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Cuestiones de Poder: series y política

Intrigas, traiciones y ambición son el tema central de estas series que retratan las pretensiones políticas en la Casa Blanca.

Intrigas, traiciones y ambición son el tema central de estas series que retratan las pretensiones políticas en la Casa Blanca.

La Casa Blanca es, junto al Pentágono, el edificio que mejor simboliza el poder, no solo ante los Estados Unidos, sino ante el mundo. Es natural, entonces, querer saber qué es lo que pasa adentro. Todo. Cómo se relacionan unos con otros, cómo se maquinan las decisiones e intereses allí dentro, cómo es que funciona esta “oficina”. Con la diferencia, claro, de que en esta oficina el jefe es el “líder del Mundo Libre”.

Esta curiosidad llevó a Aaron Sorkin (The Social Network, The Newsroom) a estrenar en 1999 The West Wing, el dramatizado de NBC que exploraba por primera vez en detalle el día a día de lo que sucede en el ala oeste de la Casa Blanca, donde quedan las oficinas del personal más allegado al presidente, en esta ocasión interpretado por Martin Sheen.

Ver hoy en día The West Wing es un ejercicio de nostalgia. No solo porque la tecnología parece arcaica a pesar de que el último capítulo de la serie se transmitió en 2006, sino porque su mensaje y sus diálogos parecen inocentes, idealistas, al lado de las dos series que hoy en día se desarrollan también en la Casa Blanca: Scandal, de ABC, y House of Cards, de Netflix.

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Scandal gira alrededor de Olivia Pope (Kerry Washington), una consultora externa de la Presidencia que se dedica a evitar potenciales escándalos causados por los errores que cometen los miembros del Gobierno y su gabinete. Olivia, sin embargo, esconde su propio secreto: es amante del presidente.

En House of Cards, la insaciable ambición del representante Frank Underwood (Kevin Spacey) es la verdadera protagonista. Underwood y su esposa (Robin Wright) no se detendrán hasta llegar al punto más alto de la cadena de poder: la silla presidencial.

Tanto Scandal como House of Cards representan un mundo oscuro y ególatra, donde los personajes se mueven en una temeraria zona gris y la búsqueda del bien común a través de la política palidece y es casi ridiculizada ante el imperativo de avanzar en una carrera. La imposibilidad de creer en el ejercicio limpio de la política es quizá uno de los más duros golpes. Aunque también resulta embriagante.

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¿Vivimos, acaso, en un mundo cínico? Cuesta trabajo pensar que el final del siglo XX, época en que se desarrolla The West Wing, haya sido una época inocente. Finalmente, fue en esa década en la que Bill Clinton le presentó al mundo a un presidente picaflor con un gusto especial por las becarias de su Casa Blanca. Y mientras The West Wing estaba al aire, cayeron las Torres Gemelas. Sin embargo, el presidente Bartlett (Sheen), quien antes de llegar a su cargo ya tenía en su haber un Premio Nobel de Economía, fue siempre el personaje central de la serie, que se enfocaba más en el proceso de diseño de políticas públicas y del manejo del día a día del quehacer político, que en las intrigas personales de sus personajes.

Scandal y House of Cards, en cambio, parecen ser más herederas de Melrose Place que de The West Wing. Mientras el idealista Sorkin creó una Casa Blanca donde un personal sobreeducado y de pensamiento liberal se dedicaba a buscar el bien común (rayando a veces en la predicación, una de las características principales de la escritura de Sorkin), Scandal es una creación de Shonda Rimes, la mente detrás del gran melodrama de nuestra época, Grey’s Anatomy. Un giro hacia la intimidad que no hace más que evidenciar el estado de la época que vivimos.

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Mayo
12 / 2014

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