estampillas, monedas, billetes y documentos. Hace apenas tres meses celebraban sus 70 años en el trono, una cifra inédita en la historia británica.

Operación Unicornio

La reina moría a los 96 años de edad y aunque su longevidad parecía desafiar con impertérrita tozudez a la muerte, ni la casa real ni el gobierno podían darse el lujo de dejar al azar y a la espontaneidad la logística del duelo y los funerales.

Dos planes minuciosos habían sido elaborados previamente: la operación Puente de Londres y la operación Unicornio. La segunda era un complemento de la primera y solo se volvía efectiva en caso de que la reina muriera en Escocia, como en efecto ocurrió.

El cuerpo de Isabel II pasó pronto, por lo tanto, a la jurisdicción algo neurótica y tiránica de la logística. El 11 de septiembre el cuerpo viajaba de Balmoral, el palacio de verano donde pereciera la reina, a Edimburgo.

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Luto en Escocia

Allí permaneció en la céntrica catedral de San Gil para que los escoceses pudieran rendirle tributo. Las enormes filas en que las multitudes esperaban pacientemente su fugaz momento frente al féretro eran una premonición de las que pronto se formarían también en Londres para hacer el duelo.

El martes 13 el cuerpo dejaba Escocia y el miércoles 14, siguiendo la tradición, una solemne procesión llevaba el ataúd del palacio de Buckingham al Salón de Westminster, el recinto más antiguo del palacio donde sesionan ambas cámaras del Parlamento.

Allí, encumbrado sobre un catafalco y arropado por el estandarte real, ha consentido día y noche la sucesión ininterrumpida de los súbditos diligentes y contristados que no tienen problema en sacrificar más de doce horas a la intemperie para ofrecerle una última reverencia.

El adiós final a la reina Isabel II

Hoy, lunes 19 de septiembre, declarado día festivo en el Reino Unido, el cuerpo de la reina dejará el palacio del Parlamento; asistirá a un fastuoso funeral de estado (muchas de cuyas particularidades, incluido el pintoresco armón de artillería, datan del funeral de la reina Victoria) que paralizará Londres y el mundo; viajará luego al palacio de Windsor, una de sus residencias predilectas a 30 km del centro de la capital inglesa, y allí será finalmente enterrada en una capilla especial junto a su padre, su madre, su hermana y su recientemente fenecido marido, cuyo cuerpo será trasladado desde otra bóveda para descansar eternamente con ella.

La muerte de la reina —no podría ser de otra manera— ha monopolizado los medios británicos y gran parte de los internacionales. La cobertura varía, por supuesto, dependiendo del enfoque del medio en cuestión.

Algunos periódicos tradicionales se preguntan cuál será ahora el futuro de la monarquía; los tabloides especulan con frecuencia sobre las rencillas que probablemente hayan surgido entre Harry y Meghan y William y Kate; la mayoría, no obstante, se centra en la vasta demostración de afecto que recibe ininterrumpidamente la reina. Este afecto lo encarnan a veces los discursos de los líderes políticos.

El luto de las grandes personalidades del mundo

Fue memorable el de Theresa May, antigua primera ministra, donde contaba una anécdota con la reina protagonizada por un pedazo de queso; no fue menos notorio el de Emmanuel Macron, quien extraordinaria y conmovedoramente se despedía en inglés del líder de Estado del vecino país.

Sin embargo, la mejor personificación del cariño por la reina son los millares de británicos que esperan incansablemente para hacer una última reverencia frente a su ataúd. El mundo casi se detiene ante la noticia de que David Beckham mismo (monarca, quizás, de su propio imperio de fama intercontinental) aguardaba como cualquier otro su turno para hacer el duelo.

Las marcas, como siempre, no quisieron perderle el paso al estado de ánimo de la nación y no hay vitrina o página web (desde Apple hasta el café de la esquina) que no exprese sus condolencias con el desinterés acostumbrado en discretos o notorios anuncios negros.

También en el transporte público abundan las esquelas. Tal ha sido la fijación mediática que incluso hubo una cadena de noticias que confundió una protesta por la muerte de un joven a manos de la policía con una manifestación de afecto en honor de la finada monarca. 

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La magnitud de los tributos, el duelo y la atención ha sido sin duda apoteósica, pero no podemos olvidar que la muerte de un monarca es en esencia diferente al del resto de los mortales. La diferencia no es solo cuantitativa sino también cualitativa. 

La llegada de un nuevo rey

En primer lugar, la pérdida de un rey implica necesaria e inmediatamente la proclamación de uno nuevo. Dolerse por la muerte de Isabel II conlleva, para quien cree en la monarquía, la necesidad paralela de regocijarse por el advenimiento de Carlos III.

Ante la muerte de un ser querido, en cambio, no nos enfrentamos a la necesidad inmediata de remplazarlo: ¡curioso nos parecería aquel que tras morir la madre proclame su reemplazo inmediato! En segundo lugar, el luto suele ser, en su manifestación más pura, recatado e íntimo.

Sufren quienes conocieron al difunto, quienes a través de la compañía y las experiencias compartidas formaron complicidades, afectos y rutinas. Los verdaderos dolientes, en consecuencia, son por lo general pocos.

En el caso de la reina, en cambio, naciones enteras se conmueven y contristan por su partida y por más que sus súbditos se hayan acostumbrado a su ubicua presencia simbólica, la enormísima mayoría de ellos no conoció más que su imagen pública, sibilina y críptica por excelencia.

Un dolor que no es fácil de superar

¡Qué enigmática la devoción, el duelo y el dolor de naciones enteras por la muerte de alguien a quien nunca conocieron íntimamente! Quizás aquí resida la clave para entender el misterio que no dejan de ser las naciones: conjuntos de hombres desconocidos que en determinadas circunstancias se sienten transitoriamente impelidos por los mismos sentimientos.

Quizás la definición misma de la nación sea esa: dolerse o alegrarse por los sucesos o fracasos de aquellos o aquello que quizás solo hayamos imaginado, pero a lo que nos hemos acostumbrado. Quién sabe. Lo único cierto es que hoy el mundo entero seguirá su funeral.

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Septiembre
19 / 2022

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