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El día que Nixon viajó a China para normalizar las relaciones comerciales

Gracias a la normalización de sus relaciones con Estados Unidos, China logró contener la amenaza soviética, poner fin a décadas de aislamiento, mejorar su posición en el concierto de las naciones y crear las condiciones para convertirse en un gigante económico y militar.

Foto: Wikimedia Commons/ Public Domain/ CC BY 0.0

Gracias a la normalización de sus relaciones con Estados Unidos, China logró contener la amenaza soviética, poner fin a décadas de aislamiento, mejorar su posición en el concierto de las naciones y crear las condiciones para convertirse en un gigante económico y militar.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 323 febrero 1997

Cuando el 21 de febrero de 1972 el Air Force One aterrizó en Beijing y de su interior salieron el presidente Richard Nixon y su consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, el mundo quedó estupefacto ante un acontecimiento insólito porque se trataba nada menos que de la visita de un connotado derechista a un país socialista, hostil a Estados Unidos desde 1949 cuando las fuerzas de Mao Zedong derrotaron al Kuomintang, aliado de Washington.

Un año más tarde las tropas chinas y norteamericanas lucharon a muerte en Corea, y desde el comienzo de la guerra de Vietnam las dos potencias se situaron en bandos opuestos. Y que hubiera sido Nixon quien visitaba a Mao y no al contrario, dejó boquiabiertos a muchos.

A lo anterior también contribuyó el que todas las negociaciones bilaterales se hubiesen desarrollado bajo un manto de absoluto secreto hasta cuando se anunció, en julio de 1971, el viaje de Nixon.

El encuentro del mandatario estadounidense con Mao y Zhou Enlai tuvo, como muy pocos en la historia del presente siglo, unas repercusiones extraordinarias que se perciben aún hoy, 25 años después.

Gracias a la normalización de las relaciones con Estados Unidos, China logró contener la amenaza soviética, poner fin a décadas de aislamiento, mejorar su posición internacional y crear con todo ello un clima propicio para un proceso de crecimiento que a la postre la convertiría en un gigante económico y militar.

Estados Unidos encontró un importante aliado en la disputa con Moscú, y sus empresarios pudieron penetrar en un mercado que por entonces era de casi mil millones de seres humanos.

De igual modo, Taiwán sufrió una catastrófica derrota política, y su futuro como estado independiente fue puesto en entredicho; la URSS se vio obligada a modificar su estrategia global, y sin duda el camino hacia la paz en Indochina empezó a despejarse. Al fin y al cabo, el que se dieran la mano Nixon, veterano cruzado anticomunista, y Mao, legendario revolucionario marxista-leninista, tenía que generar muchas transformaciones.

La larga marcha a Beijing

En términos generales puede decirse que la visita de Nixon a China empezó a prepararse desde finales de los años sesenta. Dos acontecimientos cruciales abonaron el terreno para que se produjera uno de los mayores virajes diplomáticos y geopolíticos de la historia.

En 1968, en el marco de la «Doctrina Brezhnev», la URSS invadió Checoslovaquia, y pocos meses más tarde, en la primavera de 1969, en varios sectores de la frontera chino-soviética se presentaron serios enfrentamientos militares entre los ejércitos de los dos países socialistas.

Como consecuencia de estos choques, el Kremlin apostó cerca de cuarenta divisiones y más de un centenar de misiles atómicos de alcance intermedio en las regiones de Siberia limítrofes con China. Pero lo más grave fue la velada advertencia de la URSS en el sentido de que dentro de sus planes figuraba un ataque nuclear «quirúrgico» contra su vecino.

En ese momento, Estados Unidos afrontaba una situación muy compleja, pues aparte del embrollo de Vietnam y el movimiento pacifista, estaban a punto de perder la superioridad nuclear frente a Rusia, y la Comunidad Europea y Japón ponían en jaque su predominio económico a escala global. Las circunstancias por las que atravesaba China no eran más halagüeñas: se encontraba cercada por naciones enemigas al norte la URSS, al sur la India y al oriente Japón, su supervivencia misma estaba amenazada por Moscú, e internamente aún padecía los estragos de la Revolución Cultural.

A pesar de que antes de ser Presidente, Nixon se había mostrado partidario de un diálogo con China, solo a partir de 1969, ya instalado en la Casa Blanca, se presentaron condiciones favorables para ponerlo en práctica.

Según el mandatario y su asesor Kissinger, se trataba de buscar una diplomacia «triangular» que permitiera un equilibrio o balance de poder entre Moscú, Washington y Beijing, sin que Estados Unidos tomara partido abiertamente en el conflicto chino-soviético, pero sí sacando provecho de él.

Ante lo que se perfilaba ya como una ofensiva expansionista de la URSS y frente a las dificultades y peligros que agobiaban a chinos y estadounidenses, nada más oportuno que el rompimiento del hielo entre estos últimos.

Los primeros contactos bilaterales directos tuvieron lugar en 1969 en Varsovia, al mismo tiempo que Estados Unidos dejaba saber a la URSS que por ningún motivo aprobaría una acción nuclear de su parte contra China y suspendía el patrullaje naval que desplegaba en el estrecho de Taiwán desde los años cincuenta.

Simultáneamente, y aunque el mensaje pasó inadvertido para Washington, el IX Congreso del Partido Comunista Chino proclamó, por primera vez en la historia de esta organización, que la URSS era tan peligrosa como Estados Unidos para los pueblos del mundo.

En febrero de 1970, el delegado de Nixon en las conversaciones de Varsovia informó a su colega chino que su Gobierno estaba dispuesto a retirar su presencia militar de Taiwán, siempre y cuando disminuyeron las tensiones en Asia (léase Viet Nam).

Esta concesión unilateral de la Casa Blanca, mantenida en secreto por algunos años, repercutió decisivamente en el progreso de las negociaciones, pues Beijing respondió que aceptaría la visita de un enviado presidencial a China. (En octubre, Nixon declaró en la revista Time que antes de morir deseaba ir a China, y en diciembre, Mao le confió al periodista norteamericano Edgar Snow que con gusto recibiría a Nixon en su país como turista o como Presidente). A partir de entonces los acontecimientos se precipitaron.

En abril de 1971, mientras que Estados Unidos anunciaba el retiro de 100.000 soldados de Indochina, las autoridades chinas sorpresivamente invitaron a un equipo estadounidense de ping pong a participar en el campeonato mundial de este deporte.

Un mes después, a través de intermediarios pakistaníes se acordó un encuentro secreto entre Kissinger y Zhou Enlai en territorio chino, el cual se llevó a cabo en julio de ese año y se repitió luego en octubre, ya de manera oficial y pública.

Como fruto de estas reuniones, Washington reiteró el compromiso de evacuar todas sus fuerzas de ‘Taiwán, China prometió contribuir a una salida digna de Estados Unidos de Vietnam, y las dos partes acordaron que Nixon visitaría Beijing a principios de 1972. (Según fuentes de alto rango, Kissinger también suministró a los chinos información estratégica acerca de las actividades militares de la URSS a lo largo de la frontera chino soviética y de las conversaciones de Moscú con Washington).

El ingreso de China a la ONU y la expulsión de Taiwán, en noviembre de 1971, en la antesala del viaje de Nixon, constituyeron hechos premonitorios de lo que sucedería luego, a la vez que justificaban cada vez más la «diplomacia triangular»: Estados Unidos no se aprestaba a negociar con una nación paria, sino con un colega del Consejo de Seguridad del organismo mundial. (Coincidencialmente, dos meses antes, Lin Piao, sucesor de Mao y máximo opositor de la apertura hacia Washington en la jerarquía china, había muerto en un extraño accidente aéreo en Mongolia).

En las charlas realizadas durante la permanencia de Nixon y Kissinger en China, entre el 21 y el 2 de febrero de 1972, quedó claro que la prioridad no estaba en Taiwán o Vietnam.

Para Estados Unidos resultaba de vital importancia que el país más poblado de la Tierra y ahora potencia atómica, no se aliara con su máximo adversario -la URSS- o fuera avasallado por éste: para Beijing era de vida o muerte que Washington actuara como fiel de la balanza e impidiera la hegemonía de Moscú en el continente asiático, incluida la misma China. Mao Zedong le dijo al mandatario estadounidense: «El asunto más pequeño es Taiwán; el más grande es el mundo».

Richard Nixon quizá pudo haberle respondido: «El asunto más pequeño es Vietnam…». En el comunicado conjunto que suscribieron en Shanghai, las dos partes manifestaron su deseo de reducir la amenaza de los conflictos militares y se comprometieron a no buscar la hegemonía en la región Asia-Pacífico y a impedir que una tercera potencia lo hiciera, en lo que constituyó una clara alusión a la URSS.

Más tarde, Nixon afirmaría: «Creo que la historia demostrará que si no se hubiera dado este primer paso hacia la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y la República Popular China, el equilibrio de poder con la Unión Soviética estaría en estos momentos fatalmente inclinado contra nosotros».

El desenvolvimiento posterior de los hechos parece haber dado la razón a la «diplomacia triangular y a lo pactado entre los dos archienemigos en su rendez-vous de 1972: Estados Unidos soltó la «papa caliente de Vietnam y neutralizó a la URSS; China se liberó de la amenaza de Moscú y logró aislar a Taiwán: la Unión Soviética lanzó su ambiciosa pero fugaz ofensiva que terminaría a escopetazos en las montañas de Afganistán y a punta de martillo en el Muro de Berlín. Hoy, Estados Unidos es la máxima potencia del planeta, y China se perfila como el gran prospecto del siglo XXI.

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HONG KONG: Hora cero

El mundo se prepara este año para presenciar, el 1o. de julio, uno de los hechos internacionales más notables de la década de 1990: el retorno de Hong Kong a manos chinas, luego de casi un siglo de coloniaje inglés.

A pesar de que se trata de una isla de tan sólo 77 kilómetros cuadrados y seis millones de personas, frente a la inmensidad del territorio chino y sus 1.200 millones de pobladores, la verdad es que el endoso de Hong Kong tiene muchos más bemoles de lo que comúnmente se cree.

En realidad, esto no se reduce a la entrega de la última colonia importante del otrora imperio británico. Se trata, nada más ni nada menos, que del futuro de China y, por lo mismo, del futuro de buena parte de los países de la región, empezando por el propio Hong Kong. Pero, además, están en juego también los intereses que tienen en la zona países como Estados Unidos y Japón.

Good bye Hong Kong

La isla de Hong Kong fue inicialmente ocupada por Gran Bretaña en 1841 y formalmente cedida en 1842. Pero la totalidad del territorio e islas adyacentes fue adquirida por el imperio británico en 1898, mediante la Convención de Pekín, por la cual se estableció un “arriendo» a 99 años, al final del cual retornaría a su dueño original.

En 1985, China e Inglaterra acordaron que el 1o. de julio de 1997, Hong Kong pasaría a ser una Región Administrativa Especial de la República Popular de China. El acuerdo garantiza la libertad de bienes y de capitales, la preservación de su categoría de puerta libre, la libre convertibilidad de la moneda, la protección de los derechos de propiedad y de inversión extranjera, y la autonomía de Hong Kong para manejar sus relaciones comerciales y su política monetaria y financiera.

«Un solo país, dos sistemas»

En sus últimos años de liderazgo político, Deng Xiaoping se anticipó con claridad al reto que significaba para su país la transferencia de la soberanía de la pequeña isla Vecina. Desde entonces, la idea de «un solo país, dos sistemas» empezó a hacer carrera. Para el mundo es evidente que de la manera como los sucesores de Xiaoping manejen el retorno de Hong Kong a la madre patria, dependerá el futuro de la identidad política de China y su integración en la comunidad internacional.

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EL HOMBRE DEL TANQUE: SE CUMPLEN 30 AÑOS DE LA MASACRE DE TIANANMÉN . "Feng finalmente escapó a Francia a través de Hong Kong. Allí, cambió sus estudios a la religión. Cuando se le preguntó sobre sus pensamientos 30 años después de la masacre de la Plaza de Tiananmen, dijo que se había dado cuenta profundamente de que la República Popular China (RPC) no es del pueblo, no es una república, y ni siquiera es china (como cultura). El comunismo de la RPC proviene del marxismo, que fue importado de Occidente". . . Link al artículo en la en la Bio—> @bles.mundo.oficial . . #prc #china #pcc #masacredetiananmen #tiananmen #tiananmensquare #tiananmenmassacre #comunismo #dengxiaoping #democracia #democracy

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El primer reto consiste en preservar un sistema comunista en el cual, por primera vez, se intenta ceder un grado de autonomía local sin precedentes. Para China, que las negociaciones con Inglaterra hayan fortalecido la participación del Gobierno de Hong Kong en el proceso se ha convertido en una piedra en el zapato, mucho más aun desde que se establecieron las elecciones para el Consejo Legislativo y algunas formas de control democrático promovidas por el gobernador inglés Christopher Patten.

La reacción del Gobierno de Pekín ha sido la de integrar un Consejo Legislativo provisional a partir del 1o. de julio, para reemplazar el Consejo elegido en 1995 y, con ello, abrir la posibilidad de echar para atrás las reformas implantadas por el régimen del último gobernador británico. De esta forma, el proceso de transición apunta a generar una situación de conflicto constitucional y legal de grandes proporciones.

El segundo reto, de iguales o mayores consecuencias que el anterior, es el de llevar por buen camino el acoplamiento cultural. Ningún líder chino está acostumbrado al libre mercado ni a un sistema de libertades bajo un estado de derecho.

Además, las fuertes raíces heredadas del confucianismo y de las tradiciones del régimen mandarín, van en contravía de la aceptación de costumbres extranjeras y de formas de vida ajenas a las chinas. Ni que decir de los habitantes de Hong Kong, en su mayoría inmigrantes, para quienes la inmensidad de China comunista es terra incógnita.

Del éxito de este complicado proceso depende también el futuro de la reunificación pacífica entre China y Taiwán. Si fracasa, afectaría las relaciones entre estos dos países y terminaría por motivar el uso de la fuerza para someter a Taiwán. Las consecuencias de ello serían un eventual enfrentamiento militar con Estados Unidos y tal vez Japón), un rompimiento de las relaciones económicas de China con la región, y una amenaza para la estabilidad de la Cuenca del Pacífico.

La Nueva York de Asia

Pero la principal razón por la cual la transición del 1o, de julio tiene expectantes a tantos observadores, consiste en lo que Hong Kong significa hoy para el mundo. En los últimos treinta años, la isla se ha convertido en uno de los principales centros comerciales y financieros del planeta, y en un modelo de desarrollo industrial basado en la diversificación de productos y mercados.

Sus principales socios comerciales son potencias de la talla de Estados Unidos, Alemania y Japón. Geopolíticamente es el puerto de mayor movimiento de containers del mundo. Alrededor de 400.000 embarcaciones cargan y descargan hoy 147 millones de toneladas.

El aeropuerto Kai Tak sirve de base a 63 aerolíneas internacionales, provee cerca de 3.000 servicios de carga y pasajeros cada semana y moviliza más de 25 millones de personas en el año.

Por esta razón se ha vuelto común hablar de Hong Kong como la Nueva York de Asia, donde el éxito -en palabras del gobernador Patten- «es un tributo a la economía de mercado, a la administración eficiente y limpia y al pluralismo bajo el estado de derecho».

Lo que resulta paradójico y llamativo de tanto preparativo para la transición, de la cual depende el porvenir pacífico de la región, es que a nadie parece interesarle lo que opinen los principales afectados por las decisiones tomadas entre China e Inglaterra: los seis millones de habitantes de la pequeña isla.

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Junio
22 / 2019

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