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Crónica de un minero de Anorí, Antioquia

A los 104 años Rosendo Prieto ve llegar la noche como a un enemigo. No le teme a la soledad ni a la muerte. La primera es ahora una simple compañía y la segunda es apenas una esperanza.

Foto: Unsplash/ C.C by 0.0

A los 104 años Rosendo Prieto ve llegar la noche como a un enemigo. No le teme a la soledad ni a la muerte. La primera es ahora una simple compañía y la segunda es apenas una esperanza.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 115 de octubre 1979

A los 104 años Rosendo Prieto ve llegar la noche como a un enemigo. No le teme a la soledad ni a la muerte. La primera es ahora una simple compañía y la segunda es apenas una esperanza. Pero en la oscuridad la cercanía del día siguiente abre un hueco enorme entre sus entrañas.

Una picada profunda relampaguea bajo su pecho. Tiene que levantarse a beber agua con bicarbonato de soda para calmar el ardor. En ocasiones dos viejas hernias también afloran de entre sus vísceras y lo inmovilizan mientras un sudor helado cubre su cuerpo. Todos sus males parecen revivir ante el próximo amanecer.

Cuando el sol logra aparecer de nuevo tras la montaña y bajar por la selva hasta el caserío y penetrar por entre las junturas de las maderas de su cuarto, el viejo sabe que sólo le espera la amargura de no tener dinero y la inapelable agonía de estar sin trabajo. Todas las noches el viejo piensa largamente sobre el día siguiente.

El mismo sabe que su cerebro es un músculo fuerte y templado por rigores del pasado y dispuesto a resistir todos sus pensamientos. De otra manera ya habría enloquecido, piensa.

Unas gallinas saraviadas y grises escarban las hojas podridas del patio bajo la irrealidad del alba. El viejo las escucha desde su camastro. Su rumor gutural le recuerda a veces conversaciones con los hombres de su tiempo que nunca tuvieron ninguna importancia. Pero no siempre lo ocupan los recuerdos.

Entonces el viejo se dedica a repasar las cosas del cuarto con su mirada invicta y pura. Las cosas están allí desde 40 años atrás, cuando el construyó la casa, sobre un piso de polvo con paredes de madera y tablones delgados y con un techo de caballete alto cubierto por largas ramas y hojas de palmas tropicales.

Más de la mitad de la casa permanece vacía durante el año. El viejo sólo ocupa dos pequeños lugares, en los que duerme y cocina su comida. En el dormitorio se acumulan centenares de botellas vacías de cerveza y de gaseosas que huelen a petróleo, cajas de lata de galletas y cajas de cartón de alimentos.

Sobre una mesa, como si nunca se hubieran usado, hay una vajilla y unos cubiertos llenos de costras y trastos abollados y recubiertos por el hollín. En un pequeño porrón de vidrio hay puñados de sal traídos por los vecinos y unas cucharadas de aceite vegetal en una botella. En una de las cajas de lata el viejo guarda a veces una tira de carne de res.

El mismo la prepara, la taja y la limpia de gusanos, y la pone a hervir en una ollita entre un caldo incierto con el que engaña sus hambres. Seis trancas de distintos tamaños le sirven para asegurar las puertas. A la cabeza de la cama hay una cruz de madera, una lámina del Sagrado Corazón de Jesús y otra del Señor Caído con un marco hecho por el viejo.

En una repisa están sus objetos más necesarios: una lámpara rudimentaria a petróleo hecha también por él, un encendedor de mecha, un frasco con bicarbonato de soda, medio paquete de cigarrillos baratos, un candado sin llave fabricado en Alemania, un cuchillo y una lima de estrías gastadas. «Hombre prevenido no se ve combatido», piensa el viejo cuando mira el cuchillo. Pero cuando sus ojos terminan de hacer el inventario de su pobreza, él mismo se sobrecoge. «La próxima vez que vengan a robarme los ladrones me van a matar por no encontrar nada», piensa.

Nunca ha podido volver hasta su infancia. Más de diez años de su vida permanecen irrecuperables en sus recuerdos. A veces cree que tiene más de 104 años. Su partida de nacimiento desapareció en el incendio de Tacamocho, durante la Guerra de los Mil Días. Años más tarde le dieron una cédula de ciudadanía con una edad que se la sacaron al cálculo, mirándole a la cara.

El piensa que entonces le quitaron diez o quince años. Está seguro de que nació en Tacamocho, un pueblo que después de ser quemado en la guerra dejó de ser municipio para convertirse en corregimiento y que finalmente desapareció sin dejar la huella de ningún escombro. El viejo es tal vez el único que recuerda el lugar donde quedaba.

«De Madreseca caminando en escuadra hacia Porce, ahí está, a la legua, Tacamocho. Un próspero pueblo de mineros con ley completa», murmura, como si sus palabras recuperaran al pueblo perdido.

Su recuerdo más antiguo y más vivo es de la guerra. Tenía 22 años. Una comisión del ejército conservador pasó por la hacienda de su padre y les arrebato tres bestias de silla. La guerra ya terminaba.

El muchacho de entonces emprendió la persecución de la patrulla con un fusil gras, una soga y tres litros de aguardiente. La noche que la encontró conversó largamente con los soldados, les prometió unirse a sus filas, les ofreció aguardiente y los emborrachó. Escapó por una quebrada con las tres bestias amarradas tras sus pasos.

Fue su única intervención en la guerra. Su oficio de buscador de oro arranco desde su niñez. Se lo enseñó su padre, lo mismo que le enseñó a ser religioso y a ser liberal. Buscó oro durante muchas jornadas hasta hace cinco años, cuando se descuajó una pierna levantando una cerca. Durante los veranos de más de medio siglo, el viejo lavó oro en las vertientes de las montañas, o lo buscó buceando en los pozos más profundos de los ríos.

Los más viejos del caserío aún recuerdan cuando el sacaba tanto oro que lo ponía a secarse bajo el sol tendido en cueros de vaca. Sin alterarse hoy reconoce que pudo haber extraído varias arrobas de oro durante su vida. En cada verano sacaba unas dos o tres libras. Luego bebía desenfrenadamente durante los largos inviernos, hasta que de nuevo se encontraba sin dinero.

Tacamocho sucumbió cuando los comerciantes que no vendían aguardiente quebraron, con los brazos cruzados, a la espera de que alguien les comprara sus abastecimientos, y todo el pueblo se convirtió en un enorme estanco y en una vasta casa de citas de varios callejones. Músicos de paso con dulces vihuelas de cuerdas de tripa ocultaban el monocorde caer de las lluvias.

La melodía la llevaba un hombre que improvisaba un pitico con hojas tiernas de naranjos o de limón. Cuando no conseguía la hoja apropiada, tocaba su propia peineta, envuelta entre el papel transparente que protegía las cajetillas de los cigarrillos. El ritmo se sostenía con un tambor y con un guache, que consistía en un trozo de caña de yarumo hueco y lleno de chaquiras y que emitía un sonido agudo al zangolotear con las manos.

Cuando los inviernos entraban antes de tiempo o los músicos se tardaban, los mineros y las mujeres bailaban mientras alguien golpeaba las baquetas de un taburete templadas en una hoguera. Había menos tristeza entonces en el mundo, piensa hoy el viejo.

Durante el verano se alistaba en los grupos de mineros que se iban a cazar y a pescar. Mataban frágiles animales de la selva, como las guartinajas, los monos y las dantas. Algunas veces llegaron a capturar dantas hasta de 16 arrobas, más grandes que un novillo. El viejo recuerda que también disparó sobre tigres y leones estupefactos a los que se encontró, de repente, mientras huían acosados por los perros.

Sin desearlo, a veces no puede evitar que en su cabeza se reviva el instante que más quiso eludir en su vida. Cuando lo ve aparecerse con su terrible magnitud de desgracia, más terrible que la muerte, el viejo ríe solo y llora y se conforta a sí mismo.

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«Setenta años después la que fuera mi mayor desdicha pesa menos que cualquiera de los trastos viejos de mi chora» piensa en voz alta. Setenta años atrás el tenia un poco más de treinta años. Mister Tyrrell, un inglés dueño de la legendaria mina La Constancia, había decidido cerrar los socavones.

Un sábado que no había carne para los trabajadores que reforzaban uno de los caminos de la mina, el viejo decidió dinamitar uno de los pozos del río para sacar pescado. Después de colocar la carga de dinamita contra la profundidad del peñasco, prendió la mecha con un tabaco encendido. Vio entonces que la mecha no chispeaban y pensó que estaba mojada.

Decidió cortarla y buscó entre su carriel una navaja. Durante todo este tiempo no se dio cuenta de que la mecha estaba prendida. La cogió para trozarla pero cuando vio que la punta estaba cubierta de ceniza se la llevó frente a los labios para soplarla. Cuando lanzó el primer soplo un resplandor destelló en su cara. Una enorme carga de silencio comenzó a vibrar como si quisiera metérsele por las narices. El aire se desgarro y desapareció como en una estampida.

Después de un siglo de incertidumbre, olio, juntos, el humo de la pólvora y la aterradora fragancia de la sangre. A través de una mancha púrpura y espesa contempló el anonadante vacío de sus brazos baldados y sin manos. Cinco semanas después, en el hospital del campamento de la Pato Gold Mines, contempló con el único ojo que le quedó, sus muñones y, en donde antes tenía la mano izquierda, un dedo solitario que parecía un garfio de carne. Sobrevivió en el abismo del alcohol.

Un comerciante adinerado de Amalfi lo instaló en una tienda de abastecimientos. Las líneas de los arrieros estaban arregladas para que le despacharan todo lo que él quisiera. Tenía un crédito abierto en el estanco de Zaragoza para pedir los cargamentos de aguardiente. En las mañanas, cuando el viejo despedía a los mineros hacia sus trabajos, se enfrentó a un vacío que nunca había conocido.

Entonces guindaba una hamaca apretaba entre sus muñones un litro de aguardiente. Le daba cuerda a una ortofónica y escuchaba incansablemente un disco llamado «Una negra noche». Casi un centenar de buscadores de oro lo acompañaban por las noches en sus borracheras.

El les cambiaba litros de aguardiente por puchas de oro. Cuando los viajeros le advertían al comerciante que él estaba dilapidando la tienda, el comerciante les explicaba que para un hombre de trabajo que había perdido sus manos no había otra alternativa que la del despecho. Además, cada ocho días recibía un peón con una o dos libras de oro que el viejo cambiaba por el aguardiente. Al final del primer verano, el comerciante le devolvió el valor de todas las remesas de oro que él había enviado. Era una fortuna: dieciséis mil pesos oro de la época.

Volvió a bucear tras el oro cuando aún tenía los muñones envueltos en gasa. Desarrolló una tremenda fuerza y una especial habilidad para manejar sus brazos desprovistos de manos. Su único dedo suplió a todos los otros nueve que le faltaban. Los mineros miraban con tristeza al viejo cuando volvía a los ríos y a las montañas.

Les daba pesar verlo caminar en el amanecer llevando trabajosamente entre sus brazos una pesada
batea metálica. Pero cuando lo veían trabajar y regresar a la aldea con un buen puñado de oro, reían y lo invitaban a tomar un trago. Desde entonces el viejo desdeño el recuerdo de aquel día desafortunado.

En los últimos tiempos el viejo se acostumbró a dormitar en la puerta de la barraca, después de los almuerzos. Entre la penumbra del sueño, un medio dia vio venir por el camino a un perro con un collar de limanes tajados colgado del cuello. El viejo a quien le enternece la presencia de los animales, le musitó unas palabras. El perro se detuvo entre el polvo y se quedó inmóvil, como si formara parte de una lámina.

El animal lo miró con una mirada hueca y sin aliento. Fue entonces cuando el viejo fue conmocionado por el único recuerdo que no ha podido nunca doblegar. Contempló entonces de nuevo a su primera esposa. A la entrada de un frenocomio de Medellín ambos se despedían por última vez. Ella vestía con un hábito de la Virgen del Carmen que le había pedido que le regalara. Tenía la mirada de un animal extraviado. El volvió a las minas y tres días después supo que había muerto.

Nunca pudo restañar los traumatismos de aquella zozobra. Le fue imposible aceptar que a la gente pudiera envolatársele la razón en el momento menos pensado. La calidad de la vida se deterioro para el viejo desde el día en que su mujer comenzó a echarle azúcar a las comidas y a endulzar el café con sal.

Pensó que tal vez un terrible castigo se abatía desde los cielos contra él. Pero también pensó que la locura no podía ser más que hija de la miseria. «No he visto más que a los pobres en los frenocomios», recordó. Sus desgracias se acrecentaron luego, cuando cinco de sus seis hijos sucumbieron agarrotados por las fiebres o con el estómago violáceo y abultado por los parásitos.

Cuando las desgracias son rescatadas por su memoria, el viejo termina por revivir la tarde en que estuvo con la mujer de su padre. Él tenía 18 años. Ella, que era la segunda esposa de su padre, tenía apenas 16 años. En el vasto vacío de aquella tarde sólo existía el húmedo sopor del rastrojo.

Abandonados a la necia soledad de su adolescencia, inventaron juegos que los acercaran, que los hicieran rodar acezantes por el tablado del largo corredor. Sacudida por la risa, ella se dejó ir de espaldas y él, cayendo entre un enorme silencio, quedó acaballado sobre ella. Desde entonces sufrieron y gozaron su amor oscuro, hasta el día en que fueron descubiertos. En el mismo corredor en el que habían caído la primera vez, su padre les presentó a uno de los trabajadores de la finca.

Era un hombre de ojos cansados. El extraño colocó en el piso del corredor una palangana llena de agua. Luego puso arriba entre los cuartones del cielorraso un espejo, exactamente frente a la palangana, y las superficies de ambos objetos se reflejaron la una a la otra. El hombre no dijo nada y procedió en el silencio.

Cuando terminó aguardó unos instantes. Entonces todos comenzaron a ver en el fondo del agua y en el del espejo, el brioso estrujamiento de los dos jóvenes amantes sobre las manchas de sol que caían en el corredor, entre la penumbra de los cuartos abandonados de la hacienda, en las toldas donde se almacenaban frutos de piel áspera, en el lecho cenagoso de las cañadas. Con el portentoso aparato, su padre descubrió aquel día además a quienes saqueaban sus sembrados de maíz y de cacao. Resopló congestionado por tanta amargura. Con el mismo rejo con que lo castigó a él castigó también a su mujer.

Luego los trato con una extraña ternura hasta el día de su muerte. El viejo no deja de preguntarse hoy por que el gobierno no emplea aquel poderoso artificio en sus investigaciones. «Algún provecho deben sacar las autoridades de la impunidad una vez
que no lo utilizan», piensa.

Solo años más tarde quedaría deslumbrado al contemplar la materialización de una profecía que en su juventud creyó un galimatías. Alguien alguna vez le había dicho que con el tiempo se habrían de ver muchas cosas y «se verían a las familias volando por el aire». El no lo creyó. Una mañana de cacería un estruendo invadió el espacio. Entonces vio por encima de su cabeza siete aeroplanos que trepidaban con desesperación tratando de sostenerse en el cielo. Desde entonces pocas cosas lo han sorprendido.

Ni siquiera cuando la Pato Gold Mines subió por el río Nechí un enorme edificio de latones repleto de poleas y cucharas gigantescas que podía sacar en un día más oro del que él y varios hombres hubieran sacado en toda su vida. En 1963, sin embargo, el viejo fue sorprendido por un acontecimiento que jamás pensó que pudiera ocurrir.

Los 500 obreros de la Pato se vistieron durante más de cien días de blanco y con las mismas ropas habanas que sólo usaban los domingos y no volvieron a trabajar ni a mover las dragas. Frente a los galpones con techos de zinc de la compañía el viejo los vio reunidos con una bandera de Colombia y una pancarta que decía «Libres siempre, esclavos nunca».

Los gringos se pertrecharon en la ciudad portátil de jardines artificiales que habían instalado en Pato. Y por primera vez el viejo vio el pánico en sus rostros desencajados. Entonces supo lo que era una huelga y sintió envidia de lo que hacían aquellos hombres en defensa de su trabajo.

El trabajo ha sido la mejor creencia que ha poseído el viejo durante su vida. Todas las noches dice sus oraciones solicitando a cambio el poder volver a barequear, a buscar el oro en los barrancos, o a mazamorrear, que es la búsqueda del oro en los riachuelos de lecho fangoso. «Dios, déjame ir, componme la pierna para poder ir a la montaña con mi palita a sacar mi palada y echarla a la batea y lavarla y conseguir mi oro», dice el viejo en las noches. «Trabajar es orar.

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Por qué no me das un recurso. Padre Mío, para que mi pierna esté buena y pueda ir a trabajar para no estar de balde y pensar malas cosas», dice el viejo cuando tendido en el camastro, buscando la siesta del mediodía, es asaltado por la visión de muchas mujeres. Sueña con ellas como un adolescente.

Las contempla con la misma dulce perplejidad con la que ve desfilar al amanecer unas fantasmales cuadrillas de hasta más de diez personas. El viejo piensa a veces que son las ánimas. Entran y lo rodean en su dormitorio. Y las escucha cuando rezan. El las mira detenidamente, tratando de encontrar un rostro conocido, pero no encuentra a ninguno de sus amigos muertos.

Entonces él siente malicia de que aquellos visitantes no son las ánimas, pues la mayoría de sus compañeros han muerto ya hace mucho tiempo. Y le da miedo de los extraños, aunque les agradece su compañía.

A diferencia de los guaqueros, los pioneros que desenterraban el oro de las tumbas indígenas, el viejo no creyó nunca en las primitivas leyendas sobre las hadas y los monstruos que protegían el oro. En cambio si creyó que el metal huía cuando los mineros llevaban torvas intenciones. «Una vez teníamos una veta que la habíamos cateado, con muy buen oro. Desbarrancábamos la tierra por los respaldos de la mina, y salía pinta.

Cogíamos morena piedrita, y pinta. Esta es una riqueza, dijimos. Los dos hombres que estaban conmigo viajaron a pie hasta Anorí a denunciar la mina. A mitad del camino uno de los mineros le dijo al otro, que era mi cuñado: Compadre a usted le parece una cosa que le voy a decir. Compadre qué, le respondió mi cuñado. Y el otro le dijo: Que nosotros no debemos avisar esta mina para tres. Avisémosla para los dos. Y mi cuñado le dijo:

No compadre, nunca, yo no le salgo con una porquería de esas a Rosendo. Avísela usted solo y sáquenos a nosotros dos. Y siguieron caminando a disgusto, pero al llegar al pueblo finalmente avisaron la mina para los tres. Después de un año el gobierno nos concedió la posesión de la mina. Volvimos a buscar la veta y por donde quiera que la cateáramos, nada. Molíamos la piedra, nada. Y el hombre dijo: ¿Y esto Rosendo? Y yo le dije: Eso, hombre, la envidia suya que la hizo perder. Y eso está bien así. Y aquí se quedan ustedes y nosotros nos vamos. Y yo me vine con los otros y allá lo deje», relata el viejo.

En el pueblo dicen que el viejo guarda en su memoria muchas minas sin explotar. Según esas conversaciones de las tardes, sólo él conoce las perdidas señales que conducen a las vetas, antiguos canalones y andurriales que dejaron de ser transitados y están ahora sepultados por la manigua. Pero en el pueblo también se dice que bajo la tierra de su choza el viejo esconde un entierro de oro.

Cuando se ausenta, al regresar encuentra removida hasta la tierra del poyo sobre el que cocina. Más de uno espera con impaciencia la muerte del viejo. Sus sospechas se fundamentan cuando lo ven pagar con puntualidad las escasas provisiones que le fían durante una semana. El viejo no le debe nada a nadie. Cuando le preguntan de dónde saca el dinero para pagar, el responde: «Son cosas de Dios».

El pueblo es una sola calle bordeada de casas de madera y techos de zinc. La calle es una parte del camino que saliendo del desembarcadero de Dos Bocas, sobre el Nechí, llega hasta Anorí. Fue construido en 1822 y dicen que fue la primera vía del país por donde subieron la maquinaria que traían los vapores que remontaban el Magdalena.

Los malacates y los molinos iban destinados a las minas de Frontino. Titiribí y La Constancia. Esta última fue la próspera explotación de una vena gruesa, casi un gajo de oro, cuya raíz tuvo que ser sacada entre dos obreros, amarrada a un tronco y a plomo. El viejo fue uno de los primeros en arribar a la región. Dicen incluso que es él el fundador del pueblo.

Llegó en un verano y saco tanto oro que volvió con un caballo y cien gallinas, dispuesto a quedarse para siempre. Compró toda la región por 50 pesos. Luego comenzó a venderle solares a los que iban llegando. Al principio el caserío se llamó Cachora, como la quebrada que corre en las afueras y que en los veranos se vuelve de un azul transparente en el que refulgen doradas de hasta 15 libras.

Luego se llamó Charcón, como una mina cercana. Por algún tiempo alcanzó a llamarse Australasia, cuando la mina fue vendida y los nuevos dueños le cambiaron el nombre. En los mapas oficiales figura como Liberia, aunque nadie en el pueblo utiliza ese nombre.

Es un germen de rebeldía contra el alejado gobierno de Anorí, donde los funcionarios sólo recuerdan a este corregimiento cuando tienen que adjudicar su único cargo burocrático, el de una inspección de policía sin policías.

Cuando el viejo ve pasar frente a su casa a un balumboso senador de los Estados Unidos, que se apretuja en un pequeño jeep para ir hasta un monitor con el que busca oro, el viejo piensa que su pueblo no tardará en tener un nuevo nombre. También lo piensa cuando en el verano más de tres mil negros provenientes de la costa del Pacífico se posesionan del pueblo y de más de la mitad de su casa. El los admira pues ellos le enseñaron a buscar el oro de los ríos buceando a grandes profundidades.

Los que más aguantan bajo el agua, se desploman a veces en los billares del pueblo, víctimas de un derrame cerebral causado por los estragos de paralizar la respiración.

Tal vez por estos días Rosendo Prieto emprendió ya el último viaje de su vida. Tomó uno de los dos carros que van desde Charcón hasta Dos Bocas y se embarcó hacia Zaragoza. Allí él mismo compró una bóveda y una lápida y contrató sus funerales. No quiere que nadie tenga que pedir para poder enterrarlo. De su único hijo que vive no volvió a tener noticias.

Tampoco quiere ser sepultado en el cementerio de su pueblo desde el día en que supo que se había convertido en un campo en el que vagan los cerdos. Todo esto lo habrá hecho con una límpida sencillez. Ha derrotado desgracias tan desmesuradas y ha sobrevivido a tantas tormentas a lo largo de más de un siglo que su ánimo no siente el menor recelo ante la muerte.

Ahora simplemente quiere abandonar el mundo como Guerrero, un aeronauta que iba cada año a animar las fiestas de Zaragoza. En medio de su inmensa soledad, sueña a veces, como él, en construir un globo gigantesco de papel de colores y hundirse en el cielo y aparecer luego sin vida en el mar, con su hermosa sonrisa de vencedor intacta.

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Agosto
10 / 2019

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