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Una fiebre colectiva en las gradas

Hornby compara el enamoramiento del fútbol con el enamoramiento hacia las mujeres: extraño y sin ninguna razón de peso que lo soportara, sin saber de antemano las consecuencias.

Hornby compara el enamoramiento del fútbol con el enamoramiento hacia las mujeres: extraño y sin ninguna razón de peso que lo soportara, sin saber de antemano las consecuencias.

Es, eso sí, la milimétrica y desmedida reflexión sobre una obsesión, sobre una enfermedad que sobrepasa todos los los límites conocidos y rompe cualquier canon socialmente aceptable. En Fiebre en las gradas, Nick Hornby relata la única vida que conoce realmente, la suya, a través del espejo del fútbol, o mejor, el fútbol como su vida misma, como la única posibilidad de sentido sobre la tierra. La historia de Hornby es así: un pequeño de once años en 1969, aburrido hasta la médula de esa vida de letargo incesante en los suburbios, cuya relación con su padre, divorciado de su madre, se reducía a una insípida y silenciosa visita conjunta al zoológico en la tarde del sábado. Un día, el papá, desesperado por romper el hielo o buscar una salida más interesante a esos mediocres lazos, le pregunta si quiere ir a un partido de fútbol y el pequeño Nick acepta. El partido, un mediocre Arsenal-Stoke City en Highbury, la casa de los Gunners, termina 1-0 y eso es todo. El daño estaba hecho y poco o nada se podía hacer para repararlo. La ausencia de buen juego, una constante durante todo el libro, no fue impedimento para que el autor quedara prendado para siempre. Y en este caso, aunque sea un lugar común, Hornby compara el enamoramiento del fútbol con el enamoramiento hacia las mujeres: extraño y sin ninguna razón de peso que lo soportara, sin saber de antemano las consecuencias. Pero de la misma manera, inevitable.

De ahí en adelante, Hornby no tiene reparos en contar, no sin cierta vergüenza, a lo que lo ha llevado esa enfermedad. El ritmo y la escritura del libro, sencillos pero directos y amenos, dejan que uno como lector, aun no siendo fanático, se sienta tocado por la emotividad con que escribe y con que desnuda sus propios fantasmas asociados a una pelota. Después de todo, esta mezcla de autobiografía en clave de fútbol con análisis psicológico y social es tremendamente sincera y brutal en su capacidad –en retrospectiva, claro– para hacer ese autoexamen. Como señala el autor apenas en la introducción, su libro “es un intento para obtener un cierto ángulo distinto acerca de su obsesión”. Y aunque Hornby sólo responda por sí mismo, el libro termina examinando a todas y cada una de las personas que alguna vez sobrepasaron los límites del gusto normal por algo y lo llevaron a un nivel totalmente diferente.

Lo interesante es que no sólo de fútbol habla el libro. A medida que pasan los partidos y el Nick personaje va creciendo, y de niño se convierte en adolescente y luego en joven adulto hasta llegar a ser el hombre maduro que es hoy, el autor se las arregla para sumar al balón, los discos, los libros y el amor como prueba de que la cultura es todo eso que nos rodea y que en ocasiones nos ayuda a sobrevivir. Cuesta mucho no reconocerse en Hornby y sus confesiones, como cuando señala que quizá su gran problema siempre ha sido ser tan apasionado con lo que ama como para perder el norte y dejar de ser un juez imparcial. Por eso es que siente rabia o tristeza, como la mayoría hemos sentido, cuando alguien dice algo malo sobre ese libro leído en el momento perfecto o esa canción que llegó para no irse jamás.

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De Fiebre en las gradas se ha dicho de todo: que es un gran elogio a un equipo; que es el libro por excelencia del fanático del fútbol; que es un largo ensayo sobre los misterios de la masculinidad y la obsesión por no crecer. Más allá de todo eso, el libro es sencillamente una extensa serie de reflexiones, pretendidamente serias pero con las que es imposible, en su mayoría, aguantar la risa, divertirse con el ridículo constante en el que se pone Hornby o sufrir un poco con las tremendas decepciones (futboleras, amorosas, personales) en las que lo pone su pasión.

Se dice que los fanáticos del fútbol miden el tiempo en mundiales y que los recuerdos van asociados a hazañas imposibles y gestos valerosos de cuatro años en cuatro años. El libro es el ejemplo perfecto de que el tiempo futbolero puede medirse de forma más corta, domingo tras domingo, gol tras gol, partido tras partido, anteponiendo toda la vida por ver un balón rodar.

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Junio
23 / 2014

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