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"Hoy ya no es cliché hablar de las guerras por el agua"

En el Día Internacional del Agua, el biólogo marino y geógrafo entusiasta, Juan Camilo Jaramillo, nos explica por qué el control sobre este recurso hídrico será un caldo de cultivo para las siguientes guerras del futuro.

Foto: Samuel Castaño/ @samcastano

En el Día Internacional del Agua, el biólogo marino y geógrafo entusiasta, Juan Camilo Jaramillo, nos explica por qué el control sobre este recurso hídrico será un caldo de cultivo para las siguientes guerras del futuro.

La FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) estima que en 2030 –¡en solo pocos años!– uno de cada cinco países en vías de desarrollo tendrá graves problemas de escasez de agua.

Esto significa que a las crisis hídricas actuales como frecuentes sequías, inundaciones, deslizamientos o la erosión, se sumarán nuevas presiones que seguramente tendrán el componente hídrico, porque el agua permea todas las crisis. Escoja cualquiera: la salud de las personas, su seguridad alimentaria; la contaminación de lagos, ríos, acuíferos y océanos; la crisis de la agricultura, las pesquerías, y el uso de los suelos; los deshielos, el aumento del nivel del mar, la deforestación, la extracción de recursos naturales no renovables; incluso el cambio climático.

 

¡Pero atención! La crisis del agua no es solo la escasez de ella en algunos lugares de la Tierra. No es que haya menos agua en el planeta. No se está escapando a ningún lado. Lo que pasa es que su distribución se ha desequilibrado de manera significativa, y el ciclo del agua se mueve ahora considerablemente más rápido que en la era preindustrial, hace tan solo 160 años.

Eso, por supuesto, lo complica todo. En unos lugares muy poca agua, en otros demasiada, y en ningún caso es positivo para nadie. La erosión aumenta, los períodos secos se prolongan al igual que los húmedos, llueve cuando y donde no debería, y donde antes llovía ahora los árboles se mueren de sed, como pasó durante las dos últimas grandes sequías del Amazonas, en 2005 y 2010.

 

Las inundaciones también son ya más comunes, y es lógico. Hay más agua que se puede condensar y volver a evaporar. Muchos aseguran que lo serán por cientos de años más, ya que con más agua disponible y circulando más rápido, todos los indicadores climáticos se pueden alterar hasta el punto de que los científicos han llamado de “no retorno” hacia un clima desenfrenado.

No es tan difícil entender que la energía extra que el sistema planetario acumula por cuenta del aumento del CO2 –emitido por los humanos desde la Revolución Industrial como resultado de la quema de combustibles fósiles y la expansión de la frontera agrícola principalmente– ha aumentado la temperatura promedio de la superficie de la Tierra, casi en un grado centígrado. Eso ya ha sido suficiente para acelerar cerca del 4 % el ciclo de agua.

Tal vez usted no lo haya notado, pero está pasando, y muy rápido. Una vez se entiende lo que sucede, es todavía más sencillo intuir para dónde van las cosas. Al seguir aumentando la temperatura global de la superficie terrestre, se incrementará la tasa de evaporación en los océanos. Eso por supuesto incrementará la cantidad de agua total disponible para el sistema climático y como consecuencia los eventos extremos serán cada vez más comunes. Es como esparcir gasolina sobre una fogata.

 

El verdadero problema

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En medio de la crisis del desbalance hídrico del planeta está el problema más grave de todos: la distribución del agua entre las capas sociales. La reciente y aterradora tendencia hacia la privatización de los acueductos en todo el mundo ha puesto a la humanidad frente a una convergencia de crisis de la cual será difícil salir intactos con el mismo estilo de vida. La actitud humana hacia el agua siempre fue de absoluto respeto y admiración.

Antes del advenimiento del desarrollo industrial, un ciudadano no podría comprender por qué hoy pagamos precios exorbitantes por diminutas cantidades de ella, envasada en pequeñas botellas que luego desechamos.

Sería impensable para nosotros hoy que nos advirtieran que en un futuro, incluso no muy lejano, 100 años, la situación del planeta llegará al punto en el que la gente tendrá que pagar por otro fluido indispensable para vivir: el aire. Sin embargo, con el agua lo aceptamos. Ya nos dejamos convencer de que sí es privatizable y que se puede adueñar de ella un particular o una compañía.

Entonces ya no es cliché hablar de las “guerras del agua” en el futuro. El agua siempre ha sido motivo de conflictos humanos y su actual reacomodación debido al cambio climático, solo va a exacerbarlos. Lo que más causa incertidumbre ahora es proyectar dónde serán esas guerras. ¿Donde llueva más?, ¿donde deje de llover?

 

En Colombia nos acostumbramos a oír que somos un país muy rico hídricamente. Con ello percibimos que no vamos a tener problemas de agua. Lo que generalmente omiten los que anuncian eso es que, además de poseer esa riqueza, somos increíblemente vulnerables y frágiles a cualquier cambio en los patrones climáticos, que son los que la distribuyen y que seguramente no tienen preferencias por países específicos. Eso puede cambiar el panorama muy rápido, tal vez en una o dos décadas, quizá menos.

En cuanto empiece a cambiar dramáticamente, en todo el mundo las grandes compañías privatizadoras de agua como Suez, Thames y Nestlé, estarán preparadas para controlar todo el negocio y, consecuentemente, a la humanidad entera. Lo mismo que terminó pasando con el petróleo pero peor, porque el petróleo no se necesita para beber o para regar los cultivos de alimentos. Sin petróleo podemos vivir, sin agua no.

 

Lo más desconcertante y que desdice obscenamente de nuestra inteligencia colectiva y que pone en serio peligro el futuro de la especie, es saber que eso ya lo habían planeado los economistas y banqueros hace más de un siglo, y que de todos modos se lo dejamos hacer.

Ahora bien, si del pasado puede inferirse el futuro, como dicta la experiencia, todo parece indicar que seguiremos los pasos de sociedades antiguas que colapsaron en búsqueda de su clímax y desarrollo. Al igual que ellas –mayas, isla de Pascua, e incontables otros ejemplos históricos–, mientras tengamos uno o varios amigos imaginarios en el cielo, nunca nos vamos a ocupar de los asuntos de la Tierra como debe ser.

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Hace rato que renuncié a sacar conclusiones incómodas para la gente, incluso después de presentarles los datos más sólidos a los que se puede tener acceso actualmente. Ahora es fácil informarse bien. Sin embargo, rompiendo esa regla y a modo de conclusión, podría citar a un profesor que recientemente en una clase de filosofía aseguraba que “es mejor conocer la dolorosa verdad, que ignorarla por completo”, refiriéndose al autoconocimiento personal. En este caso son varias las verdades dolorosas que tarde o temprano a todos nos tocará enfrentar con tanta agua, o tan poquita.

¿Dónde está el agua?

 

En el universo el agua es muy abundante, pero en la Tierra solo representa, como mucho, diez por ciento del volumen total del planeta. La mayoría llegó del espacio, en cometas y asteroides, presumen los científicos, y lo más seguro es que así sea debido a su abundancia allá afuera.

Esa cantidad ha sido estable hace tres mil millones de años y actualmente está distribuida en una muy delgada capa de máximo 11 km de profundidad que cubre el 70 % de la superficie terrestre –las cuencas oceánicas–, fluyendo en las capas superficiales de la tierra emergida, o flotando en la atmósfera. De toda esa agua, 97,5 % es salada. El resto es agua dulce y la mayor parte se encuentra atrapada, al menos temporalmente, en los casquetes polares.

 

Luego de disminuir el porcentaje de agua que se encuentra en acuíferos, en ríos y lagos, en la humedad de la tierra o en la atmósfera; de restar la que se emplea para los procesos agrícolas e industriales, o la usada para generar energía hidroeléctrica, y de sustraer la que constituye los seres vivos, resulta que de esa poca agua que existe en el planeta, solo el 0,007 % queda disponible para el consumo humano.

 

Esto incluye desde agua para beber, cocinar o bañarse, hasta la utilizada para lavar carros, limpiar ventanas, cepillar dientes y escurrir letrinas o sanitarios de más de 7.200 millones de personas que habitan este atribulado planeta Tierra.

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Marzo
22 / 2019

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