¿El cine entró por Cartagena?

Diez y nueve meses después de estrenado en París el cinematógrafo de Luemière, Cartagena y Bogotá fueron las primeras ciudades de Latinoamérica en presenciar el gran espectáculo en 1897.

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 191, de febrero de 1986.

–¡Esto es fantástico!– gritó Clímaco Soto Borda, sin poder controlar sus emociones ante el espectáculo que admiraba con espíritu incrédulo y asombrado, aquel miércoles imborrable del 1o. de septiembre de 1897.

El corrosivo humorista bogotano, y los escasos treinta espectadores que acudieron ese día al Teatro Municipal a curiosear la exhibición del cinematógrafo, asistían al nacimiento de un arte que, aún hoy, noventa años después, sigue siendo manantial de sorpresas y de expectativas, y recreación favorita del público.

Nueve días antes, el 22 de agosto de 1897, se dio en Cartagena el estreno nacional del cinematógrafo. “Hoy se verificará en nuestro teatro –registra ‘El Por venir de Cartagena’– la primera exhibición de este prodigioso invento de Edison.

Es un espectáculo digno de verse. Los cuadros que allí se exhiben tienen la animación de la vida y el espectador asiste, des- de sus asientos, a interesantes escenas de la vida de otros pueblos como si verdaderamente fuera testigo presencial de ellos en el momento en que se verifican’.



Escasos 30 espectadores concurrieron al Teatro Municipal de Bogotá a mirar la proyección cinematográfica que llevó a cabo el empresario teatral Ernesto Vieco con un equipo que había negociado en Nueva York con la compañía Edison. WikimediaCommons CC BY 0.0/ Archivo Diners.

Ernesto Vieco, el precursor

Quien les brindó a los cartageneros el privilegio de presenciar, los primeros en América Latina, el fabuloso invento del cinematógrafo, fue Ernesto Vieco, un agente y empresario de teatro que durante su estada en Nueva York, para contratar con destino a Cartagena y Bogotá la compañía de ópera Lambardi, a finales de 1896 presenció una función cinematográfica en Central Park, y en seguida, bajo el impulso de una impresión irresistible, se encaminó a la Compañía de Edison y obtuvo el mismo año en que Edison desató la guerra de patentes, una concesión para introducir en el mercado colombiano el cinematógrafo o vitascopio con que Edison sustituyó el kinetoscopio, aparato de uso individual, incapaz de atraer numeroso público y competir con el cinematógrafo de Lumiere.

Vieco compró dos vitascopios: dejó uno en Cartagena y se trajo el otro Bogotá. Enormes carteles fijados por Ernesto Vieco en las principales esquinas bogotanas anunciaban el novísimo espectáculo, junto con esta noticia de La Crónica: “El Cinematógrafo. El señor Ernesto Vieco nos ha traído esta maravilla científica al par que recreativa.

La naturaleza fotografiada cuarenta veces por segundo con sus mil variedades. Cien vistas se expondrán con este aparato próximamente en el Municipal”.

El entusiasmo de Soto Borda

–¡Fantástico! ¡Increíble!– reiteró el transportador periodista Clímaco Soto Borda cuando terminó la exposición cinematográfica del 1o. de septiembre de 1897.

Si los directores de La Crónica, José Camacho Carrizosa y Carlos Arturo Torres y el codirector de El Rayo X, Federico Rivas Frade, compartían parte del entusiasmo de Soto Borda por la primicia que venían de ver, no captaban en cambio el grado tremens de delirio que se apoderó de su colega.

Ustedes no parecen entender –trató de explicarles Soto Borda– que acabamos de entrar en una nueva era, y que el mundo es ahora completamente distinto del que conocíamos hace apenas dos horas.

Sus colegas le dieron a la frase la interpretación superficial de un chispazo más de los que a diario parían Castor y Polux (Soto Borda y Jorge Pombo), en su tarea incesante de divertir a los lectores de El Rayo X.

Enfrentaban los periodistas demasiadas preocupaciones con la política, el señor Caro, el papel moneda, el escándalo del monopolio de la renta de cigarrillos, el asunto Cerrutti, la reclamación Punchard, y tantas graves cuestiones finiseculares, como para proponer a sus imaginaciones abotagadas el pensamiento de que ese aparatico que reproducía fotografías animadas sobre un lienzo blanco pudiera ser el heraldo del mundo moderno.



Reacciones similares a las que muestra este cartel suscitó entre el público la proyección realizada en Bogota el 1º de septiembre de 1897. Wikimedia Commons, CC BY 0.0 / Archivo Diners.

Hoy, por las memorias vagas, perdidas e imprecisas de La Gruta Simbólica se recuerda a Clímaco Soto Borda como un bohemio chispeante, chistoso e insustancial de finales del siglo XIX y primera década del XX.

Apreciación incorrecta. Soto Borda es una de las figuras más interesantes de la cultura, la política y el periodismo colombianos, y una de las mentalidades que mejor comprendieron y analizaron las corrientes del progreso.

En 1895 Rontgen inventó los rayos X, aporte capital de la ciencia en la conformación de la vida actual, y en 1897, Soto Borda, aficionado al estudio de las peculiaridades y aplicaciones científicas, quiso rendirle un homenaje al magno invento.

Publicó un semanario con el título de El Rayo X, que los chinos vendedores de la prensa bogotana voceaban como “El Rayo diez”. El modesto semanario secuestró a los lectores, y en tres meses Soto Borda tuvo que duplicarle el tamaño y convertirlo en diario, asociado con Federico Rivas Frade y Julián Páez Mateus.

La circulación de El Rayo X superó al viejo e influyente Correo Nacional. Cuatro o cinco líneas frías suscitó en los diarios locales la exhibición del cinematógrafo; pero Soto Borda, que no podía dormir pensando en la nueva maravilla, le dio al acontecimiento la importancia histórica que merecía, con esta nota deliciosa:

“Cinematógrafo. Aquel hombre Edison, para ganarse el apodo de Brujo de Menlo Park con que lo señalan, se ha dado a la tarea de divertirse con el asombro de la humanidad. Cuando el brujo amanece de buen humor, ya se sabe que prepara alguna diablura para el mundo: saca de una de las gavetas de su cerebro unos alambres, un cilindro, unas placas metálicas, qué se yo cuántos otros utensilios, une esto con aquello, conecta la placa con el cilindro, el cilindro con los alambres, estos con una pilita eléctrica, arregla todo esto en un cajoncito, y lo arroja por la ventana de su gabinete, apostrofando irreverentemente a la humanidad, así:

–“¡Toma y diviértete, chiquilla!”

“Y la humanidad asombrada recoge con temblor aquello entre las manos, lo mira con pueril curiosidad, hurga con travesura infantil lo que encierra el cajoncito, aplica el oído, la vista, revuelve todo aquello, y luego, sorprendida, alegre, saltando en verdad como chiquilla, exclama:

–¡Un teléfono! Un fonógrafo!… ¡Un…!”

“El último de estos juguetes que hemos conocido es el cinematógrafo, es decir, algo como la fotografía del movimiento, una linterna mágica de las que conocimos en nuestra niñez, pero que nos presenta los objetos con todos sus movimientos, en todas sus actitudes, y, según se nos dice, ya existen aparatos que reproducen hasta los colores.

Únase el cinematógrafo con el fonógrafo y aplíquense como luz los rayos X, y tendremos que la humanidad con todo y su vanidad, y su hipocresía, y su envidia, podrá cargarse en uno de esos cajoncitos que trabaja el Gran Brujo, para exhibirla proyectada sobre un lienzo del Teatro Municipal de Bogotá.

“El miércoles asistimos a la exhibición del cinematógrafo que trajo el señor Ernesto Vieco; y, aunque algo imperfecta la reproducción de los objetos, sea por falta de luz, por no colocarse esta en el exacto foco, por imperfección del aparato o por cualquier otra causa, bien merece verse aquello, siquiera sea para darse cuenta de lo que es el cinematógrafo, y también para que los que no conocemos mundo tengamos una leve enseñanza objetiva, por las vistas que se exhiben, de muchas cosas de que ni idea nos formamos, por ejemplo, el mar con sus olas que se precipitan unas en pos de otras, unas veces negras y amenazantes, otras chispeantes y juguetonas, ni más ni menos que como las horas de nuestra existencia; una plaza o Boulevard de París, con su aturdidor movimiento de coches, ómnibus, bicicletas, peatones, y decimos aturdidor porque la imagen es tan viva que nos parece oír con los ojos la inmensa algarada de aquella multitud, lo mismo que el rugir de las olas en la vista del mar, y el ruido aterrador de la locomotora que parece venírsenos encima con su enorme cadena de carros, vista que fue quizá la que más nos agradó por la corrección y exactitud de su reproducción, pues se cree oír el pitazo de la caldera, y al ver las bocanadas de humo que lanza el jefe de estación, nos provoca también encender nuestro cigarro.

“Empero, creemos que esta exhibición es más apropiada para un salón que para un teatro. Los gritos y vocerío del miércoles en el Municipal no son una invitación a volver”. (El Rayo X, Bogotá, septiembre 4 de 1897)

Lleno completo

El artículo de Soto Borda, y las lenguas que se hacían los treinta espectadores de la muestra cinematográfica del 1º. de septiembre, picaron hondo la no muy resistente curiosidad de los bogotanos.

Del cinco de septiembre en adelante, y hasta diciembre, el Teatro Municipal no dejó de llenarse un solo día. A las rechiflas y la guachafita que enojaron a El Rayo X, sucedió una elación respetuosa, traducida en largos aplausos al terminar la función.

El Diario de Colombia anota: “El cinematógrafo ha exhibido en las últimas noches nuevas y magníficas vistas. Las funciones son concurridas y ordenadas”. Y más adelante averigua: “En el cinematógrafo se anuncian grandes novedades. ¿Cuándo las veremos?”

Consistían, las grandes novedades que anunciaba Ernesto Vieco, en el cinematógrafo original de Lumiere –“con la imagen notablemente mejorada”– y las primeras películas de Meliés, que mandó traer de Europa y no le llegaron en el embarque de diciembre, por lo cual Bogotá se quedó sin cinematógrafo.

En julio de 1898, el Gran Enireb, un mago peruano que fracasó inexplicablemente, pues era formidable en sus trucos de prestidigitación, trató de montar en Bogotá un cinematógrafo, también sin éxito, porque ya todos habían visto las vistas disponibles en el pequeño surtido de Enireb.

El estallido de la Guerra de los Mil Días truncó el proyecto, acariciado por Vieco, de montar una sala especializada de cine en la capital, sueño que otros realizaron después de 1905.

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