Benjamin Lacombe, el artista de los universos ilustrados

Se dice que sus dibujos son sublimes, que su talento es prodigioso y que su estilo es de una rara belleza. Este francés es uno de los invitados a la próxima Feria Internacional del Libro de Bogotá y Diners conversó en exclusiva con él en París.

Tiene 34 años, un corazón sensible, risa contagiosa y una carrera prominente que incluye 40 libros publicados.

El pasado 9 de marzo, Benjamin Lacombe perdió a Virgile, un shar pei que retrató en todos sus libros como una impronta personal y hasta en la imagen que diseñó para su tarjeta de presentación. Durante el mes que estuvo en el veterinario, entre exámenes y tratamientos, este joven e ilustrador parisino, simplemente, no pudo coger el lápiz. “Es un trauma, un dolor, un vacío inmenso”, mientras lo dice, los ojos le brillan por las lágrimas que comienzan a brotar. “Aún después de su fallecimiento he tenido la sensación de que sigue caminando por aquí y de que va a aparecer de repente en algún rincón… Estoy seguro de que su fantasma quedó en casa, así que voy a dedicar mi próximo libro a los fantasmas y a los monstruos”.

Virgile

Toma un respiro y con un poco más de serenidad dice que Virgile será uno de los personajes principales. “Lo que buscaré con este libro es hacer lo mismo que hizo Frida Kahlo con su dolor: desprender del corazón la tristeza, extraer lo que hay ahí adentro y con eso, crear un universo”. Y es que antes de embarcarse en la aventura de “hacer otro libro, uno más de los cientos que hay sobre ella y su obra”, viajó a México con Sebastián Pérez, coautor de los textos, para investigar y encontrar el mejor camino para enfocar la historia.

“Nuestra Frida es un libro de artista sobre una artista –dice–, por eso no empieza con ‘Frida nació aquí, hizo esto y le pasó esto’. Es decir, el libro no te lleva de la mano para explicarte, sino que quiere que sientas cómo al hablar de ella, hablamos también de trascendencia, porque ella es el ejemplo excepcional de cómo lo que nos pasa puede transformarse en una obra y, a su vez, transformarnos”.

Frida es el más reciente de una lista de 40 títulos a los que Benjamin ha dado vida a sus 34 años. Una carrera fulgurante que arrancó con la publicación de Cereza Guinda, que era su trabajo de grado tras terminar sus estudios en la Escuela Nacional de Artes Decorativas de París, cuando tenía diecinueve años. Muy poco tiempo después de haber salido al mercado, el sello editorial estadounidense Walker Books compró los derechos del libro, su nombre empezó a ser un referente de la ilustración francesa y obtuvo un contrato con la editorial Seuil. Sin embargo, asegura que lo esencial de ese libro fue que su “estilo se definió y afinó”.

UNA NECESIDAD Y UNA PASIÓN
“Cuando uno es un niño y no se puede expresar todavía con la palabra, lo hace con el dibujo, como un acto natural, pero culturalmente el dibujo no es valorado y en el colegio se considera que es menos importante que las matemáticas o que las otras materias; entonces rápidamente los niños dejan de dibujar y se dedican a otras cosas que los padres consideran más importantes”, explica.

Lo que le sucedió fue que nunca dejó de hacerlo, pues nada lo apasionaba ni lo llenaba tanto como el dibujo. De hecho, cuando estaba en el colegio, sus profesores citaban constantemente a su madre para decirle que debía motivarlo a que continuara, pues intuían que se trataba de un talento único. Aun así, sus padres nunca se mostraron muy entusiastas con su vocación. “A mi padre le gustaba muy poco la idea. Para él, el dibujo era como… ‘qué es esa tontería’. A mi madre le parecía bien que yo dibujara, pero lo consideraba un pasatiempo y para ella estaba claro que yo no debía hacer del dibujo una profesión, porque fue criada bajo el régimen comunista severo, entonces ve el dibujo como decoración y la decoración no es algo esencial”.

Aun así, ella nunca le prohibió dibujar y le compraba colores y materiales, pero siempre le ponía una condición: “Primero terminas las tareas y luego te dedicas a los dibujos –recuerda–. Además, no teníamos mucho dinero, así que comprendo que una profesión artística les haya hecho pensar que me iba a morir de hambre porque el talento no asegura que se logre vivir de esto”.

Con el paso del tiempo y muy a pesar de su éxito, confirmado en las librerías y en las firmas de libros que alcanzan filas de hasta cuatrocientas personas esperando por una dedicatoria suya, Benjamin cuenta que sus padres siguen poco convencidos acerca de su profesión. “Como mi padre ve que ahora todo funciona, me dice: ‘aprovecha y vende todo lo que puedas porque hay gente que lo está comprando’… Él simplemente no comprende. Y cuando me dicen: ‘tu madre debe estar muy orgullosa’, les respondo que no mucho, ella sería feliz si yo hiciera libros sin imágenes”.

De todos modos, Benjamin reconoce que su madre tuvo un rol importante en la forma como consolidó su pensamiento para concebir y desarrollar una historia. “Es una mujer letrada, doctora en psicología y enormemente interesada en la cultura; así que me llevaba al teatro, a la ópera y me regaló el gusto y el amor por la lectura. Nunca me dio un Pokemon, cuentos de estereotipos o libros de caballería para leer, sino cosas que tenían fondo”.

Benjamin considera que todo eso lo estimuló a escribir sus propias historias y, sobre todo, a comprender que más allá de una técnica perfecta y de un sentido estético y plástico, lo verdaderamente esencial es que lo que se diga sea inteligente, interesante y comprensible. Esto lo ha corroborado con el único trabajo que desarrolla simultáneamente con la creación de sus libros, la dirección de una colección en la editorial Albin Michel. En esta labor paralela conversa frecuentemente con artistas que “solo tienen ambiciones gráficas y un libro no se puede empezar así; primero hay que saber de qué voy a hablar, qué voy a decir, cuál va a ser mi tema y a partir de él, llega la imagen”.

SABER ESCUCHAR
Benjamin cuenta que el hecho de ser leal a su estilo ha sido un proceso que empezó desde que era un niño, pues ha hecho el ejercicio de mirar los dibujos que hacía cuando tenía cinco o seis años y se ha dado cuenta de que “se parecen mucho a esto, bueno ahora es mejor –mientras lo dice, suelta una carcajada sonora y contagiosa, y continúa–, lo que sucede es que cuando se llega a los diez u once años, uno es como una esponja ‘influenciable’, así que en esa época empecé a dibujar al estilo manga y Disney”.

En esos años de colegio se topó con un profesor que “estaba muy celoso de mí, me ponía notas muy bajas en la clase de dibujo, me daba palmadas en la mano porque cogía el lápiz verticalmente y me decía: ‘¡Lo tiene que acostar!’. Lo cual es una estupidez porque cada cual coge el lápiz como le da la gana”. Contrariamente, Ernesto Drangosch, un pintor argentino que también fue su profesor, le enseñó que “no debía dejarse arruinar por las críticas y que hay personas a las que no se debe escuchar y más bien aprender a rodearse de otras a las que se les tenga verdadera confianza”.

Benjamin lamenta que Drangosch no haya alcanzado a ver la Cereza Guinda, porque murió justo antes de que se publicara. De todas formas, cree que la vida le ha puesto en el camino esas personas claves de las que le hablaba el argentino. “La editora con la que trabajé en ese primer momento es la misma con la que trabajo ahora: Françoise Mateu, que era la antigua directora de Seuil y cuando se fue de ahí, pedí que trabajara conmigo en Albin Michel. Luego conocí a Marion Jablonski, la directora de Albin y también está Clotilde Vu, mi editora en Soleil, la conozco desde que tenía 19 años”. Ellas son su criterio de verdad, porque no dudan al decirle que algo “está horrible o que no va bien”.

También está Sebastián Pérez, “la única persona con la que he logrado escribir a dos” y con quien tiene muchos aspectos en común a nivel artístico, proyectos por desarrollar, una gran facilidad para intercambiar puntos de vista y confianza para replantear o mejorar un libro. De hecho, han sido coautores en títulos como Destinos perrunos, La funesta noche de Ernest, Genealogía de una bruja, El herbario de las hadas, Frida y Superhéroes.

LO QUE VIENE
De la mano de ellos, Benjamin sigue trabajando incansablemente y soñando en grande. De hecho, su próximo libro, La sombra del Golem, escrito por Eliette Abécassis, iba a ser una película animada, pero el presupuesto se quedó corto y se transformó en una novela ilustrada. Además, Benjamin explica que saldrá en un momento ideal, porque a pesar de que es un proyecto que comenzó hace ocho años, resuena en la actualidad, pues “parte del mito del Golem y de una guerra de religiones, que es lo que vivimos hoy, con un tipo como Trump, en Estados Unidos, y con una Marine Le Pen, que aquí en Francia dice: ‘Francia para los franceses y contra la inmigración’”.

Ahora Benjamin trabaja también en un proyecto que lo ilusiona especialmente: una exposición retrospectiva en París, que luego irá a la Academia de Diseño de Florencia y para acompañarla hará un Art Book sobre sí mismo y sus dibujos. “Con el paso del tiempo, uno se da cuenta de que hay que luchar y seguir trabajando, independientemente del éxito anterior y del talento, porque ninguno de los dos vale de nada sin trabajo”, asegura.

Por eso, a pesar de que se ha impuesto retos altos, como la creación de Cuentos silenciosos, un pop-up que rescata del corazón de grandes historias; El herbario de las hadas, un álbum ilustrado en formato digital y la ilustración de grandes clásicos de la literatura como Cuentos macabros, de Edgar Allan Poe; Nuestra señora de París, de Víctor Hugo; Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, y la reinterpretación de Madame Butterfly, de Giacomo Puccini, ya tiene otros clásicos entre manos que ocupan su tiempo, “pero tiempo es lo que falta para hacerlos”, más ahora que tiene una nueva compañía: Edouard, un cachorrito travieso de cuatro semanas, que cría cuidadosamente junto con Sebastián, pues se la pasa mordiendo sus tapetes y molestando día y noche a Lisbeth, la compañera de Virgile, que tampoco lo deja de extrañar.

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