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Tres invitadas que no puede perderse en el Hay Festival Cartagena

Una periodista mexicana valiente y combativa, una monja budista y zen que decidió promover el silencio, y una escritora que defiende causas sociales a través de bordados a mano son tres de las invitadas especiales del Hay Festival Cartagena. Diners conversó con ellas.

Foto: Wikimedia Commons / C.C 2.0

Una periodista mexicana valiente y combativa, una monja budista y zen que decidió promover el silencio, y una escritora que defiende causas sociales a través de bordados a mano son tres de las invitadas especiales del Hay Festival Cartagena. Diners conversó con ellas.

Hacer activismo puede limitarse, para algunos, a participar en una marcha o protesta o a usar las redes sociales para compartir la indignación que genera una injusticia. Pero esta práctica en la que alguien promueve de manera activa y pública unos valores, ideas o posiciones determinadas va mucho más allá y hoy adquiere formas tan distintas como innovadoras, que también pueden transformar el mundo.

Con eso en mente, el Hay Festival Cartagena 2019, que se realizará del 31 de enero al 3 de febrero, dedicará un espacio especial para conversar sobre distintos tipos de activismo con invitados de lujo, como la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (una de las voces más importantes del feminismo en la actualidad), la abogada Shirin Ebadi (primera mujer musulmana y primera iraní en ganar un Premio Nobel de Paz), la escritora británica Zadie Smith (sus novelas abordan la raza, la desigualdad social, la xenofobia y el género) y el escritor estadounidense Michael Pollan (famoso por sus libros sobre la forma como nos alimentamos y su relación con el planeta en el que vivimos).

En esa lista de invitados a Cartagena también aparecen la periodista Lydia Cacho, la conferencista Sarah Corbett y la monja Kankyo Tannier, tres mujeres que desde orillas muy diferentes son hoy un ejemplo claro de las formas en las que se puede ser activista en el siglo XXI.

EL ACTIVISMO HECHO CON LAS MANOS

Una mujer entra a una tienda de ropa muy conocida. Tiene una misión por cumplir y no es comprar un vestido o un abrigo. Está nerviosa. Observa con atención dónde están las cámaras de seguridad, mira si hay vendedores cerca y ¡zas!, actúa. Esconde en el bolsillo de una prenda cualquiera un pequeño rollo de papel, envuelto en una cinta de un color muy bonito. Al abrir los rollos que ella camufla se encuentran mensajes escritos a mano, con delicada caligrafía, que dicen cosas como “Si la ropa pudiera hablar… ¿Qué te dirían tus prendas?” o “La ropa que elegimos nos hace humanos. Es una gran responsabilidad, ¿cierto?”.

Foto: Chris Athanasiou


La idea se le ocurrió a la escritora británica Sarah Corbett después del colapso del edificio Rana Plaza en Dhaka (Bangladesh), el 24 de abril de 2013, que mató a más de 1.100 empleados de una fábrica de ropa y dejó heridos a otros 2.500. La mayoría de las personas que trabajaban allí, cosiendo por pocos centavos prendas que abastecían a unas treinta marcas internacionales muy famosas, eran mujeres.

Ese fue el origen de un proyecto llamado Mini Fashion Statements (Declaraciones de moda en miniatura), que a su vez respalda a Fashion Revolution, un movimiento global que nació de la tragedia de Bangladesh y que exige mayor transparencia, sostenibilidad y ética en la industria de la moda.

“Es una manera de involucrar a personas que pueden no saber qué tan poco éticas son estas tiendas de ropa o que tal vez nunca apoyen una campaña de moda ética. Nuestros mensajes son preguntas o declaraciones intrigantes, que no juzgan a los compradores ni les dicen qué hacer, sino que los alientan a tener curiosidad sobre quién hace su ropa, dónde y cómo. Estos pergaminos anónimos, diminutos y no agresivos, reflexivos, pero no condescendientes ni predicadores, invitan a formar parte de la revolución de la moda”, le dijo Corbett a Diners.

Por doce libras esterlinas (casi 50.000 pesos), cualquiera puede comprar un kit que incluye material suficiente para confeccionar hasta diez rollitos de papel y una serie de preguntas que sirven de “pensamientos artesanales” para escribir sobre los pergaminos.

Craftivismo. Ese es el nombre del movimiento impulsado por Corbett –hoy premiada conferencista y autora de los libros A Little Book of Craftivism y How to be a Craftivist– para sembrar una semilla que permita cosechar un mundo distinto. En inglés, es la suma de las palabras craft (artesanía o manualidad) y activism (activismo). “Esta palabra tiene un significado muy amplio. En mi enfoque es una protesta suave. No se trata de reemplazar otras formas de activismo, sino de complementarlas”, explica.

“El ‘craftivismo’ como protesta suave puede sonar débil o pasivo, pero está lejos de serlo. Es un activismo hecho de forma inteligente, con una estrategia clara de cambio y que trata a las personas como tú quisieras que te traten, lo que a menudo es mucho más difícil que solo gritarle a alguien. Es muy complicado ignorarlo cuando se hace con inteligencia, dignidad, respeto y belleza”.

Cuando se le pregunta por su primera protesta, responde que hay por ahí algunas fotos que la muestran en cuclillas en una fila, con solo 3 años, acompañando a sus padres para evitar la demolición de un edificio en la comunidad en la que vivían, en Liverpool. Pero ella no se acuerda de eso. “Lo que sí recuerdo es estar sentada en muchas reuniones, de niña, escuchando a personas crear estrategias de campaña y viéndolas hacer pancartas”.

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“Todavía soy activista de otras formas. Para mí y para el Colectivo Craftivista el activismo siempre es la prioridad y solo usamos los trabajos manuales o las artesanías cuando son la herramienta más efectiva para una campaña determinada, según el contexto y el momento en que se realice”. El colectivo es una organización que Corbett fundó para involucrar a las personas en la defensa de distintas causas sociales. Porque, además, ella es introvertida. Puede no parecerlo ahora que habla en público casi todos los días, pero es tímida. Por eso prefiere las manualidades a salir a marchar en la calle.

“Creo que si queremos que nuestro mundo sea más bello, amable y justo, nuestro activismo también debe serlo. Puede que sean pequeños, pero los rollos de papel tienen el poder de hacer que los compradores se detengan y piensen en las personas que hacen su ropa y en sus condiciones de trabajo. El activismo no necesita que se grite desde una terraza, puede provocarse suavemente desde nuestros bolsillos”.

‘SOY ACTIVISTA, NO MÁRTIR’

Lo primero que leí de Lydia Cacho fue Esclavas del poder (2010), un libro sobre la trata sexual, doloroso y triste, pero también esperanzador, compuesto de historias contadas por las víctimas y de voces de los victimarios, en el que la autora encuentra las mafias que venden a mujeres y niñas desde los 5 o 6 años y desenmascara a los funcionarios y políticos corruptos que encubren a esas bandas de crimen organizado en países como México, Estados Unidos, España, India, Camboya, Japón o Tailandia. Durante la investigación, que rastrea los orígenes de la trata de personas y reta lo que muchos piensan sobre este tema, tuvo que infiltrarse en burdeles, aprender a bailar pole dance y hasta disfrazarse de monja.

La admiré, busqué más sobre ella y descubrí que por destapar una red de pornografía infantil y lavado de dinero en Cancún y sus conexiones con funcionarios mexicanos y empresarios internacionales, en el libro Los demonios del Edén (2005), una tarde de ese año la secuestraron y torturaron física y psicológicamente durante veinte horas y la amenazaron de muerte. Las investigaciones demostraron hace poco que algunos de sus victimarios eran quienes debían protegerla (funcionarios de la Fiscalía y policías).

Foto: cortesía Lydia Cacho


Lydia Cacho es feminista. Es de izquierda. Es una de las mejores periodistas investigativas de América Latina. Defiende como si se tratara de su vida los derechos humanos, es combativa y aguerrida. Pero no es una mártir. No quiere serlo.

El 31 de julio de 2018, el Comité de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra emitió por primera vez una resolución en contra del Estado mexicano por su caso y le exigió al gobierno reparar el daño que le hicieron y procesar a los responsables materiales e intelectuales del ataque del que fue víctima.

“Si el Estado me hizo esto por documentar la realidad, ¿cómo trata a los cientos de miles de víctimas de secuestro, desaparición forzada, pornografía infantil y feminicidio cuyos nombres no conocemos? No soy ni seré una mártir jamás. Soy una periodista profesional, que a lo largo de treinta años ha trabajado en la defensa y protección de los derechos humanos (…) No me detendré a pesar del costo, hasta que todos y cada uno terminen en prisión. Mientras tanto, a mantenernos con vida”, dice en un video que tiene en su cuenta de Twitter.

Ese mantenerse con vida implica pedir ayuda cuando la necesita y huir cuando le dicen que corre peligro. Implica tener listo el pasaporte para salir del país cada vez que sea preciso. Implica cuidarse, no dárselas de supermujer a la que jamás le va a pasar nada. Pero no implica callarse. Esa no es una opción para Lydia.

Nacida en 1963 en Ciudad de México, Cacho es hija de una psicóloga y de un ingeniero. Estudió Arte y quería ser periodista cultural, pero lo suyo eran las investigaciones de largo aliento. Hoy ha escrito trece libros y ha recibido más de 50 premios y reconocimientos internacionales (entre ellos, el Unesco-Guillermo Cano de Libertad de Prensa, el World Press International Hero y el Premio Oxfam a la Valentía en la Defensa de los Derechos de las Mujeres). También es embajadora de buena voluntad de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Crimen y forma parte de la Red Internacional de Periodistas con Visión de Género.

Para ella, el periodismo es una linterna que ilumina las oscuridades del mundo. Ser periodista es algo que debe hacer, como respirar todos los días.

“No tengo la soberbia de creer que mis libros van a detener una cultura delictiva que arroja miles de millones de dólares a las mafias. Lo que sí puedo decirte es que las cosas sí han cambiado a partir de que hemos descubierto y explicado estas redes y su funcionamiento. Un ejemplo es que antes de Los demonios del Edén no existía ley contra la pornografía infantil ni contra la trata de personas, tampoco la cultura legislativa al respecto. Había una gran confusión y eso ha cambiado en algunos países, como México y Guatemala”, le explicó a Diners.

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Hoy, Los demonios del Edén está siendo adaptado cinematográficamente por Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón y ella trabaja en la preproducción de una serie para televisión basada en Esclavas del poder. Además, dirige y conduce una miniserie multimedia sobre educación para la paz, dirigida a niños y niñas, llamada Somos valientes.

Sabe que el día que la quieran matar van a hacerlo, y dice que si eso sucede, morirá contenta y tranquila porque hizo lo que tenía que hacer, lo que le tocaba. “¿Soy una buena periodista? Sí. ¿Lo he hecho bien y por eso me castigaron? Sí. ¿El mundo es así? Sí. ¿Y se puede cambiar? También”.

UNA MONJA MODERNA QUIERE HACER SILENCIO

Monja. Budista. Zen. ¿Se pueden juntar esas tres palabras? Para Kankyo Tannier es posible. Monja con cuenta de Twitter, con perfil de Facebook y con canal de YouTube. Monja con página web y con un blog sobre meditación en The Huffington Post. ¿Se puede ser monja y estar tan conectada con las redes sociales? Para Kankyo Tannier es posible.

Tannier es francesa. Tiene 44 años. Ha sido llamada “La nueva voz del budismo”. También le dicen “Monja del siglo XXI” y “Monja 2.0”. Sonríe con facilidad. Tiene una voz dulce. Con frecuencia hace bromas y chistes. Alcanzó a estudiar Derecho. Dio clases de canto y algunos conciertos para audiencias de 200 extranjeros. Luego se fue a vivir a un monasterio budista en Alsacia, en el noreste de Francia, en el que estuvo quince años. Y de no ser por un libro que publicó en 2017 y muy pronto se convirtió en best seller allá seguiría, aunque aclara que regresa cada vez que su agitada vida de conferencista famosa que recorre el mundo enseñándole a la gente a meditar y hacer silencio se lo permite.

Foto: cortesía Hay Festival


El libro, The gift of silence (La magia del silencio), ha sido traducido a trece idiomas y está dedicado a todos los que se sienten “abrumados y perdidos por la vida moderna”.

“Recibí una formación católica y siempre busqué el sentido de la vida, pero el modelo que me proponía la sociedad de encontrar un trabajo, ganar dinero, comprar una casa muy linda y pagarme las vacaciones me pareció un poco triste, ¡como que le faltaba poesía!”, le contó a Diners. Cuando tenía 18 años, luego de leer un libro del dalái lama, descubrió el budismo. Tiempo después se inscribió para participar en un retiro espiritual de diez días en un monasterio zen. Y el camino, como dice, “se fue trazando solito”. Ahora vive en el bosque. Claro, cuando su vida de conferencista se lo permite.

En una charla TEDx, Tannier comienza por preguntarles a las personas del público cuándo fue la última vez que se sintieron realmente libres y explica lo que es la libertad para ella. “Me refiero a la libertad interior, que es la capacidad de observar el movimiento de los pensamientos, de ser consciente de ellos. Libertad es una de las palabras que más me hacen vibrar, cuando escucho la palabra libertad, sonrío”, afirmó esta monja moderna. ¿Y cómo se aprende esa libertad? Meditando y buscando el silencio. ¿Y qué es lo primero que debemos hacer para meditar? Desconectarnos. Sobre todo, de la tecnología.

Un momento. Tannier es usuaria activa de las redes sociales. Muy activa. ¿Acaso se puede usar la tecnología para hallar el silencio? “No se trata de desconectarse por completo de las herramientas tecnológicas modernas, porque infortunadamente son parte de nuestras vidas. Se trata de aprender a no ser prisionero de ellas, eso es la libertad. Si mi computador me corta cada vez más el contacto real con otros seres humanos, me convierto en un esclavo. Es difícil resistirse a esos aparatos y a herramientas como Google, Facebook y Twitter, porque juegan a esconder nuestro miedo a la soledad, al vacío, pero debemos hacerlo”.

Tannier está convencida de que se puede meditar –es decir, adquirir una conciencia plena de sí mismo– en cualquier lugar: en la cama, la oficina, el bus, la piscina. Pero es difícil, requiere una práctica constante. Lo bueno es que cuando se logra, la persona entra en un estado de calma profunda y eso, también está convencida, puede transformar el mundo, así sea en espacios muy reducidos.

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Enero
30 / 2019

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