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Richard Linklater: registrando el paso del tiempo

En 2002, el director Richard Linklater seleccionó un niño para que fuera el protagonista de su película durante 12 años. Una apuesta arriesgada que estrena este año.

En 2002, el director Richard Linklater seleccionó un niño para que fuera el protagonista de su película durante 12 años. Una apuesta arriesgada que estrena este año.

Lo primero que pensé al terminar la proyección de Boyhood fue: ¿Cómo hubiera sido esta película si en lugar de una ficción protagonizada durante 12 años por un personaje llamado Mason hubiera sido un documental sobra esos mismos 12 años en la vida de Ellar Coltrane? ¿Fue más interesante la vida “real” de Ellar de los seis a los dieciocho años que “inventada” de Mason? Nunca lo sabremos. O quizás sí, tal vez Linklater nos tenga reservada esa sorpresa para dentro de un tiempo, una vez agotados los ecos de una película que, indudablemente, da mucho para hablar.

Que a Richard Linklater le interesa filmar el paso del tiempo es de sobras conocido. Su trilogía Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013) registra tres encuentros entre dos personajes que no consiguen desarrollar su indudable atracción mutua, más allá del tiempo que dura ese día que comparten en alguna capital europea. Ethan Hawke y Julie Delpy se prestan con solvencia a uno de los más extensos coitus interruptus de la historia del cine (a pesar de que en Waking Life, la película animada de Linklater, salgan Jesse y Celine conversando en la cama en lo que pareciera ser la típica charla post-polvo).

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En Boyhood, Linklater se arriesga un poco más. Escoge a un actor de seis años y confía en que crezca guapo, divertido, locuaz, sano (¿qué hubiera pasado si se muere pongamos a los doce años?). Cuenta con la complicidad de Patricia Arquette y de, cómo no, Ethan Hawke, quién parece que, ¡por fin!, maduró. Linklater se sirve del envejecimiento de los cuerpos para construir su ficción. Aunque algunas escenas parezcan medio improvisadas, en realidad, según cuenta el propio director, prácticamente todo lo que vemos estaba en el guión. La propuesta ya era suficientemente arriesgada para añadirle más elementos incontrolados, debió pensar el bueno de Richard.

El niño crece, sí, normal, todos los padres han visto procesos así, pero entonces ¿Cuál es el encanto del asunto? Pues el magistral modo en que Linklater hace uso de esa herramienta tan cinematográfica como es la elipsis. Sabemos, porque así se ha promocionado el producto, que la película se filmó durante varios años, en sesiones de pocos días. Son saltos bruscos, de varios años a veces, pero a nosotros, como espectadores, nos parece que estamos viendo el crecimiento de unos niños en vivo. Dicho de otro modo. Al director no le interesa lo que pasa en esos meses, años, entre una escena y la siguiente. No hay evocaciones ni se menciona nada de lo ausente. Como espectadores ni nos damos cuenta de esos “agujeros” temporales. Es como si no existieran, como si ese tiempo se hubiera borrado, por irrelevante. Y ahí está el quid de la cuestión, en ese manejo del tiempo que sólo el buen cine puede lograr.

Boyhood es una película para ser vista en la sala oscura, al lado de todo ese grupo de desconocidos que van a compartir con nosotros la experiencia temporal del aquí y ahora, de formar parte de un momento irrepetible, ese tiempo en el que nos juntamos para ver una película. Que sea en la sesión de tarde o en la de noche, ir con la novia o con un amigo, comer o no comer algo durante la proyección pueden parecer detalles accesorios, pero a la hora de la verdad influyen decisivamente en nuestra percepción de lo que vemos. El tiempo, nuevamente, ese elemento que algunos, el escritor argentino Libertella por ejemplo, cree mejor dejar para más adelante.

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Octubre
24 / 2014

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