Reguetón experimental colombiano en el festival de Glastonbury

Mauricio Álvarez, de Cero39, dice que este ritmo puede ir mucho más allá del perreo. Diners conversó con la banda ad portas de su presentación en el mítico festival de Glastonbury, en Inglaterra.

Este año, Canalón de Timbiquí, Masilva, Colectro y Cero39 serán los representantes colombianos en Glastonbury, uno de los festivales más antiguos y el más grande de música al aire libre del mundo, que se celebra en Somerset, Inglaterra, y para su versión 2017 atraerá a más de 170 mil personas.

En el evento, las músicas del mundo y las propuestas de vanguardia son una de las principales atracciones y los últimos años han pasado por allí varios colombianos como Ondatrópica, Bomba Estéreo, Chocquibtown, Systema Solar y Profetas, agrupaciones que rescataron las tradiciones colombianas para crear sus propuestas sonoras.

2017 no es la diferencia y los invitados nacionales se caracterizan por sus sonidos tropicales, siempre apetecidos en Europa. Una piña con gafas Ray Ban y tenis al ritmo de cumbia será la imagen de Cero39 en el festival, un dúo electrónico que abarca las distintas relaciones entre los géneros en América Latina y busca transportar a la gente con diferentes ambientes de baile. Hablamos con Mauricio Álvarez sobre electrónica y reguetón.


Que varias agrupaciones colombianas hayan pasado por los escenarios de Glastonbury no significa que sea fácil llegar hasta allá. ¿Cuál es su historia con el festival?

Tuvimos la oportunidad de participar en el BoMM (Bogotá Music Market), apoyados por British Council en su más reciente versión, el cual visitó un curador de una de las áreas de Glastonbury llamada The Common. Nos vio en el showcase y le gustó el proyecto.

Una cosa es llevar gaitas a Glastonbury y otra electrónica colombiana. ¿Qué hace que Cero39 esté al nivel de propuestas electrónicas de vanguardia como las que provienen de Europa?

El proceso como Cero39 más que una representación colombiana en sí, es latinoamericana, desde Tijuana hasta la Patagonia. Siempre investigo, viajo, comparto con vallenateros y percusionistas, pero la manera como me relaciono no es desde una fusión, sino a través de la técnica de electrónica de desarrollar lenguajes latinoamericanos. Es muy distinto. Un europeo que está acostumbrado a desarrollar un sonido, como decir en Berlín el techno o el dubstep en Inglaterra, ve que el producto de Cero39 va más allá de ser un grupo de fusión de Colombia, para convertirse en uno de electrónica latina.

Y si le quitamos lo latino ¿Qué hace que la electrónica sea de calidad?

Yo toco guitarra, piano y he estudiado música, pero donde pude explotar todas mis posibilidades fue a través del software. Como el mundo cambió radicalmente los modelos, entiendo la posición de la gente que dice “pero eso es una maquinita, no es un tambor”. Entiendo que no le vean vida, pero la vida está en la creatividad y en la capacidad que tú tienes para modular ondas. La música electrónica es el trabajo sobre las ondas. Son cuatro formas de ondas y esas cuatro formas de ondas tú las transformas en todo. Un sonido de un platillo, un golpe, un bajo, etc. Cero39 tiene una particularidad y es que nosotros desarrollamos nuestros propios sonidos, no los compramos en bancos de sonidos.

Como cualquier composición musical…

Es como un trabajo de cocina. Yo hago una salsa acá, luego un pan y a ese pan le pongo unas cositas que lo hacen especial, unto la crema en el pan y resultó. Queda sabroso. Es la esencia y la alegría latinoamericana, que se ve representada en el baile, en las sonrisas, en que la gente se sienta feliz. Mucha gente no entiende el valor real de la música electrónica porque creen que eso es simplemente un tipo que se monta y se pone unos audífonos. Pero atrás de eso hay un proceso muy grande y, sobre todo, de ingeniería, de ondas, de física. Eso es lo que hacen los músicos electrónicos, estudiar eso para lograr un sonido propio.

Aunque la propuesta de Cero39 principalmente es instrumental, si tuviera que ponerle letra a las canciones, ¿De qué hablarían?

De ‘Mis tierras calientes’ (nombre de su más reciente EP). Una relación de amor desde la montaña hacia el resto de Colombia. Es un imaginario absolutamente bogotano, no del Caribe. Ellos no dicen voy a tierra caliente, ellos viven ahí. Amo que existan esas tierras y me siento parte de ellas también.

Como los músicos de todas esas agrupaciones que han pasado por Glastonbury, usted ha viajado por el país en una investigación musical. ¿Recuerda algún momento de revelación?

De las anécdotas más lindas, cuando estaba en un pueblo de la rivera del Magdalena y le pregunté a un percusionista de allí qué era la cumbia. “Es comer pescado en el río y yuca”, me dijo. Ahí entendí que la música es cómo te relacionas tú con tu entorno. Es un legado que quién sabe cómo se inició o cómo va a terminar, pero hace parte de ti. Tú lo usas como quieres.

Y para usted, ¿Qué es la cumbia?

Es el inicio y el latir del corazón que tenemos en Colombia innato. Un ritmo básico que, a la vez, es un beat. Si uno escucha el tambor llamador es como el corazón y prácticamente la esencia de todas las músicas que se hacen en el Caribe, parte de nosotros. Cuando era pequeño sonaban Lucho Bermúdez, Pacho Galán, las músicas decembrinas y en todas las fiestas de 15 años bailaba no solo cumbia sino merengue y porros, y que eso se haya mutado a toda Latinoamérica y que cada país la haya transformado es hermoso.

¿Y en qué concepto tiene al reguetón?

Para este proceso nuevo, cuando fui a República Dominicana a dictar una conferencia sobre músicas tradicionales y música electrónica y la relación del primitivismo de ambas, observé que el reguetón estaba en formación. Se puede usar como fuerza rítmica para construir otro tipo de relaciones y no solo ‘venga y perrée mami’, sino que se puede llegar a convertir en otras sonoridades y se puede experimentar desde la electrónica, siendo que el reguetón ya es una música electrónica. Eso me parece muy interesante.

¿Y ya experimentó?

Ahorita estamos dándole un enfoque muy reguetonero, pero a lo Cero39. La pregunta es cómo conectar todo ese trasfondo que tiene de relaciones con ritmos afrovenezolanos, afroperuanos, colombianos, indígenas, mexicanos, guaracheros y todas esas influencias que hacen parte de todo el lenguaje que está en escena. Nosotros hicimos una colaboración con una artista de República Dominicana que se llama Mula, vino a tocar al Festival Centro e hicimos un videoclip del tema La Cura.

En la presentación de Glastonbury ¿Cómo va a ser la puesta en escena?

Con máquinas vamos desarrollando la narrativa del espectáculo, cuándo debe subir y cuándo bajar. Darío (Sendoya) se encarga de las programaciones y yo voy tocando como un vacile, como una verbena. Estaremos en The Common, que es un área de vida nocturna y haremos varias presentaciones. (Vea aquí el line-up del festival)

¿Cómo son las visuales?

Trabajamos con el video artista dominicano Waldo Lara. Nosotros hablamos de ‘reguetonizar’ la arqueología. Por ejemplo, disfrazamos un chico de Anubis, el Dios de la muerte del antiguo Egipto y aparece bailando reguetón con Chichen Itzá, para hacer chistes con todo ese pasado. Si JBalvin representa es el reguetón actual, nosotros vamos a ‘reguetonizar’ las culturas antiguas.

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