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A cuarenta años del final de Tintín

Diners hace un recuento de la última aventura del periodista belga y su perrito Milú, a propósito de los 90 años de su publicación.

Foto: Tintín

Diners hace un recuento de la última aventura del periodista belga y su perrito Milú, a propósito de los 90 años de su publicación.

Georges Rémi, mejor como “Hergé”, es el padre de la caricatura francesa y autor, de la más famosa tira cómica europea: Tintín, el periodista-detective—niño bueno, de cuyas aventuras se han vendido más de treinta millones de ejemplares, traducidos a 29 idiomas. Esta, más que la de Hergé, es la historia de Tintín, de Dupond y Dupont (Hernández y Fernández), de Hadock y de Milú, el genial perro parlante.

El periodista, alojado en un hotel del antiguo Congo Belga, acaba de descubrir que su fox-terrier blanco ha pasado una noche de perros por dormir fuera del mosquitero. Cuando trata de ponerle alcohol en las picaduras, alguien toca a la puerta. El periodista, aún en piyama, recibe a un tropel de agentes de prensa.

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«Cinco mil dólares por los reportajes que realizará en el África», le dice el representante del «New York Evening Press». Apartándolo de un codazo, el pelirrojo enviado del «Daily Paper», de Londres, le ofrece mil libras esterlinas por la exclusiva, pluma y contrato en mano.

El periodista, rubio, pequeño y con copete, consulta con su perro y rechaza las propuestas. «Estoy comprometido con otros periódicos, a los que he dado la exclusiva de mis reportajes». Es la década de los treintas. El periodista se interna en la selva, y vive la primera de una serie de 25 aventuras increíblemente verosímiles, a lo largo de cincuenta años, durante los cuales no envejece ni un poquito, y además, no escribe un solo reportaje, pero ni siquiera una línea en máquina de escribir, lo cual no obsta para que día a día se consolide más su fama como reportero.

Tintín, que así se llama en castellano el personaje, nació en 1929, el diez de enero, fecha en la que vio la luz el primer episodio de «Tintín en el país de los Soviets» en el suplemento «Le petit vingtième», del periódico parisino» Siglo Veinte», fundado en 1927.

A partir de entonces, Tintín saldría al escenario en forma de página semanal, en blanco y negro, protagonizando una aventura a lo largo de 42, 50 y hasta 61 tediosas semanas, hasta reunir el material suficiente para un álbum. El éxito del «mono» fue espectacular, imprevisible. Tintín se convirtió en un personaje cotidiano, cuyo nombre en letras de molde encabezaba invariablemente sus propias aventuras. Jamás, sin embargo, firmó en ellas noticia o reportaje alguno. Así lo quiso su padre Hergé, el más famoso de los caricaturistas belgas, iniciador de toda una escuela del dibujo.

Hergé, seudónimo o anagrama de Georges Rémi (las iniciales R.G. suenan como «her-gé» en francés, y se invierten porque los documentos belgas llevan el apellido adelante), nació en Bruselas, en 1907, y a los 17 años produjo la primera premonición de Tintín en un periódico mensual llamado «El boy-scout belga». Tintín, en realidad, se llamó «Totor» antes de nacer como periodista; era un insoportable boyscout de ingenuo trazo, en el que se veía la influencia de un notable dibujante del siglo XIX, Pinchon.

De viaje por los países socialistas

Totor, jefe de patrulla «scout», es el típico adolescente pleno de buenas intenciones, que responde al llamado de la aventura. Un poco más tarde, Totor cambia su uniforme de «scout» por unos pantalones de golf y una gran cámara fotográfica, de esas que explotaban una bombillita de magnesio, y se transforma en reportero. Se le considera como un héroe, especie de aventurero que informa al mundo occidental acerca de países lejanos y salvajes.

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Súbitamente nombrado editor del suplemento «Le Petit Vingtième», Hergé hizo múltiples ilustraciones para los artículos. Un texto de difícil digestión llamado «Las aventuras de Floup, Nenesse y Cochonnet», le dio la idea de la tira de Tintín. Y, el 10 de enero de 1929, comenzó «Tintín en el país de los Soviets», con resonante éxito desde su comienzo. Hergé perfeccionó su talento; creó al perro «Milú» como acompañante de Tintín, e inició una nueva tira, muy buena, pero con menor éxito, llamada Jo, Zette y Jocko.

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Las tres primeras aventuras de Tintín traducidas se llamaron «Tintín en el Congo», «Tintín en América» y «Tintín en el Extremo Oriente». En ellas, el dibujante presenta a un periodista-superhéroe, que se salva de toda clase de aventuras ingenuas, de trazo simple Y poco atractivo, aunque la ambientación general ya es una premonición del magnífico Tintín de la posguerra. El Tintín que va al Congo y visita Norteamérica es un Tintín reaccionario, hirsutamente pro-occidental, con una visión escabrosa Y un tanto desapacible de los negros Y las minorías raciales. Su lectura no es aconsejable sino como documento para el apasionado de la tira. Este Tintín hace rápidas incursiones de «vini, vidi, vici», en cada país que visita. Algunos le echan la culpa al carácter conservador y religioso de «Siglo Veinte», el periódico.

Personaje real

La primera versión de «Tintín en el Extremo Oriente», es más o menos parecida. Pero entonces el joven Hergé conoce a un sacerdote – uno de los veinte mil lectores del periódico- que impugna la tira por su falta de objetividad y poca documentación para tratar sobre países lejanos. El sacerdote presenta a Hergé a un joven estudiante chino, de la Universidad de Lovaina, cuyo nombre es Tchang. Entre los dos nace una sólida amistad. Tchang ayuda a rediseñar el argumento y los dibujos de «Tintín en el Extremo Oriente», que se transformara en el extraordinario «El Loto Azul» que hoy conocemos.

«El Loto Azul» marca una ruptura en la obra de Hergé. Consciente de los defectos anteriores de su obra, el genial y obsesivo caricaturista belga trabajará de ahí en adelante con profusa documentación sobre cada tema que toque, de manera que de cada historia no resulte la boba recopilación de un observador en un país de pacotilla, sino el rol de un protagonista activo en un universo imaginario, pero con una base real.

Así, «El Loto Azul», se convierte en un verdadero documento sobre la China de entreguerra, anterior a la revolución. Hay un estudio de ambiente, de situación política, etcétera, al que contribuye notablemente Tchang. Hergé, como un homenaje a su amigo, lo incluirá como personaje dentro del mismo «El Loto Azul».

Durante la guerra, la producción de Tintín disminuye. Sólo hasta 1946 Hergé se independiza del periódico y lanza el primer libro de Tintín, que, curiosamente, está muy adelante dentro de su orden de producción: «El Templo del Sol». Este era un texto complementario para el tal vez más divertido de los libros producidos hasta ahora por Hergé: «Las siete bolas de cristal». La quijotada de editarlo’ corresponde a Ediciones Casterman (París, Tournai), empresa que, 38 años después, ha vendido derechos a editoriales en 30 idiomas, y ha impreso un millón 250 mil ejemplares de cada título de su serie, es decir, unos 30 millones de ejemplares en total, de los cuales el autor de estas líneas es orgulloso Propietario de 25.

El equipo de Hergé

Antes de la guerra, la sólida economía francesa permitió que el periódico Siglo Veinte editara álbumes en blanco Y negro de 110 y 124 páginas. Con la estrecheces de la posguerra, la casa Casterman debió reducirlas a 64 páginas, formato definitivo que tomaron las tiras. Fue Raymond Leblánc el hombre de negocios que vio la inmensa posibilidad mundial que tenían y vendió el primer número de la revista «Tintín», el 26 de septiembre de 1946. Así mismo, Hergé se convirtió en corporación. Un equipo de dibujantes, al principio pequeño, le ayudaba con la repetición infinita de las figuras de sus personajes, con los paisajes y argumentos, además de la documentación. La revista, además del episodio semanal de Tintín, traía varias tiras diferentes, algunas de ellas dibujadas y creadas por los mismos ayudantes de Hergé.

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Entre ellos, pronto se destacó Paul Cuvelier, que en 1960 produjo verdaderos clásicos de Tintín, ayudado por sucesivos jefes de edición de la revista; Jacques Van Melkebeke, André Fernez (hasta 1958). Michel Grég (retirado en 1975), Henry Desclez y ahora, Jan Luc-Vernal. A la sombra de Tintín florecieron muchísimas imitaciones de corta vida, como «Jojo» y «Marc Ratal». También floreció toda una escuela de dibujantes belgas que produjo por lo menos cincuenta estrellas con un número igual de personajes dibujados , entre ello el famoso «Spirou»,de «Gastón» y muchos otros.

Con el tiempo, al completarse cada aventura de Tintín en los números de su revista, Casterman publicaba un álbum o cuadernillo completo. Los tirajes fueron subiendo. De los siete mil de la preguerra, se pasó a 25 mil en 1944 y a un promedio de un cuarto de millón en la década del 50.

Los personajes y situaciones de Tintín fueron cambiando, igualmente, con el tiempo. La diferencia que tiene Tintín con otras tiras cómicas está en que conserva una unidad narrativa total, desde el primer episodio hasta el último. A lo largo de cincuenta años, los personajes van evolucionando, cambiando, en forma lógica. Tintín, al contrario, está solitario. Luego, cuando sale para América, dos personajes de bastón y bombín observan circunspectos. Son Hernández y Fernández, los dos detectives pintorescos que más tarde intentarán detenerle durante el asunto de “Los cigarros del Faraón”, creyendo que se trata de un peligroso criminal. Todo terminará en una gran amistad.

La cuidadosa documentación recopilada por Hergé para cada episodio los convierte en retratos de la época en que fuero dibujados; recogen modas, modelos de automóviles, tipos de aviones, arquitectura, desde 1930 hasta nuestros días.

Acento nasal y mención a Colombia

Para los “tintinómanos”, que cada día son más, el hallazgo de un nuevo ejemplar, episodio o dibujo nuevo de Hergé, es todo un acontecimiento. Aún para aquellos que tienen el mal gusto de rectificar la pronunciación de Tintín diciendo “Tantá…” con un perfecto acento nasal que afortunadamente descalifica la tilda de la traducción española.

Además, para utilidad de cierta antología de menciones a Colombia, Hergé habla brevemente de nuestro país en uno de sus últimos episodios. “Tintín y los pícaros”. Bianca Castafiore, la cantante operática de la eterna aria de las joyas del “Fausto” de Gounod (ah, me río… de verme… tan bella… en este espejo), viaje a la república de San Théodoros, en Centroamérica, donde el coronel Bordurio Sponsz, asesor del gobierno del dictador Tapioca, la aprisiona para tender una trampa a Tintín. Este aprovecha la oportunidad para llevar al poder a su amigo, el general Alcázar. Pero la cantante viajó a Tapiocápolis (que después se llamará Alcazarópolis) únicamente tras “visitar con gran éxito Ecuador, Colombia y Venezuela”, de acuerdo con la revista París- Flash (Página 1).

La visita debió ser reciente, a juzgar por el Jumbo que Tintín, Haddock y Tornasol abandonan en San Théodoros. No sería de extrañar, por ende, que aquello de “ah, me río… de verme… tan bella… en este espejo”. Hubiera resquebrajado las arañas de nuestro vetusto Teatro Colón durante las últimas temporadas de ópera.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 156, marzo de 1983

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Enero
10 / 2019

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