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El diseñador colombiano que ha vestido a personajes como Michelle Obama y Cate Blanchett

El barranquillero Juan Carlos Obando cambió el diseño gráfico por el diseño de modas y ahora triunfa en Los Ángeles. Diners conversó con él sobre su carrera y su pasión por la moda.

Foto: Cortesía Juan Carlos Obando

El barranquillero Juan Carlos Obando cambió el diseño gráfico por el diseño de modas y ahora triunfa en Los Ángeles. Diners conversó con él sobre su carrera y su pasión por la moda.

Su risa es contagiosa y su sencillez, encantadora. Así es el diseñador barranquillero Juan Carlos Obando, un auténtico coctel de carisma, que sin bullicio y con los orígenes más sorprendentes ha construido una sólida carrera en el mundo de la moda.
Viene de una familia de abogados, por lo que, a los ojos de su padre, su destino natural era la Facultad de Derecho, pero él le dijo que prefería el Diseño Gráfico porque soñaba con crear un logo tan poderoso y duradero como el de Coca-Cola. Luego, la vida le dio un giro y ahora sueña con siluetas fluidas y memorables para mujeres icónicas que viste desde Los Ángeles.
Diners habló con este creador caribe, que delira con el olor a coco y jazmín y que seguirá dando mucho de qué hablar.

Cuando ejercía como diseñador gráfico ¿se interesó por la moda?

Trabajaba en una compañía de publicidad y en esa época Tom Ford laboraba para Gucci con Mario Testino y Carine Roitfeld, y sacaban unas campañas poderosísimas. Ver el mundo de la publicidad traducido por la moda me causó mucho interés, porque me puso a pensar cómo podía comunicar así. Entonces se me ocurrió investigar cómo hacer una compañía de modas para poder ser la agencia de publicidad de esa marca.

Luego trabajó con Silvia Tcherassi para una campaña…

Era director creativo y trabajaba en una campaña para Toyota. Decidí hacerla con tres personas en distintos momentos de su carrera. Una que tuviera su carrera establecida: Celia Cruz; otra, en plena proyección: Manolo Cardona, y la última, a punto de salir a comerse el mundo: Silvia Tcherassi. La conocí en Nueva York, hicimos los comerciales y nos volvimos amigos. En ese momento preparaba, por primera vez, una de sus colecciones para presentarla en Italia. De repente estaba yo ayudándole con la dirección de arte y luego con el rediseño de su logo y su identidad corporativa.

¿Cómo da el salto a la moda?

Con ella me llené de ideas y empecé a contemplar la posibilidad de crear una compañía de zapatos, pero al momento de hacer el diseño de los zapatos me imaginaba todo el atuendo. Eso se tradujo en que un día me fui a Sears a comprar una máquina de coser casera y a una tienda en Los Ángeles, que se llama Decades. Ahí compré una chaqueta de Chanel y un vestido de Gucci y me di a la labor de descoserlos, entender cómo estaban hechos y volverlos a coser.

Traje en tonos verdes que hace parte de la colección primavera-verano 2019 de este diseñador barranquillero.


Como un niño con un juguete…

¡Ciento por ciento inocente! Esa curiosidad me dio para ir también a una tienda de telas y comprar unos patrones de papel. Y como seguía trabajando en publicidad, en las noches, cuando llegaba a la casa, me ponía a cortar las telas sobre una tabla. Compré un maniquí, ni siquiera un dress form, porque ni sabía que existían, y encima de eso empecé a montar las piezas que había cortado. Veía que caían bien, me inventaba las costuras y cómo cerrar y juntar pedazos de tela que estaban apenas enrollados.

¿Cuántos vestidos hizo así?

Seis o siete piezas, me imagino que muy mal hechas, y me dije “Debo llamar a alguien para mostrar lo que estoy haciendo y que me den algún tipo de orientación”. Se me ocurrió llamar a la revista Vogue de Los Ángeles. Me contestaron en la recepción y dije: “Mi nombre es Juan Carlos Obando y me encantaría ir a mostrar mis piezas”. Supongo que debieron quedar en shock de que alguien llame por teléfono a decir eso… Debí parecer un vendedor de aspiradoras (risas). La respuesta fue: ‘Ok, pues venga mañana, como a las dos de la tarde’”.

¿No conocía a nadie en Vogue?

¡No! Fui y me atendió la asistente de Lisa Love. Puse sobre el escritorio mis piezas, que estaban hechas con unas telas costosísimas, porque como había desarmado el Gucci y el Chanel, pensaba que todo partía de una tela cara. De repente, pasó Lisa, la directora de Vogue para la Costa Oeste y mano derecha de Anna Wintour. Preguntó qué estaba pasando, apenas miró dos prendas, hablamos un rato y se fue. A la semana siguiente llamé a la asistente a preguntar qué pensaba y me dijo que volviera para hablar de nuevo con Lisa.

¿Qué pasó en esa reunión?

Le conté mi historia en la publicidad, me dio muchos consejos y no volví a saber nada de ella hasta cuatro meses después. Me mandó el mensaje de que volviera a su oficina, a las ocho de la mañana, por diez minutos, a una reunión y que llevara una modelo. Cuando entré a su oficina, ella se sentó a mi lado, porque había otra mujer sentada en la silla principal de su escritorio. Esa mujer me preguntó sobre mi vida y le hablé de mi sueño de hacer un logo como el de Coca-Cola, cosas que duren más que una prenda. Ahora, cuando lo pienso, creo que tenía toda la filosofía detrás de una marca de ropa, pero no tenía la ropa (risas). Ella solo preguntaba y apuntaba. Iban a ser diez minutos y terminaron siendo cuarenta y cinco.

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En sus diseños no suele utilizar bordados, tiene pocos estampados y joyería mínima.


¿Y no le dijo nada?

Solo al final me dijo: “La ropa se ve Ok, pero su historia es muy especial”. Salí de la reunión, sin nada, porque ella miró las piezas los últimos dos minutos de la conversación. Cuando salí me enteré de que acababa de hablar con alguien “importante” y a la mañana siguiente recibí un correo de Anna Wintour y entendí que el día anterior había hablado con ella.

¿Nunca había visto la cara, las gafas, el peinado de Ana Wintour?

Recuerde que yo venía de la publicidad, no de la moda. En 2008 ella era muy conocida en el mundo de la moda y no más. Fue el documental de September issue lo que desató a Anna públicamente.

¿Qué decía el correo?

Que si estaba familiarizado con una competencia llamada CFDA Vogue Fashion Fund, pues a ella le parecía que, de pronto, debería participar. Yo no sabía qué era, pero busqué y mandé mi aplicación. Eso quedó ahí y decidí seguir. Hice un desfile durante la Semana de la Moda de Los Ángeles, pero era un proyecto sin pies ni cabeza y quien le dio un poquito de orden fue Lisa. Después supe que tendría que hacer una colección más formal e ir a presentarla en la Semana de la Moda de Nueva York.

¿Qué pasó con el CFDA?

Ganó Alexander Wang, pero quedé de finalista, con una colección hecha a mano, de 28 atuendos y ni siquiera tenía un taller. ¡El principio de mi vida en la moda fue muy rápido, muy intuitivo, muy inconsciente! Uno de los jurados era la directora de moda de Barneys y seis meses después hice otra colección y Barneys la compró. Ahí entendí que había empezado un camino en la moda.

¿Por qué ese momento en particular?

Mucha gente pregunta si estudié moda y por muchos años dije que no, porque todo lo aprendí solo. Pero ahora, diez años después de todo eso, creo que la respuesta verdadera es que sí fui a la escuela de moda, solo que fui públicamente. La trayectoria de muchas personas es como una línea, la mía es como un zigzag. Vogue me enseñó la parte editorial, Barneys la comercial, y otras personas me enseñaron la técnica. Todo pasó en vivo y fui entendiendo qué me definía.

¿Qué lo define?

Cuando era un niño, mi papá me llevaba a comidas y cocteles y yo me quedaba siempre dormido a la mitad. Luego me despertaba a eso de las dos de la mañana sobre dos sillas que unían al final de la mesa. Cuando me despertaba, veía a las mujeres bailando al ritmo de la Orquesta Baobab o de Pacho Galán, en esas noches cálidas de Barranquilla y rodeadas de cayenas. Esos movimientos, esas pieles, esos colores, esa fluidez y la caída de las telas me definieron. De ahí que siempre uso sedas. No uso bordados y muy pocos estampados, joyería mínima y zapatos básicos. Mi moda es eso, un mundo muy específico, muy Macondo. Siempre he dicho que no he hecho más que recrear esos momentos de la infancia, pues veo la moda y la mujer con los ojos de ese niño de cinco o seis años. No lo veo como una persona adulta que calculadamente quiere ofrecer algo lujoso, mi actitud es muchísimo más humilde.

¿Sigue creando a mano sobre el maniquí?

Ahora sí compré un dress form (risas) y tengo una técnica directa de crear con las telas en las manos, porque no hago bocetos. Todo se crea sobre el cuerpo. Lo hago así por recursivo, pues la seda es muy difícil de manejar, no se deja coger ni coser. Por eso mis siluetas son siempre fluidas.

Las siluetas de Obando siempre son fluidas, no hace bocetos y todo se crea sobre el cuerpo.


¿Qué siguió a esa primera colección vendida por Barneys?

Quería volver a participar en CFDA con una verdadera colección, con experiencia, pero no lo quería hacer para ganar ni para probarle nada a nadie, sino por mí. Fui donde Anna, porque desde ese momento he tenido conversaciones con ella y me ha guiado mucho. Le pregunté qué pensaba de que quisiera volver a participar. Me miró y me dijo: “Soy jurado, no puedo decirte que hagas esto, pero tampoco lo objetaría”. Gané. Tom Ford me entregó el premio, yo estaba vestido en Tom Ford y no hay que olvidar que todo esto inició por esas campañas de él. ¡Fue surreal! Di una parte del discurso en inglés, pero era muy importante para mí acabarlo en español. Tomé las palabras de una canción de Bomba Estéreo y dije: “Los sentimientos son como los pájaros: vuelan alto”, así cerré el discurso.

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¿Ese premio disparó su marca?

Se internacionalizó. Vogue llevó la marca a París, al evento Americans in Paris. Ahí me expuse a otro mundo y le di un rumbo diferente a la marca: en vez de dejar que siguiera expandiéndose, la condensé. Decidí no hacer más desfiles, sino presentaciones pequeñas; no trabajar con tantas tiendas, sino con pocas que muestren bien la colección; no hacer tanta ropa, sino poca, pero que comunique más, consciente y técnicamente impecable, pues me interesa durar, exactamente lo mismo que con el diseño gráfico.

Su historia es realmente increíble…

Siempre me ha sido muy difícil contar toda mi historia, porque es excesivamente irracional, es como una sala de museo increíble, con obras increíbles, pero un poco desordenado. Entonces, para hacer una entrevista como esta, me toca como con la mamá: entrar a arreglar el cuarto. Además, nunca he querido buscar fama, siempre digo que los suspiros son mucho más fuertes que los gritos.

¿Cómo es una mujer vestida por Juan Carlos Obando?

Sensual, colorida, sonriente, caribe; cuando camina, la tela levita detrás de ella y huele a coco y jazmín. En algún momento de mi vida fui a un supermercado y compré un frasco de Hawaiian Tropic, que usé como perfume por mucho tiempo. Todos decían que olía a vacaciones.

¿Cómo colabora hoy el diseñador gráfico con el diseñador de modas?

Mi moda es autobiográfica. La seda evoca el viento y el calor de Barranquilla, en colores vivos que me llevan al carnaval, pero la manera en que recreo todo eso es mucho más purista y tiene que ver con mi pasión por el diseño gráfico alemán, holandés, danés, por la tipografía helvética, arial y garamond. La fusión entre moda y diseño gráfico hace que mi ropa sea simple. Es la gran tipografía, pero en ropa.

¿Qué piensa de crear para mujeres de tallas grandes?

Vengo de Barranquilla y mi palabra favorita es cadencia. Todo empezó por la cadera y no por la cintura… Colaboré hace poco en el proyecto 11Honore para tallas plus. Decidí que usaría la misma colección que está en Barneys, solo que de las tallas 14 a 20 y funcionó increíblemente bien. Como no hago desfiles, no creo que la ropa se vea divina en una mujer talla cero, de 1,80, peinada y maquillada. Mi victoria es que una mujer use mis prendas sin necesidad de ser modelo y se sienta increíble.

¿Cómo es vestir a las luminarias para las alfombras rojas?

Toda una experiencia, hay que trabajar con sus publicistas, mánager, estilistas y casi, por último, con ellas. He vestido a Julia Roberts, Cate Blanchett, Ivanka Trump, Jessica Alba, JLo, Halle Berry, Amy Adams, Freida Pinto, Shakira, Kim Kardashian, Solange… Y desde hace algún tiempo estoy trabajando con una marca global de moda italiana, de la que, por ahora, me reservo el nombre.

Y no olvidemos a Michelle Obama…

¿Cómo sabe? No lo divulgué. Fue en un evento muy privado, cuando Obama estaba de presidente. Trabajamos con Meredith Koop, quien la viste, y reconozco que fue increíble cuando vi la foto. Pero fue más increíble lo que sucedió antes. Michelle me invitó a la Casa Blanca a un evento llamado “Her Favourite People in Fashion”, para un programa dirigido a niños de bajos recursos que les gustaba la moda. Así que ser invitado como latino, como inmigrante colombiano fue muy significativo para mí, pues no fue porque me recomendaran, sino por mi trabajo.

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Julio
04 / 2019


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