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La ceremonia del té en botella

Con sabores que parecen extraídos de la carta de un restaurante en Tokio, pocos pensarían que se trata de un producto nacional.

Con sabores que parecen extraídos de la carta de un restaurante en Tokio, pocos pensarían que se trata de un producto nacional.

Esta es la historia de un té que llegó para refrescar la oferta de bebidas embotelladas en el país.

Uno de los mantras del emprendimiento es la innovación. En un mundo donde todo –o casi todo– ya existe o ha sido inventado, la creación ciento por ciento original viene a ser un verdadero golpe de suerte. De ahí que, de un tiempo para acá, los empresarios modernos no se comporten como inventores, sino como innovadores. Es decir, toman algo y lo llevan hacia otro nivel, por lo general dándole un giro inesperado que nadie más advirtió –aunque era muy evidente– y solo ellos supieron identificar.

Los jóvenes creadores de Té Hatsu siguen ese mismo patrón: se apartan de lo establecido y miran las cosas con nuevos ojos. Así, tomaron un producto que ya existía –las bebidas a base de té– y le dieron esa media vuelta de tuerca que parecía necesitar para alcanzar una dimensión nueva. De ese modo introdujeron un té de nombre llamativo y sabor diferente, que desde hace algún tiempo se ve en las estanterías de los supermercados y muchos se preguntan si viene de otro país. Sin embargo, se produce y se embotella en Medellín.

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Hatsu significa principio en japonés, y el principio de esta historia se encuentra varios años atrás, cuando Julián Oquendo, hoy en día gerente general de la empresa, quedó huérfano de padre y su familia sufrió una potente quiebra. Eso lo motivó desde muy joven a ganarse la vida por cuenta propia, y tras varios negocios de adolescencia que incluyeron una venta de naranjas por docenas –llegó a vender una tonelada semanal– y una comercializadora de productos de aseo para grandes empresas, hace cerca de cinco años aterrizó junto a un amigo de toda la vida en el reñido mercado de las bebidas.

La idea original era traer desde los Estados Unidos una marca de té y comercializarla en el país. Sin embargo, en ese proceso descubrieron que la energía y el dinero que estaban a punto de gastar en importar hasta Colombia un contenedor lleno de botellas que nadie les ayudaría a vender, podrían invertirla en crear una marca y un producto propios. Así que, durante un poco más de un año, hicieron un cuidadoso plan de negocios, exploraron fuentes de financiación, y finalmente anunciaron lo que se traían entre manos: una bebida con concentración de té mayor que las otras y ligada a la tendencia creciente de llevar un estilo de vida saludable. Allí entró en juego el factor diferenciador: presentaron a Hatsu como una bebida que inspirara confianza. “Le apostamos a que la gente cada vez se está volviendo más consciente de ingerir alimentos que mejoren su salud, y nuestro té es un complemento para ese propósito”, explica Julián.

LA SUMA PERFECTA

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En la actualidad Hatsu tiene seis sabores: té verde con miel, té blanco con mangostino, té de rosas con lychee, té azul con granada (pomegranate), té negro con limonada y té rojo con frutos rojos. No se parece a ninguna gaseosa o refresco en el mercado. Cada sabor se asocia a una etiqueta de color. Todo, desde el diseño de la botella hasta la oferta de sabores, podría hablarnos de esa sofisticación que por lo general asociamos a estratos altos. Pero, una vez más, este producto rompe con la ortodoxia y cajas con pedidos se despachan a Urabá, al Chocó y al Guaviare. Hatsu se puede comprar por 3.300 pesos en una tienda de barrio. Sobre este fenómeno Oquendo manifiesta: “Estoy convencido de que los colombianos podemos desarrollar productos muy bonitos y muy buenos, que parezcan traídos de otra parte, pero que se le puedan vender a cualquier persona”. El dato se torna aún más interesante si tenemos en cuenta que la estrategia de mercadeo de estos jóvenes –no tienen más de treinta años– también se aparta de lo convencional: nada en medios masivos, ni vallas en las calles, ni cuñas de radio intrusivas; solo presencia en redes sociales y campañas de degustación. Al fin y al cabo lo único que necesitan es que la gente pruebe el producto y se enganche a él.

El té es un producto que, desde su concepción cultural, se asocia a momentos y espacios de tranquilidad. En Hatsu pareciera que este concepto se trasladó también a las oficinas, donde la arquitectura y la decoración minimalista replican su esencia. Incluso la señalización de la planta de embotellado habla de un lugar mejor y más amable. En ese sentido allí también se rompen paradigmas: los tiempos de descanso y las vacaciones para los empleados son una prioridad. La manera de trabajar nos recuerda más a Google que a una factoría llena de cubículos. No se trata de nadar contra la corriente ni reinventarse la cadena de producción, sino de implementar detalles que les permitan a los empleados trabajar con pasión. “Usted puede tener el mejor producto, pero las empresas están compuestas por personas, y si las mejores personas no están en su empresa, no pasa nada con su producto”, manifiesta Oquendo, y luego remata: “La cuestión está en una energía que yo ni siquiera puedo decir qué es, es algo que tiene el producto y proviene de nosotros. Cuando ciertas sincronías se presentan en el grupo de trabajo fluyen cosas intangibles y la gente las percibe en la bebida”. Y puede que tenga razón.

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Julio
29 / 2014

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