Yerry Mina, el coloso de Guachené

El defensa central se convirtió en el salvador de la Selección y con su gol le dio el paso a octavos de final.

Yerry Mina es de esos jugadores imposibles de odiar. Sea del equipo que sea, juegue donde juegue, él es de esos tipos buena gente que solo despiertan alegría y que le sonríen a todo. Más ahora que se convirtió en el símbolo de una Selección Colombia que luchaba por seguir en el Mundial de Rusia 2018.

Nunca la ha tenido fácil. Mina viene de un pueblo del norte del Cauca, una zona que por años sufrió, como gran parte del Cauca, el conflicto armado. Allí empezó su historia que luego lo llevaría al Deportivo Pasto, donde debutó como profesional. Santa Fe se fijó en él, y con dieciocho años llegó a Bogotá.

Se ganó su puesto de central titular a pulso, y junto a Francisco Meza formaron una de las mejores duplas de centrales del fútbol colombiano. Vestido de rojo ganó la liga de 2014, la superliga y la Copa Sudamericana. Esto haría que un grande del continente se fijara en él: Palmeiras de Brasil.

A Brasil llegó con toda la expectativa después de su paso por Santa Fe. Y Yerry no se achicó. Ganó salida en su juego, se hizo más sólido arriba y siguió marcando goles, algo que pocos centrales en el mundo logran.

A la Selección llegó para las eliminatorias de Rusia, y en Barranquilla un cabezazo suyo contra Uruguay nos revivió en una eliminatoria que se complicaba. Ahí estuvo Yerry, para salvarnos y meternos en la pelea por el cupo al mundial.

Su paso al Barcelona parecía un rumor. ¿Cómo era posible que un central colombiano llegara a uno de los mejores equipos del mundo? Si bien todo fue parte de un negocio entre Bartomeu, el Palmeiras y la falta de centrales del equipo, a Yerry ni a nadie le interesó. Parecía un niño cumpliendo un sueño. ¿Recuerda el video llegando al primer entrenamiento con el Barcelona, en el que le daba la mano a Messi, Suárez, y luego le respondía con un “sí, señor” a Jordi Alba cuanto este le decía que se veían en el entrenamiento? Humildad y trabajo duro.

Así es Yerry Mina, un tipo amable, querido, pero que cuando toca ir al frente lo hace sin miedo y con convicción. Su convocatoria para este mundial estaba ‘embolatada’. Los pocos minutos en el Barcelona y la falta de ritmo hacían ver que llegaría como suplente a Rusia.

Pasó en el partido contra Japón. Mina fue al banco y lo extrañamos jugando junto a Dávinson, otra joya que hay que seguir puliendo. Luego vino el partido contra Polonia, el partido que tocaba ganar. En una jugada que hacía rato esperábamos, Quintero se juntó con James y este se la puso en la cabeza a Mina para el primero contra Polonia. Gol y baile de Mina, cómo no, volvíamos a la vida con un golazo suyo, como está acostumbrado a hacerlo.

Contra Senegal pasó lo mismo. En un partido que se complicaba, Yerry saltó para cabecear un tiro de esquina de Juan Fernando Quintero. Duro, al piso como toca cabecear. Mina nos metía en octavos de final y nos daba vida. Faltaba tiempo para acabar, pero él seguía ahí para aguantar el 1 – 0. Otra vez el gigante de Guachené salvando la patria.

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