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Cien años de soledad: Una obra que hará ruido

Germán Vargas Cantillo fue uno de los amigos más cercanos de Gabo, miembro del legendario grupo de La Cueva, y uno de sus críticos más acérrimos.

Germán Vargas Cantillo fue uno de los amigos más cercanos de Gabo, miembro del legendario grupo de La Cueva, y uno de sus críticos más acérrimos.

En 1967, Vargas anunció al mundo el que sería quizás el suceso literario más grande del siglo XX: la llegada de Cien años de soledad.

Gabriel García Márquez, a los 40 años, está corrigiendo las pruebas de una novela que este año dará mucho que hablar. Hay razones suficientes para creer que Cien años de soledad –tal es el título– será la mejor novela colombiana escrita en el último cuarto de siglo y, desde luego, la mejor del autor.

Es el quinto de sus libros y la cuarta de sus novelas. Antes ha publicado: La hojarasca (Bogotá, 1955; Lima, 1961; Montevideo, 1965), El coronel no tiene quien le escriba (Bogotá, 1959; Medellín, 1961; México, 1963 y 1966), La mala hora (Madrid, 1962; México, 1966) y Los funerales de la mama grande (México 1962). Todos estos libros están contratados por Editorial Sudamericana de Buenos Aires, para ediciones de bolsillo y el primero, los cuentos de Los funerales, aparecerá en julio de 1967. Casi todos han salido ya, o están próximos a salir, en ediciones francesas, inglesas, italianas, alemanas, holandesas y rumanas.

Inicialmente, Editorial Sudamericana contrató la nueva novela de García Márquez para una edición de 10.000 ejemplares, con base en la lectura de los tres primeros capítulos. Hace un mes, al leer las pruebas de toda la obra, los directores de la editorial argentina decidieron doblar el tiraje. Esperan vender la primera edición en el curso del año.

Mario Vargas Llosa, el excelente novelista peruano de La ciudad y los perros y de La casa verde, la recomendó a los editores franceses y norteamericanos de sus libros, diciendo que «es lo mejor que se ha escrito en muchos años en lengua castellana». En francés, Cien años de soledad será publicada por Editions du Seuil y en los Estados Unidos se están disputando la traducción y la edición en inglés dos importantes editoriales: Harper & Row y Coward McCann; base de la oferta: 10.000 dólares, la suma más alta que una casa editorial haya pagado por la primera edición de un libro colombiano.

Un personaje: Aracataca

Cien años de soledad es la culminación y la conclusión del ciclo de Macondo y significa el tránsito hacia nuevos temas y personajes. Macondo, el pueblo costeño de sol abrumador y calor inaguantable y de amplias calles arenosas, es la Aracataca natal del autor, un poblado magdalenense que vivió mejores épocas en los años de auge del cultivo y exportación de banano. En Aracataca, como en Ciénaga y otras poblaciones de la Zona Bananera, fueron muchas las noches en que se bailó la cumbia a luz de los billetes de 100 pesos –en vez de espermas– encendido por los bailadores.

García Márquez, al transformar a Aracataca en Macondo, ha hecho algo similar a lo que hizo William Faulkner al dar el nombre de Jefferson a su ciudad de Oxford.

En Cien años de soledad, García Márquez no se atiene solamente a los hechos reales, sucedidos históricamente, y en los cuales participan los personajes por él creados, tales como las guerras civiles, la llegada, establecimiento, esplendor y retirada final de la United Fruit Company, la represión y masacre por la huelga de las bananeras en 1928, sino que introduce por vez primera en su creación elementos fantásticos y así, en ella, las alfombras vuelan, los muertos resucitan, hay lluvias de flores y, al morir, Remedios la Bella sube directamente al cielo, a la vista de la gente y sin que el hecho resulte increíble para el lector.

Cien años de soledad comenzará a circular en toda la América Latina en mayo próximo y, según anuncia su autor, el libro incluirá una genealogía y una tabla cronológica para distinguir los personajes «porque los Buendía tenían la costumbre de poner a sus hijos los mismos nombres de los padres y, a veces, todo se vuelve confuso. En los 100 años de historia, hay cuatro José Arcadio Buendía y tres Aureliano Buendía».

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Agrega García Márquez: «Este es tal vez el menos misterioso de mis libros, porque el autor trata de llevar al lector de la mano para que no se pierda en ningún momento ni quede ningún punto oscuro. Aquí están todas las claves. Se conoce el origen y el fin de todos los personajes, y la historia completa, sin vacíos, de Macondo».

Treinta y dos guerras civiles

José Arcadio amaba los pájaros y llenó con ellos el pueblo. Tenía inclinación muy marcada hacia las ciencias y los inventos y a ello –y a su demencia– contribuyó en no escasa medida la inalterable amistad que le unió a Melquíades, un gitano visionario que a la cabeza de su tribu llegaba periódicamente a Macondo, llevando verdaderas maravillas: un telescopio, un bloque de hielo, un imán, una lupa para concentrar los rayos solares, unas alfombras voladoras. José Arcadio llega un día a un pavoroso descubrimiento: la redondez del mundo. Y llega a él con los sextantes, los astrolabios y las brújulas que le ha cedido su amigo Melquíades. Ya definitivamente loco, José Arcadio muere, sobrepasados los 100 años, delirando en latín y discutiendo de teología con un cura.

El otro personaje principal, el coronel Aureliano Buendía, es figura destacada en los demás libros de García Márquez y en Cien años de soledad alcanza una dimensión y un peso y un tamaño de persona viva, realmente extraordinarios. Este es «el miembro más importante de la segunda generación que hizo 32 guerras civiles y las perdió todas». A lo largo de su vida de aventuras, el coronel Aureliano Buendía engendró 17 hijos naturales, que fueron asesinados todos, casi simultáneamente y en distintos lugares, por los enemigos políticos de su padre. Aureliano, que a lo largo de la novela y de su vida realiza verdaderas proezas inútiles y escapa milagrosamente del pelotón de fusilamiento, muere orinando orgullosamente en el patio de su casa.

Cien años de soledad no es solamente la azarosa biografía del coronel Aureliano Buendía sino la historia de toda su familia desde la fundación de Macondo hasta que el último de los Buendía se suicida 100 años después y acaba con la estirpe.

El Rascacielos

En realidad, esta novela es la primera que García Márquez comenzó a escribir cuando tenía 17 años, con el título de La casa y que abandonó hace años, por parecerle que el célebre mamotreto de entonces «era un paquete demasiado grande para mí». De la novela original se desprendieron, como cuerpos con vida independiente, personajes y hechos que conformaron sus otros libros, como La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y alguno de los cuentos de Los funerales de la mama grande. Y es así como en Cien años de soledad reaparecen personajes y ambientes y referencias a sucesos que ya estaban en sus obras anteriores.

García Márquez trabajó duramente en La casa en sus primeros años de Barranquilla, hacia los comienzos de la década del 50. Vestido con un pantalón de dacrón y una camiseta a rayas, de colorines, García Márquez, encaramado sobre una mesa en la redacción de El Heraldo o sentado sobre su cama de madera en un cuartucho de El Rascacielos, un extraño burdel de cuatro pisos sin ascensor.

En el diario barranquillero escribía a diario una columna –La Jirafa– que le era pagada todas las tardes en forma tan exigua que apenas si le alcanzaba para medio comer y cancelar el alquiler de la pieza –y algo más– en El Rascacielos. En este, el cuarto en que dormía quedaba en el último piso y era frecuente que se convirtiera en el sitio de tertulia de las prostitutas y de sus chulos que se encantaban conversando y pidiendo consejo al juvenil inquilino que llegaba después de la madrugada y leía extraños libros de William Faulkner y de Virginia Woolf, y a quien iban a buscar amigos, en carros oficiales de último modelo, amigos que a ellas les parecían demasiados distinguidos para el ambiente del burdel pobretón.

Ellas nunca supieron quién era ni qué hacia el para ellas extraño compañero de alojamiento. Pero la verdad es que le tenían mucha simpatía y un cierto respeto y, a veces, lo convidaban a compartir la sencilla comida que ellas mismas preparaban y que les hiciera oír canciones vallenatas tocadas por él en una dulzaina.

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Después de muchos años de abandonado el proyecto, el año antepasado García Márquez se enfrentó de nuevo al tema que frecuentemente le volvía a la cabeza, cada vez más claro y más completo. Aquella novela de adolescencia, que era como la matriz de su obra publicada se fue haciendo cada vez más insistente. Un día –refiere él– por la carretera entre Ciudad de México y Acapulco, se dio cuenta de que la tenía tan madura que hubiera podido dictarle allí mismo el primer capítulo, palabra por palabra, a una mecanógrafa. Hizo su plan de trabajo y en 18 meses, a razón de ocho horas diarias, escribió 1.300 cuartillas, revisó lo escrito y dejó en definitiva poco menos de 500 páginas.

Fue una decisión tremenda ya que García Márquez tenía muchos trabajos de otro género, a plazo fijo, y muy poco dinero para encerrarse exclusivamente a escribir la novela. Sin embargo, tenía que escribirla y la escribió, porque le resultaba imposible concentrarse en ninguna otra cosa. Le dijo a Mercedes, su mujer, «tú verás qué haces con la casa». Dice no saber qué hizo pero, cuando terminó de escribir, estaba debiendo más dinero –dice– «del que me puede producir la novela en 10 años de ediciones sucesivas». Y concluye: «Se necesita una enorme irresponsabilidad para ser escritor».

Barranquilla en Macondo

En la parte final de Cien años de soledad, García Márquez incorpora personas reales y hechos sucedidos en Barranquilla al ambiente del Macondo que se está consumiendo ya en oleadas de sopor y de aniquilamiento. Y es así como el librero catalán (don Ramón Vinyes), y Álvaro (Cepeda), y Alfonso (Fuenmayor), y Germán (Vargas) y el mismo Gabriel (García Márquez) conviven con los personajes de la novela y son amigos, los únicos, del último Aureliano Buendía que termina suicidándose para cumplir su trágico destino. Y episodios ocurridos en el otrora famoso burdel de la Negra Eufemia, así como hechos de la vida de esta legendaria matrona son trasladados a Macondo, mezclados con sucesos imaginarios por García Márquez.

Y hay frecuentes reminiscencias de los muchos casos ocurridos en Barranquilla, al comienzo de los años 50, cuando en torno a la mesa de don Ramón Vinyes, gran escritor catalán, en el Café Colombia, se reunían los entonces jóvenes barranquilleros, entre ellos García Márquez, a discutir en voz alta sobre todos los temas imaginables, ante el escándalo que los vocablos usados y los asuntos tratados producían a los demás parroquianos.

Ahora, García Márquez trabaja en El otoño del patriarca, el largo monólogo de un dictador latinoamericano que será posiblemente fusilado al amanecer a los 123 años de edad. También está escribiendo una serie de cuentos, homogéneos, para publicarlos en un libro que todavía no tiene título. Son cuentos de latinoamericanos en Europa.

Faulkner, Woolf y Sófocles

En una carta, G. G. M. dice a un amigo: «Estas son las influencias que considero importantes en mis novelas: del punto de vista técnico, Virginia Woolf, William Faulkner, Franz Kafka, Ernest Hemingway. Del punto de vista literario: Las mil y una noches, que fue el primer libro que leí a los siete años; Sófocles y mis abuelos maternos.

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Mayo
08 / 2014

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