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La muerte, otra versión de la vida

Ricos y pobres, hermosos y feos, todos hemos de morir. ¿A dónde vamos? ¿Algún dios nos espera sentado en la entrada del cielo? Cuatro “profesionales de la muerte” hablan de su relación con el único fenómeno que el hombre no puede controlar.

Foto: Pixabay

Ricos y pobres, hermosos y feos, todos hemos de morir. ¿A dónde vamos? ¿Algún dios nos espera sentado en la entrada del cielo? Cuatro “profesionales de la muerte” hablan de su relación con el único fenómeno que el hombre no puede controlar.

Revista Diners de agosto del 2000. Edición 365

Mientras usted empieza a leer esta crónica alguien se está muriendo. Para cuando termine de leer (seis minutos y cuarenta segundos para un lector promedio) 718 personas más habrán dejado de existir en mundo, eso si no se cae un Concorde o se produce una masacre en algún corregimiento del sur de Bolívar, o no hay un enfrentamiento entre los ejércitos ruso y checheno, lo que aumentaría considerablemente la cifra.

Es probable también que cuando usted respire por última vez, alguien, en algún lugar del mundo, esté leyendo una crónica sobre la muerte en otra revista. La muerte trabaja sin descanso, todos los días, como un obrero ideal. No exige recompensas y cuando la vituperan no se inmuta, ni siquiera sonríe. Tiene el don de la ubicuidad y aprendió a ser rápida y lenta a la vez, trabaja con la misma comodidad agazapada en medio de una multitud o en el silencio triste de la soledad.

Cada día se lleva a 24.000 personas por culpa del hambre, todas las semanas pasa por 51 condenados a muerte tras la muralla china, y de vez en cuando reclama a celebridades como Ernest Hemingway, la princesa Diana y John Lennon. A veces se excede, por ejemplo el día que se cargó a trescientas mil personas en sólo tres minutos y 37 segundos, en Hiroshima; otras es teatral, y busca choques de trenes o aviones que se caen, para hacer una entrada triunfal; y a veces resulta cruel, cuando se presenta bajo el seudónimo de mujer “blanca» y se hace acompañar de bebés de cuatro meses, que se duermen para no volver a llorar jamás.

Cierto apego natural pero inocente a la vida impide los seres humanos tomarla con naturalidad. Sin embargo, hay personas dedicadas a muerte, sus vidas giran en torno a ella. Viven de la muerte, luchan con ella, le hacen trampas para esquivarla, la saludan con respeto, la interrogan, y todos los días se acuerdan de que ellos también van a morir.

El intermediario

«Un día me llamó un amigo que no veía hace mucho tiempo y me soltó una bomba: Me voy a morir -dijo- tengo sida, soy un enfermo terminal. Me contó que ya había comprado osario y había pagado el entierro. Quería que le diera la última bendición, que le hiciera el entierro. Cinco días después, a las once de noche, me encontraba poniendo los santos óleos que más tristeza me han causado en toda vida.

El testimonio es del padre Juan Alberto Morantes, quien sabe que la muerte sólo debe mirarse desde la fe. «Si uno mira la muerte desde el lado humano, -dice sacerdote mientras el viento pasa las hojas de una Biblia que descansa al lado de su mano derecha (Biblia y mano derecha son las herramientas de trabajo del padre cuando da una absolución)- estaría admitiendo que todo se acaba con su llegada. Lo que pasa con la muerte es que el que se va deja de estar en el mundo terrenal, se acaban los sufrimientos y las alegrías. La resurrección, ese es el sentido. Estamos llamados a participar de la resurrección y la fe en Cristo”.

El sacerdote funge de intermediario. Su bendición simboliza la contraseña para iniciar el camino. Sus palabras: “por esta santa unción el Señor te perdone y te dé la paz, amén», son el anuncio de que el oficio del intermediario llega a su fin. Es el agente que ayuda un moribundo a encontrarse con su destino, con su estado final. «Ni cielo ni infierno como los han pintado desde hace siglos», dice. «Los muertos no llegan a un lugar sino a un estado: el infierno sería aquel estado de persona en el que no puede alcanzar la felicidad en Dios; mientras que el cielo es el estado de felicidad total, del que sí se encontró él. Pero que Dios decida,porque la muerte es un negocio entre Dios y el que se va”.

Mientras el padre Morantes habla de la resurrección y la vida eterna, la muerte se pasea por las calles de un barrio de Medellín. Ha muerto una señora de 44 años. Hasta el último minuto se negó a recibir la unción de los óleos, pues no quería morirse. «El rechazo a la muerte recuerda el instinto de conservación. Claro que cuando pongo los óleos no es para que alguien se muera. Es un Sacramento para vivos, para personas que estén enfermas y eso no quiere decir que se tengan que morir. La idea del sacramento es que el Señor realice su obra en la persona que lo recibe. Sólo él decide si el enfermo se muere o se mejora”.

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El investigador

«Descubrí la maravilla de los seres vivos gracias a los cadáveres. Siempre me hago la misma pregunta: ¿Qué era lo que tenía esa persona, lo que la hacía vivir, y ya no tiene? Por ejemplo, cuando yo era el médico forense en Turbo hubo una masacre en Currulao, un corregimiento. Después de las masacres siempre me llevaban los muertos y llegaba la dueña de la funeraria, Maryori, a molestar por la camisa del muerto, o por el reloj, o por los tenis finos. Pero cuando me llevaron a los muertos de Currulao, Maryori nunca fue a decirme nada. Ella estaba entre los muertos. Es muy raro eso de un día ver cómo alguien brinca, se ríe, va al baño y hace todo lo que hace uno, pero al otro día ya no está ahí adentro, se fue”.

Habla el hombre que busca pistas entre los muertos. Que descubre los restos de pintura que dejó un auto sobre su atropellado, que encuentra los restos de uñas entre las cicatrices, que escudriña, como un detective de la muerte, entre los cuerpos que llegan al Instituto de Medicina Legal (3.077 en lo que va del año) Máximo Duque se volvió forense porque ama la vida .

En Colombia sólo hay ocho especialistas en medicina forense y todos comparten su visión: los muertos son un problema de la sociedad, no del que fallece ni de su familia. Una sociedad que no respeta a sus muertos es decadente, así como las que no respetan a los niños o a los ancianos, dice el forense, quien está acostumbrado a pasearse por la morgue a las diez de la noche sin ningún temor. «Ojalá algún día uno de los muertos se moviera o me hablara, eso quiere decir que está vivo. Con tenerles miedo a los vivos es suficiente, sobre todo en Colombia, donde nadie respeta la vida”.

En opinión de Máximo Duque la muerte constituye el paso necesario que todos vamos a dar, por eso cree que se debe vivir con intensidad para prolongar la existencia a través de las obras. «Yo creo que es un error haber vinculado a la muerte y la religión. Todo el cuento del cielo y el infierno, y los buenos y los malos, sólo ha sembrado ignorancia. Prefiero pensar que el día en que uno se muere, pues listo, se muere y no sabe para dónde va. Sólo tiene que haber dejado las cosas bien hechas, vivido como una persona íntegra”.

“Temer la muerte es negar recibir su próximo vida», dice, y se prepara para recibir a su próximo caso, quizás muerto conocido por alguno de los lectores de esta crónica, mientras asegura que «todos los perros van al cielo, también los gatos, los árboles y todos los hombres. Todos los que se van al más allá llegan a un lugar mejor. No se reciben castigos ni premios, porque la vida misma se encarga de cobrar y recompensar todo lo que uno ha hecho”.

A Máximo Duque le gustaría morirse a los 110 años de un infarto. Pero en Colombia eso es muy difícil. “Si algún día no tengo una moneda para regalar, o alguien cree que lo miré mal, pues me gano un balazo o una puñalada. Qué pesar que la muerte esté tan a gusto en Colombia».

El sepulturero

«La muerte es mi trabajo y hago mi trabajo tan tranquilo como si me tomara un vaso de agua”. Luis Miguel Urrego salió de la región del Guavio hace años y, desde entonces, ha trabajado con más de mil muertos en el cementerio Jardines del Recuerda. Siempre al lado de una tumba, siempre con una pala entre las manos, Urrego se dedica a abrir huecos, a limpiar los huesos de los cadáveres que tiene que exhumar, a sacar el agua de las fosas que se inundan sin haber sido cerradas, a mirar cómo la gente llora a personas que no oyen…

«A la vida uno sólo viene a sufrir y a pasar malos ratos. Entonces por qué tanta tristeza cuando alguien se muere. Yo digo que cuanto más rápido uno deje esta tierra, mucho mejor». El sepulturero piensa, sentado en el borde de una fosa, balanceando los pies como si estuviera en una piscina, en otro lugar menos lleno de muerte. A su alrededor, miles de cadáveres esperan el día de la resurrección, o el día en que se hunda el humedal sobre el que está levantado el cementerio. Y sigue pensando. Piensa que muerte es otra versión de la vida. Piensa que ni el cielo ni el infierno existen, porque si existieran ya alguien habría vuelto para contar cómo son. Piensa que hace muchos años se le olvidó qué era sentir tristeza por un muerto. Tan acostumbrado está a verlos y tan seguro de su bienestar, que sería un hipócrita si sintiera pena por ellos.

«Yo me paseo entre los muertos, y no me da vergüenza tomarme una cerveza o contar un chiste entre ellos .Yo sé que no están aquí, sólo estoy entre cuerpos que no ven, que no oyen, que no sienten nada. Estoy en medio de la nada, rodeado por miles de personas que no están”.

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El científico

«Cuando se murió Marina lo lamenté mucho. Uno nunca termina de entender por qué la muerte se lleva a gente joven. Una niña de 23 años, brillante, con unos deseos de vivir que se veían en la cara… Pero no fue posible hacer nada. La muerte nos llega a todos y nunca avisa a qué edad»

Pocos lugares tan solemnes y fríos, tan ceremoniosos, como una sala de cuidados intensivos. ¿La antesala ideal de la muerte? Quizás, pero en la mayoría de las ocasiones se convierte en un centro de la resurrección un lugar en el que se entra de la mano de la muerte y se sale de la mano del médico. «Lo ideal es que un paciente siga vivo, pero la vida no es la única opción. La muerte también es opción para las personas que ya han vivido lo que tenían que vivir, en ese caso la misión del médico es ayudarles a morir con dignidad, a encontrarse con Dios”.

Elling Bejarano es un cardiólogo que trabaja con la unidad de cuidados intensivos de la Fundación Santa Fe y todos los días se enfrasca en una lucha «a muerte» con la muerte. Debe tratar de convencerla de que el hombre que está enfermo no debe morir. Casi siempre la vence, con sus recursos médicos y sus manos diseñadas para salvar vidas. Pero a veces la muerte gana (según las estadísticas, una de cada cinco personas que entran en la sala deja de vivir y el médico no puede hacer nada). «La muerte es la separación de cuerpo y alma. Desde el punto de vista biológico es el cese de las funciones vitales del ser humano. A mí me corresponde trabajar con esa parte biológica, con los músculos, los sentidos, el hígado; pero sé que el hombre tiene alma, el ser humano está de paso por la tierra y, como decía San Pablo, su verdadera ciudadanía está en el cielo. Cuando uno se muere no es el fin, hay un Dios y hay una vida eterna.

Elling Bejarano es médico, pero antes de ser médico “soy un ser humano, la muerte también me duele y cuando llega no puedo evitar hacerme preguntas, si hubiéramos hecho esta cosa o esto otro… y lo lamento mucho. Son sentimientos que van desde la tristeza por una persona que habría podido vivir mucho más, hasta la tranquilidad por aquellos a quienes ya les llegó la hora de morir”.

El médico se preocupa por la tecnología y la alharaca que se arma frente a temas como el del genoma. Piensa que esa carrera a la que han entrado los científicos por prolongar la vida hasta la inmortalidad sólo alarga el dolor de las personas. «A veces creo que es más afortunado el pobre que puede morir tranquilo, en su casa, sin la posibilidad de alargar su sufrimiento”.

Y mientras usted pasa esta página, otra persona habrá muerto.

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Octubre
13 / 2017

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