El bolero o la más espléndida supervivencia de la tragedia griega

“El bolero es físicamente indestructible. Si ha soportado tanta palabrería cursi; tanto noviazgo empalagoso; tanta borrachera deplorable, es muy difícil que algo lo afecte”.

Publicado originalmente en Revista Diners No.101 de agosto de 1978

Soy un adicto a los boleros. Una confesión de esta índole, en momentos en que las adolescentes desfallecen por John Travolta, es un síntoma indudable de vejez. Pero si por una parte me considero abanderado ferviente de la modernidad –los poetas deben andar en Renault 6 y cantar la belleza funcional de los supermercados- por otra el reaccionario que también me acompaña mira hacia el pasado y añora ese tiempo feliz en que hombre y mujeres sufrían musicalmente: “amar es empapar el pensamiento en la fragancia del edén perdido”.

El falaz consuelo de saber que Ernesto Guevara, en las montañas de Bolivia, leía a Pablo Neruda, ese autor de boleros “ebrio de trementina y largos besos”; “la boina gris y el corazón en calma”, no es suficiente.

En este, como en nosotros asuntos de vital importancia, tampoco la ideología da la talla. Lo peor es que dicho vicio –“el vicio de quererte me domina”– carece igualmente, de un sólido arsenal lógico que lo respalde. Solo puede aportar un entusiasmo desordenado y, lo que es peor, una fidelidad a toda prueba. Son bien sabidas las relaciones entre el amor y la ceguera, pero implorar una “noche perpetua” es ya un exceso. El bolero, felizmente, trata de eso.

Además, para alguien cuyo mayor orgullo reside en ignorar todo lo que se refiere al teatro contemporáneo (no es mi culpa: conocí antes a Woody Allen que a Santiago García) el bolero representa, sin lugar a dudas, la más espléndida supervivencia de la tragedia griega.

En él los seres humanos avanzan hacia sus fieros desastres poseídos por verdades más intensas que el conocimiento; allí hay fatalidad y derrota; el oscuro mensaje de la sangre; corazones desnudos que no temen en increpar a los dioses; en él, también, el azar resuelve los destinos, con un golpe seco:

“Nosotros, que nos queremos tanto, debemos separarnos”.

En la voz de Los Panchos entendí, por fin, lo que en varias clases terriblemente aburridas, los despistados catedráticos -y catedráticas- de humanidades habían intentado explicarme, en vano, acerca de eso que los griegos llamaban ananké y los latinos fatum.

“No me preguntes más, la historia de mi vida ha comenzado cuando llegaste tú”. Y aquí está el quid de la cuestión: no es que uno escuche boleros, cuando está enamorado. Es que al oír boleros, uno se enamora.

Como toda gran obra de arte, el bolero no remite más que a sí mismo. No es un sustituto para nuestra pobreza verbal, aunque todos hayamos aprendido el vocabulario básico, en dicha escuela. Es una evidencia irrefutable, que anula cualquier voluntad.

“Cómo diablos fui a caer” se pregunta, angustiada Amalita Mendoza, y la perplejidad de su interrogante es la misma que la de todos aquellos que nos hallamos presos en sus redes.

El bolero, rey tiránico, resulta implacable. Allí no hay cronología que valga, pero gracias a una deplorable deformación profesional he descubierto antecedentes ilustres que se remontan a Rubén Darío.

“En tus promesa divinas/ no me hablaste de dolores,/ ni en tus pintadas flores/ me enseñaste las espinas” y que llegan hasta el mejor poema que ha escrito Héctor Rojas Herazo y que se llama, como era de prever, “Segunda resurrección de Agustín Lara”. Habla en el de sus “ojos de anestesiado faraón”; de sus canas de juglar con maletín y cuenta cómo “entró en el cabaret y busco a la adúltera.

Y no hallándola arrodillada/ como era su deber y como él y todos los testigos lo esperaban, se sentó al piano” y bendijo a todos los seres cantando, quizás, aquello de “el hastío es pavo real que se aburre de luz en la tarde”, para hacernos entrar en el goce de “un nuevo y esplendoroso sufrimiento”.

Lo curioso es que todos los adictos se sumergen en el de la misma forma: exentos de toda prevención, y carentes de todo remordimiento. Dichosos de sufrir.

Los psiquiatras, esos incompetentes, bien pueden hablar de frustración y masoquismo; los sociólogos -“la sociología protege al sociólogo de todo contacto con la realidad”, ha dicho Nicolás Gómez Dávila -también han intentado las explicaciones que eran de esperar: el cantante de boleros exalta el vicio y alaba la bohemia haciendo de las mujeres pecadoras el reverso necesario a la construcción de vías férreas y la unificación nacional, como lo explica Carlos Monsiváis, en Días de guardar.

Pero ni psiquiatras, ni sociólogos, han conquistado, que se sepa, la inmortalidad. Aquella que cuida de Roberto Ledesma y Daniel Santos; la que ya canonizó a Armando Manzanero y pronto elevará a los altares a María Luisa Landín; la que ha preservado, para siempre, a Los Tres Diamantes.

De otra parte, el bolero es físicamente indestructible. Si ha soportado tanta palabrería cursi; tanto noviazgo empalagoso; tanta borrachera deplorable, es muy difícil que algo lo afecte.

A estas horas quienes hemos visto pasar el rock-ahh, Billy Haley y sus cometas -el twist, el bossa-nova… y no sigo para no revelar mi edad, nos queda el consuelo de que en medio de tanta frivolidad, sobreviva un islote: allí, donde con trémulas angustias musicales, caeremos en el remolino de la fatalidad.

Allí, donde las mujeres han de ser soñadoras, coquetas, y ardientes, y donde inventaremos pecados nuevos, para estrenarlos contigo. Allí, donde pediremos que nos mientan, por una eternidad. Al fin y al cabo, la gloria no está en el cielo: la gloria eres tú.

“Destino fatal que la vida me trazó al nacer”, modula Celio González en un bolero llamado precisamente, Quimera fugaz, y la resignada altivez con que uno debe asumir el precio del bolero, es una prueba más de su significación: en él conviven la desabrochada arrogancia del hombre herido y el orgullo hecho trizas; la impúdica conmiseración, y el desespero suicida; la miseria de todos los días pero también, y qué le vamos a hacer, los besos eternos y aquello que solo se puede llamar la Felicidad, con mayúsculas.

No se trata de una nueva fe, que necesite misioneros (léase: agencias de publicidad). Se trata de una iglesia, sólidamente establecida. A la cual los fieles acuden de modo regular.

El bolero no necesita convencer, y cualquier sórdida intención proselitista que pueda asomar en estas páginas, debe ser descartada ipso facto. El bolero sigue allí, imprevisto como el milagro. Lo he oído en una finca de pollos, en Ohio; en un atracadero de botes, a la orilla del Gran Lago de Nicaragua; en el sitio más yermo de la zona petrolera venezolana: Cabimas.

Lo he oído también, en algunas páginas de Tres tristes tigres y en muchas de García Márquez. Gracias a esa ubicuidad transnacional no necesito creer en la importancia del Día del Idioma.

Entonces, ¿para qué seguir? Solo en el mismo lenguaje del bolero; es decir: la poesía, se puede intentar reflejar, pálidamente, lo que este ha sido en la vida de cada cual. En la mía fue así:

OFRENDA EN EL ALTAR DEL BOLERO

¿Habrá entonces otro cielo más vasto donde Agustín Lara canta mejor cada noche? ¿O seremos apenas el rostro fugaz entrevisto en los corredores de la madrugada? Aquel bolero, mientras el portero bosteza y los huéspedes regresan ebrios. Aquel que habla de amores muertos y lágrimas sinceras. Los amantes se llaman por teléfono para escuchar, tan solo, su propia respiración.

Pero alguien, algún día, en el desorden del trasteo encontrará aquel menú, y un poco de aquellos besos, y mientras tararea:

“Déjame quemar mi alma, en el alcohol de tu recuerdo”, escuchará una voz que dice: “la realidad es superflua”.

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