¡Qué vuelta la de Chabuco!

A ningún artista en Colombia, en ninguna época, le han producido jamás 500.000 discos, la cifra aproximada que De Ida y Vuelta logró por la sola voluntad del director de un periódico.
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Diners le cuenta por qué.

La sensación de final de año pasado y comienzos de este 2014 tiene un nombre: Chabuco. Su nuevo disco circuló con un matutino dominical en dos ocasiones consecutivas con un tiraje que supera el medio millón de copias en un país en el que vender cinco mil copias amerita Disco de oro. Este suceso mediático es correspondido con un trabajo que, aunque gustador y de fácil digestión, tiene sin duda una carga artística considerable.

Chabuco el Hombre se viene distinguiendo desde sus Clásicos Café la Bolsa como un intérprete de corte universal, que si bien nutrió su corazón con la poesía de la música de las sabanas de Bolívar, Cesar, Magdalena y La Guajira, también es cierto que desde chiquito bebió sorbos de bolero, son, danzón y jazz. Y ahora se nos viene tocado de nuevo flamenco.

Destacamos que la misión de todo artista, y así se considera él mismo, es intentar e inventar cosas nuevas, proponernos aventuras que no evadan el riesgo y la extrañeza, como en este trabajo que “es algo que la gente nunca había pensado que se podía dar”. En palabras del autor, “hoy se junta el vallenato con la raíz del flamenco/ de guitarras y acordeones yo soy hijo/ y en cada verso que canto yo dejo mi corazón”, según pregona en una canción. La fusión se da sin traumatismos y no desdibuja la armonía de la música que es su inspiración.

Fruto de sus viajes a España es el entendimiento que habla de un camino no recorrido antes, ese que va desde los valles que regentaba el cacique Upar hasta el territorio andaluz, ambos fértiles tierras de intensos mestizajes. Sobre esa línea, gitanos y trovadores imaginarios iban y venían y se contaban ficciones con las ocurrencias de todos los días, aquellas en las cuales personajes de carne y hueso, y algunos venidos del más allá, inventan poemas que prometen el cielo y la tierra.

Este acto inverosímil tiene el atrevimiento de la movida madrileña donde se moldeó en noches de parranda con inquietantes ketamas y carmonas, infundiéndosele el profundo sentimiento que une al vallenato con el flamenco, rociándolo con el son caribe que los embriaga a los dos. El palo queda servido. Que viva el flamenco /cuando se canta con vallenato / le sobra son.

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