La Fiesta del Libro de Medellín reunió a tres de los poetas nadaístas, Jaime Jaramillo, Joatamario Arbeláez y Eduardo Escobar. Diners habló con ellos, a propósito del aniversario de Gonzalo Arango y 59 años de su movimiento.

En 1958, un joven de 27 años, nacido en Andes, Antioquia, escribía el Manifiesto Nadaísta. En él, lo definía como “un estado esquizofrénico-consciente contra los estados pasivos del espíritu y la cultura”, jóvenes marginados contra “una sociedad imbecilizada por el trabajo, la religión, las imposiciones de la gran prensa”, como dice el poeta nadaísta Eduardo Escobar. Desde entonces, Colombia no sería la misma. A él, se fueron sumando otros muchachos, incluso más jóvenes, de provincia, pobres, influidos por el existencialismo, el surrealismo y la generación beat, comenzaron lo que, hasta hoy, es todavía una revolución.

Casi 60 años después, sus lecturas de poemas aún cuentan con una concurrencia que envidiarían muchos escritores contemporáneos, y su movimiento es tema de estudio. “Quienes hagan los balances de la literatura verán hasta dónde ha llegado el Nadaísmo, que fue un movimiento hecho por jóvenes, menores de edad, de clase media baja y de provincias, cosa que nunca se había visto en la literatura colombiana. De modo que podemos decir que después de tantos denuestos que hemos sufrido a través de la existencia del movimiento, y que estamos cumpliendo 60 años, un movimiento de vanguardia que dure 60 años es un absurdo, una enormidad en todo caso, uno de los records que tiene Colombia, así como el de haber tenido el guerrillero más antiguo del mundo”, reflexiona Jotamario Arbeláez.

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Por entonces, la literatura colombiana se contaba desde el campo, y seguía una tradición conservadora. Carrasquilla, Jorge Isaacs, Manuel Mejía Vallejo, eran los exponentes del momento. “Fuimos un movimiento que era, no necesario, sino coherente con el desarrollo de la literatura colombiana en el siglo XX, porque estaba muy anquilosada en una cierta literatura que no podríamos calificar de desdeñable pero todavía muy enraizada en los agreste, lo campesino, la violencia en el campo, en unos valores del macho, del pistolero”, cuenta el poeta Eduardo Escobar.

En una Colombia, y especialmente una Antioquia, en la que el deber y el hacer siempre han sido lo importante, en la que la moral de la iglesia predominaba, Gonzalo escribía en su manifiesto
“Ante tal soledad: rechazados por las clases dirigentes, combatidos y perseguidos, y ante la indiferencia complaciente y despectiva de nuestros intelectuales consagrados incapaces de una varonil rectificación a nombre de la libertad del espíritu; y mientras merecernos el respaldo de una juventud revolucionaria que ha vivido marginada por falta de oportunidades y próxima a la frustración de sus grandes poderes creadores, el Nadaísmo estará abierto a todos los inconformismos y todas las irreverencias de tipo cultural, estético socia y religioso”. Es así que comenzaba una guerra frontal contra el orden establecido.

“Estábamos contra el trabajo, y estar contra el trabajo en Antioquia en ese momento era terrible, era un sacrilegio mayor que estar contra Dios. E hicimos el ocio nuestro modus vivendi del espíritu, cultivábamos la literatura no como un oficio sino como un ocio”, comenta Arbeláez.

“El nadaísmo hizo un revolcón importante en ese tiempo, tanto que Gonzalo y otros estuvieron en la cárcel. Él convocaba a una reunión pública y llegaba mucha gente, multitudes, y se reunía tanta gente que, como estábamos en estado de sitio, la policía se alarmaba e iba a disolver esos grupos. Además estaba la iglesia que consideraba que el nadaísmo era contrario y como Colombia era muy conservadora. El país estaba en condiciones que facilitaron que un pensamiento como el nadaísmo incidiera en mucha gente”, recuerda el poeta Jaime Jaramillo, conocido también como X-504.

La bohemia, el misticismo y el “fin” del nadaísmo

Los mitos alrededor del Nadaísmo no son pocos. Una mezcla de generación beat, existencialismo y surrealismo, todavía se habla de fiestas sin fin, de quema de libros, y de eventos que quizás no pasaron.

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Jaime Jaramillo intenta apartarse de los mitos, y asegura que había más publicidad que realidad. “En esa época el nadaísmo tuvo mucha incidencia porque era muy publicitario”, asegura.
“La publicidad la generábamos nosotros mismos desde adentro, porque teníamos que vencer el bloqueo que teníamos de nuestros enemigos que eran, por una parte la burguesía, y por otra parte el mismo partido comunista, porque veían que nosotros estábamos haciendo una especie de revolución que no se amparaba en los parámetros del partido”, relata Jotamario Arbeláez.

Se dice que el acercamiento de Gonzalo Arango a Fernando González hizo que se convirtiera en un místico y se alejara del Nadaísmo. Pero según los poetas sobrevivientes, fueron otros los motivos: el LSD y una mujer. “Gonzalo encontró el amor, el ácido lisérgico, la divinidad, se volvió místico, y prácticamente arrojó el Nadaísmo por la borda”, relata Arbeláez. La mujer a la que se refiere es una británica, Angelita.

“A partir de esa experiencia (la primera vez que consumió LSD), Gonzalo encontró a Angelita, una muchacha jipi, mochilera, que había recorrido el mundo entero, cincuenta y pico de países decía ella que conocía, había cruzado el mar”, cuenta Eduardo Escobar.

En 1963, sucedió la muerte simbólica de Gonzalo Arango, luego de que se entregara al misticismo. Se dice que los demás poetas hicieron una quema de sus libros en el puente Ortiz, en Cali. Según Escobar, fue Angelita quien le quitó la fuerza a Gonzalo.
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“Era una muchacha anglicana, muy ignorante. Gonzalo se la encontró en San Andrés y se enamoró. Ella sometía a sus hombres a una terapia radical; los purgaba y los llevaba a una extrema debilidad, y les cambiaba el nombre, les ponía diminutivo. Gonzalo pasó a ser Gonzalito. Luego comenzaba a combatirles sistemáticamente lo que hacían. Nunca entendí, porque Gonzalo era un hombre de mente independiente, muy fuerte, pero sin embargo se entregó. Después escribió Providencia, que es un libro de una candidez extrema”, cuenta Eduardo Escobar.

Los marginales

Jotamario Arbeláez está preparando un libro sobre el Nadaísmo. En él cuenta el recorrido de lo que Gonzalo Arango llamó “el inventico”, dentro del que cuenta más de 200 publicaciones de estos poetas. En este libro hay unos poetas que, sin pertenecer al movimiento propiamente, aparecen en sus márgenes. Uno de ellos es Raúl Gómez Jattin, que compartió una época, además de cartas y lecturas de poemas.

Según Arbeláez, hay una carta de Jaime Jaramillo y que “fue la salutación que hizo Jaime Jaramillo Escobar cuando aparecieron los primeros poetas de Gómez Jattin, que era como la bienvenida a la desmesura”.

En el poema “Respuesta a una carta”, de Jattin, dice “Eres en mi corazón el poeta que me ayudó con sapiencia y serenidad a leer la poesía. Ese Poeta admirado y lejano Jaime Jaramillo Escobar. Pero amigo y hermano de mi soledad como mi propio verso”. Sobre él, Jaramillo relata que lo conoció, y que siempre se mostró respetuoso y tranquilo, contrario a lo que los demás decían de él.

“Gómez Jattin me parece un hombre de una fuerza muy grande. Cuando él comenzó a sufrir, se acercó un poco al movimiento, en Bogotá. Creo que tuvo una relación epistolar con Jaime. A mí me extrañaba cuando iba a sus lecturas de poemas en Bogotá que me las dedicaba a mí. Me parece un hombre que dejó una obra muy interesante, con mucha fuerza, que a mí me parece que después del nadaísmo es de la mejor de la literatura colombiana. Toda su rebelión sexual, su visión de la vida, aunque fuera un poco pueblerina, tiene una gran fuerza y mucho poder expresivo”, asegura Eduardo Escobar.

Aunque ellos mismos, los nadaístas, siguen siendo unos marginales en la industria editorial. Casi 60 años después de su fundación y revolución, sus libros no son publicados por las grandes editoriales, sino por editoriales universitarias o independientes. “Pero cuando hacemos lecturas, nuestro público se compone de viejos como nosotros que van a recordar, y de muchachos que van a enterarse, y llevan los libros de Gonzalo. Porque es como si nuestra rebeldía, que fue auténtica, también los inquietara a ellos y quisieran saber cómo fue que nosotros logramos zafarnos de la cosas sistemática”, dice Escobar.

Pocas vanguardias soportan tanto tiempo de vida. Y, como dice Jotamario Arbeláez, “Ahora que flaquearon las ideologías, menos mal el Nadaísmo nunca tuvo una ideología definida y por eso sobrevivimos a la muerte de las ideologías, y viéndolo bien, el Nadaísmo sí triunfó en su revolución”.

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