11 obras al óleo para recordar la historia de Colombia

Con textos extraídos de la vasta obra del maestro Germán Arciniegas, Diners presenta esta recreación estética e histórica del país hecha por el maestro Gastón Bettelli, pintor e italiano con más de cincuenta años de vida en Colombia. Una colección de lujo.

Santander


Dos figuras se salen de lo corriente y permiten llegar a [un] resultado que sobrepasa los modelos europeos: Bolívar y Santander. Decenas de veces lo precisó Bolívar, en un constante reconocimiento, desde 1821 hasta 1826, destacando el valor de la república organizada por Santander como fundamento para la acción de los ejércitos.

Rodó con increíble suerte el Libertador teniendo como el compañero de su empresa al más afirmativo entre los hombres civiles de la América española, y resulta cuando menos extraño el esfuerzo de algunos intérpretes de la vida colombiana haciendo malabares de dialéctica para romper esa unidad, la más notable y fecunda en la formación de nuestra nacionalidad.

Santander gobernó cinco años con guerra internacional, la única guerra grande que en toda su historia ha tenido Colombia, y ganó la guerra al mismo tiempo que inventaba la hacienda pública, llenaba de escuelas públicas a Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, iniciaba universidades y academias, establecía relaciones internacionales, echaba el puente para arreglarse con la Iglesia, comenzaba el cuerpo de leyes colombianas […].

Insurrección de los comuneros


Lo de José Antonio Galán no tiene nada de singular. Es uno de tantos ajusticiados [a los] que una vez que les cortan la cabeza no dejan de hablar. En vida apenas si se le oyeron las órdenes que un capitán del pueblo imparte al puñado de atrevidos que lo siguen.

No se recuerda un discurso suyo ni se le conoce manifiesto escrito. Los otros, sí, componían arengas salpicadas de sentencias latinas, platicaban con las autoridades del virreinato, escribían largos memoriales. Galán daba el asalto, y punto.

Era una revolución sin discursos. Fue el caudillo. Lo seguían como a ningún otro capitán de los comuneros neogranadinos. Lo que le hacía perder la paciencia al virrey, al visitador, al arzobispo (arzobispo-virrey), a los oidores, era el grito de Galán que levantaba a los pueblos.

Fusilamiento de La Pola


Y como para 1810 Policarpa ya era una mujercita bella, fina para ser del campo, llena de candela por dentro, empleó su sexto sentido, el de penetrar en el alma de los hombres, para saber dónde estaban los republicanos y ponerse a su lado.

Sus amores fueron así, y así sus amistades. Su novio era de los que iban a engrosar las milicias de la revolución. Y Policarpa, de las que movían en el pueblo todos los resortes. Los que conspiraban, urdían, ayudaban, cuando salían a flote parecían fieras indomables.

El cojo Sámano anunció a los santafereños lo que no había visto aún la capital: fusilar a una mujer. Desde la víspera se trabajó en la Plaza Mayor para la fiesta. Tablados, escaleras, nueve patíbulos, dos horcas.

Iba a ser el remate de un largo proceso de terror. La plaza parecía recién terminada, pues Morillo la había hecho empedrar de nuevo. No porque fuera indispensable la obra, sino para darse el gusto de que trabajaran los viejos patriarcas de Santa Fe, los doctores, picando la piedra y ajustándola. Así pagaron su desvío los tibios en el amor al rey.

Los fusilados iban a ser: Policarpa y su novio, Alejo Sabaraín; seis soldados patriotas, y un desertor. La muchedumbre miró únicamente a Policarpa. Marchaba mejor que un soldado. Era toda firmeza. Levantaba la frente.

Saludaba y se despedía de los conocidos. Para unos resultaría la imagen del valor, para otros la de la altanería y la soberbia. El fraile franciscano que la acompañaba le hacía reflexiones invitándola a bien morir, al arrepentimiento de sus pecados, a la salvación de su alma.

Ella no lo oía. Era cristianísima, su hermano era fraile, pero los tiempos estaban para pensar en la patria, y morir por la patria era para ella un placer. […]

El sabio José Celestino Mutis


Comienzan los naturalistas a hacer el nuevo cuadro de América. Vienen de Europa el barón de Humboldt, La Condamine, el médico [José Celestino] Mutis. Encuentran ya trabajando a los americanos en ciencias, y las nuevas generaciones acuden a escucharlos entusiasmadas. […] En la Nueva Granada el negro Pío es quien lleva a los nuevos sabios a través de los montes y les va enseñando la ciencia de las plantas.

El negro Pío es el curandero, el que sabe dónde está la contra que combate el veneno de las culebras o el de la rabia. Es edificante ver al sabio Mutis, el corresponsal de Linneo, y a sus discípulos inclinados en el monte para oír las lecciones del negro Pío.

Necesitan sabios dibujantes y pintores que trasladen al papel, imágenes de la flora, de la fauna, de las costumbres, de los habitantes, para dejar en documentos de color lo que no alcanzan a describir los literatos. […]

El hecho más sorprendente de la segunda mitad del siglo XVIII y de principios del XIX es el tránsito de estas recreaciones del espíritu a la revuelta armada contra España. Se empieza estudiando historia natural, viendo paisaje, trazando el cuadro de las costumbres, y del contacto que así se produce entre la especulación intelectual y la vida, surge una necesidad de independencia, de libertad […].

El Precursor Antonio Nariño


¿Quién era Antonio Nariño? El primer hombre de lengua castellana que tuvo el atrevimiento de traducir Los derechos del hombre, proclamados por la Francia de la revolución. El Precursor puso este papel en manos de quienes veinte años más tarde habían de formar los ejércitos de la insurgencia.

Perseguido por aquella audacia, fue a dar a las cárceles de la Nueva Granada y enviado cautivo a España, pagando como pocos su vocación revolucionaria.

De sur a norte, los estudiantes proponen una tarea de divulgación que prepara intelectualmente la guerra de Independencia. [En Argentina] Belgrano, bachiller de diecinueve años, emprende la traducción de Voltaire, Rousseau, Montesquieu. Antonio Nariño, más maduro, hace la impresión clandestina de Los derechos del hombre.

Encarcelado por su delito, para defenderse escribe un documento por donde mañosamente pone a circular todo el espíritu subversivo de Francia revolucionaria y de los republicanos de Filadelfia.

El Florero de Llorente


Tal como nos lo han contado, un día de mercado, el 20 de julio, se presentó en la tienda del español [José González] Llorente el criollo don Antonio Morales. Llega a pedirle en préstamo un florero. Año: 1810. Lugar: la Calle Real en Santa Fe de Bogotá.

Ocasión: la comida que iban a ofrecer los criollos a Villavicencio, un ilustre recién llegado. Llorente se negó a prestar el florero. Peor aún: en lenguaje español, que cuando se dice a ser grosero es el más grosero del mundo, dijo lo que se le vino a la lengua sobre los criollos. Morales le respondió con un puñetazo. El pueblo airado – ¿y prevenido?– se amotinó, y –dicen los textos– comenzó la Independencia. […].

La Independencia es un hecho digno de la historia universal y genera una revisión más profunda que la de la Revolución francesa. […].

El Acta de Independencia


Un oidor suplicó al tozudo virrey [Amar y Borbón], pequeño rey imbécil en miniatura: “Conceda V.E. cuanto pida el pueblo, si quiere salvar su vida”. Trabajoso y tembloroso respondió: “¡Sea el cabildo extraordinario!”. El diablo entró en casa colándose por entre esas palabras. Fue el cabildo abierto. […].

Querían un tribuno del pueblo y sabían quién podía serlo: José Acevedo y Gómez. Don José era de Monguí de San Gil, lo que vale tanto como ser del común del Socorro. Era rico, valiente, altivo… y socorrano. […].

Don José salió al balcón. Enloqueció a la muchedumbre. Quedó aclamado Tribuno del Pueblo. Reventó la flor de la República.

Atanasio Girardot cae en el Bárbula


Atanasio Girardot dio en el Bárbula la medida de lo que hace un abanderado para alcanzar el triunfo, entregando la vida; sí, pero salvando los colores de su ejército.

Bolívar miró, y miró el pueblo, en esa víctima, el símbolo de la juventud sacrificada. Girardot tenía veintidós años. Dura victoria, cara victoria esa, que se pagaba con el precio de una vida en flor.

Las alas del triunfo se abrieron entre las sombras de la noche. No la fatiga, no la derrota, sino el dolor perfecto, hizo inclinar las frentes de los vencedores. El corazón del héroe se colocó en una urna para llevarlo a Caracas. Nunca ejército alguno avanzó movido por una fuerza moral como la de esa hora.

Hombro a hombro con la noche alta iba la muchedumbre coronada de fuego. Cada soldado llevaba en la mano una antorcha. “¡A Caracas, a Caracas!”, ordenó don Simón Bolívar. En una marcha roja llegaron los campesinos a Caracas.

Y entró en la ciudad aquel ejército de vencedores y de héroes, de montaraces en revolución, sin un grito, sin un murmullo, dorado por la luz de las antorchas, y en la urna ¡el corazón sin vida de Atanasio Girardot!

Era el juramento de una raza, hecho sobre el altar de sus dioses jóvenes.

Batalla de Cartagena de Indias


Durante ciento seis días [agosto a diciembre de 1815] resistió Cartagena el sitio que le impuso Pablo Morillo. Venía “El Pacificador” con todo el poder de la España liberada de la invasión napoleónica y ensoberbecida en la mente del déspota contrailustrado Fernando VII.

Los de Cartagena, comido ya el último gato, los cueros hervidos, las ratas, la harina podrida, intentaron fugarse por el mar. Unos murieron bajo el fuego enemigo, otros se dispersaron por las islas, a muchos los atajó y devolvió la brisa traidora.

Morillo entró en una ciudad de esqueletos ambulantes, repletó de prisioneros las cárceles de la Inquisición y fue fusilando. […]

La libertad sube los Andes


La marcha de los Llanos a las tierras altas [páramo de Pisba, 1819] de Boyacá donde se libró la batalla decisiva de la libertad neogranadina, es una de las páginas más brillantes de la historia de América, más dramática que el paso de los Andes por San Martín y sus ejércitos porque está hecha sobre un plano de desesperada bravura.

Para realizarla, Bolívar halló en Santander un soldado formidable y una base segura en las tropas que éste había organizado y disciplinado [en los llanos de Casanare].

Barreiro se rinde


La rendición del general español José María Barreiro y sus huestes derrotadas en el Puente de Boyacá, ante el general Simón Bolívar y su ejército triunfante, selló la epopeya de los patriotas para derrotar al Imperio español y declarar la Independencia total de la Nueva Granada.

En ese 7 de agosto de 1819 los héroes granadinos le cortaron a Barreiro el paso hacia Santa Fe donde lo esperaba el virrey Juan Sámano para reforzar sus fuerzas realistas y afianzarse en el poder. Aunque la batalla la decidieron Bolívar, Santander, Anzoátegui y otros oficiales y sus soldados del pueblo, también se hizo héroe el niño Pedro Pascasio Martínez, de doce años, que se acababa de enrolar en el ejército bolivariano en la vecina población boyacense de Belén.

Él le intimó rendición a Barreiro y se negó a aceptar el soborno de unas monedas que le ofreció el español. Fue una doble derrota para el realista: la militar y la de honor.

El virrey Sámano fue informado en Bogotá de la derrota, y huyó mientras exclamaba: “¡Vámonos, que vienen esos cobardes!”.

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