¿Qué es y cómo se practica el Hot Yoga?

Con posiciones similares a las de yoga tradicional, pero a mayor velocidad y a 40 grados de temperatura, Hot yoga quema calorías, liberta toxinas y energía negativa.

Cuando escuché sobre Hot Yoga creí que iba a tener una linda experiencia de estiramiento caliente, un complemento perfecto para darle descanso a mis músculos tensos por el ejercicio diario en el gimnasio. Pero cuando llegué a Yogis Centro de Bienestar, el estudio de Hot Yoga donde recibiría la clase, Lisa Olea, la instructora, me advirtió que esta práctica no es para todos, pues consiste en una actividad física fuerte y no solo una rutina meditativa; por eso, es importante que quien quiera practicarlo realice ejercicio rutinariamente. En ese momento, mis jornadas diarias en el gimnasio me hicieron sentir a salvo.

El salón donde se hacen las sesiones de Hot Yoga está equipado con dos chimeneas a gas y un sistema de calefacción, además de varias estaciones tipo sauna donde el instructor de turno vierte agua con eucalipto sobre rocas calientes. De esta forma, el recinto alcanza una temperatura de 42 grados centígrados y con un altísimo nivel de humedad. Esto con el fin de ayudarle a quien realiza esta práctica a quemar las calorías más rápidamente. Si usted está interesado en hacer un ejercicio para bajar de peso y aumentar la resistencia física, el Hot Yoga es ideal, porque la actividad que se hace en cada sesión es de tal exigencia que, además de quemar calorías, ayuda a tonificar todos los músculos y aumenta la resistencia y el equilibrio cuando se hace con regularidad. Y como beneficio extra, ayuda a bajar la presión arterial.

Pero la espiritualidad del yoga está presente en cada movimiento. Además de resistencia y buen estado físico, el Hot Yoga exige un altísimo nivel de concentración y meditación. Cada posición, que es similar a las que se practican en un nivel avanzado de yoga, pero con movimientos más rápidos, debe ir acompañada de una respiración profunda, y con cada gota de sudor se debe ser consciente de que no sólo se están eliminando toxinas, sino también las energías negativas, todo aquello que nos hace daño y nos impide avanzar.

Ahora debo interrumpir la descripción para hablar de mi complicada relación con el calor. Como nativa de tierra fría estoy naturalmente acostumbrada a las bajas temperaturas. Así que con cada movimiento, cada respiración y cada gota de sudor, mi cuerpo perdía fuerzas, mientras se sentía más agobiado, hasta que llegó a un punto en el que no podía continuar.

Por la rápida reacción de Lisa, quien fue en mi auxilio, concluí que debe haber más personas como yo que se marean durante la clase. En ese caso se recomienda sentarse en la posición llamada “Niño que duerme”, en la que, arrodillada, toqué con la cabeza el piso (o más exactamente el tapete especial de yoga) y estiré los brazos. En ese momento mi instructora me ungió con un ungüento y me dejó descansar con los ojos cerrados un rato, hasta cuando me estabilicé.

Para que mi situación no se repita, se recomienda a quienes asisten, no comer nada por lo menos dos horas antes de la clase, tomar mucha agua durante la sesión, llevar ropa muy suelta para que el calor no vaya a ser una molestia, y tener a mano una toalla, pues se suda excesivamente.

Una vez termina el ejercicio, luego de hora y media, se hace una sesión de relajación en la que la instructora pasa junto a cada participante con rodajas de pepino que coloca sobre sus ojos y toallas con aromaterapia. Lentamente empieza a bajar la temperatura del estudio y enciende la luz.

Al salir, sentí como si me hubiera levantado de un sueño muy pesado. Era imposible no sentirme cansada, pero al mismo tiempo renovada. Al día siguiente, el dolor en los músculos me recordó a cada instante que me había esforzado hasta mi límite, lo que me dejó la sensación de haber disfrutado de la experiencia a la que seguramente regresaré.

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