Antonio Ungar: Un hombre que mira

Diners conversó con Antonio Ungar sobre su nueva novela, Mírame, una historia sobre los inmigrantes, la soledad y la violencia. El propio escritor ha migrado durante varios años y actualmente vive en Israel-Palestina con su esposa y sus tres hijos.

Un hombre mira por la ventana. Afuera el mundo ya no es lo que era. Adentro, el mundo como siempre fue: la cama tendida de la hermana muerta, los cuchillos de plata de la madre ausente, el suelo excesivamente limpio. Obligar al pasado a quedarse. Buscar cambios en el edificio del frente: Al otro lado de los patios, en el quinto piso del número 21 de la Rue C, hay ahora una familia.

Llegaron el lunes. Son oscuros. Hindúes o árabes o gitanos. Han traído a una hija. La mirada del hombre se quedará en esa hija; una adolescente misteriosa que, ante sus ojos, necesita ser salvada.

La nueva novela del escritor bogotano Antonio Ungar, Mírame (Editorial Anagrama), empezó con esa imagen, la del hombre que mira: “Una noche de invierno vi desde la oscuridad de mi apartamento cómo un vecino espiaba a través de su ventana a una vecina que parecía inmigrante. En la realidad yo fui un tercer observador secreto, un personaje que no está en el libro”, comenta.

En esa mirada, la del escritor, “el otro” se revela como tema literario. Sus personajes se construyen en un lugar profundo, íntimo, y luego, casi por sorpresa, se le aparecen. Después siente la necesidad de presentárselos al mundo: “La forma en la que escribo es muy intuitiva. En este caso la soledad, la locura y el aislamiento siempre me han interesado, no como temas abstractos sino porque los he vivido de cerca”.

Esa capacidad de inquietarnos con situaciones posibles es frecuente en su escritura. Con Tres ataúdes blancos, la novela con la que ganó el Premio Herralde de Novela en 2010, habla de una Colombia que en su imaginación se llama Miranda, del horror a través del humor, de los titulares que leía de su país mientras vivía en Jaffa, Israel-Palestina, y a los que le cambiaba el final para recrearlos en su novela.

Sobre los premios, Ungar dice que si bien ayudan a que los libros sean más visibles, no son determinantes para definir si algo es bueno o no: “Que una novela se gane un premio quiere decir que a un jurado específico en un año específico le gustó ese texto, nada más. No tienen un valor absoluto. En literatura no existen categorías como ‘el mejor’ o ‘el peor’: la escritura no es un deporte, no es cuantificable”.

Mírame

En su última novela, que será lanzada en Colombia a mediados de marzo, se hace una tenaz reflexión sobre el odio al inmigrante, la violencia y la culpa por el placer. Su protagonista es un francés encerrado en sí mismo, xenófobo, voyerista y que intenta darles un orden a sus pensamientos escribiéndole un diario a esa hermana, Eva, que ya no está.

Irina, la nueva vecina, llama su atención: Sentí que me faltaba la respiración cuando creí notar que sus ojos buscaban un movimiento o un destello en las ventanas del patio, en el tejado de mi edificio, en este cielo tan gris desde el que la miro. Juega a ser Dios, a sentirse necesitado por ella, rodeada de un padre y hermanos agresivos, que pareciera que traman algo. La desea, pero sobre todo, le teme: “Ella representa la posibilidad de que el personaje principal sea salvado por el amor (y de acabar así con la soledad) y la amenaza de que los inmigrantes no sean los monstruos que él imagina”.

El sentido de la vida en este solitario es lo que él llama “La República”, de la que se siente también un defensor. Pero, al menos en su cabeza, el final del mundo se acerca y él tiene una misión, que empieza a desviarse desde la llegada de esta mujer: “La perspectiva de que eventualmente su vida puede no tener sentido y los deseos incontrolables que le despierta Irina producen un ataque de pánico que motiva muchas de las acciones en la novela”.

El erotismo, el real y el imaginado (porque mirar también es imaginar), es parecido al vértigo, a la pérdida: Creí que miraba a los costados y que no había nada, que miraba abajo y tampoco, que no estaba en ninguna parte o estaba cayendo en un silencio absoluto más allá de los planetas. Y me dejé morir así.

Migraciones

El protagonista de Mírame es un personaje que evoluciona durante la narración. Su soledad, sus fantasmas y paranoias son cada vez más grandes. “Les tiene pánico a esos nuevos vecinos y por eso los detesta: los ve como una sola masa, sin diferencias de raza, religión, lengua, cultura, país de origen (todos son ‘oscuros’, ‘no ciudadanos’)”, explica Ungar. Tal vez así, conociendo el interior del protagonista, podemos ver con claridad (y vergüenza) cuáles son los prejuicios que tenemos de ciertas culturas. Sabremos que nos definimos por cómo miramos.

La propia vida de este escritor está llena de historias de migraciones. El abuelo, Hans Ungar, llegó a Bogotá tras el régimen nazi que se expandió por Europa, y fue dueño de la Librería Central ubicada en la Plazoleta del Rosario, que compró por cuotas y trabajando como librero.

Antonio Ungar estudió arquitectura en la Universidad Nacional y trabajó unos años en ese oficio al tiempo que escribía relatos que luego fueron publicados en Trece circos comunes, su primer libro: “Estudiar arquitectura me sirvió para conectarme con la historia colectiva a través de las ciudades. La historia se entiende mejor cuando se ve en los edificios, en la forma en que fueron construidos, en las prioridades de sus usos, en su estética. La ciudad y la relación entre el presente y los pasados de una cultura son importantes en casi todos mis textos. La arquitectura también hace que cuando observo me concentre más y entienda mejor los espacios, lo que inevitablemente se ve reflejado en mis narraciones”.

Vivió unos años más en Bogotá, donde dio talleres literarios en la Red Nacional de Talleres Literarios e incluso en su propia casa. Más adelante vivió en España, México, Estados Unidos e Israel-Palestina.

El escritor dice que en Europa y América Latina siempre se ha sentido acogido, pero la experiencia en Israel-Palestina, en donde vive actualmente con su esposa Zahiye Kundos (una mujer palestina) y sus tres hijos, es más tensa: “Aquí la raza, la religión y la lengua son herramientas fundamentales para la división, discriminación y odio. El hecho de que la religión me parezca un asunto secundario y en todo caso privado, hace que la comunicación con la mayoría de la población sea muy poca. Por fortuna hay minorías suficientemente grandes con las que uno puede establecer amistades y llevar a cabo proyectos creativos”.

A Kundos la conoció en la residencia para escritores de la Universidad de Iowa, invitado tras la publicación de Zanahorias voladoras. Tuvieron una relación a distancia durante un año, conocieron sus respectivos países y familias y desde hace diez años viven entre Colombia e Israel-Palestina.

Ahora, en Jaffa, Ungar se levanta temprano, lleva a sus hijos al colegio caminando (va casi a cualquier parte a pie), hace mercado, escribe, cocina el almuerzo, da clases de escritura creativa y a veces traduce. Lee poco la prensa local, “para no acordarme que estoy en una burbuja de bienestar en medio de una región en la que la violencia es latente y la guerra siempre está a punto de estallar”. En primavera, otoño y verano visita el mar, que queda a diez cuadras de su casa.

Tantos viajes de los que no conserva casi fotografías: “No me dicen nada esas imágenes congeladas. Me gusta más guardar las vivencias en la cabeza, dejando que al pasar el tiempo se mezclen con nuevas experiencias, olvidos, crecimientos, sueños”.

Ungar frente al mar. Ungar, un hombre que mira, y en esa mirada vemos el mundo, con lo bello y lo perverso. En esa mirada su escritura nos provoca.

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