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Bordar para sanar, la historia de la diseñadora Diamantina Arcoíris

Diamantina Arcoíris utiliza el bordado como camino para que los marginados por la sociedad tengan una nueva oportunidad en la pasarela de la vida.

Foto: Camilo Ponce de León, producción Lucy Moreno / Cortesía Juan Diego Chiape Niño

Diamantina Arcoíris utiliza el bordado como camino para que los marginados por la sociedad tengan una nueva oportunidad en la pasarela de la vida.

El pasado 2 de diciembre Diamantina Arcoíris llevaba un delicado vestido blanco con el bordado de una serpiente que bajaba hasta el final de su falda, botas blancas y un tapabocas impoluto. La ocasión lo ameritaba, pues su fundación Rediseñándonos había sido galardonada con el Premio Príncipe Claus 2020, que condecoró a siete personas en el mundo por su trabajo innovador en la cultura y el desarrollo.

Aunque la pandemia hizo que la ceremonia de premiación fuera virtual, todos la vivieron con alegría en la residencia del embajador de los Países Bajos en Colombia, Ernst Noorman. La diseñadora, su familia y su equipo estaban felices porque los 25.000 euros del premio llegaron cuando más lo necesitaban.

Diamantina Arcoíris En 2018 la diseñadora compró una casa en el barrio Santa Fe, en donde hoy en día confecciona estas prendas / Foto: Cortesía Álvaro Casanova Torres


Sandino Scheidegger, un suizo cofundador del Random Institute, conoció la historia de esta mujer a través de una nota en un periódico de Zúrich y vino en 2019 a Bogotá para visitarla en su casa del barrio Santa Fe, en el centro de la ciudad, donde tiene sede la fundación. El suizo compartió y hasta bordó con los jóvenes y se fue tan impactado que en enero de 2020 los nominó al premio.

Y es que cada casualidad o, como ella la llama, “causalidad”, en la vida de esta diseñadora de 39 años parece entretejer un bordado fascinante pero complejo. Doloroso, pero liberador.


La puntada inicial en esta historia se da desde la misma familia de Diamantina. Esta bogotana nació en un hogar tradicional compuesto por sus padres y sus cuatro hermanos. Creció con el nombre de Catalina Azuero porque así la habían bautizado. Sus tardes las pasaba entre telas y máquinas en el taller de sus padres, y en las noches salía con Camilo, su hermano más cercano y con quien solo se llevaba tres años.

Estudió Moda en la Escuela Arturo Tejada y durante su carrera trabajó con diseñadores como Ricardo Pava y Julieta Suárez. Con solo 20 años y sin haber terminado la universidad, en 2001 ya tenía su propia tienda en la zona rosa, donde les vendía ropa a figuras públicas, artistas y gente de la farándula.

Diamantina Arcoíris Pantalón en denim con guacamayo bordado por Robin, un joven del Amazonas. / Foto: Cortesía Álvaro Casanova Torres


El bordado de su vida parecía tejerse tal y como ella lo había soñado. Al siguiente año conoció a Philippe Person, un francés con quien tuvo dos hijas: Lucrecia y Chloé, hoy de 17 y 13 años.

La aguja que se clava

Cuando abrió su tienda, su hermano Camilo ya tenía problemas con las drogas. Él pasaba días enteros en la calle y Diamantina recuerda cómo ella misma les dijo a sus papás que no lo dejaran entrar más a la casa, pues en ese tiempo no sabía cómo tratar con personas en la drogadicción.

Durante años su hermano pasó por diferentes centros de rehabilitación hasta que en 2006 su mamá lo llevó a un centro en Copacabana, Antioquia, del que le habían asegurado una muy buena atención.


Un año después la familia recibió su primera punzada. En 2007, tanto Camilo como el centro de rehabilitación habían desaparecido sin dejar rastro. Diamantina, a punto de dar a luz a Chloé, lo fue a buscar por las calles de Medellín, en el parque Berrío, por La Minorista… Nadie daba razón de él ni de los otros internos.

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Pasaron casi diez años y el dolor por la desaparición se transformó poco a poco en apatía. “Uno entra en un estado de indiferencia. El corazón se empieza a endurecer, incluso hasta veíamos que ya teníamos una vida familiar tranquila porque ya no estaba Camilo”, reconoce Diamantina.

Diamantina Arcoíris Alexandra Brawn, miembro de la comunidad trans y modelo de la línea Collection. / Foto: Cortesía Camo


En 2016 llegaría la segunda punzada: un agente de la Fiscalía de Medellín le comunicó a la familia Azuero que algunos presos habían confesado que Camilo y otros tres compañeros del centro de rehabilitación habían sido víctimas de los llamados “falsos positivos”. En la Operación Joel, miembros del Ejército los habían engañado para llevarlos a una finca en Segovia, Antioquia, donde un francotirador les disparó para hacerlos pasar por guerrilleros dados de baja en combate.

Deshaciendo la puntada

“Desde que apareció mi hermano comencé una catarsis personal. Inicié con un proceso de búsqueda, me alejé de muchas de mis conductas anteriores, mis prioridades ya no eran las mismas. Empecé a darme cuenta de que ya no disfrutaba los espacios que yo misma había creado; me sentía mal físicamente y deprimida”, confiesa.

La transformación fue tan radical que cerró su tienda en la calle 85 y dejó atrás su vida de fiestas, de glamur y hasta de drogas para “rehabilitarse a sí misma” y eso implicó una revolución. Cambió el norte de Bogotá por los paisajes del Amazonas, Caldas y Putumayo; dejó los cocteles para aprender sobre medicinas ancestrales de ayahuasca y mambe, cambió a sus clientes por los sastres en el sur de Bogotá, que le enseñaban técnicas de coser que en su vida pasada de “diseñadora importante” no le había interesado conocer.

Dalia, una mujer perteneciente a la comunidad trans de la carrera Palacé en Medellín. / Foto: Cortesía Camo


Tan fuerte era su deseo de soltar todas las puntadas que unían su vida que hasta sintió la necesidad de cambiar su nombre, inspirada en parte por la lectura que hacía aquellos días de Alejandro Jodorowsky, quien hablaba precisamente de las cargas energéticas de los nombres.

“Una noche escuché por casualidad a un español que hablaba sobre la diamantina arcoíris, una vibración que todos fuimos antes de ser materia y sentí un corrientazo”. No era para menos, Diamantina había sido la marca de pulseras de su hija Lucrecia cuando tenía cinco años. En ese instante ella supo que ese sería su nuevo nombre. Así, el 30 de agosto de 2017, en su cumpleaños 36, decidió dejar de ser Catalina Azuero para renacer como Diamantina Arcoíris; un año después haría oficial el cambio de nombre en su cédula de ciudadanía.

Muchos no entendían su búsqueda, incluso su propia familia y Philippe. “En esa búsqueda interior hice una especie de carrera de observación orgánica donde conocí a muchas personas que me ayudarían a dar forma al proyecto de la fundación”, comenta. Y así es, en Medellín, por ejemplo, les enseñó a bordar a niños con enfermedades terminales y a un grupo de mujeres trans de la carrera Palacé, con quienes también hizo un desfile de moda y una sesión de fotos con Camo, reconocido fotógrafo colombiano que la ha acompañado en casi todos sus editoriales de moda.

Su llegada al barrio Santa Fe

En 2018, luego de su separación de Philippe, Diamantina decidió comprar una casa en el barrio Santa Fe, en el centro de Bogotá, conocido por ser una zona de prostitución, delincuencia y consumo de drogas. En aquel entonces sus hijas iban y venían entre un barrio al norte de la ciudad y la llamada “zona de tolerancia”, entre el Liceo Francés y el café con bebidas de plantas medicinales con el cual inició su acercamiento a la población del barrio.

Los lunes y martes ofrecía talleres de bordado dentro de su camioneta Volkswagen Combi azul. Todos los del barrio eran bienvenidos. Así nació la fundación Rediseñándonos, un espacio inspirado por la pérdida de su hermano Camilo, que ofrece a partir del bordado en prendas la oportunidad de renacer a personas que han sufrido adicción a las drogas o al alcohol, prostitutas o habitantes de calle. Algunos siguen batallando con sus demonios, mientras otros, gracias a la redignificación con su trabajo en el taller, ya están del otro lado.

“Creemos en las segundas oportunidades y en la restauración a partir del amor. Ellos a veces ni siquiera quieren plata, sino un nuevo formato de vida, tener algo que hacer”, comenta.
Poco a poco el proyecto comenzó a tener la credibilidad de la gente del barrio. “En una feria del norte le vendimos una chaqueta a Andrés Cabas por 800 mil pesos. En ese momento los chicos quedaron atónitos y comenzaron a tener más confianza en lo que hacíamos”, asegura.


De septiembre a diciembre del año pasado, gracias al dinero que les otorgó el premio, las treinta personas que participaban del proyecto en aquel entonces tenían un salario, vivían en la casa y mejoraron sus procesos productivos. Pero el dinero del premio se acabó y nuevamente han tenido que rebuscarse con donaciones y micromecenazgo.

Hoy, 15 jóvenes trabajan activamente en la fundación: solo tres tienen un salario de medio tiempo y los demás trabajan a destajo. Por cada prenda que se vende se le paga a quien la bordó un porcentaje. Lo demás va para los insumos y el sostenimiento de la fundación y la casa.

Nueva marca, nueva identidad

Diamantina Arcoíris Proceso creativo de la colección en la fundación Rediseñándonos. / Foto: Cortesía Juan Diego Chiape Niño


Antes las prendas que se fabricaban en la fundación se comercializaban con la etiqueta Aerodinamic, marca de la anterior “vida” de Diamantina. Desde el año pasado es Maima, un sello que representa a la mujer empoderada y líder. Así como el cambio de nombre de Diamantina trajo otra significación para su vida, la nueva marca también ofrece una lectura diferente a las prendas.

“Cada prenda tiene una esencia, ya sea el bordado de un animal o de una planta que refleja lo que sucede en la fundación. Ahora operamos para sanarnos, es todo lo que queremos hacer y para lo que nos sirve hacer la ropa; no queremos actuar más sobre la vanidad”.

Diamantina tiene claro que la mayoría de sus clientes están fuera del país y por eso está haciendo los trámites para comenzar a exportar. “Muchas prendas que hemos hecho el último año se han vendido a personas que se van para Berlín, Italia o Francia –señala–. Una prenda que tiene el trabajo de un mes de bordado de un chico puede costar 500 euros y en Colombia difícilmente alguien las compra”.


En el catálogo de Maima (que se puede ver en redisenandonos.org) hay prendas como los abrigos de cobijas cuatro tigres, que fueron un éxito entre “los gomelos” –como les dicen en la fundación– y cuestan 400 mil pesos. Hay pantalones, chaquetas, vestidos, chalecos… todos modelados por ellos mismos.

“Las prendas que hacemos son amuletos que van a generar conciencia, aun sin que la persona que la use sepa que quien la hizo cambió su vida y renació de las cenizas a través de ese bordado. La prenda por donde pase va a sanar”, señala la diseñadora.

Pieza de la colección que Maima presentó en diciembre de 2020. / Foto: Cortesía Álvaro Casanova Torres


Para Diamantina aún quedan muchos botones por coser. Este año se ha propuesto tener más tiempo para compartir con sus hijas y con Philippe, con quien volvió hace un año y se ha convertido en su apoyo incondicional.

Quisiera construir una maloka en el patio y montar una tienda de ropa en el sótano. Le gustaría que el diseñador colombiano Esteban Cortázar supiera lo que hacen y que algún día mandara a bordar sus prendas en la fundación. Admira a Miuccia Prada, pero también le gustaría trabajar con diseñadores emergentes o empíricos, con talentos al margen de las posibilidades, según la sociedad.

Y es que la vibración de Diamantina Arcoíris busca eco entre los marginados; entre quienes, como ella, necesitan una segunda oportunidad para renacer y encontrar su propia frecuencia.

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Marzo
01 / 2021
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