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De la coca al cacao: así nació Distrito Chocolate

Juan Antonio Urbano es un campesino boyacense que decidió apostarle al cultivo de cacao y lidera el proyecto Distrito Chocolate. Diners conversó con él, sobre sus luchas, miedos y aciertos.

Foto: Camilo Ponce de León/ Producción Lucy Moreno

Juan Antonio Urbano es un campesino boyacense que decidió apostarle al cultivo de cacao y lidera el proyecto Distrito Chocolate. Diners conversó con él, sobre sus luchas, miedos y aciertos.

Cuando nací, ya existía la violencia en Colombia. Las guerras, los muertos y las esmeraldas –me dice Juan Antonio Urbano, uno de los campesinos boyacenses que cambió la coca por cacao–. Tiene razón.

La guerra minera es vieja, tan vieja como nuestra historia. Hace más de doscientos años, Europa sobrevivía a las luchas napoleónicas y Simón Bolívar cruzaba los Andes con su campaña libertadora. Se emancipaban los pueblos y se fundaban las repúblicas. Los héroes se volvían ricos y los ricos eran dueños de todo. De la tierra, del bosque, del agua. En 1828, el Ministerio de Hacienda, apenas creado, quiso premiar a los oficiales que volvían victoriosos del campo de batalla entregándoles derechos de explotación sobre algunos recursos naturales. Al general José París le tocaron las minas de esmeraldas del occidente de Boyacá: de Muzo, Chiquinquirá y Pauna.

Desde entonces, el oro verde estuvo en manos de particulares y dependió, como es fácil suponer, de sus intereses. En 1950 comenzó la violencia bipartidista, esa que dividió al país en rojos y azules y dejó más de 200.000 muertos. Aparecieron los chulavitas, simpatizantes del Partido Conservador, con Laureano Gómez a la cabeza, y tras ellos los pájaros, asesinos a sueldo pagados por el poder para sacar del camino a quien quisiera hacerle frente.

Efraín González, alias ‘Siete Colores’, fue el más famoso de Boyacá. Cuentan que además de tener pocos remilgos a la hora de matar y una puntería infalible, podía entrar y salir de cualquier lugar sin ser visto. Que en las peores emboscadas se convertía en piedra, en árbol, en viento. Que gozaba de la protección de los campesinos porque al principio era una especie de Robin Hood que robaba a los ricos para darles a los pobres. Un malo que se hizo malo para defender a los buenos.

‘Siete Colores’ se convirtió en el hombre de confianza de los dueños de las esmeraldas, poco a poco se fue quedando con el negocio y repartió las minas entre los demás bandidos. Como nada bueno sale de mezclar balas con billetes, comenzaron las matanzas, se metió el ejército y estalló la primera guerra verde. La primera de muchas.


Felipe Trujillo, uno de los chocolateros de Distrito Chocolate.


Juan Urbano nació en Pauna, a dos horas de Tunja, en una familia de ocho hermanos que vivía de la tierra, del campo y del cacao. Una familia campesina que trabajaba duro y ganaba poco. A los 24 años, contagiado por la fiebre del oro verde, se volvió guaquero y se fue de su casa. Conoció la abundancia y con ella la violencia. “La mina era para el que más empujaba, para el que más poder tenía, para el que sacaba una pistola y hacía echar a los demás para atrás”, cuenta.

Por diez años vivió de las esmeraldas. De guaquero pasó a obrero y de obrero a trabajador de una empresa. Ganaba lo suficiente y por primera vez él y su familia tenían un poco más de lo necesario. Pero el dinero comenzó a irse. En 1998 llegaron empresas más grandes que tenían mejores máquinas y necesitaban menos trabajadores. “Piénselo así: si éramos 10.000 esmeralderos, contrataron solo a 1.000 y los demás quedamos por fuera como ilegales”.

Es ahí cuando decide volver a la tierra, a su casa y al cacao. Es ahí cuando comienza esta historia.

LA SIEMBRA DE COCA

–Yo tenía buenas intenciones, pero terminé con seis hectáreas de coca –dice Juan.

Al principio todo parecía resuelto. Tenía la finca, tenía la tierra y solo necesitaba comenzar a sembrar. Para ese entonces, el narcotráfico pasaba por su mejor momento, estaba con los poderosos y parecía intocable. Fue cuestión de tiempo que llegara a Boyacá. El occidente de la región era una entrada estratégica para conectar varios municipios de Cundinamarca con los Llanos Orientales. Muzo, Quípama y Pauna se convirtieron en corredores del narcotráfico. Eso y la falta de poderes estatales en la zona se la pusieron fácil a la ilegalidad. “Nos dejamos contagiar y terminamos sembrando coca”.

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El primero en llegar fue Gonzalo Rodríguez Gacha, una de las cabezas del Cartel de Medellín. ‘El Mexicano’, como solían apodarlo, había sido guaquero en las minas boyacenses y guardaba buenas amistades con los líderes esmeralderos. No tuvo que esforzarse mucho para entrar entre los poderosos y reclamar su propia legitimidad ante los campesinos. Al poco tiempo llegaron las Farc y los paramilitares dispuestos a cobrar su parte. El dinero volvió a mandar y la coca se volvió rentable.
–Supongo que tampoco había más opciones…

–Mire, a la gente en Colombia no la obligan a sembrar coca. Si usted no quiere, nadie lo va a matar porque no sembró. Siempre hay opciones –me dice Juan–. Por segunda vez, tiene razón.

En 2004, quince campesinos, cansados de la violencia, se arriesgaron a pensar otra alternativa. Entre ellos Juan Antonio Urbano. “Queríamos cultivar la tierra porque era lo que sabíamos hacer. Nos habíamos vuelto esmeralderos por otras circunstancias, pero seguíamos siendo campesinos”. La respuesta era simple y ya habían dado con ella varios años atrás: el cacao. La ejecución, por el contrario, parecía imposible.

Seguía faltando un último empujón y llegó con un aumento de esfuerzos del Gobierno para erradicar los cultivos de coca del territorio nacional. Comenzaron por asperjar glifosato, que sirvió de poco porque la tierra boyacense es montañosa y secar algo a punta de fumigaciones se vuelve una empresa casi quijotesca. Pero luego optaron por arrancarlo todo a machetazos y, aunque la mata vuelve y retoña, hay que esperar, perder plata y quedarles mal a los que mandan. A los dueños, a los paras y a las Farc.


Juan Antonio Urbano junto a Felipe Trujillo.


De la coca podía vivirse, pero se vivía con miedo. Miedo del Estado que arrancaba hectáreas enteras en un par de horas, de los dueños que venían a cobrar, de las Farc que querían sus porcentajes y de los paras que buscaban vengarse de quienes les habían pagado a las Farc. “Los muchachos comenzaron a crecer y nos quedamos sin excusas: teníamos que encontrar otra alternativa”, cuenta Juan. Volvieron las reuniones y apareció el Sena, un curso de emprendimiento, algunas capacitaciones y la idea de crear una asociación de productores de cacao. En menos de un año, había diez. Cada una con más de 1.000 familias cacaoteras del occidente de Boyacá.

En 2007, las asociaciones, los esmeralderos y la Iglesia católica acordaron con el Estado un proceso responsable de sustitución de cultivos ilícitos y se puso en marcha el programa Familias Guardabosques que prometía, según Juan Urbano, 200.000 pesos mensuales para los campesinos y otros 200.000 para una cuenta de ahorro programado. El gobierno Santos se comprometió a ayudarlos y ellos a dejar la coca.

“CACAO DE ORO”

A Pauna y San Pablo de Borbur llegaron los “yupis”, como les decía la gente, profesionales recién graduados que se quedaban en las fincas convenciendo a los campesinos de sembrar legalmente. La tarea no era fácil, por un kilo de coca, un raspachín, el último eslabón de la cadena, recibía más de un millón de pesos, mientras que por un kilo de cacao iba a recibir menos de 8.000. “Yo fui de los más críticos”, cuenta Juan, “Hablábamos y hablábamos y no sembrábamos nada. A mi pueblo le asignaron 600 millones de pesos y yo no veía ni una mata. ‘¡La plata se la están robando!’, pensaba. Después de cinco años, me dejaron callado”.


La idea de Distrito Chocolate surgió en un viaje de Juan Urbano a Bélgica.


Cuando comenzaron las siembras, fue necesario elegir un líder y el nombre de Juan Antonio Urbano apareció de primero en la lista. La paga no era mucha, pero podía escoger: 100 pesos por cada planta que produjera el vivero o un salario fijo de 700.000 pesos mensuales. Juan hizo cuentas y, como el vivero no tenía más de 500 plantas de cacao, eligió el salario. “¡Calculé mal y perdí! Al año siguiente tenía cinco mil matas. ¡Haga usted la multiplicación!”.

El programa Familias Guardabosques duró dos años, pero siguieron las ayudas. El proyecto MIDAS –Más Inversión para el Desarrollo Sostenible–, el Ministerio de Agricultura, el Instituto Colombiano de Desarrollo Rural –Incoder– y el Sena siguieron llevando herramientas, abonos, capacitaciones y cursos de emprendimiento.

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Para 2012, las hectáreas de coca en Boyacá pasaron de 322 a 10 y Pauna fue uno de los primeros municipios en declararse libre del todo. “El presidente Santos nos felicitó en uno de sus discursos”, cuenta Juan. ¿Qué quieren?, les preguntó esa vez desde el escenario. Una casa para nuestra organización, respondieron. Así comenzó la Red Colombiana Agropecuaria –Fundredagro– a la que pertenecen once organizaciones de diez municipios y, más tarde, la Red Nacional de Cacaoteros a la que pertenecen 27.000 familias colombianas.

–¿Y sí les cumplieron con la casa?

–Sí, se demoraron tres años en hacerla, pero nos la hicieron –se ríe Juan.

Después de eso, solo vinieron cosas buenas. Lograron un crédito con el Banco Agrario lo suficientemente alto para sembrar 300 hectáreas de cacao. Una de sus organizaciones se presentó al premio Emprender Paz, de la Fundación Social y la Embajada sueca, y salió ganadora. Y una muestra sembrada en Pauna fue elegida entre 96 participantes como la mejor del país. “¡Nos ganamos el Cacao de Oro!”, cuenta Juan Antonio. “Mi abuela siempre dijo que el nuestro era muy bueno y nunca le creímos a la viejita”.


En el menú del lugar se pueden encontrar más de veinte preparaciones.


Los cacaoteros pasaban por uno de sus mejores momentos. Viajaron a Bélgica para recibir una serie de capacitaciones y fue allá, en una calle de Brujas repleta de chocolaterías, que soñaron por primera vez con Distrito Chocolate, una tienda especializada en productos de cacao. De vuelta en Colombia buscaron apoyo. Se interesaron Casa Luker y otros inversionistas privados y arrancó el primer Distrito en la Candelaria, entre el Parque de los Periodistas y la iglesia de las Aguas.

A los tres meses ya habían abierto una segunda tienda en el centro comercial Gran Estación, de Bogotá, y al año una tercera en Santafé. “Ahí nos equivocamos”, confiesa Juan. “No estábamos listos. No teníamos productos propios ni habíamos desarrollado una marca. Nos comieron los arriendos, nunca logramos un punto de equilibrio y todo se vino abajo”.


«De la coca podía vivirse, pero con miedo. Miedo del Estado que arrancaba hectáreas enteras en un par de horas, de los dueños que venían a cobrar, de las FARC que querían sus porcentajes y de los paras que buscaban vengarse de quienes le habían pagado a las FARC».


De eso hace casi un año. Pero igual que con las esmeraldas y la coca, respiraron profundo y volvieron a empezar. Se quedaron solo con la primera tienda y decidieron darse el tiempo necesario para crecer con paciencia y sin presiones. Para contar su historia y revivir la tradición del chocolate. “Cuando me preguntan si es fácil sacar a la gente de la ilegalidad, yo les digo que sí. Que solo hay que ofrecerles una oportunidad. Ser ilegal no es bonito, es terrible y a nadie le gusta”, concluye Juan Antonio Urbano.

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Diciembre
10 / 2018

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