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Los legendarios Mini: carros de colección

Desde hace quince años, el Club Minis de Colombia reúne a 150 dueños de un carro que ha logrado mover la pasión de miles de personas alrededor del mundo.

Desde hace quince años, el Club Minis de Colombia reúne a 150 dueños de un carro que ha logrado mover la pasión de miles de personas alrededor del mundo.

Las pasiones suelen definir parte de la vida de las personas, y los automóviles con frecuencia les dan forma. En particular, el pequeño pero fabuloso Mini las alienta: británico hasta el último tornillo e ícono de un momento clave del siglo pasado: los años sesenta.

Eso descubrió Freddy Parrado a los 10 años: la fascinación por el pequeño Mini Cooper que un amigo de su papá le permitía manejar. Antes de tener su primer carro, un Mini Cooper rojo 93, su entusiasmo lo llevó a formar una extensa colección con más de 300 Minis de juguete.

Como buen afiebrado, quiso compartir esa pasión, y creó en 1999 el Club Minis de Colombia, con 150 miembros hoy. Hace un par de años, Parrado se fue del país y dejó el club en manos de Giovanni Ortiz, dueño de un taller especializado en Minis. Es un club sin presidente, junta directiva ni cuota mensual, y que exige tener un Mini para ser miembro. “Un vehículo ideal para solteros”, dice Ortiz.

En Bogotá participan activamente unos 50 miembros, con carros fabricados entre 1961 y 1998. Son como una familia. Festejan cumpleaños, organizan paseos, y cada septiembre celebran el aniversario del Mini.

Objeto del deseo

La crisis tras la Segunda Guerra Mundial hizo que las automotrices europeas se enfocaran en producir modelos económicos, compactos y duraderos. En 1957, Alec Issigonis, ingeniero de la British Motor Corporation, ideó el prototipo del Mini, que salió al mercado con un valor de 950 dólares. Su tamaño y particular diseño, y su color rojo con techo blanco, maravillaron al mundo. Ideado para los trabajadores, se convirtió en indiscutible objeto de lujo por el que se inclinaron personajes como John Lennon o Steve McQueen.

En Bogotá aparecieron en 1961, cuando algunos colombianos sucumbieron a su encanto y los trajeron de Inglaterra. En los ochenta surgieron carros de distintos colores que se caracterizaron por tener piezas únicas. Y para los noventa empezaron a ser más seguros, incorporando airbags y sistemas mejorados de frenos, y un potente motor que los hizo alcanzar hasta 190 kilómetros por hora.

En 2000 se dejó de fabricar el modelo tradicional y al año siguiente reinició su producción, en Oxford, con tecnología BMW y una relectura de su clásico diseño.

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Un Mini clásico puede costar entre 18 y 35 millones de pesos, mientras que uno nuevo puede alcanzar los ochenta. Restaurar un clásico y agregarle accesorios originales, como un timón o un tablero de instrumentos de palo de rosa, pedales de aluminio o asientos de cuero, cuesta entre 20 y 30 millones. También hay decenas de accesorios para sus propietarios.

Según Ortiz, el valor de estos autos crece con el tiempo. “En Bogotá sufren mucho por los huecos, pero nunca se los roban porque no hay mercado negro con sus repuestos. Todo se importa desde Inglaterra”. Ortiz llegó a tener quince Mini Cooper y se enorgullece de poseer un verdadero clásico: un Mini rojo con techo negro, con el volante a la izquierda, importado por la Embajada británica en 1961.

Salvador Ortiz, economista de 38 años, se unió al club hace cinco años y hace 10 compró su primer Mini, modelo 92 amarillo y de techo blanco. “Los nuevos Minis son interesantes, pero no huelen a gasolina, no tienen el encanto de los clásicos ni la clase inglesa de los originales”.

Hace poco trajo de Ecuador una rareza: una camioneta Mini con platón de la que solo hay tres en el país. El proceso de restauración tardará dos años, pero no tiene afán. Sabe que gracias al interés, la paciencia y la capacidad de inversión de los propietarios, el Mini, ese carro que hace 55 años cautivó al mundo, sigue vigente.

Memorias de un Mini temperamental

Por William Hicklin

El Mini es un clásico y su concepto, muy simple: tiene las ruedas en las esquinas y no en unos guardafangos o en el baúl.

Llegó a mi vida por cortesía de mi hermana, quien me heredó su Mini como un viejo par de zapatos. Estaba en muy mal estado, así que decidí arreglarlo yo mismo: pasé horas ajustando frenos, reparando el motor y cambiando el embrague, tareas duras por lo reducido del espacio.

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Mi último Mini perteneció a una novia y a medida que la relación progresaba y como ambos lo usábamos, quedé inscrito en la póliza de seguros, un equivalente motorizado de nuestro compromiso que, finalmente, se rompió. Poco después me llamó para preguntarme si quería comprarle el Mini: ¡Por supuesto!

Por entonces se cruzó en mi camino una linda chica argentina y, queriendo impresionarla, la llevé en el auto a la costa sur de Inglaterra para navegar en el velero de mi padre. Pero cuando subimos al recientemente adquirido Mini para volver, el coche parecía tener otros planes: a poco de andar se detuvo el motor; intenté encenderlo, pero no quería arrancar. Era claro que el auto guardaba lealtad por su antigua dueña.

En la oscuridad de la campiña de Hampshire intenté arreglarlo. Le pedí a mi nueva amiga que sostuviera el manual del auto cerca de la luz, usando el reflejo en las páginas para ver mejor. Ella debió creer que yo era un inglés medio loco, pues el manual quedó todo el tiempo al revés: olvidé explicarle el recurso óptico.

La historia terminó al contrario de las intenciones de mi viejo Mini azul: la linda chica argentina y yo seguimos viéndonos por algún tiempo, aceptó casarse con este inglés medio loco y hoy tenemos dos hijos.

El auto terminó sus días en el depósito de chatarra.

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Diciembre
03 / 2014

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