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Cuento: Decisión en el último minuto

Ganador del primer lugar del Concurso Nacional de Cuento organizado por la Revista Diners, RCN televisión y CM& noticias en el 2006. Una historia de pasión, fútbol y gloria.

Foto: Darío Ortiz / Archivo Diners

Ganador del primer lugar del Concurso Nacional de Cuento organizado por la Revista Diners, RCN televisión y CM& noticias en el 2006. Una historia de pasión, fútbol y gloria.

Publicado originalmente en la Revista Diners N. 435, de junio de 2006.

A Guido Tamayo, que sabe de esto.
A Delio Maravilla Gamboa,
mi primer ídolo.

…por amor propio, ¿me entiende? No metí ese gol por amor propio. El técnico me había condenado a ver el partido desde la banca, precisamente ese, el partido en que nos jugábamos la clasificación a la semifinal de la Copa, me había suspendido por tres fechas porque yo les había dicho a los periodistas que entre las directivas del club había personas que sabían más de negocios que de fútbol.

No se imagina usted la que se armó. Mi declaración fue reproducida por televisión y radio, fue noticia en los periódicos y escándalo entre los dueños del balón, que no son propiamente los jugadores sino los que tienen metida la plata en los equipos.

-Me piden que te sancione por tres fechas —me dijo el Profe Marrugo—. Tienes que entenderme, no estoy de acuerdo con la sanción pero a estas alturas no puedo ponerme a pelear con las directivas, les bajaría la moral a los jugadores. Esa fue la explicación que me dio el técnico y ese fue el motivo por el que en los dos últimos partidos había calentado banca, sufriendo y sabiendo que podía estar en la cancha en mi puesto de siempre, perdóneme la vanidad, entonces yo era el primero en la lista de goleadores del campeonato nacional y el tercero en lo que iba jugado de la Copa.

—¿Ni siquiera en el partido contra Paraguay? —le pregunté al Profe.
—Ni siquiera en esa fecha —me respondió con la voz quebrada como si me estuviera dando el pésame por la muerte de un hermano.
—¿Por eso me están embolatando el pase?
—No creo —dijo mi amigo el técnico—.

Tu pase vale mucha plata. Si lo negocian con los españoles, el club se embolsillará un buen billete. La sanción fue una medida injusta, tú sabes cómo es el doctor Prieto, lo quisquilloso que es cuando lo critican en público.Por amor propio, le dije.

Lo que había sufrido en las dos últimas fechas, primero con el empate a los ecuatorianos y después con otro empate, el que les regalamos a los peruanos después de estarles ganando, porque ese empate fue servido en bandeja por un error de nuestra defensa cuando íbamos ganándoles dos a cero, esa manera pendeja de abrirles un hueco poniendo dos hombres a marcar al volante peruano que nos amenazaba con disparos al arco desde la línea de las dieciocho, a ese descuido le debíamos el dos uno y el dos dos, pero también a la falta de precisión de nuestros volantes, de Mario, sobre todo, un jugador con muchas cualidades y mucha garra pero todavía muy joven para jugar inteligentemente y adivinar al contrincante, demasiado novato para organizar una jugada, fallas en la defensa y demoras en la definición de las salidas ofensivas, esto era lo que había sucedido en el partido con los peruanos y lo que podía suceder en el que estábamos jugando con los paraguayos.

Iban ya veinte minutos del segundo tiempo y no salíamos del empate a cero goles, los paraguayos se la estaban jugando con una barrera defensiva que no podíamos romper con el juego que proponía nuestro equipo cuando lo que debíamos hacer era volver a la estrategia del toque-toque y jugárnosla con esporádicos pases de profundidad y sobre todo con balón a ras de tierra, como amarrado a los pies, ir levantando paredes y avanzando progresivamente, si golpeábamos sistemáticamente en la defensa paraguaya, por arriba el juego estaba perdido, eran altos como postes y duros como rocas, si insistíamos sistemáticamente podríamos obligarlos a abrir boquetes en los costados. ¿De qué se ríe? Ah, sí.

Es como si estuviera hablándole de una batalla, haciéndole el diseño de la táctica que podía debilitar a un enemigo atrincherado en la retaguardia. No sé quién lo dijo, el fútbol es una guerra pacífica entre dos ejércitos que al final se dan la mano, no tan pacífica a veces, que para eso somos humanos y tenemos impulsos, nadie deja el sistema nervioso colgado en los camerinos, los golpes bajos, los graves y los perdonables, las faltas deliberadas y las que son pitadas como falta sin que uno haya tenido la intención de hacer daño, todo hace parte de una guerra pacífica que no puede evitar el mal humor de algunos soldados.

Para eso están los árbitros. ¿Sabe? Me gusta lo que acabo de decirle.

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Me atreví a decirle al Profe Marrugo que estaba bien fortalecer nuestra defensa y dejar que el juego empezara a organizarse desde el medio campo, Raúl era un berraco para seguir ese esquema, aunque yo creía que necesitábamos de vez en cuando contragolpes sorpresivos, éramos más rápidos que ellos, nadie estaba jugando en posición avanzada, como si tuviéramos miedo al fuera de lugar, la habilidad de Raúl para avanzar por el medio campo y jugar en terreno contrario era muy conservadora, se volvía previsible, eso lo habíamos discutido con el Profe, no es que yo fuera partidario de la improvisación, pensaba que no se podía ignorar la inspiración, la iniciativa personal apoyada por un juego concebido desde atrás, podíamos así desbaratar el esquema del contrario, el que no arriesga no gana, le dije al Profe, y él me respondió que aunque yo tuviera razón él no estaba dispuesto a arriesgarse, confiaba de todas maneras en que ese primer gol iba a llegar, Cáceres había hecho dos disparos del putas, con la mala suerte de que habían pegado en el travesaño.

No acababa yo de decirle lo anterior y de aceptar en parte sus razones cuando empecé a oír mi nombre en las graderías. Primero fueron unos coritos aislados.

Gente que me quería —pensé— y que no estaba de acuerdo con la sanción. Lo mismo que pasó con los periodistas: unos de acuerdo y otros en contra de las directivas del club, ya era tarde para llorar sobre la leche derramada. Poco a poco el coro fue subiendo en las barras.

Gritaban mi nombre. No era solamente la gente que me quería, el coro llamó la atención del Profe y de los que me acompañaban en la banca porque empezaron a mirarme, hasta el doctor Prieto me miró de reojo. Íbamos por los veinticinco minutos del segundo. Fue cuando Paraguay nos echó encima un balde de agua fría: anotó su primer tanto. Hubo silencio en las tribunas. Jugábamos en casa y no era posible que nos hubiéramos dejado humillar, ellos iban a defender ese gol a patadas y mordiscos, ya eran de por sí aguerridos y duros.

No es que todo estuviera perdido, todo puede ser posible en unos pocos minutos, pero el silencio de la hinchada me devolvió al silencio de la melancolía. A los 37 del segundo tiempo Cáceres avanzó solo por la derecha, había recibido un pase de Raúl, que se metió en la mitad del área contraria, esperando tal vez que Cáceres le devolviera la pelota para desde allí organizar una última jugada de gol, pero Cáceres burló a dos defensas y avanzó dibujando una S y marcado, casi atropellado de cerquita, era como si buscara la falta del contrario, no, paró milagrosamente en seco y yo entendí que estaba buscando un ángulo de tiro, se acomodó de nuevo y disparó al arco con la zurda.

¡Empate! Ese gol hizo brincar de emoción a nuestra hinchada. Ganar este partido significaba pasar a las semifinales de la Copa con un rival argentino muy difícil pero tampoco invulnerable. De nuevo, esta vez como un murmullo que iba creciendo para volverse clamor de la hinchada, volvieron a corear mi nombre. No podíamos conformarnos con el empate.

Vi que el Profe escribía en un papelito, lo doblaba y se lo hacía llegar al doctor Prieto. El mensaje tenía que ver conmigo porque Prieto me miró fugazmente mientras yo lo miraba con el rabillo del ojo, escribió algo en el mismo papel y se lo devolvió al técnico. Después supe que la frase del directivo fue muy corta: “Allá usted”. Eso fue lo que le escribió al técnico porque, de inmediato, me ordenó que empezara el calentamiento, que en dos minutos haría el cambio.

Se sentó a mi lado, me mostró el dibujo que había estado haciendo y que, no joda, coincidía con el dibujo que yo había estado haciendo mentalmente. Los hinchas subieron el volumen de los gritos, mi nombre era gritado a medida que hacía ejercicios de calentamiento. El Profe me hizo el gesto del pulgar hacia arriba.
Sentí que el estadio se venía abajo.

Se vino abajo cuando entré al terreno de juego en reemplazo del sardino Mario. Raúl me dio la bienvenida con un pase largo hacia mi posición avanzada, con tan mala suerte que la defensa se la pilló y me dejó fuera de lugar. Íbamos uno a uno a los 40 minutos, faltaban 5 más la reposición, que iba a ser mucha porque el juego rudo de los paraguayos había detenido muchas veces el partido. Tenía metido en la cabeza, como un tatuaje, el dibujo del Profe, el cruce de líneas, la recta que salía desde el medio campo hacia el ala izquierda.

Entendí: Raúl, que antes estaba apoyándose en Cáceres y en Mario, ahora debía buscarme. Mario había desperdiciado tres jugadas de gol, mataba al tigre y a la hora de la verdad se asustaba con el cuero, así que al reemplazarlo caía en mí la responsabilidad de entrar al área en la individual y marcar. A lo mejor se le iba la mano a la defensa y les pitaban penalti.

Cuestión de vida o muerte pero también de orgullo. No iba a ser en todo caso fácil. Los paraguayos habían reforzado la defensa y el medio campo, podían contraatacar en un descuido, me habían marcado muy de cerca, por lo que empecé a entender que si no me podían atajar por las buenas no les importaría atajarme por las malas. No sé por qué estuve pensando todo el tiempo en El Pelusa Maradona:

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dominio magistral de la pelota, dribling genial, velocidad y astucia de gamín criado en barriada, diestro en evitar la falta concebida expresamente para cortar su avance mortal, Maradona no buscaba la falta ni el tiro libre sino que los evitaba, decirlo suena bonito pero hacerlo, bueno, hay que tener ambiciones, si para algo sirven los genios es para enseñarnos a hacer las cosas de la mejor manera, aunque El Pelusa era El Pelusa y yo el modesto buen jugador de un equipo colombiano que pasaba por su mejor momento, no estaba mal tenerlo en la mente mientras empezaba a entenderme con Raúl.

—Le haré pases cortos a Willy, tú te escapas por el extremo derecho pero reculas para buscar un ángulo de tiro sesgado —imaginé que me decía—. Si el contrario esperaba que Raúl se la pasara a Willy, que salía desde atrás para apoyar la ofensiva; si Willy confiaba en mi posición avanzada, pasándome la pelota para que hiciera el centro.

—lo que hice en dos ocasiones—, había que sorprenderlos olvidándonos de Willy, no buscar el centro sino el disparo a corta distancia en una sucesión de paredes, bonito decirlo, jodido hacerlo cuando se tiene la presión de un partido al que le faltan cuatro minutos. Mi primer disparo al arco, desde el ángulo derecho, puso a temblar de nuevo al estadio. El portero paraguayo lo desvió con los dedos.

Cuestión de orgullo. Faltaban tres minutos y seguíamos empatados a un tanto. Dos faltas, una con intención criminal, me advirtieron que el enemigo era consciente de la armonía que empezábamos a conseguir Raúl y yo. Se jugaba poco por la derecha. Cáceres se había rezagado un poco, perdiendo su posición de volante.

Era tan buen jugador que precisamente por haberse rezagado y al haber sido casi descuidado por la defensa, en cualquier momento podía convertirse en un peligro. El fútbol es el arte —me dijo un día el Profe— de distraer al enemigo y caerle por el flanco que ha descuidado.

Tres minutos son eternos en un partido que sigue empatado, eternos hasta que un cartel nos dice que quedan cuatro de reposición. Les voy a ser sincero, para qué echarme mentiras. A los 44 minutos, en la posición que había conseguido, teniendo casi despejado el ángulo de tiro por la izquierda a una distancia de siete u ocho metros, en instantes, como si una luz venida de no se sabe dónde me iluminara, supe que tenía dos alternativas: disparar un tiro cruzado, a esa distancia no fallaría, o hacerle el pase a Cáceres, que venía como un fantasma desde la derecha.

En instantes tomé la decisión y no me arrepiento: el gol de Cáceres es uno de los goles más hermosos que recuerdo en mi vida, uno de los más hermosos porque era el gol que él había estado esperando en su carrera, lo tenían en la mira, ese día, en el estadio, estaba el representante del club inglés que quería contratarlo, pero en las tres últimas fechas Cáceres no había podido concretar un gol decisivo.

Si no marco un gol en este partido, se olvidan de mí, me había dicho en los camerinos. Fue uno de los más lindos goles porque ganamos y porque Cáceres, al marcar dos goles en esa fecha, fue contratado para jugar en el Chelsea.

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Marzo
28 / 2018

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