Rubén Blades: un desconocido popular

Hoy se estrena el documental 'Yo no me llamo Rubén Blades'. Hablamos con su director, Abner Benaim, sobre esta película que muestra la vida del cantante panameño.

“Tú eres el desconocido más popular que yo conozco”, cuenta Rubén Blades que le dijo alguna vez Gabriel García Márquez. “Es cierto”, sigue el músico, “y así voy a llamar mi biografía si alguna vez hago una”. Es más fácil dar con la imagen de Pedro Navajas -casi dos metros de estatura, sombrero de medio lado, gafas oscuras y un gabán tan ancho como para llevar un puñal entre los bolsillos sin que se note – que con la del hombre que lo imaginó.

Son pocos los que podrían dar señas suficientes para describirlo. Los que saben que es un cantautor salsero, pero también un exministro de turismo, el fundador de un movimiento político de izquierda y un abogado salido de Harvard. Un detective en la película Predator 2, el sobreviviente de un Apocalipsis zombie en una serie de AMC y el tercer candidato con la votación más alta en las elecciones panameñas de 1996.

Pocos saben que son 17 sus Premios Grammy, que ya está calvo, que fue mujeriego y que siempre estuvo seguro de morirse joven. Que, como dice Abner Benaim, el director de Yo no me llamo Rubén Blades, es imposible contarlo sin quedarse corto. Hablé con Benaim a propósito de esta película que hoy se estrena en las salas de cine colombianas.

¿Cómo surge la idea de hacer este documental?

Fue así: conocí a Rubén hace más de diez años en un aeropuerto y nos hicimos amigos. Cada vez que nos encontrábamos, me contaba un cuento más interesante y más lleno de personajes grandiosos. Celia Cruz, Tito Puente, Héctor Lavoe. Después cantaba, se reía, se confesaba. Un día le dije “Rubén, yo no puedo seguir escuchándote así porque me da ansiedad. Yo necesito una cámara”. La primera vez, fue en broma. La segunda no tanto y la tercera le boté la idea de hacer un documental.

¿Y qué le dijo?

Que sí, acordamos una fecha y arrancamos. La primera sesión fue en su casa, en Nueva York. Hablamos y caminamos por la ciudad reviviendo sus años de juventud a través de los lugares que lo marcaron. Luego nos vimos en Panamá, en México, en Puerto Rico, en Colombia. Fuimos filmando conciertos, ensayos, reuniones con otros músicos y más tarde vinieron las entrevistas: Sting, Residente, Paul Simon, Gilberto Santa Rosa.

¿Por qué precisamente ellos?

Yo quería que todos los que aparecieran lo hubieran conocido de verdad, no quería a nadie simplemente por famoso. A Sting, Rubén le tradujo una letra y le grabó una canción. A Paul Simon lo dirigió en una obra de teatro. Con Gilberto Santa Rosa ha tocado mil veces y con Residente tiene una canción que se llama La Perla. Ese fue mi criterio.

Pero en esa lista faltó, entonces, Willie Colón…

Yo traté de incluirlo y hablé con el manager, pero al final no se dio. Aunque sí le puedo decir que nunca quise llamarlo para hablar del caso legal que tuvieron porque eso ya está en Youtube. Todo ese lío del concierto que Willy dice que Rubén no le pagó lo han contado mil veces. Mi intención era enfocarme en la combinación tan poderosa que lograron. No hablar de Willie Colón es como contar la historia de los Beatles y saltarse la relación de Lennon y McCartney. Por eso es el mismo Rubén quien lo menciona, él dice en una parte de la película que tiene muy claro el lugar de Colón en su carrera.

Aunque Rubén también fue político y actor, en el documental sólo se muestra su faceta de músico. ¿Por qué?

Es una decisión que tomé desde el comienzo. Siempre he creído que “el que mucho abarca poco aprieta” y si noventa minutos son pocos para su carrera como cantautor, imagínese para hablar del resto. Menciono que fue candidato presidencial y que estudió derecho, pero son pinceladas. Es un retrato y no una reseña de Wikipedia. Yo creo que queda claro que se trata de impresiones y no de incluir cada detalle.

¿Y no cree que algunos detalles sí hicieron falta?

Yo estoy contento con el resultado. Creo que logré un documental que genera emociones: la gente se conmueve, llora, sale pensado. Mi objetivo siempre fue que los espectadores convivieran un rato con Rubén a través de la pantalla, que lo vieran un poco más de cerca. Siempre va haber imperfecciones y hay que aprender a vivir con ellas. Y bueno, la otra cosa es que para mí la huella de Rubén Blades la dejaron siempre sus canciones. Lo demás vino después.

¿Por qué lo dice?

Porque son inspiradoras. Gran parte de la magia de su música está en que las letras calan muy hondo. Uno comienza bailando y termina recibiendo clases de historia, civismo y política. Piense por ejemplo en Tiburón, una tremenda metáfora a la relación de Estados Unidos con Latinoamérica. O en Decisiones, que cuenta como en la vida nada es negro o blanco.

¿Rubén Blades participó en las decisiones narrativas o editoriales del documental?

En lo absoluto. De vez en cuando me preguntaba: “¿Qué es lo que estamos haciendo?”, pero era más por entender que por cuestionarme. Jamás intervino y esa responsabilidad la cargué siempre solo. Es más, él sigue sin ver la película. “No tengo que hacerlo”, me dice, “Yo estaba ahí, esa es mi vida”.

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