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Cómo sobrevivir a un coctel en Bogotá, por Daniel Samper Pizano

Son como los dentistas: nadie va allí por placer, pero tarde o temprano es inevitable acudir a uno de ellos, cuenta Samper Pizano en este divertido relato.

Son como los dentistas: nadie va allí por placer, pero tarde o temprano es inevitable acudir a uno de ellos, cuenta Samper Pizano en este divertido relato.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 110 de mayo 1979

Solo hay una clase de personas a las que les gusta encaramarse a la silla de dentistería. Son los masoquistas. Y solo hay una clase de personas que gozan en los cocteles. Son los lagartos.

La dosis de masoquistas que todos escondemos en un recoveco del alma nos conduce a la dentistería. Y ese grano de lagarto que todos guardamos en el fondo es lo que nos hace ir, mucho o poco, a los cocteles.

¡Hay que ver lo que son los cocteles en Bogotá! La invitación -que, por lo general, es timbrada, así ya los carteros no toquen timbres sino que arrojen los sobres en la mesa de la recepcionista- llega con varios días de anticipación: «Fulano de tal (aquí el nombre de la empresa u oferente) tiene el gusto de invitar a usted al coctel (los más elegantes escriben cocktail) que, con motivo de (un nuevo aniversario, el lanzamiento de un producto, el homenaje a alguien) ofreceré el miércoles tal de tales a las 6 p.m.». Y, en seguida, el lugar de sacrificio, un número telefónico y RSVP.

Esta última fórmula significa, como todo ejecutivo enterado lo sabe y como todo bogotano culto lo pronuncia. «repondé sivuplé». Es decir, responda por favor. O avise si va a venir. O no se haga el pendejo.

La razón de este protocolo es muy sencilla: los pasabocas están muy caros, como lo veremos más adelante, y el oferente aspira a precisar de la manera más exacta posible el número real de asistentes a fin de no terminar la noche con un copioso remanente de bocaditos que le costaron un ojo de la cara, con los cuales no se puede hacer «calentado» y que acaban comiéndoselos a hurtadillas los empleados del lugar donde se llevó a cabo el agasajo.

A los cocteles se llega en traje de coctel, como es obvio. Que es como el traje de calle, pero de una calle un poco más elegante. Se supone que los señores deben llevar vestido oscuro y zapatos negros. Y corresponde a las señoras acicalarse un poco más, embutirse en un vestido más atractivo que el que emplean para ir a la oficina y cambiar los zapatos de plataforma por unos altos que no vayan a ser amarillos.

A quienes no usamos por lo regular corbata y preferimos la ropa de pana o los bluyines, se nos mira en los cocteles con el mismo desagrado con que los dueños de casa que ofrecen una fiesta al nuevo jefe ven llegar, al tío borrachito o al primo pobre. No nos quieren.

Por fortuna pasó de moda aquella costumbre de invitar a ciertos cocteles pretensiosos con smoking. No era raro que en semejantes reuniones algún asistente chispón confundiera a un ministro con un mesero y le ordenara un vaso de whisky o lo que es peor, que se dirigiera a una dama de pelo corto y maxifalda y la llamara “monseñor»…

Una vez vestidos como toca –nada de saco verde perico con pantalón blanco ni cosas por el estilo-, los invitados empiezan a llegar al salón donde se ofrece el coctel. Este tiene siempre una característica: no hay asientos. Mediante tal recurso se obliga a los asistentes a permanecer de pie durante una o dos horas y a abandonar la reunión cuando empiezan a sentir los fémures de algodón.

Si, por casualidad, hay unos cuantos asientos, el coctel termina mal: en ellos se instalan cuatro o seis animados amigos -la mitad, por lo general, periodistas y se dedican a beberse al anfitrión. Muchas veces hay que sacarlos en andas a la madrugada, con la corbata chorreada de mayonesa, el saco húmedo por un vaso de whisky que se derramó y el pelo hecho una lástima.

Cambio de pierna

La ausencia de asientos explica el movimiento permanente de cuádriceps que uno ve en el salón. La posición habitual del invitado se caracteriza por tener una pierna recta la de apoyo la otra en trance de descanso unos centímetros más adelante, un vaso en una mano y la otra en el bolsillo o apoyada en el brazo opuesto.

Aproximadamente cada siete minutos, en Holanda el promedio es nueve, en Nueva York ocho y en Uganda se sientan en el suelo, los asistentes hacen el relevo: recogen la pierna que ya descanso, adelantan la que termina la guardia de apoyo, toman el vaso con la mano caliente y meten al bolsillo la mano fría.

Es así cómo se produce una ola general de movimiento que dura seis o siete segundos al cabo de la cual como en los gobiernos del frente nacional, todo sigue lo mismo: nadie cambio de interlocutor, nadie se desplazó de su sitio, nadie le dio la espalda al otro. Y todos quedan preparados para aguantar siete minutos más.

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Cuando ya el coctel ha avanzado un poco, empieza a suscitarse el ansia de movimientos de traslación. El que está encartado con un lagarto mira desesperadamente en torno suyo para tratar de pedir socorro con una mirada conmovedora.

A quien le tocó una señora estridente y chillona mira el reloj y pregunta en voz alta donde habrá un teléfono; hay una llamada urgente que debe hacer. Los gallinazos empiezan a ubicarse cerca a las damas más cotizadas.

Los desempleados se van arrimando al político notable. Los alcohólicos toman posiciones al pie de la puerta por donde salen los meseros con el charol de whisky. Es el momento crítico de los cocteles, cuando el hombre sabio que no están sabio si aceptó la invitación opta por una discreta retirada, porque presiente que pueden seguir cosas terribles.

Y son terribles las cosas que siguen. El impertinente que se envalentona con el sexto trago y se aproxima a decir frases desagradables. El donjuán que resuelve instalarse al lado de la señorita escotada y observa, ya sin escrúpulo alguno, por entre las hendiduras del escote.

El lagarto «impajaritable» que se siente obligado a arreglarles la corbata a los amigos y colocarles bien el pañuelo del saco. En esos momentos es cuando surgen de vez en vez, las peleas, los gritos y las señoras que arrojan vasos de whisky, con hielo y todo, a la cara del vecino que osó soltar un piropo feo.

Estas escenas, por desgracia, nunca salen en Cromos. Porque el fotógrafo de Cromos se ha retirado antes y solo lleva en su cámara pruebas gráficas de la armonía y sociabilidad que reinaban en el lugar durante la primera hora del coctel. Unos días después, éstas aparecerán en la revista con detalladas descripciones de la escena:

-Mientras Pedro Cucú se hurga las narices, Alvaro Jiji observa morbosamente el juego de té de su vecina, Yolandita de Gualanday. El hombre de semblante hosco que presencia la escena (derecha) es Luis Gualanday, su marido.

-¿Qué le estará proponiendo el actor de televisión Marco Aurelio Sol a la encantadora Michí Cato, que ella acepta con entusiasmo y le hace cariñitos detrás de la oreja?

– Algún tema serio deben estar tratando Luis Querubín, presidente del Bank of Blood y el ministro de Desarrollo, a juzgar por el bostezo monstruoso de María Sinsal.

En suma, sólo hay una cosa peor que asistir a un coctel y es que, una vez allí, lo sorprenda a uno el fotógrafo de Cromos en algún momento desafortunado. Muchos matrimonios han terminado de esta manera.

La raíz del nombre

Cuando la expresión «coctel» nació en Yucatán, México, hace cerca de un siglo, quienes la inventaron nunca llegaron a imaginar que se haría tan famosa. Fue en el puerto de Campeche, al cual llegaban enormes embarcaciones inglesas destinadas a transportar las ricas maderas de la región.

Mientras los braceros nativos cargaban las bodegas, los marineros rubios hacían lo que hacen todos los marineros: beber en las cantinas. En una de ellas, un barman mexicano resolvió mezclar, una buena tarde, distintas clases de vinos en un brebaje que desde el principio tuvo gran acogida entre los recios lobos de mar, quienes lo bautizaron
«Drake», en honor al viejo pirata británico que había asolado el Caribe lustros atrás.

Pero sucedió que la cuchara de metal con la que el barman batía la mezcla empezó a despedir herrumbre y entonces se vio que era necesario rebullir con una de madera. El barman consiguió en su reemplazo un palo de cierta raíz muy fina que los indígenas conocían como «cola de gallo».

A los marineros les pareció graciosa la denominación de la planta y entonces cambiaron el nombre de «Drake» por el de «cock tail», que es la traducción del nombre de la raíz. Cuando se popularizó la mezcla de tragos y surgió en Estados Unidos como disculpa para reuniones sociales y de negocios, la palabra regresó al español. Pero ya no volvió a ser «cola de gallo», sino el barbarismo «coctel».

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De esta manera, tras un proceso de incubación en hígados de marineros ingleses y de adopción en empresas gringas, nos llegó a Colombia lo que había nacido en Yucatán.

¡Y lo que cuestan!

Actualmente, de acuerdo con cálculos de Martha Valenzuela de Tovar, redactora social de «El Tiempo», se realizan en Bogotá cerca de 300 cocteles semanales. No todos aparecen, por supuesto en los registros de sociedad, pues hay cocteles elegantes y cocteles perratas, cocteles oligárquicos y cocteles proletarios.

Pero ya hasta un club de barrio se inaugura con un modesto coctel, donde se ofrecen, a manera de pasabocas, pedacitos de sardina o rodajas de huevo duro encaramadas en galletas saltinas.

Los cocteles señoriales, los que salen en Cromos, cuestan mucho más de lo que los invitados creen. En una casa de banquetes de moda, cada pasaboca vale entre 15 y 22 pesos. En una banquetería menos elegante, se pueden conseguir a razón de 5.50 cada uno.

Las cotizaciones se realizan por puestos. Cada puesto comprende un número de pasabocas que oscila entre siete y catorce y un número de tragos no menor de cinco. Los banqueteros de mucho cachet cobran cerca de 500 pesos por puesto.

Algunas casas incluyen el servicio de meseros y otras lo cobran aparte, a razón de 300 o 400 pesos cada uno. También es posible alquilar vasos, a 15 pesos la docena. En todos los casos debe avisarse por lo menos tres días antes, aunque algunas empresas exigen que se les haga el pedido con diez días de anticipación.

Los invitados, sin embargo, ignoran el esfuerzo económico del anfitrión. Un asistente aficionado a los bocaditos se puede comer en una noche casi 500 pesos en pedacitos de jamón, pedacitos de langostino, pedacitos de robalo y pedacitos de salchicha que le volverán pedacitos el estómago. Un borrachito alcanza a soplarse casi mil pesos en whisky. Y lo peor es que, al día siguiente, todos van a decir que estuvieron en un coctel jartísimo.

Pero, con todo lo aburridores que los cocteles son, se les considera fundamentales en el engranaje social moderno. Ofrece cocteles la derecha y ofrece cocteles la izquierda. Buena parte de la financiación del foro sobre derechos humanos que se realizó en Bogotá hace unas semanas provino de un coctel revolucionario cuya boleta costaba 500 pesos.

Muchos la pagamos con tal de no ir al coctel. Hasta los chinos comunistas me refiero a los compatriotas de Mao Tse-tung y no a esos jovencitos que escriben en Alternativa fueron agasajados con un coctel en el Club de Banqueros, epicentro del capitalismo criollo, cuando arribó a Colombia una notable delegación de Pekín a principios de mayo.

Hay razones para pensar que si la gesta libertadora hubiera tenido lugar siglo y medio después, a Bolívar se le habría recibido en la capital, luego de la batalla de Boyacá, con un coctel en el Jockey. Y el Libertador, que era un tipo serio y nada lagarto, habría sido el primero en excusarse.

Él debía pensar, como lo pensamos muchos, que los únicos cocteles en los que vale la pena estar presente son esos que ofrecen, a media luz los dos, en el segundo piso ascensor de Corrientes 348…

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Julio
04 / 2019

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