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Así es el 'cachaco', por Daniel Samper Pizano

Es un hombre fatuo en la Costa, pero en Bogotá es un heredero del «caché» de los santafereños.

Foto: Archivo Diners

Es un hombre fatuo en la Costa, pero en Bogotá es un heredero del «caché» de los santafereños.

La palabra cachaco tiene dos significados totalmente distintos en Colombia. De acuerdo con el “Real Diccionario Bogotano de la Lengua», úsase para designar al capitalino atildado y culto que preserva en su manera de comportarse y de vestir las mejores tradiciones santafereñas. De acuerdo, en cambio, con el “Chévere Diccionario de la Lengua Barranquillera», es término peyorativo que designa a todo habitante nacional, de Magangué hacia el sur, y cuyas principales características son la hipocresía, inmodestia y falsedad.

Una incursión por otros libros de consulta no aclara mucho la discrepancia. El “Diccionario Larousse» identifica la voz cachaco con los sinónimos «elegante, petimetre». El «Diccionario Sopena de Sinónimos y Antónimos» no trae ningún sinónimo ni ningún antónimo de esta expresión.

El «Diccionario Español de Sinónimos y Equivalencias», salta alegremente de cacha a cachar, al paso que el «Diccionario Secreto» de Camilo José Cela incluye las voces cacho y cachurro, cuyo significado excuso copiar aquí, pero guarda sospechoso silencio respecto a la que nos ocupa. Lo mismo ocurre con el «Diccionario Zurdo» de ese cachacazo que es Alfonso Castillo Gómez.

Zimmerman, en su famoso «Diccionario de Mitología Clásica», no escatima escrúpulos para incluir a Caca, la antigua diosa romana de la tierra que luego fue suplantada por Vesta, pero se olvida por completo del semidiós sabanero que hacía desmayar a las señoras al ritmo de pasillo y que fue luego suplantado por el gallinazo moderno.

Ni siquiera Carlos Gaytán, en su “Diccionario Mitológico», analiza la palabra de marras. Cómo será, que ni siquiera incluye a la fétida diosa suplantada por Vesta. Y como tampoco aparece en el «Compact Science Dictionary», de G. E. Speck, ni en el “Dictionary of American Slang» de Wentworth y Flexner, no queda otro remedio que acudir a la fosa común de la Academia de la Lengua Española, donde sí encontramos la palabreja. «M. Colom: Lechuguino, petimetre», es todo lo que dice. Ninguna referencia a gentilicios, así que no vale la pena detenerse a averiguar qué es un lechuguino, qué es un petimetre.

Al cabo de esta incursión bibliográfica, que a mí me costó más de una hora y a ustedes lo que llevan leyendo estos párrafos, nos hallamos, pues, otra vez en el punto de partida. El cachaco es en Bogotá una palabra elogiosa y en la costa un término denigratorio. Como sustantivo, significa en el primer caso al heredero de las mejores tradiciones de la capital y, en el segundo, al fatuo habitante del interior.

Como adjetivo («qué cosa tan cachaca, oh, que gesto tan cachaco») encierra en el altiplano elogio o admiración; en cambio en el litoral («edda, déjate de hacé vainas cachacas») envuelve crítica o reprensión.

Ante esta situación, el filólogo tiene necesariamente que preguntarse: Bueno, y entonces, ¿qué vamos a hacer para salir de este lío? O alguna frase por el estilo.

Estudio morfológico

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Lo primero es botar a la caneca los diccionarios. Lo segundo es intentar un análisis morfológico del cachaco para ver de clasificarlo entre las especies de primates descendientes del Homo sapiens.

Morfológicamente hablando, el cachaco tiende a ser flaco en las clases de cuenta bancaria gorda, y gordo en las clases de cuenta bancaria flaca. Cachaco típico puede ser, al mismo tiempo, el perfumado descendiente del conquistador don Antón de Olalla que todavía carga sombrero, vive en Chapinero y gasta traje cruzado, o el guisandero de
Las Cruces cuyos antepasados vendían pita en los jolgorios dominicales y que usa vestido rayado, ruana y corbata negra que alguna vez fue de otro color.

El primero tiende a ser magro de carnes, bajo de estatura, blanco de mostacho y encorvado de espalda. Malo para los deportes, como no sea el bridge, se apoya en fino paraguas Briggs al que saca a pasear aunque no esté lloviendo y renueva solemnemente los tacones de sus zapatos con carramplones que sólo él sabe dónde conseguir aún.

El cachaco del sur tiende, por el contrario, a ser gordo, de poco y ralo bigote, abotagadas las manos y con ojos un tanto oblicuos que denotan la no muy lejana presencia del ascendiente chibcha. A pesar de las distancias de clase que separan a uno y a otro se reconocen mutuamente como de la misma especie, pero, eso sí, el uno arriba y el otro abajo, el uno en Chapinero y el otro en Las Cruces.

Añoran las épocas del tranvía, cultivan un amargo resquemor y un ostentoso desprecio por los inmigrantes de otras secciones del país y tienen en alta estima al chocolate con pan francés. Para ellos es un orgullo que los llamen cachacos y se consideran de mucho mejor familia que esos «antioqueños brochas», esos «costeños gritones» y esos «santandereanos atravesados» que «acabaron con Bogotá, mijo».

Estudio lingüístico

La segunda aproximación al cachaco (acepción bogotana) ha de hacerse mediante el análisis de su lenguaje. El cachaco maneja un vocabulario donde privan las palabras con che, como en cachaco. Son términos que poco entienden los de provincia, de los cuales basta con presentar tres ejemplos. «Chirriado», es una bogotanísima expresión que en antioqueño se dice «pispo» y en costeño «chévere»; significa algo o alguien muy agradable, simpático o acogedor.

«Chusquísimo» es un superlativo para designar cosas o personas muy bellas o extraordinarias: un programa chusquísimo, una vieja chusquisima, un libro chusquísimo… Por último, «chorrear», que se pronuncia «chorriar”, empléese para señalar la acción de derramar un líquido sobre algo que por esa razón se ensucia.

Aunque aparece en los diccionarios, uno jamás escuchará a un argentino advirtiéndole a otro «cuidado te chorreas» ni oirá hablar de “papas chorriadas» en sitio distinto al altiplano cundinoboyacense. Al «chórrio» le dirán «hogo» en algunas zonas del país, “ahogao» en otras y «salsa» en los estratos muy muy finos y muy de dedito parado de la sociedad nacional.

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Otras expresiones, como chino, chato, achajuanado, churrias, chivato, churro, chimbo y chepa son del más rancio origen cachaco. También lo es la modalidad del diminutivo. El bogotano dice «pasito», «comidita», «motosito», «arrocito», donde los demás dicen cosas distintas como «no joda, no grites», «sancocho e sábalo», «siesta» y «arró con chipichipi».

Otras formas verbales denuncian al cachaco. El uso de ciertos superlativos o aumentativos, por ejemplo. El cachaco no se limita a decir que un amigo suyo es buena persona, sino proclama que es «un piscazo»; un almuerzo aceptable no es simplemente tal, sino que es «regio”; una muchacha bonita pasa a ser «un churrazo brutal»; y un tío que tiene un almacén próspero es un tío «riquísimo». Puede llegar, incluso, a diminutivos de diminutivos o aumentativos de aumentativos, tales como «pasillito” o «cajonsote».

El cachaco, además, vive en apariencia preocupadísimo por usted (no simplemente preocupado, sino preocupadísimo). Cuando saluda dispara una retahíla de preguntas: “Hola, ¿como estas, cómo te va, que ha habido de cosas?». El hecho de que formule cuatro o cinco preguntas en serie no significa que le interese las respuestas. Pero, además, ha diseñado una serie de fórmulas muy peculiares de relacionarse con sus semejantes. Cuando él ha dejado de ver a una persona durante algún tiempo, la encuentra y le dice: “Hola, usted si ni más, ¿no?». Nunca dice «yo sí ni más».

La falta es siempre del otro. «Usted sí se pegó una perdida…», recrimina al vecino que él no volvió a visitar. «Usted si es un tipo muy ingrato hola», le comenta a quien no es menos culpable de ingratitud que él. Y así sucesivamente…

Estudio descriptivo

Amante de la poesía y de la ropa de paño; resignado pasajero de buseta a pesar del escozor que ella le produce; asiduo lector de El Tiempo; parroquiano de misa de 12 en La Porciúncula; veraneante en Villeta; comprador de aguas de colonia francesas aunque se encuentre en la inopia; forjador de retruécanos y calamboures; reaccionario por principio; xenófobo por vocación; adicto a crucigramas; cliente a plazos; conocedor de ventas de obleas y empanadas dominicales; usuario de calzonarias y ligas; escéptico silencioso; racista clandestino; pagado de marcas y de orígenes; candidato a infartos y cánceres en distintos sitios; víctima dichosa de la gota, enfermedad noble y distinguida; invariable recurridor a perras de agua caliente, mantas, piyamas con suéter, chalecos de lana y otras fórmulas contra el frío: todo esto es el cachaco, versión bogotana.

La versión costeña es muy distinta, pero quien mejor podría detallarla, naturalmente, es un costeño.

Lo cierto es que ambas merecen enriquecer los diccionarios con definiciones que vayan mucho más allá del lechuguino, del petimetre. Sobre todo porque a estas alturas la gente piensa que lechuguino es el nombre de un muñeco y petimetre el apellido de un senador por Bolívar.

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Agosto
05 / 2019

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