¿Quién fue Francisco Antonio Cano?

Sin título. s. f. Óleo sobre tela. 32,5 x 41 cm. Colección privada.
Sin título.1903. Óleo sobre tela. 37 x 73 cm. Colección privada.
Horizontes. 1913. Óleo sobre tela 39 x 62 cm. Colección privada.
Sin título. 1902. Óleo sobre tela. 35 x 50 cm. Colección privada
Piedra litográfica con ilustraciones para la revista Lectura y Arte, año 1 No. 3. c. 1903. 22 x 27 x 5,5 cm. Colección privada.
La última gota. 1908. Óleo sobre tela. 40 x 77 cm. Museo de Antioquia.
El nuevo libro de Davivienda rescata el legado de este artista colombiano, quien falleció en el olvido luego de ser uno de los pintores y escultores más importantes del país, a comienzos del siglo XX.

Hace ya casi ochenta años que falleció Francisco Antonio Cano. Su última petición fue que lo enterraran, bajo tierra, sin ninguna identificación. El Museo Nacional de Colombia decidió rendirle un merecido homenaje este año, con una exposición retrospectiva de su obra.

Unos meses más tarde surgió este libro, en edición de lujo, con textos y curaduría de Santiago Londoño Vélez, quien realiza un interesante recuento por la vida de este artista, “discípulo de sí mismo”, como él mismo se llamaba, muchas veces polémico y controvertido, pero que fue decisivo para el arte colombiano de la época, y que, además, fue uno de los precursores del paisajismo antioqueño.

“En sus comienzos como autodidacta hizo parte del costumbrismo en la medida en que en su trabajo predominó su interés por la descripción de los modos de vida y el entorno natural”, explica Londoño en el libro. Sin embargo, cuando Cano regresó de Europa a Medellín, “volvió dueño de conocimientos académicos y de valores estéticos propios del romanticismo francés”, dice el curador. Y, luego, en Bogotá, se convirtió en un artista ecléctico.

Un punto interesante, resalta Londoño, es que Cano, influenciado por el impresionismo, también produjo obras con un lenguaje propio, rico en color y libre en la composición, como lo demuestra en su serie Brumas. Sin embargo, no tuvieron mucho impacto porque no fueron lo suficientemente divulgadas.

Esta publicación hace parte de la colección de grandes artistas que Davivienda ha homenajeado desde hace catorce años, y rescata tanto sus obras iniciales como las de sus últimos días, muchas de ellas inéditas. El libro, de Ediciones Gamma, está dividido en tres grandes secciones: Dibujo, donde se incluyen desnudos, retratos y paisajes; Pintura, que contiene figura humana, paisajes, flores, religión e historia y, finalmente, Escultura, que recoge sus creaciones en yeso, mármol, piedra y bronce.

Un lugar destacado tiene Horizontes, considerada la obra cumbre de Cano, que luego se convertiría en el símbolo de los antioqueños. Es un óleo sobre tela, realizado en 1913, que muestra a una pareja de campesinos, con un niño en brazos. “El padre colonizador extiende el brazo izquierdo para señalar la ruta que han de seguir hacia la tierra que conquistarán; se trata de un gesto que repite el del Creador dándole vida a Adán, pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Sin ese brazo extendido, convertido en un símbolo creador, la imagen sería una escena costumbrista trivial”, explica Londoño.

¿Quién fue?

Francisco Antonio Cano Cardona –“Canito” como solían llamarlo en Medellín– nació en una vereda de Yarumal, Antioquia, el 24 de noviembre de 1865. Aprendió de su padre el oficio de la platería, y desde pequeño se mostró interesado en el arte. Los primeros dibujos que se le conocen son una colaboración que hizo en un periódico llamado Los Anales del Club, cuando tenía 18 años. A los 20 decide irse a vivir a Medellín, donde es acogido por la familia de don Melitón Rodríguez. En la capital antioqueña tomó clases de pintura, pintó retratos y copió imágenes religiosas.

En 1892, junto al pintor Emiliano Mejía y el escritor Samuel Velásquez, realizó la primera exposición de arte de Medellín, compuesta por más de 150 obras de aficionados. Su objetivo era demostrar que el arte no era una actividad inútil. Luego, en 1898, gracias a una beca de 6.000 francos del Congreso Nacional, viajó a París a estudiar en las academias privadas Julian y Colarossi. También aprovechó la oportunidad para visitar los principales museos europeos y ver las obras de los grandes maestros, como Velázquez, Rembrandt y Miguel Ángel.

Cuatro años más tarde regresó a Medellín y desempeñó múltiples actividades. Trabajó como arquitecto, cerrajero, pintor, profesor y fabricante de lápidas. En 1912 se fue a Bogotá, como director de la Litografía Nacional. En 1922, una de sus mejores esculturas fue inaugurada en el Capitolio Nacional: una estatua de Rafael Núñez. Cano luchó para que fuera hecha por un artista local y no por uno extranjero.

Al año siguiente fue nombrado rector de la Escuela de Bellas Artes, un cargo que también le trajo varios problemas debido a que las nuevas generaciones huían del academicismo que Cano, en parte, representaba. Intelectuales como Germán Arciniegas lo catalogaron como un pintor europeo víctima de los encargos oficiales.

Cano falleció el 10 de mayo de 1935 a los 69 años, con dificultades económicas y con serios problemas respiratorios. Confesó que pese a haber pintado decenas de cuadros religiosos, su única religión era el arte, y pidió ser enterrado en el suelo, sin ninguna identificación, pues quería que su cuerpo desapareciera “en absoluto sobre la tierra con todo el significado universal de esa palabra”. Afortunadamente, su obra permanece.

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