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Los Días de la Ballena, una muestra brillante del cine paisa

Los Días de la Ballena, la ópera prima de Catalina Arroyave, y una muestra del cine que hoy se hace en Medellín ya pasó por el FICCI y el South by Southwest Film Festival (SXSW). Ahora llega Bogotá con el Indiebo.

Foto: Cortesía Los Días de la Ballena / Productora Rara

Los Días de la Ballena, la ópera prima de Catalina Arroyave, y una muestra del cine que hoy se hace en Medellín ya pasó por el FICCI y el South by Southwest Film Festival (SXSW). Ahora llega Bogotá con el Indiebo.

A Catalina Arroyave le bastó solo una hora para narrar una de las ficciones más fieles a lo que hoy puede ser Medellín: una ciudad habituada a convivir con la violencia, con la posibilidad de su estallido y llena de jóvenes empujados por el hastío de vivir con el lastre de su historia.

Los Días de la Ballena es una cinta en la que transcurren algunos cuántos días en la vida de Cristina y Simón, dos jóvenes a los que las diferencias de clase no les juegan tan sucio, cuando descubren que el arte el lenguaje que tienen en común.

Cristina es una universitaria incomodada por la realidad de su vida de clase media, vive con su padre y está a la espera de abandonar el país para ir junto a su madre, una reportera amenazada por denunciar algunas verdades sobre la realidad social de la ciudad. Cristina, como su madre, no juega a las imposturas indiferentes de su clase, y aprovecha su inclinación hacia el arte para “parchar” junto a otros jóvenes en una casa de artistas y grafiteros en un barrio de la periferia.

Ahí, en esa casa, y en ese barrio, está Simón, un chico al que le cabe el calificativo de “chico de barrio”. Como Cristina, algo de él no se ajusta a su realidad. La idea de meterse a un “combo”, de convertirse en un tentáculo de estos núcleos de violencia no está dentro de sus posibilidades.

Esta es una historia a pequeña escala, que envuelve unos pocos días en donde ocurren dos cosas: la atracción y (acaso) el enamoramiento de este par de jóvenes y la afrenta directa que le hacen a un combo que les impide pintar en una pared.

La película narra el hilo delgado que existe entre los villanos —tan comunes y corrientes como Simón— y los que no lo son; los sinsabores de una relación de padre e hija, y las oscilaciones de la violencia que hoy fluye en Medellín.

Esta es la ópera prima de Catalina Arroyave, una directora paisa que desde hace diez años apuesta por hacer cine. Una parte de ella se ha ido toda ahí, en Los Días de la Ballena: escribiéndola, re escribiéndola, buscando a los actores, grabándola, asistiendo a ruedas de negocios para financiar algún detalle de la producción, viéndola (más de 200 veces), temiéndole a la pantalla, yendo a festivales, y ahora, sentándose en un Crepes & Waffles frente a mí, para responder varias preguntas sobre ella y su cinta.

Catalina Arroyave / Foto Cortesía Catalina Arroyave

¿Cómo empezó a interesarse por el cine?

Por la escritura. Desde que yo era chiquita escribía cuadernitos de cuentos, de poemas, y luego cuando estaba en la adolescencia y empecé a cantar y me enamoré de la música.

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Cuando estaba en el colegio mi sueño era tratar de unir esas dos pasiones y que yo pudiera hacerlas ambas, pero estudiar cine era difícil. Para mi familia no era posible que yo estudiara en otra ciudad, y las carreras de cine en Medellín apenas estaban empezando. Me fui por comunicación social, pero yo siempre quise hacer cine.

Entonces creamos unos grupos de investigación en la universidad y yo me veía sagradamente una película al día mientras estudiaba. Era como una gran certeza y tenía la fe de que iba a poder a hacer películas un día, entonces creo que la razón de que me haya enamorado del cine (porque sí me parece que es una relación de amor), tiene que ver con que me parece un lenguaje muy potente, y cuando veía películas que me impresionaban, esa marca se quedaba dentro de mí mucho tiempo, mucho más que un libro u otra manifestación artística.

Me parecía que las películas eran especialmente poderosas y ricas, entonces fue un deseo muy rápido poder participar ese arte.

¿Qué películas la marcaron?

Me demoré mucho para encontrar mis referentes artísticos. A pesar de que me interesaban algunas películas que yo decía que eran increíbles, recuerdo que en la universidad vi La trilogía de los colores, y me emocioné mucho. También recuerdo que me marcó Dogville, y me sorprendió que un tema tan profundamente filosófico pudiera ser expresado de esa manera. También me acuerdo de Elephant (Gus Van Sant), que tuvo un gran impacto en mí, pero yo no sabía si podía o quería hacer una película así, que además no se parecen entre ellas. Creo que me demoré mucho en saber qué tipo de cine iba a hacer yo.

En ese proceso de ir descubriendo los referentes de su estilo ¿cuáles películas empezaron a aparecer?

Las películas de Jim Jarmusch me emocionaban mucho. Él fue como una gran sorpresa y también las películas de John Cassavetes. Como que sentía que sí había algo que resonaba con un estilo que me interesaba. También me pasó con Sin Aliento, de Goddard, cuando la vi, pensé que yo podía hacer una película. Porque es una “peli” imperfecta, pero muy buena, entonces sentí una cosa más íntima, que eso sí lo podía hacer yo. Como esa historia que siempre cuentan de Gabo: que cuando leyó la Metamorfosis supo que podía hacer realismo mágico

¿Cómo comenzó el proceso de realización de Los días de la ballena?

Nosotros tenemos un colectivo que se llama Rara y me acuerdo que en el 2012 o 2013 llevamos a Papeto (Óscar Ruiz Navia), a un taller de dirección. En ese taller él dijo que uno tenía que estar atento a lo que lo rodeaba para hacer sus películas, que no había que esperar a tener una idea lejana. Esa frase para mí fue como una gran revelación. Empecé a pensar qué cosas que estaban en mi entorno cercano que me permitían hablar de lo que ya me interesaba.

Tenía unas preguntas por la ciudad, por la nostalgia de crecer, de abandonar a ciertas persona y también sobre el mismo proceso de hacer cine. Entonces empecé a escribir una historia que en realidad era un corto muy pequeño que tenía que ver con un malestar que sentía hacia la ciudad.

Esas inquietudes se fueron acercando y encontré que podía contarlas en una historia que tuviera esos elementos, del arte urbano como forma de expresión, el crecimiento, el contraste de la ciudad, del diálogo de las distintas ciudades que hay dentro de Medellín y el tema del control de combos.

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¿Qué representa la ballena para usted?

Pues, mirá, la ballena apareció super rápido y fue uno de los primeros elementos que surgió por varias razones. La primera era que yo quería una metáfora muy clara, que no pudiera ignorarse y me parecía que una ballena o un animal gigante era una buena forma de llamar la atención.

Eso además se junta con una nostalgia mía y es que yo siempre he querido conocer las ballenas porque tengo un tío que es buzo y el me llevaba fotos desde que soy muy chiquita y no las conozco. Y por último, en Medellín hay un movimiento muy fuerte de grafiti y si tu caminas por las calles te das cuenta de que hay muchos animales, entonces traté de no alejarme de esa estética. Cuando ya decidimos hacer la metáfora literal de la ballena en la ciudad pensábamos que era ideal para hablar de un tema que a pesar de ser enorme, de alguna forma es ignorado.

¿Cómo fue ese proceso para realizar la película? ¿pensó en tirar la toalla alguna vez?

Cuando uno está escribiendo un guion, se tiene un miedo muy grande, y es que la película nunca se haga, porque del guión a una película hay 900 millones de pesos de diferencia.

Lo que a nosotros nos dio el impulso para hacer la película fue que nos ganamos el FDC (Fondo para el Desarrollo Cinematográfico). Además, uno al principio cree que le va a alcanzar, lo cual no es así porque hacer una “peli” implica otros procesos que hay que volver a financiar. Ahí pensé que no la iba a ver terminada, por las dificultades de la financiación. Hasta el año pasado, aquí en el BAM nos ganamos la plata para terminar el color.

También hay otra cosa que pasa y es que uno no sabe si la película que escribió es la que va a ver en pantalla. Porque como hay tantos procesos de la imagen, del sonido… Hay un punto en el que se siente que la película cambió y ya no tiene que ver contigo: porque el actor lo hizo de otra manera, pasó algo en la luz, como que hay muchas cosas que no están en tu control sino que son la naturaleza de la película. Una cosa que pasa es que la pelis tienen una vida propia muy particular, y van por aquí o no, y ellas solitas van tomando decisiones que uno no puede parar. Muchas veces pensé en tirar la toalla y tuve mucho miedo de no ver la peli que escribí en la pantalla.

¿Cómo se le ocurrió salir de ese cliché de un personaje héroe que se quiere ir del barrio? ¿cómo fue esa decisión? Porque también es una decisión política…

Sí, la peli para mi tiene un sinsabor, varios sinsabores en el final. Hice una investigación muy grande antes de escribirla, entrevisté a mucha gente e hice un casting muy largo, escuché historias y entendí de una forma más cercana, más verdadera, qué es lo que pasa con las dinámicas de violencia en Medellín, y mi conclusión personal es que estamos acostumbrados y hemos encontrado una manera de lidiar con la violencia.

La violencia hace parte del día a día, estamos habituados a ella. Lo que le pasa a Simón le sucede a mucha gente, que más que abandonar el barco, prefiere hacerle un contrapoder a la situación, y creo que eso pasa porque hay un arraigo muy profundo hacia el barrio. Es más, no quise hacer unos villanos lejanos y macabros, quise hacerlos más parecidos a cómo funciona en Medellín: personas que están ahí, que pueden tener conductas violentas, pero que son absolutamente carismáticos, que son tus primos y tus vecinos y colegas. Las líneas son muy difusas. Yo quería hablar de eso. No es una película épica donde alguien se supera, sino que representa una cosa de la cotidianidad de la ciudad.

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Julio
12 / 2019

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