La levedad según Amelia Toro

La marca vuela sola, pero no sin su creadora. En los seis países donde se vende, Amelia Toro, capaz de crear sin descanso, persigue el detalle de toda la cadena que exige el mercado de la moda.

Sobre el mantel blanco de la mesa alrededor de la cual nos damos cita para conversar llegan unas arepas doradas, también frutas de esos colores únicos que ofrece el trópico recién cortado en rodajas y unas tazas de té. “Sí, me encantan las arepas”, dice reclamando en voz alta su origen. La diseñadora Amelia Toro nació en Bogotá, pero su origen es manizalita y su vida ha estado anclada a Nueva York. Allí tiene casa desde siempre. Porque sus padres, y antes sus abuelos de ambas ramas, establecieron su hogar en esa ciudad norteamericana. Sin embargo, el Manizales cafetero del industrial y emprendedor Pablo Toro, padre de Amelia, siempre fue más que una referencia geográfica en esta familia. Un lugar para el retorno, una razón para toda la saga inmersa en un entorno cultivado en el sentido más cultural del término. Los seis hijos de don Pablo y doña Gabriela (de ascendencia cubana) viven en el mundo. La mezcla del español y el inglés en el idioma cotidiano está pues arraigada por generaciones. Una realidad también para los tres hijos adolescentes de Amelia Toro. Así, en medio de una marcada noción bicultural, creció la diseñadora que estudió en Bogotá (en el mismo colegio Nueva Granada que fundaron sus propias tías abuelas décadas antes) y en la Gran Manzana, en Rhode Island School of Design en la Universidad de Brown (con énfasis en arte) y luego en Parsons School of Design (más industrial la formación).

Heredera del nombre de su abuela paterna que murió joven, Amelia Toro contiene para sí lo que las personas tímidas salvaguardan: casi todo sobre ellas. Desgranar su trayectoria exige ir haciendo breves paradas aquí y allá. Para conversar sobre su interés por los números. Para recuperar anécdotas infantiles alrededor de la pólvora en cometas con las que celebraban las fiestas en Miami. Es preciso oírla reír e inmediatamente volver a su gesto serio que busca refugio en el magnífico abrigo de lana berenjena –de su marca, claro– que la cubre. Atender cómo vivió el éxodo que provocó el narcotráfico en sus décadas de joven bogotana y cómo comprobó el radical cambio estético –entre otros– que tuvo el país. La emoción que le causó hace unas semanas un encuentro inesperado con Claude Montana, diseñador que admira y con el que trenzó complicidades de oficio.

El inicio

Italia –con el diseñador de alta costura Pino Lanchetti y luego con Gianfranco Ferré– e India fueron paradas cruciales en su formación como estudiosa del diseño. “Siempre me hizo falta Colombia. Haberme ido tantos años refuerza esa sensación”, subraya la creadora. Quizá por eso fijó precisamente en Bogotá el taller en el que se fabrican mensualmente miles de prendas que son enviadas a los puntos de venta de Amelia Toro en Estados Unidos (diecisiete espacios), Dubái, Canadá, Japón y Suiza. Países a los que destina el 80 % de su producción. En las colinas del occidente de la ciudad se encuentra esta fábrica donde trabajan más de cien personas y se realizan todos los procesos que requiere una prenda para ser considerada “terminada”. Una empresa única en el país, si se tiene en cuenta que no estamos hablando de una marca masiva, sino de una diseñadora que ha logrado ubicarse en un nicho de lujo apreciado y requerido nacional e internacionalmente.

“Eloísa Caballero, la hermana de Lucas Caballero, Klim, se convirtió en la segunda esposa de mi abuelo Emilio Toro, viudo de la abuela Amelia. Eloísa era excéntrica y estupenda. Una figura clave en materia de moda en Nueva York. Me marcó mucho”. El comentario es imprescindible para intuir el camino de una diseñadora que ha hecho de una elegancia sobria su señal de identificación. “Empecé a meterme en el mundo de la costura y de las telas a los quince años. Una tía que cosía y una costurera, Anita, que hacía moldes, me iniciaron. Hoy en día, mi fuerte es la moldería. Y las matemáticas que son la base fundamental de la moda: ahí están las proporciones básicas del cuerpo”. Lo dice quien no puede perder de vista ni el calendario ni los cálculos de costos. El control de una vida volcada en la moda y que le exige el ritmo que asumen los diseñadores hoy: colecciones de temporada que se dan a conocer con un año de anticipación.

Allá afuera, en el mundo

Alejada de las pasarelas en Colombia, Amelia Toro le ha dado prioridad a su presentación en los stands comerciales de las Semanas de la Moda en París, Nueva York y Japón. Y al modelo de producción: hacerlo todo a mano en Colombia, dar trabajo en el país y establecer el método de no confeccionar en cadena sino la prenda completa.

“Viví el comienzo del prêt-à-porter en Estados Unidos con Calvin Klein y Donna Karan. Era un momento muy distinto al de ahora en el que la moda se ha vuelto un monstruo industrial”. Aunque prefiere velar su edad, Amelia Toro habla con un deje nostálgico que remite a alguien seguramente mayor que ella. Pero eso también es propio de las personalidades tímidas. Una reserva que debe liberarse cada vez que baila, una de sus más férreas pasiones. Un sueño aquel, el de ser bailarina, truncado por un drástico accidente en bicicleta cuando todavía era niña. También esto lo retoma en sus colecciones. Las prendas flotan, envuelven el cuerpo, lo adoran, lo liberan. Ese empeño es manifiesto en su más reciente colección, primavera-verano 2014, que presentó en Casa Schaller, al norte de Bogotá, en el mes de marzo. Aunque la secuencia de estas piezas retoman siluetas clásicas de su trabajo (lo oriental, lo afrancesado) y se ven influenciadas por la arquitectura de Zaha Hadid y de la firma japonesa Nikken Sekkei, Amelia Toro emerge desde el baile con los chif-fones de seda y los tules, así como desde los colores menta y corales. No falta su guiño habitual a las faldas plisadas. “Siempre veía a las niñas vestidas con uniforme, algo que yo no tuve. Añoraré por siempre eso. Siempre incluyo en mis colecciones esas faldas, esas jardineras de colegio clásico”. Se desvela el guiño.

La calidad de las telas, la confección y la manera en que la prenda se ajusta al cuerpo son los pilares que busca Amelia Toro en sus prendas. “Es que el diseño viene después, es una elección posterior”, sopesa la creadora. “Las mujeres siempre estamos buscando lo que no está bien en nosotras. Nos están diciendo lo que tenemos que variar en nuestro cuerpo y eso no debe ser así”. Sabe bien de qué se habla. El destino la puso en manos de la muerte por unas horas, ad portas de su tercer alumbramiento. Desde ahí, nada fue igual para la mujer que habla a través de la ropa. Por medio de sus prendas permite que el cuerpo haga empatía con abrigos, vestidos, pantalones, blusas, chaquetas cortas. La ropa, sinónimo de comodidad ante todo. De ahí su presencia estética etérea e inolvidable al mismo tiempo. “Veo mi trabajo como parte de un libro sobre mujeres”, deduce de sus propios pensamientos. En este punto la conversación entra en una zona de comprensión. ¿Cómo logra esta mujer batirse en la otra orilla de la moda, la de las fotos y las múltiples relaciones? Vaya si lo hace. Lleva años lográndolo.

Amelia Toro adquirió vida propia gracias al vuelo que le dio Cecilia de Ortiz –madre de la diseñadora María Luisa Ortiz–, propietaria del almacén de moda Octopus en Bogotá en los años ochenta, que le encargaba a la joven diseñadora todas sus líneas, como si fuera la directora creativa de la boutique. Lo cuenta con orgullo.

Unas familiares suyas iniciaron Artesanías de Colombia. Su trabajo la marcó para orientar su taller hacia ese enfoque. De ahí los proyectos sociales que acomete. Realidad y ficción. La empresa y las referencias de inspiración.

La estética italiana gira en torno a unos principios que no comparte Amelia Toro. La suya propia tiene mucho más que ver con Oriente, provocada por sus amigas japonesas en Nueva York. Sin embargo, su referencia esencial es la Ciudad Luz. “Para mí la moda es París, allí es donde está todo en materia creativa”, cierra.

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