Los castrati: ¿Cómo eran las voces que la leyenda se encargó de engrandecer?

No son tenores. No son niños. No son hombres con voz de mujer. Tampoco mujeres con voz de hombre. Descubra de dónde viene la peculiar voz de estos cantantes.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 247 octubre de 1990

La ópera del barroco se está reconstruyendo en nuestro tiempo, pero le falta una de sus piezas claves, la voz del castrati. Día a día surgen escuelas vocales, conjuntos operáticos y talleres de elaboración de instrumentos, cuya finalidad es la de rescatar el repertorio musical olvidado y darle nueva vida.

El período barroco es quizás el que más adeptos tiene. Músicos como Raymond Leppard, Nikolaus Harnoncourt, William Christie y René Clemencic, entre muchos otros, se han dado a la tarea de desempolvar y descifrar partituras y llenar sus vacíos, hacer copiar instrumentos de época y revivir las danzas.

Sin embargo, uno de los elementos que en sus días jugó un papel importante, pero que se perdió sin dejar rastro y que parece imposible de recobrar, es la voz de los célebres castrati. Los castrati eran personajes que en los siglos XVII y XVIII deleitaron a los compositores y a los oyentes con sus voces únicas e irrepetibles.

Al intentar reconstruir cierto repertorio, operático especialmente, la ausencia de la voz del castrato deja un vacío en el juego y en el colorido musicales, lo cual convierte en privilegiados a los espectadores de aquella época.

Versalles, en París, se consagra hoy como centro de puestas en escena de óperas del barroco. Son notables también los esfuerzos que ha adelantado el director inglés William Christie con sus montajes en varios países del mundo.

Recientemente dio a conocer obras escritas entre 1701 y 1780, de los compositores Carvalho, Vivaldi, Fux, Kaiser, y del español Torrejón y Velasco, cuya obra “Púrpura de la rosa” fue estrenada en el Perú como la primera ópera que se conoció en el continente suramericano.

A falta de castrati, Christie optó por voces femeninas con timbres un poco masculinos. Pero estas nada tienen que ver con las de aquellos “falsetistas” “sopranistas” y “contratistas”, como se les llamó en su momento.

¿Cómo eran las voces de aquellos personajes que la leyenda se encargó de engrandecer?

Sólo un documento sonoro ha quedado para reconocerlos. Es la voz de Alessandro Moreschi, último corista del Vaticano, que dejó para la posteridad una grabación realizada en 1904.

Sin embargo, ni Moreschi fue un sobresaliente cantante, ni el testimonio que sobrevive permite acercarse con fidelidad a las voces de estos “ángeles sin sexo”, como vulgarmente se les llamó.

Además, por aquellas fechas ya contaba él 44 años, y en esa época las técnicas de grabación eran aún muy deficientes. No obstante todo lo anterior, en la voz de Moreschi se percibe un timbre seductor, y con un poderoso volumen.

LLEGARON DE ORIENTE

En general, la documentación que existe sobre estos cantantes es escasa, imprecisa, y adobada con datos anecdóticos que, en muchos casos, le restan seriedad al tema. Sin embargo, algunos estudiosos insisten en escudriñar escritos de la época, y con base en lo encontrado se han hecho aproximaciones para elaborar un cuadro sobre la sicología, la vida afectiva y el rol que desempeñaron en la música aquellos hombres que se hacían castrar con el exclusivo propósito de adquirir esa voz especial para la ópera. Originarios de China y de la India, los castrati entraron a Europa por España.

Más exactamente, fueron introducidos por los musulmanes a Córdoba. De allí pasaron a Italia, donde iniciaron su reinado, primero como coristas en iglesias de Roma, Nápoles y Venecia, hasta que llegaron al Vaticano cuando la Iglesia católica prohibía la participación de mujeres en los oficios religiosos, incluyendo la interpretación musical.

Entonces, en dichos estrados las voces blancas (de niños), secundadas por las de los castrati, dispersos por las naves del recinto, daban una sonoridad única misteriosa e irreal.

Poco a poco, los cantantes más notables se fueron pasando al teatro. En este hicieron carrera cuando compositores como Vivaldi, Pergolesi, Händel, Gluck, Mozart Rossini, entre muchos otros, en sus óperas crearon papeles especialmente para ellos. Ataviados elegantemente, según consta en pinturas de la época, los castrati más célebres empezaron a jugar un papel desenvuelto en las sociedades que frecuentaban. Algunos descollaron como figuras luminosas en los grandes salones de la realeza cuando las mujeres se derretían a sus pies, y alcanzaron a amasar envidiables fortunas.

PROHIBIDA, PERO…

La práctica de la castración con fines no terapéuticos fue prohibida en Francia por los enciclopedistas, y lo mismo ocurrió en Alemania y otros países. Y aunque también se prohibió en Italia, fue en este país donde surgieron los grandes nombres. Era tal el éxito que tenían aquellas voces, que no obstante la prohibición, las cirugías se hacían profusamente.

Ciertos autores citan más de dos mil mutilaciones de niños cada año durante el siglo XVIII, y así el número resulte exagerado, no se han encontrado documentos que desmientan o contradigan la cifra.

La castración consistía en una operación bárbara que se practicaba antes que los niños alcanzaran la pubertad. A falta de anestesia, se optaba por métodos igualmente salvajes, como adormecerlos por embriaguez con algún licor, o comprimirles fuertemente las arterias carótidas hasta llevarlos a la inconsciencia.

Con tales procedimientos, muchos niños morían intoxicados, o entraban en un coma profundo, del cual jamás se recuperaban. Pero los que se salvaban tenían asegurada una vida de éxito, fama y dinero.

Con la operación se perseguía atrofiar los caracteres sexuales secundarios (la barba, el bigote, las vellosidades y la voz grave), sin transformar a estos niños en eunucos de harem. Al quedar privados de la influencia de la hormona testosterona, de adultos conservaban la voz con un timbre agudo, inmensamente rico en tonos armónicos, con una gran extensión vocal, facilidad extraordinaria para realizar agilidades, y un volumen que sobrepasaba al de cualquiera otro cantante.

No eran voces de niños, tampoco de mujeres, mucho menos de timbre masculino, ni la voz de los hombres que sufren insuficiencia hormonal. Sólo se puede decir que eran voces únicas, espléndidas e inimaginables hoy día.

El entrenamiento al que estaban sometidos era extenuante. Se les llevaba a una escuela de canto donde trabajaban casi diez horas diarias. Adquirían conocimientos de solfeo, técnica vocal, armonía, contrapunto, historia de la música, humanidades, composición, y ornamentación de la voz, y se ejercitaban en el clavicémbalo. Al finalizar su formación eran unos verdaderos profesionales de la música.

Sería un error pensar que los castrati fueron seres despreciados por su condición, u homosexuales como algunos los quisieron ver-. Por el contrario, desataron las más desbordantes pasiones en el sexo opuesto, y varios de ellos tuvieron que vérselas con maridos engañados que intentaron cobrárselas con la vida.

RICOS Y FAMOSOS

El más célebre de los castrati fue el italiano Carlo Broschi, conocido como “Farinelli”. Nacido en 1705 en el seno de una familia noble, y dueño de una voz preciosa, una bella figura andrógina y una cultura esmerada, se movió con propiedad en los grandes salones de la realeza española. Felipe V, que se encantó con el artista, le otorgó facultades y atribuciones de estadista.

Pero al llegar Carlos III al trono, vio con malos ojos la inclusión de Farinelli en las decisiones de Estado, y para quitárselo de encima le entregó una cuantiosa pensión. Lleno de honores viajó Broschi a Bolonia a disfrutar los últimos años de su vida en medio del lujo, la riqueza, la fama y la leyenda. Fue un ser querido por su público, consentido de los compositores e idolatrado por las mujeres.

Hubo otros, no tan célebres como Farinelli, pero que hicieron carrera. Francesco Bernardi (1680-1750), apodado “El Senesino”, se destacó como figura de gran talento en la compañía de ópera de Jorge Federico Händel, en Londres.

Gasparo Pacchiarotti (1740-1821) fue amigo de Rossini, de Goldoni y de otros autores notables, y tuvo figuración en toda Europa, gracias a sus aptitudes musicales y a su hermosa voz. Gaetano Majorano, llamado “Caffarelli” (1710-1783), fue considerado intérprete perfecto por su virtuosismo, calidad y extensión vocales; Rossini decidió inmortalizarlo en su ópera “El barbero de Sevilla” cuando, en la voz del viejo Bartolo, durante la lección de canto, cita al “castrato” Caffarelli. Giovanni Battista Guadagnini (1725- 1792) se inmortalizó también cuando fue el escogido por Glück para estrenar su ópera “Orfeo y Eurídice”.

La lista podría ser extendida con muchos más nombres. El último de ellos era Alessandro Moreschi (1858-1922), corista de la capilla Sixtina. Pero Moreschi llegó tarde a la repartición de honores, porque las voces hembras dominaban el panorama operático, y los Castrati declinaban en la aceptación del público, no propiamente por su voz sino por la práctica de esa cirugía bárbara a la que tenían que someterse.

Así al llegar al siglo XX las voces de estos personajes desaparecieron del panorama musical, dejando tras de sí algo de historia y mucho de leyenda. Hoy se les ve como seres casi irreales, cuyas voces quedaron enmarcadas en un amplio repertorio, el mismo que muchos tratan de revivir. Sin embargo, a los espectáculos actuales de la ópera barroca les hace falta esa pieza fundamental, la voz del castrato que algunos tratan de suplir sin poder jamás igualar.

El gran aporte de aquellos cantantes con voces de ángeles, fue el de iniciar el camino del belcantismo.

EL ÚLTIMO CASTRATO

Apodado Rophée, de figura andrógina y personalidad femenina, este personaje de nuestros días, y de origen italiano, se clasifica a sí mismo como “castrato natural”-aludiendo al parecido de su voz con la de los antiguos castrati sin haberse practicado la respectiva operación.

Se considera mezzo soprano, y no duda en afirmar que él es el lazo ininterrumpido con los castrati del siglo XVIII. ¿El, o ella? En sus declaraciones habla de ser “la heredera” de aquellas voces, utilizando la técnica de la “sprezzatura”. Lo que la diferencia de falsetistas y contratenores es el empleo de las cuerdas vocales, “extensión y estilo esencialmente femeninos”, dice.

Carrera fulgurante evidentemente no hizo, pero hoy se le toma como apoyo para recordar un estilo de voz que desapareció, al parecer para siempre.

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