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Así comenzó la carrera de Celia Cruz

A 16 años de la muerte de la cantante cubana recordamos sus primeros pasos en el mundo de la música y su legado artístico para toda Latinoamérica.

Foto: Introducing... Celia Cruz, 1988

A 16 años de la muerte de la cantante cubana recordamos sus primeros pasos en el mundo de la música y su legado artístico para toda Latinoamérica.

Publicado originalmente en Revista Diners No. 92, noviembre 1977.

«A ella le sobra la música» G. Cabrera Infante

La noche en que una errante cubana estrelló su altiva voz contra la hibridez consentida de compatriotas suyos salidos estrepitosamente de la isla y norteamericanos que pretendían graduarse de guaracheros, el Madison Square Garden testificó el ingreso a la tierra del rock de la cantante tropical más grande de la historia y de su ritmo candente arrancado al alma y los tambores africanos y fundido en los cañales de Cuba y las bananeras del resto del Caribe.

Celia Cruz arraigó entonces definitivamente en Nueva York, después de permanecer más de dos años y medio en México, a donde llegó a mediados del 60 para no compartir el nuevo destino de su patria.

Esa negra de boca infinita que colmaba las noches espectaculares del Bambú y el Tropicana Trópico (“¡el Trópico para ustedes, queridos compatriotas e ilustres vecinos que nos visitan, el Trópico en Tropicana!”) que derramó en todos los rincones de Cuba la cascada transparente de su garganta y anegó a Sudamérica en canciones que el tiempo no derrota, emprendió en aquel momento otro tramo de su camino cantando bajo los rascacielos.

Llevaba a sus espaldas tres décadas luminosas sobre las que todavía no se posa el polvo: Radio Progreso, La Sonora Matancera y un continente estremecido cada vez que ella echaba a volar su voz, incubada en el vientre milenario de la rebeldía negra. Abrió, pues, hace tres lustros, su período norteamericano, con la orquesta del maestro Tito Puente, pero erró los tiros.

Salvando «Acuario» y «Dile que por mi no temas», esos ocho años ocho y long-plays dejaron mucho humo. Herida en su dignidad profesional, se rebeló contra la orquesta, que era excelente pero no de su estilo.

«No se trata de que una cantante acompañe a la orquesta, es la orquesta la que tiene que acompañar a la cantante» pensó un día y le soltó al empresario este golpe: «quiero que rescindamos el contrato», y se fue.

Celia Cruz seguía siendo, sin embargo, una mina de oro para cualquier casa de discos. Sin dejarla respirar, le cayó «Fania” con un contrato que la puso a grabar con Johny Pacheco y Willy Colon, garantizándole un tono entre antillano y norteamericano que “pega” en ambos frentes: con los cuatro extensos que han grabado, tanto los rubios como los latinos bailan ahora la misma rumba.

Un tipo de rumba que ha instalado en las partituras de orquestas de este país y que está destinada a producir miles de millones de dólares bajo el prosaico y gastronómico apodo de salsa con el cual sepultaron el mambo, el guaguancó y el montuno y la bamba.

¿Cuántos de esos millones entran en la bolsa de Celia Cruz? Ella no lo dice y la venta de sus discos no ayuda para calcularlo, pues nunca ha recibido participación. «Prefiero ganar poco con los contratos de suma fija que aspirar a mucho pero llenarme la cabeza de problemas; ese forcejeo de que vendiste quinientos discos y a mi me dijiste que fueron doscientos, es una lucha de nunca acabar, se necesitan abogados y perder tiempo litigando».

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Desde luego, dinero no le falta, pero tampoco la envidiaría Rockefeller. «Además ya no estamos tan jovencitos ni empezando -se refiere también a su esposo, Pedro Knigth- y espero no necesitar de homenajes caritativos en mi vejez».

Entre tanto, su vitalidad la mantiene volando por todo el mundo a pesar de su pavor a los aviones, para seguir enardeciéndose junto con «su gente». Como buscando río arriba sus ancestros, estuvo dos veces en África.

En Zaire, donde reina ahora el «soul», estremeció a los negros con «Guantanamera» y «Quimbara»; en Senegal, Sierra Leona y Costa de Marfil proclaman que desean su presencia. Los franceses la bañaron en aplausos en Cannes; en Madrid genera tumultos; los imperturbables londinenses se revuelven en sus asientos cuando les echa encima el torrente de su voz y sus caderas. Sudamérica sigue siendo su casa.

Con excepción de Bolivia -a donde no la deja encaramarse su tensión arterial-, Brasil y Chile, este continente, que la aclama como la cumbre de la canción antillana y que aparte de ella, únicamente de Libertad Lamarque se ha dejado perturbar el sueño, se le entrega con delirio cuando cada año remonta sus caminos.

Colombia, una de sus querencias, se arrebata en toda su geografía: las dos costas reviven un ritual afroantillano, Bogotá se encarama en los techos y los árboles -sucedió durante su actuación en una emisora para seguir de cerca su cadencia, Cali y Medellín aceleran su respiración, en lbagué alguien le confiesa: «¡ya puedo morir tranquilo: he visto a Celia Cruz!».

Es la sorpresa de 150 millones de personas ante la intemporalidad de su voz, ahora más fresca y potente, como si el tiempo se hubiera dormido en su garganta. Una voz «de barítono o como se llama la voz de mujer que corresponde al bajo pero que suena a barítono, contralto o cosa así» que jamás le ha fallado, pues afonías excepcionales no le impiden vibrar por encima del público, y a pesar de que Celia Cruz no sabe música.

«Lo mío es curioso, yo no sé cómo hay que colocar técnicamente la voz, pero lo hago y creo que me salen bien las cosas». Y no sabe música porque un profesor del Conservatorio de La Habana le dijo, poco después de ella haberse matriculado: «tú no necesitas estar aquí, para el género al que tú te vas a dedicar, tu voz está ya preparada», y porque todos los habaneros la paraban en la calle para entregarle este consejo: no permitas que te cambien ni te engolen la voz; tú no vas a ser soprano, tú vas a ser guarachera.

Una guarachera de casi medio siglo y de 50 discos de larga duración y muchos sencillos, que perpetúan más de cuatrocientas canciones compuestas exclusivamente para ella. La impresionante lista empezó con dos éxitos, «Ziguaraya» y «Cao cao maní picao», mandados a grabar, como era imperioso en aquel tiempo -1951- en los Estados Unidos, y gracias a que Rogelio Martínez, director de la Sonora Matancera, prometió a la casa grabadora pagarle a Celia si el disco fracasaba.

Después se destapó con canciones como «Caramelo», «Me voy a Pinar del Rio», «La sopa en botella»; «Burundanga» (que seduce a los colombianos), «El yerberito moderno» (la más solicitada) y “Bemba Colorá» (este trio constituye el sol de sus canciones); “Toro mata», «Lo tuyo es mental, «Mi socio», clásicas del género guarachero. Sin embargo, Celia Cruz no comenzó cantando guarachas.

El público contra Celia

Tangos, pollas y rancheras abrieron el camino de la futura rumbera. Era la moda en Cuba cuando en su pecho ahorraba la vocación sonora. Con ellos congestionaba su casa en el bardo habanero de Santos Suárez, en el vano intento de arrullar a sus catorce hermanos y primos, quienes terminaban desvelados con la explosión cantarina de aquella muchacha que aún no conoce la adolescencia y con el tropel de los vecinos que pugnaban por obtener un lugar en aquel inesperado escenario.

Y con ellas transitó luego por coros infantiles y, de la mano de uno de sus primos, convertido en su empecinado promotor, llegó a la emisora Radio García Cerra y supo que su voz tenía precio: se llevó todos los premios del concurso «La hora del té», convirtiéndose en estrella de esta y otras estaciones de radio, donde ganaba cinco o diez pesos para comprar sus libros.

Al graduarse en la Escuela Normal se posó en su cabeza una sombra de indecisión: maestra o cantante. Una profesora impidió que Celia Cruz se perdiera en los áridos caminos de la anónima pedagogía, con esta frase: «sigue el canto, muchacha, porque tú en un día vas a ganar lo que hoy mismo yo me estoy ganando en un mes». Y ella colgó para toda la vida su diploma.

Antes de desembocar en La Sonora Matancera, su voz se atemperaba con el afro, expresando la rabia subterránea de los esclavos o su lamento por la patria perdida. Pero los cubanos no podían aquietar la fuerza rítmica de su cuerpo y ella tuvo que sustituir poco a poco el afro con la guaracha.

Un afro, con el cual podía hacer alarde de voz, y una guaracha, para el gusto de la orquesta, le valieron la primera invitación a grabar con esta —nunca fue de su nómina- en momentos en que el canto no prometía salvarla de la pobreza.

Ante el anuncio reaccionaron el propietario de Radio Cadena Suaritos, quien la dejó sin trabajo, y el mismo público que después la haría su ídolo y que en ese momento escribió miles de cartas protestando por la admisión de la novata Celia al lado de figuras gloriosas como Bienvenido Granda y Daniel Santos.

«Vi los cielos abiertos, la Sonora era ya una orquesta grande en Cuba y yo estaba apremiada de dinero y no iba a ceder ni aunque me tiraran bombas». El no claudicar le significó brillar durante quince años con La Sonora Matancera. Hasta cuando todo en Cuba dio la vuelta.

Allá se quedó su familia. Un día, mientras ella cantaba para los mexicanos, murió su padre, el viejo fogonero de ferrocarril Simón Cruz. Dos años más tarde, cuando se disponía a interpretar en un teatro neoyorquino el son que dice: «Me voy a Pinar del Rio, de mi mamá la tierra natal, bajo tu vera quiero cantar», que se refería a su madre, Catalina Alfonso, escuchó en el teléfono una voz familiar que le dijo «hoy ha muerto mamá». Como el personaje de Camus, no se inmutó -al menos en apariencia- , por respeto al público.

Y en el día en que Celia Cruz cumpla su destino final, tampoco hay que llorar: ella ha cantado para siempre.

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Julio
16 / 2019

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