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Julio Viola, el viñatero uruguayo que vino de las estepas

Es uruguayo, pero el empeño y dedicación de Julio Viola ha logrado que la Bodega del Fin del Mundo en la Patagonia figuere entre las más importantes de Argentina y prometedoras.

Foto: Bodelga del Fin del Mundo

Es uruguayo, pero el empeño y dedicación de Julio Viola ha logrado que la Bodega del Fin del Mundo en la Patagonia figuere entre las más importantes de Argentina y prometedoras.

Julio Viola, uruguayo de nacimiento y con arraigados ancestros italianos, no escogió un peor momento para emigrar a Argentina. Corrían los primeros y convulsionados años de la década del setenta, cuando el país austral estaba inmerso en una crisis social y política de peligrosas proporciones: ataques terroristas, desapariciones forzadas, gobiernos fracasados y soluciones militares. A todas luces, Viola, quien apenas contaba con algunos estudios de derecho, no tenía claro cuál sería su horizonte para sobrevivir y, menos aún, para triunfar en tierra ajena.

Echó mano de viejas conexiones familiares que lo llevaron rápidamente a la Patagonia, esa inmensa región de 900.000 kilómetros cuadrados –casi igual en tamaño a Colombia–, que, por aquella época, se expandía con rapidez gracias a sus explotaciones de petróleo y gas, y a la creciente fama de sus frutas.

En visitas anteriores, había sucumbido ante el horizonte sin límites de estas estepas prehistóricas y jurásicas, castigadas por un sol canicular y vientos de hasta 100 kilómetros por hora. A pesar de que el hombre había puesto pie allí hace 10.000 años, seguía deshabitada y virgen, como fue durante el reinado de los dinosaurios, hace 10 millones de años.

Resuelto a abrirse paso bajo el inmenso, resplandeciente y azulado cielo patagónico, Viola pronto se puso al servicio de numerosas empresas inmobiliarias como promotor comercial. “Era algo que resultaba afín con mi personalidad”, cuenta.

Muy pronto, ante el desbordado crecimiento de la zona –especialmente en el Alto Valle de Río Negro (al este) y la provincia de Neuquén (al oeste)–, consiguió independizarse, al montar su propia empresa de bienes raíces. Compraba extensas tierras baldías y las transformaba en urbanizaciones para los cientos de nuevos habitantes que llegaban a la localidad.

Eran apuestas arriesgadas. Y como cualquier colonizador de zonas agrestes, recurría de manera permanente a su vocación de “emprendedor, transgresor e innovador”, y en varias ocasiones se ufanó de tenerlo todo y, también, de perderlo todo, sin mayor remordimiento. “Llegué a pensar, incluso, que mi odisea había terminado, unas veces por razones económicas y otras por la acción implacable de la naturaleza”.

Pero el capítulo más interesante de su historia estaba todavía por escribirse. Su escenario fue la provincia de Neuquén, conocida en lengua araucana como Ñedquén, que traduce, literalmente, “atrevido, arrogante y audaz”, o sea, algunos de los atributos más sobresalientes de su personalidad de Viola.

En 1998, y jugándose otra vez los restos, gestionó, por intermedio de La Inversora, su empresa personal, la explotación de un terreno virgen y desértico de 3.000 hectáreas, en la zona de San Patricio del Chañar, a 55 kilómetros de Neuquén. Su propuesta fue introducir un nuevo concepto de manejo frutícola, consistente en fincas, llave en mano, dotadas de la última tecnología hídrica y de una moderna infraestructura. Hay que decir que lo hizo con el apoyo del gobierno neuquino, que quería buscar alternativas a la dependencia del petróleo.

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La obra más significativa emprendida por Viola fue la construcción de un canal de agua interno de 20 kilómetros de largo para irrigar los cultivos. Tras plantar algunos árboles frutícolas, incluidas tres hectáreas de viñedos, vislumbró que, en vez de cerezas y frambuesas, San Patricio del Chañar podría dedicarse a una actividad agroindustrial que le agregara valor. Y así, intempestivamente, viró hacia el vino.

Rápidamente cambió el destino de los lotes y los convirtió en viñedos, tanto propios como para la venta. Y en corto tiempo vendió siete propiedades para la explotación enológica. “No podía ser de otra forma”, dice Viola, porque si hubiera empezado solo, quizás se habría quemado.

Eso sí, se reservó 800 de las 3.500 hectáreas y comenzó rápidamente a plantar variedades finas. Para rebajar los costos y salirle al paso a la escasa mano de obra especializada, consiguió que toda su familia se sumara al proyecto, y a cada miembro le asignó una posición específica. Además, inició la búsqueda del mejor enólogo argentino especializado en la Patagonia, y contrató al mendocino Marcelo Miras, quien entonces trabajaba para la Bodega Humberto Canale, una centenaria casa del Alto Valle de Río Negro.

Entregado a su nuevo papel de viñatero, emprendió una intensa tarea de aprendizaje que lo llevó a visitar más de cien bodegas en el mundo, porque “si mi misión era vender un nuevo vino patagónico, no quería ser visto como un charlatán”. Osado como el que más, pidió cita con los líderes mundiales del sector, y logró, a punta de persistencia, ser recibido en privado por ellos. Así conoció a Jean-Marie Chadronnier, quien, a principios del nuevo milenio, fungía como organizador de Vinexpo, la feria de vinos más connotada del mundo.

En un evento social, Sylvie, la esposa de Chadronnier, le preguntó a qué se dedicaba, y Viola le manifestó que estaba elaborando vinos en la Patagonia. “Mais La Patagonie c´est la fin du monde”, le interpeló ella. Y a partir de ese momento, bautizó a su proyecto con el nombre de Bodega del Fin del Mundo, “porque me di cuenta de que, para el resto de la humanidad, la Patagonia tiene ese encanto de lo virgen, lo lejano, lo salvaje”.

Sin embargo, no paró allí. En 2004, en Nueva York, al término de una conferencia dada por Robert Parker, el gurú mundial del vino, Viola se acercó, sin preámbulos, a uno de los invitados y le contó sobre sus vinos patagónicos. Era el mítico enólogo francés Michel Rolland, quien, a secas, le manifestó: “¿Está usted loco?”. Y Viola le dijo: “Para demostrarle lo contrario, venga usted y conozca”. Desde entonces, Rolland es su asesor de cabecera y uno de sus más cercanos amigos.

Con una producción de más de ocho millones de litros, Bodega del Fin del Mundo es hoy el mayor productor de la Patagonia. A principios de febrero consolidó su posición con la compra de NQN, otra de las bodegas establecidas en la zona, con dos millones de litros adicionales de capacidad. Para apuntalar el proyecto y mejorar su proyección mundial, vinculó al grupo de Eduardo Eurnekián, dueño, entre otros negocios, de Aeropuertos Argentina 2000, que administra 33 terminales aéreas en Argentina y Suramérica.

Hoy, diez años después de la primera cosecha, Fin del Mundo ya figura entre las principales bodegas de Argentina, y es una de las más prometedoras del hemisferio austral. Con este logro, Viola se ha ganado un lugar respetado como visionario y emprendedor dentro de la nueva enología argentina, igual a como lo hicieran en Mendoza, a finales del siglo XIX, otros inmigrantes de origen italiano como Catena, Rutini, Bianchi, Pulenta y Graffigna, entre otros.

Viola, en privado

Cuesta trabajo pensar que Julio Viola –agitado e impulsivo– sea amante de la pesca, una actividad que implica reposo, quietud y silencio. En nuestro primer encuentro, en 2008, me confió haber quemado los motores de un par de camionetas Cherokee, pisando el acelerador a fondo, en los interminables caminos de la Patagonia. “La sensación de no tener límites, de ir al volante sin destino, es fantástica”, nos contó a mí y a la periodista venezolana Sasha Correa. ¿Y entonces la pesca? “Es lo único que calma mi ansiedad”.

Viola reparte sus días entre Neuquén, Buenos Aires y las principales capitales del mundo, y aprovecha sus viajes para darle rienda suelta a otra de sus pasiones: la buena mesa.

Le encantan las trufas italianas, la cocina clásica francesa, las ostras de la Estación Central de Nueva York, el caviar y el vodka con filamentos de oro de Rusia y el canguro australiano. Pero su principal manía gira en torno del asado argentino.

Le encantan los vinos franceses del Pomerol y de Sauternes, en Burdeos. También es amigo de los vinos de mezcla, y se declara entusiasta de su Special Blend de Fin del Mundo, su etiqueta más premiada.

Cuando está en el mood musical, oye jazz y disfruta las canciones de Frank Sinatra, Paul Anka y los éxitos de los ochenta.

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