Andrés Caicedo y ¡Que viva la música! ahora en inglés

La editorial Penguin Classics se encargó de la traducción y la publicación de "¡Que viva la música!", la recordada novela del escritor caleño Andrés Caicedo.

Andrés Caicedo decidió vivir hasta los veinticinco años en un cuerpo sin piel en una ciudad a la deriva donde las expectativas encorsetadas de unos hacían parte de su vulnerable sentir y polifacético talento. Escribir fue su gran liberación y lo hizo de manera compulsiva, como si viviera en una cuenta atrás.

Su hipersensibilidad era incompatible con la posibilidad de filtrar la incomprensión suspendida en el aire y que se enquistaba en el tuétano de su ser. De norte a sur y de sur a norte para no encontrar la salida en un calabozo que respondía al nombre de Cali y que a su vez lo había creado a su imagen y semejanza. Preso, como se sentía, escapó a través de su insaciable apetito de conocimiento, movido por el amor y la curiosidad por el cine, la literatura y la música.

De fenómeno caleño sin eco fuera de Colombia su voz se ha propagado más allá del país gracias a redes espontáneas de lectores que lo buscan. Y es que, como apunta su hermana Rosario “¡Que viva la música! no es una novela que se quede en el contexto de la realidad colombiana, sino que responde a la universalidad de la experiencia humana”. Así lo entendió la reputada casa editorial Penguin Classics que le encargó a Frank Wynne la traducción del libro al inglés. Liveforever (2014) es el resultado de su trabajo.

Primeros pasos

La editorial Norma (la que tenía los derechos literarios de Andrés) publicó, entre otros, dos libros que recogían cartas y escritos del diario del joven autor: “El cuento de mi vida” y “Mi cuerpo es un celda” (2008), editados por la periodista colombiana María Elvira Bonilla y el escritor chileno Alberto Fuguet, respectivamente.

Ambas obras llevaron a pensar a la familia Caicedo que su hermano se les “escapaba” de las manos, “quería que Andrés se pudiera presentar como personaje literario a otras comunidades y en otros países” comenta al respecto Rosario.

Gracias a la mediación de Alberto Fuguet, Rosario conoció a la agente literario Andrea Montejo. Al igual que ella pensaba que había que promover la obra de Andrés a otros niveles y así se convirtió en la responsable de proyectar su legado fuera de Colombia y en otros idiomas. Después de una desafortunada traducción al alemán hace muchos años la editorial Belfond, de la mano de Bernard Cohen, lo hizo al francés con un éxito notable.

El portugués y el italiano fueron otros idiomas que apostaron por el autor caleño. La tenacidad de Andrea ha hecho que Andrés Caicedo se convierta en el segundo autor colombiano, después de Gabriel García Márquez, en ser traducido al inglés por el sello editorial Penguin Classics con la publicación de Liveforever (“¡Que viva la música!”).

 

Descifrando el “caicedoñol”

Frank Wynne, después de leer por primera vez sus casi 200 páginas, pensó que sería una traducción fácil que no le llevaría más de dos o tres meses. “Sin embargo, fue todo lo contrario” se dijo después de una segunda lectura. Pronto entendió que lo menos importante es la trama, que está supeditada a la voz y que lo realmente valioso es “la canción que hay detrás”, como él mismo explica.

Con Andrés Caicedo lo más complicado es tener todas las referencias, las dudas a nivel de traducción vienen al momento de escribir. A la tercera lectura, ya en inglés, es cuando se percata de que si ha sido exacto y preciso, “si al leerlo no es emocionante ni poético no es una novela”, concluye.

La historia es sencilla; una joven burguesa, María del Carmen Huerta, que emprende el camino del descubrimiento rumbo al sur al son de las letras de los Rolling Stones y de Ray&Cruz, a través de la exploración y la autodestrucción, pero salpicada de obstáculos en forma de homenajes a las canciones y al baile de la salsa, a películas de Alfred Hitchcock, a cuentos de Edgar Allan Poe y a imágenes misteriosas extraídas de Camilo José Cela.

El traductor irlandés dice que Andrés Caicedo “es una especie de DJ, que samplea con todo el saber recogido por sus influencias e intenta construir algo propio”. Siguiendo en esa línea confiesa que lo que le parece sorprendente es que Andrés no tiene antecedentes en la literatura colombiana, sino que “Parece venir más bien de las letras norteamericanas de la Generación Beat.” Argumenta el traductor que QVLM es una novela que habla de una generación, de una vida, lo que no hacían los libros de García Márquez.

Y por supuesto, no es fácil para un traductor convertir una obra de los años setenta, con mucho slang urbano de un Cali que describe con la precisión de un francotirador, y es que  “lo interesante de Andrés radica en los detalles” apunta Frank.

“La obra de Caicedo pertenece a Cali, como la de Joyce a Dublín.”, dice Sandro Romero Rey sobre esa recreación, cuadra por cuadra, de la Cali en la que vivió Caicedo: una Cali huérfana del patrimonio cultural que Andrés anhelaba y que a pesar de esa ausencia no se resignaba.

Su hermana Rosario se pregunta “¿Dónde encontraba ese tipo de tesoros?” cuando hace memoria y recuerda aquella vez en que le regaló un adolescente Andrés un libro feminista al tiempo que le decía “La señora Woolf (Virginia) da buenos consejos a las jóvenes”.

Cuando el diccionario se queda corto

Lo que no alcanzó a encontrar en los diccionarios, Frank lo halló de la manera más inesperada. Sonia, una caleña cerca de los cincuenta años de edad, empleada del hogar en el apartamento de un amigo en el que se alojaba en Londres mientras trabajaba en la traducción, le fue de gran ayuda. Cada semana que iba a limpiar esta mujer caleña Frank la esperaba con una lista de preguntas. Las ganas de saber, de que Sonia le resolviera una duda, le hacían metamorfosearse en ese torbellino que era Andrés cuando hablaba ­­–a pesar de su tartamudez– mientras caminaba y arrinconaba a su amigo Ramiro Arbeláez, con el consiguiente peligro de que le atropellara un carro.

Si bien es cierto que hay palabras y giros idiomáticos que se pueden deducir por el contexto, otros no, como desvela el traductor “Por ejemplo, saber que la “mona” se refiere a alguien que es rubia, pero en el Cali de los años setenta también “mona” significaba marihuana.”

Gracias a la ayuda del libro de Sandro Romero –dramaturgo– “Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego” y a las películas de Luis Ospina –cineasta– fue más fácil entender el libro de Andrés para su traducción y encontró con quien hablar sobre este oficio y su desempeño. Tras casi tres años de trabajo, mucho más de lo que había imaginado en un principio, Frank puede decir que “lo que más placer me da al leer el libro ahora es que el ritmo y la cadencia de la novela están captadas al inglés.”

Para Sandro Romero esta traducción (y la del francés de Bernard Cohen) “son ejemplos de cómo comprometerse con un autor hasta sacarlo victorioso en otra lengua, en apariencia, imposible.”

“En Liveforever no hay una sola palabra de Andrés, todas son mías” recalca Frank Wynne. Sin embargo, confiesa tener pocos derechos. Lo compara con tocar música. Si uno tiene una partitura de Bach o de Mozart uno tiene el derecho de interpretar, pero la interpretación no es creación. “Para mi lo más importante de ser traductor es saber escribir”, sentencia.  En Rusia dicen que la traducción es como una mujer: si es fiel no es bella, si es bella no es fiel.

Llegados a este punto, cabe preguntarse por qué se ha tardado tanto en traducir a Andrés si, como dice Sandro Romero, su mirada de la juventud y de la muerte es universal”, a pesar de sus localismos y modismos, es asumida y aprehendida por lectores de cualquier cultura. Frank no sabe si se venderán o no muchos ejemplares.

En Inglaterra los libros traducidos no tienen una gran aceptación, aunque siempre hay excepciones. Sin embargo, expresa su deseo de que “espero que los lectores jóvenes empiecen a leer a Andrés Caicedo en español e inglés.”.

La luz de los venados

Son muchas veces desde que se publicó Liveforever las que se ha formulado la pregunta ¿Le gustaría a Andrés la traducción al inglés de Que Viva La Música? Aunque Rosario piensa que “es extraordinaria, maravillosa, a pesar de ser un libro supremamente difícil de traducir”, Frank Wynne cree que “no le hubiera gustado, no porque sea mala, sino porque él no lo hubiera hecho así”. Aunque Caicedo no está para responder él mismo lo que opina, dejó un reguero de tinta que son las palabras que tiritaron en su boca y que ahora tienen un nuevo hogar.

En esa nueva patria que son las lenguas, nuevos lectores recibirán los 400 golpes que significa leer a Andrés Caicedo. Un joven autor, actor, dramaturgo, director, crítico de cine y cineclubista de Cali, que vivió años de perro, donde uno son siete.

Su vida fue de la de un viejo sabio que se consumió con angustia a la “luz de los venados”, la hora en el que sol desaparece y el día se esconde. Como dice Miguel Marías, el español crítico de cine con el que tuvo una relación epistolar, “hay gente que arde, se quema, y uno no imagina con 60 ni con 80 años.”

Lucía una mente anacrónica respecto a su edad, la que quiso perpetuar bajo el síndrome de Peter Pan, para así tomar distancia de las mentiras, de la deshonestidad, de la hipocresía, el mundo que habían creado los adultos y del que él no quiso hacer parte ni en cuerpo ni en alma.

Hoy, gracias al sacrificio de los seguidores de este flautista de Hamelín, sus palabras son como si fueran nuevas y él estuviera vivo y escribiendo en la habitación de al lado. Rosario y Frank Wynne recuerdan que “La principal virtud de la gran literatura es la eternidad”.

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