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El atolondrado encanto de Wes Anderson

Retrato de Wes Anderson, un genio incomprendido ahora que llega a Colombia la película que ganó en el Festival de Berlín: El Gran Hotel Budapest.

<div>Hotel Budapest, 2014</div>
<div>Moonrise Kingdom, 2012</div>
<div>Viaje a Darjeeling, 2007</div>
<div>El Fantástico señor Fox, 2009</div>
<div>Hotel Chevalier (cortometraje), 2007</div>
<div>Los excéntricos Tenenbaum, 2001</div>

Retrato de Wes Anderson, un genio incomprendido ahora que llega a Colombia la película que ganó en el Festival de Berlín: El Gran Hotel Budapest.

Aunque el pasado primero de mayo cumplió 45 años, Wes Anderson parece suspendido en una pícara infancia sin tiempo. Quizá es un efecto de su manera algo atolondrada de ir por el mundo, con sus 1,85 metros, la notoria delgadez de su cuerpo y el pelo lacio y castaño que le encuadra un afilado rostro. Mirado de cerca, parece una versión, desmejorada en su transparencia, de una de sus musas recientes, la actriz inglesa Tilda Swinton que repite papeles “secundarios” en Moonrise Kingdom y The Grand Budapest Hotel, las dos últimas películas del director.

Quien ha sido llamado la “presencia más original en la comedia norteamericana desde Preston Sturges”, luce –solitario, casi se diría incomprendido– a una distancia infinita de aquellos directores vivos con cuyo genio podría comparársele. Nada que ver con la marcial seguridad de Martin Scorsese y su actitud de pater familias, ni con la torturada intensidad de Woody Allen, por poner dos ejemplos de directores capaces de inventar un universo emocional intransferible y una partitura formal única. Anderson pertenece a una generación de relevo que vivía su infancia cuando los nombres mayores del Hollywood de los setenta –Scorsese y Allen, pero también Coppola, De Palma o Spielberg– ponían patas arriba el establecimiento cinematográfico. Y se podría asegurar, sin asomo de culpa, que sus películas, una a una, escalan peldaños de independencia, seguridad y eficacia que lo alejan del resto de su generación, al precio de una implacable soledad.

La obra de Anderson abarca solo ocho largometrajes como director, desde Bottle Rocket (1996), hoy casi un film de culto, hasta The Grand Budapest Hotel (2014), la cual le ha significado un reconocimiento casi universal. Por el camino, ha realizado cinco cortos y unos cuantos anuncios publicitarios, ha sido actor esporádico y se desempeña asimismo como productor, o como ayudante en el “departamento de música” de sus películas. En esta meteórica carrera ha sabido definir y consolidar un estilo y hacer reconocible unas atmósferas, en la mejor tradición del cine clásico norteamericano que siempre pensó en el público, sin subestimarlo. “Yo solo quiero hacer películas que sean personales, pero al mismo tiempo interesantes para la audiencia”, ha dicho en distintos tonos y lugares.

EL PLANETA ANDERSON
“Anderson tiene una fijación con el fracaso, las dudas, la depresión”, escribió el crítico Kent Jones en 2001. Trece años después de esa declaración realizada a expensas del estreno de su tal vez más famosa película, Los excéntricos Tenenbaum (2001), el pathos adolescente de la obra de Anderson no ha hecho más que profundizarse. Sus personajes actúan con obcecación, movidos por sentimientos absorbentes y definitivos: el trío de ladrones de poca monta de Bottle Rocket, el disperso Max Fisher de Rushmore (1998) y su doloroso y dulce coming of age, los genios desvencijados de la familia Tenenbaum, los tres hermanos de Viaje a Darjeeling (2007) que están a la deriva primero en un destartalado tren y después en un inmenso desierto espiritual, el boy scout y su “novia” que deciden apartarse del mundo y poner en crisis a toda una comunidad en Moonrise Kingdom (2012), el botones y el conserje de un hotel de lujo en The Grand Budapest Hotel.

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En todos los casos estamos ante personajes con un agudo sentido de inadecuación, de malestar (adolescente) con el entorno, dominados por “un sentido de pérdida” que se resuelve en “un deseo de familia”, como asevera Jones. Hay que decir que ese malestar es el gran tema del cine indie norteamericano, de Todd Haynes a Todd Solondz, pero lo que diferencia a Anderson de todos los demás es una “cierta mirada” compasiva y amable que jamás pasaría por encima de sus personajes, que nunca subraya una emoción y que, en cambio, le ofrece al espectador la oportunidad de irla descubriendo. La tesitura emocional de los filmes de Anderson va tomando forma, de manera lenta pero contundente.

RETRATOS DE FAMILIA
Algunas películas de Anderson (sin ir más lejos Moonrise Kingdom y Los excéntricos Tenenbaum) han escogido como su imagen promocional la de un retrato de personajes, de improbable origen común, pero que sin embargo aparecen posando en un mismo registro; se trata de un retrato colectivo, por lo general algo vintage, como si fuera una foto de graduación o de familia. “Una sección transversal, diversa y democrática de la humanidad”, dice Jones.

Pero también del cine. Las películas de este director, nacido en Houston, exhiben una plena autoconciencia del lenguaje fílmico, una cuidada simetría y belleza en el encuadre –así algunas veces utilicen ángulos que distorsionan los planos y los objetos y actores dentro de ellos– y una reconocible dirección de arte que a la melancolía del mundo psicológico de sus personajes opone un despliegue de colores y objetos sin tiempo que muchos definen, algo a la ligera, como “retro”.

Y lo último, pero no lo menor: sus filmes son entrañables no solo por la excéntrica galería de personajes que muestran, sino por el tono que ha sido capaz de extraer de un grupo reincidente de actores y actrices de impenetrable rostro, entre los que brillan Bill Murray, la ya mencionada Tilda Swinton, Jason Schwartzman, Willem Dafoe, Anjelica Huston o su cercano amigo Owen Wilson, con quien ha compartido diversas formas de la compinchería, entre ellas los créditos como guionista de algunas de sus películas. A la vez, Anderson ha preferido rodearse de un grupo cercano de amigos y parientes con los que ha podido componer un “retrato de familia”, ante las cámaras y detrás de ellas.

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Los gestos de vanguardia narrativa que exhibe la obra de Anderson suelen sostenerse en un suelo fértil que pertenece al pasado del cine y de la cultura que le es propia: la tradición anglosajona del story-telling, la picardía desenfadada que traza una línea de Jonathan Swift a Laurence Sterne, a Mark Twain. Con frecuencia asistimos a un desencanto del mundo que no puede menos que producir una luminosa inocencia, es decir, un reencantamiento. En casi todas las películas de Anderson, y como diría Roberto Bolaño a propósito de Las aventuras de Huckleberry Finn, de Twain: “Lo que finalmente queda es una lección de amistad, una amistad que es también una lección de civilización de dos seres (o tres o más, en el caso de algunas ficciones de Anderson) totalmente marginales, que se tienen el uno al otro y que se cuidan sin ternezas ni blanduras de ningún tipo, como se cuidan entre sí algunos fuera de la ley, es decir, más allá de los límites de la gente decente”.

EL GRAN HOTEL DEL MUNDO
El Gran Hotel Budapest, la última película de Anderson, se estrena en julio en las salas de cine del país. En febrero recibió el gran premio del jurado en el prestigioso Festival de Cine de Berlín. Ralph Fiennes (quien corona con este film un momento brillante en su carrera) es el conserje de un hotel europeo que se beneficia de la Belle Époque de entreguerras, y que traba amistad con un joven empleado inmigrante. Ambos luchan obstinadamente por defender su lugar en un mundo (uno que ya no existe mientras ellos darían la vida por él).

Estamos de lleno en el planeta Anderson que sabe mantenerse en sus cabales atravesando épocas y continentes: de la Nueva Inglaterra de Moonrise Kingdom en los años sesenta a la Europa central de El Gran Hotel Budapest amenazada por el nazismo, pasando por la Houston natal del director que se reconstruye en Rushmore o la Nueva York de Los excéntricos Tenenbaum, ambas atemporales. Porque la razón de ser de los filmes de Anderson no está en un tiempo y lugar específico, es un estado del alma: “personas enojadas y disociadas que nunca llegan conscientemente a la reconciliación, pero siempre se tropiezan con ella para recuperar lo que han perdido”.

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Julio
16 / 2014

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