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¿Quién es el quinto poder?

«El quinto poder», la película sobre Julian Assange y Wikileaks es un vistazo a uno de los acontecimientos políticos y periodísticos más importantes de los últimos años.

«El quinto poder», la película sobre Julian Assange y Wikileaks es un vistazo a uno de los acontecimientos políticos y periodísticos más importantes de los últimos años.

Si el cuarto poder es la prensa, ¿quién es el quinto? La respuesta que la película de Bill Condon (Dioses y monstruos, Dreamgirls) ofrece frente a esta pregunta básica es ambigua. Por una parte, el film está construido a la manière de un biopic americano, con una narrativa biográfica donde se resalta el esfuerzo individual y se valoran los logros del hombre hecho a pulso –el mito del self made man–. En ese sentido, lo que se supondría una evolución colectiva de la sociedad hacia una mayor vigilancia de sus gobernantes, queda aquí supeditada al capricho y el delirio de un pionero: Julian Assange, creador de los Wikileaks. El evangelio de este mesías no tiene matices: su promesa es la de una información transparente, total y sin restricciones, como forma superior de control frente a los abusos de los poderosos.

Entonces ¿el quinto poder es la ciudadanía organizada o un grupo de geeks dedicados a poner la tecnología al servicio de una agenda ciudadana? Ambas cosas parecerían no ser excluyentes, pero el problema es que El quinto poder se resiste a hacer de Assange un héroe inmaculado. Al eludir la narrativa del “gran hombre” deja en el aire la idea de lo aleatoria y caprichosa que es esta “revolución”, lo fácil que puede ser cooptada y cómo esa vulnerabilidad se relaciona con pequeños detalles de la vida (o la infancia) de su líder.

El cine norteamericana ama explicar la totalidad por la parte. ¿El significado de Rosebud es la cifra secreta para acceder al misterio de Charles Foster Kane? ¿La frustración amorosa explica el impulso de Mark Zuckerberg para crear la red social? Son solo dos ejemplos (Ciudadano Kane y La red social) de esa tendencia a sobredimensionar el detalle y dotarlo de un inmenso significado sicológico. En El quinto poder Assange está obsesionado con la traición… y la encuentra.

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La película, por su parte, está basada en buena medida en el punto de vista del traidor, Daniel Berg (Daniel Brühl), pionero junto con Assange de los Wikileaks, pero mucho más conservador y timorato en los alcances que quería darle. El otro gran contradictor de Assange, a la vez que su aliado necesario, es la prensa “tradicional” que publicó sus vastos cables y filtraciones. La película ofrece, y en eso tal vez logre su punto más alto de interés, un debate sobre los límites del periodismo. Wikileaks no sería una revolución del periodismo sino su misma negación. El periodismo –por lo menos tal como se enseña en las escuelas– es responsable y restringido, y eso pasa por un método que de algún modo aspira a la objetividad de la ciencia: verificación, contrastación de pruebas y argumentos, sanción social. En el periodismo tradicional está claro que el bien común es superior al bien individual, o que al menos se retroalimentan.

Wikileaks pone en crisis todos esos valores del periodismo. Pero la pregunta es ¿qué tan viable es ese acceso total y sin restricciones? ¿ese culto a la transparencia? Finalmente ¿cambió algo la manera de hacer periodismo o la forma de ejercer la diplomacia después de Wikileaks? Probablemente menos de lo que el ansía de novedades quisiera. Sugerir que el malestar generalizado que se expresa en las protestas masivas y mundiales tiene algo que ver con Assange es temerario? Y la película lo insinúa.

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Y así, El quinto poder tiene un pie en las coordenadas de las películas biográficas y otro pie en el cine político, pero en los dos frentes resuelve la complejidad de su asunto con un optimismo e ingenuidad, muy norteamericanos. Lo mejor de esta película, además de los matices en la interpretación de Benedict Cumberbatch, del ritmo frenético de la narración que usa la propia tecnología como fuente de soluciones visuales, lo mejor, digo, es el fin, o más bien su epílogo. Pero sería criminal revelarlo. En un mundo de información sin restricciones vale la pena guardarse algunos secretos.

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Noviembre
22 / 2013

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