Así es la vida de un coleccionista de música

Entre sus discos se encuentra la versión más bella de "Solamente una vez", de Agustín Lara, las voces resonantes de Celia Cruz, Daniel Santos, Olguita Guillot, Orlando Contreras y Nelson Pinedo, los inolvidables Rolando Laserie y Beni Moré y los boleros de Los Panchos.

Publicado originalmente en Revista Diners Ed. 152 de noviembre de 1982

Si usted quiere escuchar sambas, vidalitas, tonadas o cualquier duelo de compadritos, amores tormentosos o historias de malevaje, lupanares y arrabal, pregúnteselo a Toño Cuéllar.

Si quiere oír al “Cuarteto Flórez” antes o después de que contratara al entonces delgado y desconocido muchacho de la voz de terciopelo llamado Daniel Santos, pregúnteselo.

O pregúntele por la versión más bella del famoso “Solamente una vez” de Agustín Lara y oirá a un hombre con una guitarra en una taberna de San Juan en la interpretación más estremecedora del bolero: es Guillermo Portabales.

Si quiere seguir escuchando boleros de la vida, pregúntele por Celia Cruz, por Olguita Guillot, por Orlando Contreras, por Miltinho o por Nelson Pinedo.

Pídale a Rolando Laserie o a Beni Moré. Si quiere oír boleros del alma, averígüele por Joaquina Portillo, por Agustín o por “Los Panchos”; tal vez por Felipe Pirela o Ledesma.

De pronto usted lo que necesita es a los “Trovadores de Cuyo” o al “Conjunto América”, o a Julio Jaramillo, o Lucho “Bowen”, o a Olimpo Cárdenas, o a Juan Arvizu y Margarita Cueto o a Óscar Agudelo.

De pronto se le vienen a la memoria los nombres del doctor Alfonso Ortiz Tirado o de Guty Cárdenas o de Lucho Ramírez o Víctor Hugo Ayala. O le da por oír a María Dolores. Pídale lo que quiera.

Quizá el asunto es más complicado y quiere saber quien compuso “Jorgito tiene novia” o cuál es el ritmo de “No era León” o cuándo vino a Colombia Bienvenido Granda o cuál fue la primera canción que grabó el “Trío Matamoros” o dónde nacieron Ciro, Cueto y Miguel.

Pregúnteselo a este hombre que salió un día de Pitalito y le dio la vuelta al país con una pasión sostenida en los malos y los peores tiempos, coleccionando discos. Pregúnteselo a Antonio Cuéllar. El sabe con certeza de dónde son los cantantes. Habla poco, pero tendrá su respuesta mientras le cambia el disco.

Toda una vida

En la “Tienda Nueva” de Tuluá, un niño campesino, Antonio Cuéllar, se dio maña para ser el operador oficial de la vitrola que amenizaba el ambiente de los contertulios que entre copa y copa pasaban la tarde del sábado en el negocio de don Víctor Lozano.

Allí escuchó Antonio los primeros discos que mucho tiempo más tarde comenzaría a reunir, clasificar y mantener cuidadosamente, en una afición que habría de conservar durante toda la vida.

Hoy él es técnico hidráulico y experto en instalaciones eléctricas; trabaja cumplida y honorablemente durante 8 horas al día; su dinero lo reparte entre su familia y su discoteca, que cuenta con más de 10.000 discos de 78 r.p.m.

Lucerito de plata

Los discos en 1947 costaba 2.50 y era necesario viajar hasta Cali para conseguir las melodías de moda. Por aquella época, causaba furor “Lucerito de plata” y al joven camarero le fue encargada la misión de traerlo.

Al llegar al almacén se encontró con una curiosa promoción: ese disco valía 10 pero, en contraprestación, el comprador podía escoger otros tres; los que quisiera.

Duró tres años comprando discos y guardándolos debajo de la cama. Cuando por fin pudo cambiar su bicicleta por un aparato usado de la RCA Victor, ya tenía unos 300 discos que no había oído nunca. Y se había ido a vivir a Cali.

El muñeco de la ciudad

La razón de su traslado desde Tuluá era simple: en Cali se conseguía más música. Sobre todo, estaban a la mano las últimas grabaciones de Guillermo Buitrago y las de Daniel Santos y Bienvenido Granda con la “Sonora Matancera”.

Se empleó como ayudante de plomería y comenzó a relacionarse con los coleccionistas de la ciudad. En compañía de Eduardo, el “Muñeco”, iba los domingos al mercado y le compraba discos a los campesinos.

En Cali vivió el 9 de abril y presenció con horror el incendio de algunos bares en cuyos anaqueles reposaban joyas discográficas que él aún no había podido adquirir. Recuerda la destrucción del bar “La Cigarra”, del “As del Tango” y la quema de la colección de “El Avispero”.

En el barrio Belisario Caicedo hizo el primer intento de poner su propio establecimiento: “Ritmos de América”. Era un negocio modesto que logró acreditarse rápidamente y que le permitió a Cuéllar pensar en algo más central.

Al poco tiempo inauguró el “Bar donde Toño”, el cual se convertiría en el lugar obligado de las reuniones de los coleccionistas y aficionados a la música antigua.

Tres cruces

Una noche se dio cuenta de que se había enamorado de la empleada que ponía los discos, una muchacha de ojos grandes y negros con quien ha bailado milongas, mambos y merengues con maestría desde hace 18 años.

Para los Juegos Panamericanos, Cuellar, ya “Toño”, consiguió trabajo en el Hotel Palermo con la esperanza de localizar, con las delegaciones del sur el paradero de Pepe Aguirre, el cantante chileno de quien le faltaban varias grabaciones.

Pero los deportistas le confesaron que no tenían la menor idea; la mayoría ni siquiera lo había oído mencionar. Cuando todo parecía indicar que su pesquisa sería inútil, se encontró con el médico de la delegación chilena, quien no solamente era admirador de Aguirre sino que tenía su dirección personal en Santiago.

Acto seguido, Toño le escribió enviándole la lista de los títulos que tenía y suplicándole que le ayudara a conseguir los que le faltaban.

Su sorpresa fue enorme cuando recibió a los pocos días, la respuesta entusiasta del intérprete. En ella lamentaba no poder obtener los discos que necesitaba Toño, pero le rogaba que le mandara grabaciones de algunos títulos mencionados en la lista ya que el mismo no los poseía y había perdido, incluso, toda esperanza de recuperarlos. Ese día Toño se sintió orgulloso de su discoteca.

El caminante

Toño ya tenía conciencia de que debía pasar una temporada en Medellín para que su colección se enriqueciera con dos géneros: el tango y la música antigua.

Recogió sus ‘corotos’ y, después de 23 años de residencia en Cali, sin plata. Sin trabajo y con más de 6.500 discos empacados, arrancó para Medellín, donde vivió cinco años.

Aparte de las vertientes ya conocidas, descubrió otras; entre ellas la música tropical de Gerona (“Arriba de la Toma”) y de Copacabana. De Medellín se trajo más de mil grabaciones de la orquesta de Francisco Canaro.

Se hizo miembro de un club de coleccionistas de música antigua de Perú y de Argentina; tiene relaciones (esto es, intercambio de grabaciones y datos de “descubrimientos” de los años 20 a los 50, aproximadamente) con numerosos “colegas” nacionales y algunos extranjeros célebres como el uruguayo Adán Macedo Ferreira, de la población de Treinta y Tres.

Quizás gracias a esto, su colección en cintas magnetofónicas, cassettes y discos L.P., triplica a sus 10.000 ejemplares de 78 r.p.m.

Hay un riguroso sentido de la lealtad entre ellos: por ningún motivo Toño permite copiar una canción que le haya sido enviada por un coleccionista.

En el mejor de los casos la deja escuchar con un largo preámbulo en el cual, entre explicaciones y advertencias, da el crédito al propietario del disco original.

Por la vuelta

En 1975 decidió viajar a Bogotá. Se instaló en una casa de dos pisos, aún en obra negra, situada a un par de cuadras del Cementerio del Sur de Bogotá.

Allí comenzó una rutina que duraría casi 7 años: levantarse temprano a trabajar, regresar al anochecer, comer, reposar un rato y después meterse a esa especie de templo rústico que hay en la alcoba principal de la casa, a dar rienda suelta a su pasión: escuchar, grabar, clasificar y ordenar su música.

En ocasiones, un grupo de amigos interrumpíamos el rito sagrado de todas las noches y dejábamos que Toño oficiara una sesión. En el templo se prohibía fumar.

De rato en rato se consumía un trago de aguardiente. Se podía cantar, bailar y reír. Hablar era necio. Se trataba, esencialmente, de escuchar.

Las preguntitas

Cada noche Toño preparaba una sorpresa. Apoyado en una memoria lenta pero sólida, con su burlón sentido del humor, un día preguntó si existía un pasillo puertorriqueño.

¿Un pasillo puertorriqueño? ¡Vaya adefesio!

Detrás del “scratch” del viejo acetato, con esfuerzo pero con sorprendente vigor, fueron apareciendo las notas de “Blanca estrella”, de Plácido Acevedo; era, en efecto, un pasillo puertorriqueño.

En otra ocasión, puso una alegre rumba de Rafael Hernández e indagó por el nombre del intérprete. Por supuesto nadie acertó: la voz cálida evidenciaba cierto sabor tropical, lo cual hacía imposible imaginar que escuchábamos al cantante de rancheras hispano-mexicano Miguel Aceves Mejía, quien años después de la grabación de esta rumba, titulada escuetamente “Agua”, se haría famoso por su agudo y prolongado falsete.

Otra noche nos dejó oír una extrañísima marcha portuguesa, “La jardineira”. Cantaba nadie menos que Libertad Lamarque. O unos bambucos mexicanos interpretados por el quinteto Yucateco, compuestos por Ricardo Palmerín, amigo del “Pelón” Santamarta, de quien conoció el ritmo colombiano; eran los bambucos jarochos “Neblina”, “Hilito de agua” y “Granito de sal”. O “Rumores” y “Mis perros”, otros pasillos, esta vez en la voz del más célebre intérprete del tango, Carlitos Gardel.

A través de las grabaciones conmemorativas y de los himnos, Toño le sigue los pasos a la historia. Cerca de los acetatos con propagandas de “Cafiaspirina” de los años 40, están los discursos de Jorge Eliécer Gaitán y las propagandas del Partido Liberal y una grabación de 1959 en la cual Daniel Santos, con su estilo inconfundible, entona: “Adelante, cubanos, que Cuba premiará vuestro heroísmo”, el himno legendario de los hombres barbados de la Sierra Maestra.

¿Dónde están los rumberos?

Toño ha sido siempre un buen bailarín. Recuerda una noche de apoteosis en un “dancing” de Pereira, cuando en vista de que nadie le aguantaba el paso, le mandaron llamar a “La cartagenera”, la mejor bailarina de todos los establecimientos, y al compás de las bravas trompetas de la “Sonora Matancera” y de la voz de Bienvenido Granda, preguntando “¿Dónde están los rumberos?”, Toño Cuéllar obligó a los presentes a mirar embelesados, por el resto de la noche, su sabia y hermosa manera de llevar a la morena.

Adiós muchachos

Una noche de febrero de este año, la sesión comenzó con una lacónica noticia: “Toño se va”. Por la mañana había firmado un acuerdo con dos santandereanos emprendedores, Luis Ardila y Luis Lemos, propietarios del complejo “El pulpo”, a ciento cincuenta pasos de la Universidad Javeriana, quienes lo habían contratado, con discos y todo, para la nueva “Taberna del recuerdo”.

Al mediodía, Toño comenzó a organizar el trasteo según el orden de esos curiosos catálogos que sólo él conoce y donde toda la música del mundo cabe en tres capítulos: Argentina, Antigua y Tropical, y donde Pepito López y Pedro Vargas figuran en la “P”.

Por la noche nos recibió con la cordialidad de siempre y, de repente, nos soltó la noticia. Aunque le deseamos la mejor suerte del mundo, todos por dentro sentíamos que se había acabado esa estrecha y secreta hermandad de la cual Toño era el Sumo Sacerdote.

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