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Simón Bolívar en paños menores, por Alfredo Iriarte

Un notable precursor de la moderna reportería de Bucaramanga tomaba notas minuciosas de sus conversaciones con Bolívar. El hombre detrás de la guerra y la política.

Foto: Archivo Diners

Un notable precursor de la moderna reportería de Bucaramanga tomaba notas minuciosas de sus conversaciones con Bolívar. El hombre detrás de la guerra y la política.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 160 de julio 1983

El Libertador Simón Bolívar se trasladó a Bucaramanga y en esa ciudad permaneció entre fines de marzo y el 10 de junio de 1828, con el objeto de seguir de cerca las deliberaciones de la azarosa Convención de Ocaña, donde la pugnacidad a la que llegaron los partidos bolivariano y santanderista dio como resultado la ruptura definitiva entre las dos corrientes y la dictadura del Libertador.

Fueron días de extrema ansiedad y zozobra para Bolívar, ya que la beligerancia irreconciliable que alcanzaron los partidos en Ocaña fue una de las últimas arremetidas de la adversidad contra el ya maltrecho organismo de la Gran Colombia.

Uno de los más fieles acompañantes del Libertador en Bucaramanga fue el coronel Louis Perú de Lacroix, valeroso militar francés, veterano de las guerras napoleónicas, sin excluir la trágica campaña de Rusia, que ante el colapso de su Emperador, y atribulado por la restauración borbónica, decidió emigrar hacia el Nuevo Mundo donde conoció a Bolívar y decidió servir bajo su mando.

Lacroix era un espíritu inquisitivo y talentoso. Como tal aprovechó con inteligencia que asombra los largos ocios del Libertador, mientras aguardaba en Bucaramanga noticias de Ocaña, para sostener con él largos coloquios sobre temas de la guerra y la política y especialmente acerca de los personajes que a la sazón protagonizaban los hechos capitales de la vida nacional.


Cuando se retiraba a descansar, este notable precursor de la moderna reportería tomaba notas minuciosas de sus conversaciones con Bolívar. Esos apuntes fueron la base de uno de los documentos más valiosos de la vida del Libertador y el único en que aparece el héroe despojado del indumento y la postura del político, del guerrero, del estadista y del legislador, emitiendo sin rebozo alguno sus confidencias, dando rienda suelta a sus pasiones, amores, odios y devociones.

Es simplemente el hombre que no está lanzando arengas, postulando teorías sobre el Estado, dirigiendo correspondencia de gran calado ni redactando documentos para la posteridad. No es el pensador del Manifiesto de Cartagena o la Carta de Jamaica. Es un hombre extrovertido y sin mayores cortapisas que desahoga la combustión volcánica de su espíritu en conversaciones francas y abiertas con sus amigos.

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Hay sí que lamentar que el «Diario de Bucaramanga», por la forzosa brevedad del tiempo que permaneció Lacroix al lado de un Bolívar obligadamente ocioso, no hubiera podido alcanzar la extensión apasionante del «Memorial de Santa Helena», cuya vastedad es el producto del larguísimo tiempo que pudo permanecer Les Cases en diálogo con el Emperador cautivo en la isla.

El «Diario de Bucaramanga», cuya primera parte, lastimosamente, se perdió, es, además de un conjunto de claves esenciales para el conocimiento de Bolívar, un delicioso repertorio de anécdotas y chismes.

Con los amigos, entre ellos Perú de Lacroix, que lo acompañaron en la atalaya de Bucaramanga. Bolívar no se calló nada. Hay, inclusive, un cuento muy divertido de las andanzas del joven caraqueño por los burdeles de Londres a principios del siglo XIX.

Una de esas noches de jarana, Bolívar y sus amigos fueron a dar a una casa de lenocinio en la capital británica. Primero se formó un equívoco y luego una trifulca en la que una de las meretrices arrojó a la chimenea varios billetes que Bolívar le había dado. Pero oigamos textualmente al propio Libertador relatando el final del incidente: «Yo no hablaba inglés y la puta no sabía una palabra de castellano. Se imaginó o fingió que yo era algún griego pederasta y por esto armó el escándalo, que me hizo salir más aprisa de lo que había entrado».

Era el año de 1828. Bolívar, ya no era el coloso triunfante de 1824 que aún soñaba con la Gran Confederación Suramericana. Uno a uno, sus proyectos de dimensión genial habían venido sucumbiendo y ya, por ende, el Libertador era un hombre amargado, pesimista y lleno de rencores. En sus coloquios con Lacroix es venenoso y mordaz. Sus embestidas contra muchos de quienes fueron sus colaboradores y subalternos son genuinas descargas de atrabilis. Pero, justas o no, son el reflejo fiel de lo que sentía y pensaba en esos momentos aciagos. Veamos algunas de sus acres opiniones, expresadas sin tapujos:

Sobre Páez: «Las cartas de Caracas me afligen. Todas me hablan de la miseria en que está el país… Sólo el general Páez no me dice nada de todo esto, seguramente porque sus negocios están en buen estado y a él poco le importa la pobreza pública». Y sigue más adelante:

«Páez es vano y ambicioso… Yo lo conceptúo como el hombre más peligroso para Colombia». No tuvo que pasar mucho tiempo para que los hechos convirtieran estas palabras en una perfecta profecía. Refiriéndose a José Hilario López, es violento: «López es un malvado. Es un hombre sin delicadeza y sin honor: es un fanfarrón, ridículo, lleno de
viento y vanidad».

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Y cuando pasa a Obando, la violencia sube de punto: «Más malo que López, peor si es posible. Es un asesino, con más valor que el otro, un bandolero audaz y cruel; un verdugo asqueroso, un tigre feroz no saciado aún con toda la sangre colombiana que ha derramado. Por último, son dos forajidos que deshonran el ejército a que pertenecen y las insignias que llevan».

Y su juicio sobre Córdoba: «Es valiente y militar pero tiene un carácter duro y absoluto, una soberbia ridícula, una vanidad excesiva y sólo es bueno en el campo de batalla. Fuera de él es peligroso». La sublevación del año siguiente dio, al menos en parte, la razón a Bolívar.

Claro está, que hay conceptos totalmente equivocados, como el muy candoroso que expresa en el «Diario» sobre el general Flores, a quien califica de «leal y buen amigo». Bien sabido es, que quien mereció tan generosas opiniones del Libertador mandó asesinar a Sucre y asestó una de las puñaladas finales a la Gran Colombia con la secesión del Ecuador.

Imposible dejar de mencionar la controvertida versión que da Bolívar en el «Diario», del sacrificio de Ricaurte en San Mateo, según la cual el supuesto héroe no voló el polvorín para atajar el asalto realista sino que murió huyendo de la refriega, pero que el (Bolívar) tuvo la brillante idea de inventar el mito para levantar la moral de las tropas.

Y tampoco puedo omitir el concepto de Bolívar sobre el legendario general Maza, según el cual «Maza es valiente pero sus continuas borracheras lo hacen completamente inútil».
En sus charlas con el francés. Bolívar llega hasta las reconditeces de su vida íntima y en ese campo desmiente con energía el infundio de su esterilidad y dice a Lacroix que tiene pruebas de lo contrario».

Este soberbio reportaje, esta incomparable visión de Bolívar en paños menores, es la mejor lectura que puede hacerse en este año de su bicentenario. Lo malo es que cosa muy colombiana está agotada. Vamos a ver si en vez de tantas ofrendas florales y tantos discursos ampulosos y retóricos, a alguien se le ocurre volver a divulgar este documento
único a manera de auténtico y positivo homenaje a la memoria del fundador de nuestra nacionalidad.

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Julio
19 / 2019

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