Pájaros de Verano, galardonada como mejor película en los premios Fénix

La cinta colombiana obtuvo el que es considerado el reconocimiento más importante en el cine iberoamericano. Diners conversó con Cristina Gallego, que debutó como codirectora al lado de Ciro Guerra.

A comienzos de los años setenta, Colombia vivió un fenómeno muy particular. Los jóvenes del Cuerpo de Paz de Estados Unidos llegaron al país con la intención de detener al comunismo. Sin embargo, algunos se dieron cuenta de la cantidad de marihuana que crecía en el territorio; los estadounidenses comenzaron a pedir, y la gente empezó a vender. El negocio creció tanto que se generó lo que se conoce como la bonanza marimbera.

Una génesis, un origen, un principio para lo que llegaría en las décadas posteriores con los carteles del narcotráfico. Y es en medio de este contexto, en el que Cristina Gallego y Ciro Guerra cuentan la historia de dos familias wayúu, que viven en carne propia las secuelas de esta locura colectiva, producida por el dinero fácil, la ambición y la venganza. Una tragedia que hoy en día, tristemente, se sigue repitiendo a lo largo y ancho del país.

Durante nueve semanas Gallego y Guerra grabaron en La Guajira con condiciones adversas –tormentas de arena, inundaciones–, pero al final, lograron contar una historia contundente, que tocará el alma de los colombianos, y que revela mucho de la cultura wayúu, tan compleja y profunda, tan llena de contradicciones, de magia y misticismo.

Diners conversó con Cristina Gallego, que debuta como directora en esta cinta, luego de ser la productora de Ciro Guerra en varios de sus largometrajes como El abrazo de la serpiente, nominado al Óscar en 2016 como mejor película extranjera.


Úrsula Pushaina, interpretada por Carmiña Martínez, una mujer que lleva las riendas en la ranchería


La idea original de la película fue suya y surgió mientras grababan Los viajes del viento. ¿Cómo fue la evolución de esa idea inicial hasta que la logró filmar?

Cuando hicimos Los viajes del viento nos documentamos sobre la historia de la bonanza marimbera; además, conocimos de primera mano la cultura guajira y wayúu. Me impresionó la historia de los duelos familiares en los que varias familias se exterminaron, bajo códigos de venganza propios, uno por uno. Una guerra de ojo por ojo y diente por diente.

Al acercarnos me impresionó cómo era posible que nuestra cinematografía no hubiera hecho una gran película de gánsteres en este contexto, como los de las famiglie italianas, la mafia, que me había maravillado del cine de Hollywood. Así que duró dando vueltas en la cabeza durante mucho tiempo, pero sabiendo que hacerla iba a ser complicado, era una película que necesitaba demasiado dinero.

¿Y qué pasó luego?

Antes de irnos a rodar El abrazo de la serpiente, el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico creó un estímulo que le podía asegurar un capital base grande a la película. Así que en ese momento echamos a andar las cosas con Ciro. Llamamos a María Camila Arias para que trabajara el guion y luego a Jacques Toulemonde. Con ellos desarrollamos el guion entre 2014 y 2017, año en que se rodó.

En principio, yo quería hacer una especie de El Padrino en La Guajira, pero como productora, no pensaba dirigir. Sin embargo, la necesidad de hacerlo se dio al desarrollar más el guion y adentrarnos en el mundo wayúu y garciamarquiano que teníamos como referentes.

Lo especial de esta película estaba en desarrollar los personajes femeninos con la fuerza económica, política y espiritual que tiene la mujer en una sociedad matrilineal, en la que gran parte de la vida está relacionada con esos aspectos que para nosotros son más esotéricos, pero que en realidad son parte de la naturaleza: la importancia de los sueños, la relación con los muertos, las revelaciones naturales, la magia, temas con los que yo me sintonizo muy bien. Fue inevitable para mí pensar en dirigir.

Pájaros de verano es su ópera prima como directora. Leía en una entrevista que tuvo que enfrentarse a muchos retos y sufrimientos. Cuéntenos, ¿cómo vivió esta experiencia?

Los retos fueron muchos, perder el miedo de siempre estar creando, pero detrás, en una labor más de soporte que de igualdad. Miedo por el tamaño de la película. Creo que es lo más grande que se ha hecho en Colombia de origen colombiano, otra cosa son los servicios de producción que ahora tienen inundado el país.

Así que la producción era muy grande, compleja, el dinero estaba justo, pero estuvimos llenos de contratiempos, teníamos un “desierto estudio” construido en una locación seca que no se había humedecido en años y, de repente, se empezó a inundar. Supongo que dificultades propias de trabajar en el desierto, de la negociación con los wayúu, de trabajar en una película y con una cultura para la que los espíritus juegan un papel fundamental.


Gallego y Guerra filmaron durante nueve semanas en La Guajira y tuvieron muchos inconvenientes


La codirección la realizó con Ciro Guerra. ¿Cómo vivió esa transición de ser su productora a pasar a dirigir con él?, ¿cómo se dividían los roles?

No nos dividíamos claramente; sin embargo, hay cosas que Ciro tiene más claras y yo doy un paso al lado, y viceversa. Hemos tenido una relación creativa muy fuerte a lo largo de los años, yo me había ido metiendo de a poco en muchas decisiones y propuestas creativas, desde el montaje en Los viajes del viento; luego en el desarrollo del guion y en el montaje de El abrazo de la serpiente, así que todo fue muy natural. La única diferencia para mí fue entrar al set, trabajar más con el equipo de arte y sobre todo acercarme al trabajo con los actores.

La visión femenina en la película es fundamental. ¿Cuál fue su mayor enseñanza del mundo femenino wayúu, tan onírico y mágico, pero a la vez tan duro y complejo?

La mayor enseñanza, sin duda, fue que solo el amor vence al miedo.

A nivel logístico tuvieron una tormenta de arena y lluvias que inundaron el set. ¿Cómo lo sobrellevaron?

Todo con paciencia. La tormenta de arena nos llegó el primer día de rodaje y duró una semana, que se convirtió para nosotros en un año. La tormenta estaba sobre el set, cuando uno salía ya no había ese problema.

Esa semana rodábamos con muchos extras; diferentes personas de la comunidad tenían sueños y todos ellos nos decían que los espíritus estaban reaccionando porque estábamos en su territorio. Nosotros solo podíamos seguir rodando, protegernos de la arena y rezar, rezar y rezar, para que todo saliera bien.

¿Y las lluvias?

Conforme pasaba esto, el mar se empezaba acercar y a subir la marea al llegar la luna llena. Antes de construir nos dijeron que ese territorio no se inundaba hacía ocho años (…) Hasta que la construcción amaneció un día en medio del mar. Con la ayuda de la Gobernación levantamos jarillones de contención, una obra gigante para poder terminar la construcción y rodar.

Luego pasó la tormenta del 18 de abril. Estábamos a tres días de terminar el rodaje en el desierto. Pero ese día cayó una tormenta eléctrica que en cuestión de treinta minutos convirtió el desierto en un mar de lodo. Se quedaron atascados buses, camiones, elementos de ambientación y no podíamos acceder a la casa en la que debíamos rodar el final de la película. (…) Y a nosotros no nos quedó otra que adaptarnos y reescribir el final.

Todo salió mejor de lo que esperábamos y esto se ve en la película. Así que nosotros, a pesar de que la sufrimos, en verdad estamos agradecidos por haber tenido un equipo sobrenatural de efectos especiales.

La película se estrenó en el pasado Festival de Cannes con excelentes comentarios. ¿Qué pasó por su mente la primera vez que la vio finalizada?

La he visto un millón de veces en el proceso de finalización. La primera vez fue el año pasado durante una proyección en la Cinemateca Distrital, en el proceso de edición.

Esa vez sí se me escurrieron las lágrimas, pero en Cannes, sería porque ya sabía que no tenía que hacer más cambios, la vi completamente desconectada. Eso sí, con miedo de haberla embarrado y que no resultara tan buena como yo pensaba y sentía que era hasta el momento. Pero solo fueron el miedo y los nervios del estreno, porque fue muy bien recibida.

En la cinta hay personajes naturales memorables como El Palabrero. ¿Qué dijo luego de haber participado y ver lo que se ha generado?

Aún no ha visto la película. Don José Vicente, El Palabrero, es una autoridad tradicional, pero también fue nuestro tío en el rodaje, nos asesoraba, hasta nos interpretaba los sueños. Le pregunté sobre lo que pensaba de la película y me dijo que le parecía muy fuerte, muy dura, pero también me dijo que así eran ellos.

En junio pasado, los wayúus la vieron por primera vez. ¿Cómo fue esa experiencia?

La reacción fue bellísima. Uribia, la capital indígena de Colombia, llenó la plaza del pueblo. Ellos la vieron concentrados, en silencio, no se movían. Había unas 400 sillas y más de mil personas entre paradas y sentadas en el piso, en bicicleta, en bicitaxi.

Antes de presentar la película les advertimos sobre cambios en textos y traducciones, sobre nuestros actores hablando wayuunaiki, pero creo que todos los errores que podamos haber hecho fueron perdonados, no había cosas fundamentales que estuviéramos alterando. Fue bello ver cómo ellos, podían leer los códigos “sobrenaturales” que nosotros construimos a lo largo de la película, de entrada los leían, los entendían.

La película se centra en la bonanza marimbera de los años setenta en La Guajira, el origen de lo que hemos vivido como sociedad en las décadas siguientes con el narcotráfico. ¿Por qué cree que es importante que a través del arte nos recuerden nuestra historia?

En particular creo que el arte es una forma de vida privilegiada. Podemos crear mundos, conciencias, tocar almas, corazones y generar crecimientos y cambios sociales. El arte trasciende la historia, los siglos. Hacer esta película para nosotros significaba hablar del tabú de que no podemos hacer películas sobre narcotráfico, de no poder hablar de nuestra historia, de nuestro dolor, el tabú que hizo que desde Miami Vice los gringos la estén contando por nosotros.

Creo personalmente que no hay crecimiento ni superación cuando no se mira de frente y con amor. Y esta es la historia como la vemos nosotros, víctimas y victimarios de esta gran tragedia en la que está sumida el país, que pareciera condenado a repetirla y repetirla.

Usted y Guerra han dicho que la gente los felicitaba por hacer películas que no tuvieran que ver con el narcotráfico. Pero lograron hacer una cinta que abarca el tema desde una perspectiva distinta. ¿Está satisfecha con el resultado?

Muy satisfecha, sin embargo el público colombiano para nosotros es lo más importante y aún no la ha visto. La película para nosotros termina en la mente del espectador, así que debemos esperar para saber qué piensan, qué conversaciones suscita, qué temas y diálogos despierta.

El crítico de Hollywood Reporter la definió como “una versión indígena de El Padrino”. ¿Está de acuerdo con esa apreciación?

Era la idea original, un poco inalcanzable, muy ambiciosa, así que esas apreciaciones solo pueden honrar el trabajo de todo un equipo, una gran famiglia de cine que hemos construido.

¿Cree que los medios sí le han dado el suficiente espacio para que su voz como directora y mujer se escuche?

En Colombia particularmente no. Afuera sí. Pero de entrada nos encargamos con Ciro de sentar un planteamiento. Muchos medios colombianos me borraron incluso de la dirección de la película.

En la rueda de prensa en la que anunciamos la participación de la película en Cannes, llamamos la atención a los medios respecto de lo que estaba sucediendo. Esto es una falta de respeto grandísima para mí como autora de la obra, así que, poco a poco, se ha ido corrigiendo. Sobre todo porque también hace parte del tema de la película, las mujeres poderosas e invisibles, una mujer fuerte en una sociedad y en un mundo machista, en el género del gánster, tradicionalmente masculino, visto de manera femenina. En fin, todo está entrelazado. Vamos buscando nuestro lugar, nuestra voz y a la vez haciendo que se respete.

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