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La psicosis de Alfred Hitchcock, más vigente que nunca

Cuando se cumplen 120 años del nacimiento del maestro del suspenso, revelamos aquellos elementos del gran director que siguen asustándonos y sorprendiéndonos por su eficacia e inventiva.

Foto: Herb A. Lightman/ Archivo Diners

Cuando se cumplen 120 años del nacimiento del maestro del suspenso, revelamos aquellos elementos del gran director que siguen asustándonos y sorprendiéndonos por su eficacia e inventiva.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 481 de abril 2010

Esta historia comienza un viernes 11 de diciembre a las 2:34 de la tarde en la árida ciudad de Phoenix, Arizona. Bajo los augurios de la música agresiva del compositor Bernard Hermann y los créditos y títulos armados con líneas que se hacen y deshacen, creados por el inmortal Saul Bass, una pareja apura los últimos gestos de placer luego de un rato escaso de soledad, encierro y sexo.

La cámara en busca de los atractivos jóvenes llega desde el exterior y penetra por esa ventana hasta la penumbra fresca donde Marion (Janet Leigh), secretaria, soltera y amante de ese dueño de una ferretería que llega de otra ciudad a visitarla con frecuencia (John Gavin), descubre que está encerrada en una trampa y no tiene cómo salirse. De ahí en adelante, ella y otros personajes intentarán zafarse de esos amarres, inútilmente.

Marion y su amante indeciso forman parte de una película, Psicosis, que con su director, el inglés Alfred Hitchcock (1889-1980), siguen siendo considerados como los dos nombres más populares y citados en la toda la historia del cine.


Herb A. Lightman/ Archivo Diners.


Cuando Hitchcock estrenó Psicosis en 1960 (calificada por numerosos críticos como la joya de una década prodigiosa por las obras maestras realizadas entonces: Sin aliento, La dolce vita y Espartaco entre otras), tenía 71 años y mostraba en su carrera, dividida en etapas dedicadas a los dibujos y los guiones, la dirección de dramas y comedias en Inglaterra, la serie de episodios de televisión (que sigue siendo emitida tantos años después y se mantiene actual) y su trabajo en Hollywood, que se prolongó desde 1939.

Al llegar a Hollywood e iniciar su nueva y brillante etapa, que nunca fue respetada por la crítica más elitista de Estados Unidos, ya tenía en su carrera títulos como The Lodger, Blackmail, Murder, su primera El hombre que sabía demasiado, 39 escalones, El agente secreto, Sabotaje, Alarma en el expreso y Jamaica Inn, entre otros que lo habían convertido no sólo en favorito de la mayoría de los críticos europeos sino de los espectadores que iban en busca de una sola sensación: identificar sus miedos, sus zozobras, sus dudas, sus temores y desdichas que compartían con esos personajes acorralados. Esos miedos eran exacerbados con los elementos de un género que, hasta ahora, tiene en Hitchcock su maestro absoluto: el suspenso.

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Solo alguien que sentía miedo todo el tiempo, que no confiaba en nadie, que prefería andar solo, que a los cinco años de edad fue encarcelado en una comisaría durante diez minutos por orden del padre para castigar un delito que el director nunca pudo recordar después, sólo alguien con sus raíces católicas y puritanas (llegó virgen al matrimonio a los 25 años y siempre vivió con la misma mujer, aunque enloquecía con las rubias que escogía para sus películas, a quienes robaba sus prendas íntimas y espiaba desnudas en sus camerinos), sólo alguien así era capaz de comprender el universo retorcido, enfermo y peligroso de un muchacho llamado Norman Bates, quien no sólo envenena a la madre y su amante, la momifica y luego asesina a una ladrona que aparece en su motel y al detective que la busca, en dos de las escenas más difíciles y elaboradas del cine. Por eso Psicosis permanece.

Entonces, a partir de 1940 inicia la que sería su etapa más comercial, apetecida por millones de espectadores en el mundo y despreciada por los críticos de Nueva York y Los Ángeles, quienes, con el tiempo, quizás empujados por el ejemplo de otros realizadores y críticos como Claude Chabrol, Eric Rohmer y Francois Truffaut (quienes tienen dos libros fundamentales para comprender mejor el universo del director), tendrían que corregir sus conceptos negativos.

Vienen entonces las películas que seguimos mirando y repitiendo con admiración: Rebeca, Sospecha, La sombra de una duda, Recuerda, Notorius, El proceso Paradine, La soga, Under Capricorn, Extraños en un tren (una de sus mejores películas, basada en la primera novela de una autora que luego se convirtió en leyenda, Patricia Highsmith), Yo confieso, Crimen perfecto, La ventana indiscreta, Para atrapar al ladrón, ¿Quién mató a Harry?, la segunda El hombre que sabía demasiado, Falso culpable, Vértigo, North by Nortwest, Los pájaros, Marnie, la ladrona, La cortina rasgada, Topacio y Frenesí.

En todas esas películas, que fueron éxitos de taquilla, dirigió a los actores más importantes y populares del momento: Judith Anderson, Albert Bassermann, Michael Chekhov, Claude Rains, Joan Fontaine, Laurence Olivier, Ingrid Bergman, Anthony Perkins, Montgomery Clift, Janet Leigh, Anny Ondra, Madeleine Carroll, Grace Kelly, Eva Marie Saint, Kim Novak, Vera Miles y Tippi Hedren, James Stewart, Gregory Peck, Paul Newman, y Julie Andrews, con algunos de los cuales repitió.

Hitchcock sólo buscaba entretener al espectador, que la pasara bien, que manejara los elementos que le entregaba (desconocidos por los personajes en la pantalla, por supuesto) y los fuera aplicando a medida que la trama avanzaba. Pocas películas tan lógicas, simples, organizadas y entretenidas como las de este hombre que siempre apareció en escena durante breves momentos, como una marca de fábrica. Cuando le era físicamente imposible hacerlo, como a bordo de una embarcación en mitad del océano, entonces mostraba un periódico con su foto.

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Fue cascarrabias, impaciente, desconfiado, celoso, posesivo, moralista y con un humor negro que no lo abandonó, ni siquiera cuando en sus últimos días ya no pudo moverse y tuvo que dejar en el aire algunos proyectos.

Siempre tuvo ideas claras y precisas sobre el cine que realizaba: en las peores situaciones de peligro, dejaba que sólo el espectador supiera lo que estaba pasando y sufriera cuando, por torpeza o ignorancia, los protagonistas se enredaran más en sus propias trampas; en muchas ocasiones, para sorprender más al público, utilizaba un recurso, el “Mc Guffin”, un elemento que la cámara mostraba con insistencia (en Psicosis los 40.000 dólares que no son tan importantes); en varias ocasiones, los personajes sufrían porque los confundían con criminales, eran castigados y debían enfrentar el rigor de la ley; algunas situaciones alarmantes y peligrosas nunca eran explicadas, simplemente sucedían, como en Los pájaros; en ocasiones los inocentes dudaban de ellos mismos mientras los malvados triunfaban; las palabras sobraban si había una buena escena de acción y mientras menos hablaran los actores, mejor; el espectador siempre debía participar de la acción y eso se lograba con la ubicación de la cámara… en una palabra: mientras más sencilla la película, más goce del espectador y mayor disfrute de ese género llamado suspenso, que tiene tantos admiradores.

En Psicosis, Marion, la secretaria y amante de ese hombre indeciso, además de ese error comete otro: se lleva los 40.000 dólares y emprende su búsqueda, pero pronto, todos quienes se cruzan con ella, sospechan; no saben de qué, pero sospechan. Otro error: llega a ese motel abandonado junto a una casa gótica de madera donde, aparentemente, viven una anciana y su hijo (Perkins). Mientras se baña, la joven es asesinada por la anciana en la escena más sangrienta, violenta y cruel en la historia del cine. Se tomaron siete días para filmarla, varias cámaras y a pesar de las reiteradas cuchilladas, el espectador jamás verá el pubis o las nalgas o los senos de Marion. La escena dura 22 segundos pero parece tener 15 minutos por lo intensa y descriptiva.El hijo procura reparar el desastre dejado por la madre mientras comienzan a aparecer un investigador privado, el novio, la hermana y el comisario que intentan entender lo que ocurre. La culpa, el castigo y todo lo demás.

Hitchcock lleva al espectador de la mano, le proporciona pistas falsas que luego corrige mientras la atmósfera se hace más opresiva e irrespirable. Por respeto a quienes no la han visto, no revelamos la clave de todo el misterio que se descubre a pocos minutos del final, pero es un desenlace como pocos, a la medida de un maestro que conocía los abismos de los seres humanos, los contemplaba como la araña a los insectos y luego los atacaba. Sentimos sorpresa, desconcierto, pavor y al mismo tiempo compasión por ese personaje interpretado trémulamente por Perkins. Sobre todo con esa mosca que se pasea por su inerte brazo.

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Agosto
13 / 2019

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