Yaa Gyasi: “el lenguaje tiene el poder de concientizar”

Volver a casa, la novela debut de la estadounidense de origen ghanés Yaa Gyasi, empezó a dar de qué hablar antes de su publicación: la escritora, de tan solo 26 años, recibió de su editorial, Penguin Random House, un anticipo de más de un millón de dólares.

El gigante editorial no se equivocó con su apuesta. En 2016, cuando salió al mercado anglosajón, recibió, entre otros, el Premio al Mejor Debut en los National Book Critics Circle Awards, y el PEN/Hemingway Award.

La novela cuenta a través de La historia de dos hermanas de la costa suroccidental de África que nunca se conocen se cuenta a través de su descendencia, desde el siglo XVIII hasta el presente.

Organizada en capítulos que alternan la narración de los dos linajes, la novela logra explorar desde un lugar de empatía y curiosidad, temas como la esclavitud, la colonización y las responsabilidades individuales en los eventos históricos. Gyasi, una de las invitadas más aclamadas en el Hay Festival, conversó con Diners sobre su experiencia y su proceso creativo.

A usted y a su obra la describen con frecuencia como ambiciosa, ¿se identifica con esa palabra?

En mi trabajo sí, definitivamente. Yo estaba tratando de hacer algo que en el fondo no entendía. Empecé el libro después de una visita al Castillo de la Costa del Cabo (lugar de comercio transatlántico de esclavos en Ghana). Ese día escribí en mi diario, “tengo miedo a la magnitud de la investigación”. La escala es ambiciosa, pero también quería que en ciertos momentos, el libro se sintiera íntimo y callado. La organización de la estructura me dio esa posibilidad, permitió que la ambición de las intenciones no opacara la escritura.

La novela histórica tiende a perpetuar estereotipos para ampliar el contexto, en su libro hay un balance de personajes y escenarios históricos ¿cómo lo logró?

Fue difícil. Uno tiene que descifrar qué tanta información darle a los lectores en cada momento. ¿Debo asumir que el lector sabe lo mismo que yo o que hay que enseñarle un poco? Al escribir sobre el fragmento que relaciona la historia de Ghana con la de Estados Unidos, tenía claro que la audiencia estadounidense no conocía mucho. Pero quería que cada lector se encontrara conmigo donde yo estaba y para eso, decidí que lo más importante era darle prioridad a los personajes, a su vida emocional, a sus historias, a lo que les importa. La historia era el telón de fondo, no el centro.

¿Cómo se interesó en el tema de las identidades sujetas al poder y la intimidad de los cuerpos?

Siempre me ha interesado el arte que explora preguntas sobre justicia social y sobre cómo opera el poder en las diferentes personas. Esos son los tipos de libros y películas que más disfruto y probablemente los que más me han influenciado. Me mostraron que se puede escribir ficción de una manera que es interesante y a su vez toca temas sensibles a estas preguntas.

¿Tienen el lenguaje y la narrativa la capacidad de enmendar la historia?

Tienen el poder de concientizar. En cuanto a enmendar o remediar los males creo que brindan un ángulo nuevo. Son como una gema que tiene muchas puntas y permite que uno pueda ver cada quiebre desde una óptica nueva. Ver lo que se ha visto desde un solo lado y de repente, observarlo de una manera completamente diferente. No sé si un solo libro puede acoger la totalidad de esa “gema”, pero si alguien al leer Volviendo a Casa puede pensar en algo para añadir, de esa manera, la historia se expande. Eso es una capacidad única del lenguaje escrito.

Su libro hace un trabajo excelente examinando las responsabilidades personales en mantener el status quo de las injusticias y no cae en acusar o culpar a los demás. En un país como Colombia con una de las guerras más largas en el planeta y un proceso incipiente de reconciliación ¿qué puede hacer el arte o la literatura para ayudar a revisar las responsabilidades de cada quien sin crear más división?

Para mi, hay que cuestionarse constante la relación con las injusticias. Creo que es profundamente importante ser introspectivo y revisar con cuidado de qué manera se contribuye a lo que se critica. Se tiende a escoger un lado y decir: “no puedo creer lo que pasa en el otro lado”, sin reconocer cómo las acciones, grandes o pequeñas, contribuyen a lo que llamamos ese otro lado. Por ejemplo, en Estados Unidos si se mira la situación racial, incluso gente que tiene buenas intenciones, a veces no las manifiesta. Cuando estaba estudiando mi maestría en Iowa fui a un rally para Black Lives Matter (Las Vidas Negras Importan), y me motivó ver a muchos de mis compañeros de clase que en su mayoría son blancos. Sin embargo, después con un poco más de calma, recordé que ninguno de ellos incluía autores negros en sus currículos. Entonces, si un escritor dice: Las Vidas Negras Importan, y lo cree, un paso pequeño que puede implementar es enseñar a un autor negro en sus clases.

¿Cuál es el rol de la lealtad a la familia, los ancestros y a los legados en su vida y cómo ha cambiado con el tiempo?

La lealtad siempre debe estar moderada por la responsabilidad personal. Las familias son aguas difíciles de navegar, porque opiniones como “yo no quiero hacer eso que usted quiere que haga” pueden herir muchos sentimientos, pero al mismo tiempo hay que negociar. Se tiene una deuda con los que vienen atrás, pero también con uno mismo.

¿Qué la hace sentir en casa?

Me he mudado muchas veces, no solo cuando era niña. En los últimos diez años, no he vivido en el mismo sitio por más de tres años. Para mi la casa no tiene que ver con un lugar. Tiene que ver con una sensación. Sentir que me cuidan y que cuido a otros, de alguna manera compartir cierta vulnerabilidad con otras personas en mi vida.

¿Cuáles son los libros que más regala?

Un libro en particular es Lost in the City, una colección de cuentos de Edward P. Jones. Sus ficciones presentan múltiples caras de lo que es vivir en el área metropolitana y los suburbios de DC. Jones dijo que él quería hacer por la gente negra de DC lo que James Joyce hizo por Dublín. Otro libro es Canción de Salomón de Toni Morrison, lo leí cuando tenía 17 años y me dio la fuerza, el empujón que necesitaba, para comprometerme con ser escritora. Y Todo se desmorona, de Chinua Achebe. Todos los escritores africanos estamos en conversación constante con Achebe, su legado y su influencia.

¿Tiene fascinaciones absurdas?

Me encanta 2048, un juego de computador de mover números. Juego más de lo que debería.

Usted fue al prestigioso Iowa Writers Workshop, después de esa experiencia ¿recomienda estudiar escritura en una universidad?

Para mi fue súper útil, me dio una puerta de entrada. Es muy útil para personas que no tengan modelos a su alrededor y no sepan cómo tener este tipo de carrera. Yo sabía que quería ser escritora, pero no tenía ni idea de lo que eso significaba, crecí en Alabama y no tenía ejemplos a mi alrededor. Cuando hay ciertas restricciones en el camino, de repente un MFA abre las posibilidades, uno conoce agentes, tiene conversaciones sobre obras novedosas y aprende lo que significa ser parte de esta industria.

¿Qué le gustaría ver en el futuro de la literatura?

Me gustaría ver a más gente de color en la industria editorial. Se habla de mucha diversidad en la literatura, se nombran varios escritores, y es cierto que hay más diversidad, pero todavía falta que la cara más oculta se actualice, me da la impresión que no ha cambiado demasiado. Para que un cambio sustancial se materialice frente a las cámaras, tiene que pasar también detrás de cámaras.

¿Qué está leyendo?

Acabo de terminar Llámame por tu nombre (Call me by your name), lo quería leer antes de ver la película. Es maravilloso.

¿Tiene rituales para escribir?

Prefiero escribir en mi casa, pero también puedo escribir en un café. Mi ritual es tratar de mantener la escritura en una situación manejable. Con Volviendo a casa, escribía 400 palabras al día, así si escribía 200 no me sentía tan mal y si lograba 600 me sentía súper bien.

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