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"El amor es un adiós que no termina", Andrés Cepeda

Andrés Cepeda, quien recuperó el bolero en Colombia y ha revivido entre jóvenes y adultos el gusto por el romanticismo, comparte para Revista Diners este texto inédito sobre su relación con el género musical del amor. Cepeda actualmente es jurado de La Voz Kids de Canal Caracol.

Foto: Archivo Diners

Andrés Cepeda, quien recuperó el bolero en Colombia y ha revivido entre jóvenes y adultos el gusto por el romanticismo, comparte para Revista Diners este texto inédito sobre su relación con el género musical del amor. Cepeda actualmente es jurado de La Voz Kids de Canal Caracol.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 488 de noviembre 2010

El bolero llega a la vida de todos tarde o temprano, ya sea porque alguien lo canta y uno se enamora de la entonación de esa voz, por el ritmo implícito y complejo que esconde cada canción, por la profundidad de sus letras que no se quedan en lo obvio o por la conexión que surge entre quienes lo escuchan y quienes lo cantaron.

En mi caso, esa conexión nació cuando a mi papá le daba por cantar boleros en nuestra casa y hacía que a través de su voz retumbara en el hogar el recuerdo de Agustín Lara. Pero no solo él le rendía un permanente homenaje al género.

También mi mamá se unía a mi padre y a dúo recordaban con la voz –porque uno también recuerda cantando– las canciones de la época gloriosa del bolero, pero también la música de Silvio Rodríguez o algunas de las seis ediciones que sacó Pablo Milanés bajo el título de Feeling, que me estremecieron y me marcaron por la fuerza de sus interpretaciones y las cuales son, de alguna manera, una enciclopedia sonora del bolero.

Toda esa suma de canciones quedó grabada en mí. Porque aunque después, con los años, me dediqué con el grupo Poligamia a experimentar en el pop y en el rock, seguía enamorado del bolero. Solo que no lo sabía.

Aunque su influencia dejó de ser tan fuerte por la entrada de otros géneros y los artistas más jóvenes nos alejamos de él, sus canciones seguían haciéndome reflexionar porque estaban directamente ligadas con mi manera de ser. Con los años descubrí que más allá de lo que yo hiciera o no, de las tendencias musicales que asumiera y de las canciones que escribiera, mi carrera como solista estaba marcada por el género.


Foto: Archivo Diners.

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Porque el bolero estaba en el entorno en que vivía y en mis primeros amores, formaba parte de mis recuerdos de infancia y surgía en las relaciones que trazaba. Dicho de manera categórica, era la banda sonora de mi vida.

Al amar, era imposible no pensar en la canción que dice “Ansiedad de tenerte en mis brazos/ musitando palabras de amor”. O quedar marcado por la idea de un “Bésame, bésame mucho/ Como si fuera esta noche la última vez”. O celebrar un cumpleaños sin cantar que “De la sierra morena vienen bajando/ un par de ojitos negros / cielito lindo, de contrabando”.

Ahora que soy solista he comprendido que el bolero no solo me afecta a mí, sino que nos toca a todos los que sentimos alguna vez un anhelo, un amor, una alegría o un dolor que desgarra el alma. O sea, a todos. Porque esa intensidad de sus letras nos afecta a los seres humanos tarde o temprano por la universalidad de los sentimientos y porque en la métrica del bolero, en la furiosa estructura que posee, en la libertad que ofrece, hay algo de lo que todos deseamos como seres humanos.

Y más allá de que el bolero ya estuviera acompañándonos en el siglo XIX o que Cuba fuera el lugar en el que se gestó con más fuerza, lo que llama la atención es que todavía hoy, en unos tiempos tan distantes de aquel 1883 en que “Pepe” Sánchez escribió el primer bolero conocido con el emblemático nombre de Tristezas, las generaciones de nuestra actual modernidad –que en apariencia se detienen poco a pensar en el romanticismo–, estén también contagiadas por su influencia.


Foto: Archivo Diners.


Es entonces cuando queda claro que no solo tiene letras bonitas y estructuras métricas complejas, sino que es un género musical capaz de entrar en sintonía con las personas, más allá de los tiempos en que vivan. Solo basta adaptarlo a los sonidos actuales, como todos estos años en que se han revisado y propuesto nuevas formas de interpretarlo, porque finalmente la gente sigue necesitando sentir a través de la música y de las palabras que hablen de lo que les concierne.

Su atemporalidad no es su única ventaja. También la amplitud de rangos que no lo cierran a un solo formato. Porque permite pasar de la guitarra única al trío clásico con maracas y cuerdas, de los sonidos de la Big Band a variaciones que apelan a elementos de la ranchera, el mambo, el son montuno o el jazz o incluso llegar a acoplarse, como ya lo hizo, al sonido revolucionario de The Beatles, quienes también grabaron un bolero. En mi caso, prefiero el sonido acompañado de contrabajo, guitarra, percusión y cuerdas.

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Pero quizás su mayor riqueza radica en sus letras. No es fácil hacer un bolero que no contenga una alta dosis de lirismo y que no estremezca por su manera de manejar las palabras y de acercarse con ellas a la poesía. Como cuando uno recuerda “Reloj detén tu camino/ porque mi vida se apaga/ yo sin su amor no soy nada/ Reloj no marques las horas/ porque voy a enloquecer”. O como cuando Beny Moré canta: “Soy un bardo que el destino/ me maltrata rudamente/ qué triste es vivir así/ en un constante sufrir”.

Yo he escrito apenas dos que considero dignos: Ciertas cosas y No voy a dejarte ir. Pero son los grandes maestros, como Benny Moré, Pablo Milanés, José Feliciano, Omara Portuondo, Felipe Pirella, Los Tres Diamantes, Ibrahim Ferrer, Vicentico Valdés, Roberto Ledesma, Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo, Javier Solís, Los Panchos y tantos otros, los que han de verdad dejado huella.

Lo mejor es que el bolero siempre vuelve. Y ahora hay nuevamente músicos interesados en interpretarlo. El género renace en Venezuela, México, Cuba y Argentina, y también en Colombia. En nuestro país, para sorpresa de todos, se graban boleros incluso en ciudades como Valledupar y Barranquilla, y se prepara un álbum en homenaje a Jaime R. Echavarría. Porque los años pasan y el bolero se rejuvenece.

Por algo será. Quizás porque, como digo en una canción, “alguien dijo una vez que el amor es un adiós que no termina”. O porque simplemente es la mejor arma de seducción que sigue existiendo.

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Marzo
18 / 2019

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