Buenos Aires se vive y se disfruta

Un Buenos Aires nostálgico, pero cosmopolita. Una ciudad que empieza y no termina, que vale la pena caminar, oler, escuchar y bailar.
 
Foto: Ramiro González
POR: 
Federicho Jeanmaire

Las ciudades empiezan en uno. Y no terminan. Nunca. Son desde antes de nosotros, quiero decir, y estarán después. Seguro. Comienzan en lo que alcanzamos a ver y se continúan en lo que no podremos ver jamás, por más que pasemos millones de días en ellas.

Buenos Aires también

Llegué en tren a vivir en Buenos Aires. Con un bolso de ropa y el pelo bastante largo, hace más de treinta y cinco años. Había nacido en un pueblo muy pequeño del interior argentino rodeado de vacas, de trigo, de maíz y de poca gente a la que conocía por su nombre y apellido. El cambio fue grande. Corrían los años setenta y no me resultó nada fácil comprender a una ciudad tan enorme, tan imposible de abarcar, tan distinta a la mía.

Sin embargo, uno de los grandes descubrimientos de mi vida, tuvo lugar por aquellos días. Puede resultar obvio, tantos años después, pero juro que me llevó su tiempo: las grandes ciudades no existen para ser comprendidas; son y están, apenas, para ser vividas, para ser disfrutadas.

Y Buenos Aires se vive y se disfruta

Aquella era una ciudad menos abierta. Rodeada por un anchísimo río marrón, que sólo se dejaba ver desde la ribera norte. Era imposible acercarse a él desde la zona sur: marinos y gendarmes ocupaban la orilla y no les gustaba nada que uno se entrometiera en sus cosas. Eso cambió hacia mediados de los ochenta, con la vuelta de la democracia, y en los años noventa alcanzó todo su esplendor.

Hoy es, quizá, el barrio más caro y con más restaurantes y hoteles de lujo en la ciudad: Puerto Madero. Por suerte, el fasto de la transformación edilicia todavía no se llevó todo: la Reserva Ecológica de la costanera sur es un espacio formidable, de varios kilómetros cuadrados de extensión, repleto con la flora y la fauna auténticas de la región y abierto para que el común de los mortales andemos por allí en bicicleta o salgamos a correr.

Pegado a Puerto Madero, hacia el sur, está San Telmo. El corazón de la ciudad. El lugar en donde fue fundada y en donde, todavía, se respira el aire colonial de sus construcciones. Calles de piedra, farolas, bares y restaurantes, parejas bailando el tango, mucha gente paseando a cualquier hora y, sobre todo, anticuarios. Quizá ése sea, precisamente, el mayor cambio que ha sufrido el barrio en los últimos años, viejos almacenes y el mercado mismo, se han dejado invadir por los negocios que ofrecen antigüedades.

Pegado a San Telmo, está Monserrat. El barrio que aloja la Plaza de Mayo, con el Cabildo, la Catedral y la Casa Rosada, sede del gobierno nacional. Allí nace la Avenida de Mayo, que termina en el Congreso: escenario principal de la revuelta que produjo la crisis de finales de 2001; se trata de unas quince cuadras de un estilo muy similar a la Gran Vía madrileña, repletas de restaurantes y con muchísimos edificios art noveau.

Vale la pena caminarla

Pero, quizás, la mayor transformación de la ciudad se haya producido en el norte. En Palermo, más precisamente. Lo que hasta hace unos pocos años era conocido como Palermo Viejo, un barrio de casas bajas en donde habitaban mayormente familias, hoy ha tomado otras formas, otros contenidos y otros nombres: Palermo Soho, Palermo Hollywood, Palermo Queens.

En el Soho, decenas de tiendas de ropa se mezclan con bares, pubs, librerías y restaurantes. Allí anda el movimiento de la ciudad, en la actualidad. El centro del Soho es la Plaza Julio Cortázar, que durante los fines de semana también aloja un simpático mercado de artesanías. En el Hollywood, hay todavía más restaurantes y, sobre todo, bares y lugares para bailar. Es el centro nocturno de la ciudad para la gente más joven. Y se me ocurre recomendar un paseo a pie que exhibe a las claras la formidable transformación del barrio en estos últimos años: partimos de la Plaza Cortázar, tomamos la calle Borges, a unos doscientos metros giramos a la izquierda por la cortada Russell, al fondo encontraremos “Libros del pasaje”, una librería en la que vale la pena ingresar, mirar sus instalaciones y tomarse un café en el patio cubierto que posee.

Luego seguir a la derecha, por Thames, llegar hasta Honduras y enseguida doblar a la izquierda. Al cabo de unas pocas cuadras, tendremos que cruzar las vías del tren y la avenida Juan B. Justo, ahí es que empieza Palermo Hollywood. A una cuadra tenemos otra librería muy bella, Eterna Cadencia y, a partir de allí, los pubs y bares que estarán repletos si el paseo lo hacemos por la noche. Si, en cambio, al paseo decidimos hacerlo un fin de semana y durante el día, sólo tendremos que continuar unas cuadras más para llegar, al final del camino, al viejo Mercado de Pulgas, ahora totalmente renovado y en donde se puede conseguir casi cualquier cosa.

Todavía nos queda el barrio de La Recoleta con su cementerio, la iglesia del Pilar, su cafés y la sofisticada avenida Alvear. Un lugar que hay que visitar, obligatoriamente, pero que no presenta grandes cambios respecto de años atrás. O las Cañitas, en el barrio de Belgrano, en donde se encuentran muy buenos restaurantes y pubs que anclaron allí en los años noventa. Y siempre, por supuesto, hacerse de algún tiempo para pasear en una lancha colectiva por el delta del Río Paraná, en el Tigre, uno de los lugares más bellos de la Argentina y que queda a muy pocos minutos del centro de la ciudad. El Tigre también ha cambiado mucho en estos años. Ha mejorado su acceso y el Puerto de Frutos se ha convertido en un sitio formidable.

Escribí al principio, que las grandes ciudades comenzaban en lo que alcanzamos a ver y se continuaban en lo que no podremos ver jamás. Y me parece que es así, nomás. No sólo por el infinito que propone cualquier enormidad, si no, sobre todo, por los millones de habitantes que viven y aman y sueñan en ellas. Los habitantes son el alma de las ciudades. Y los porteños, los habitantes de Buenos Aires, quizá sean los que más han cambiado en estos últimos diez años.

La profunda catástrofe de finales del 2001, no fue sólo económica. O, al menos, sus consecuencias no se manifestaron sólo en el plano económico. El porteño reconoció con alguna dificultad, y quizá por primera vez en su historia, que no habitaba en el centro del universo si no bien al sur del mundo, lejos, muy lejos de casi todo. Sufrió el desengaño, pero supo salir de ahí con una mezcla de humildad y resignación. Mirándose al espejo.

Metiéndose para adentro de sí mismo. El tango, por ejemplo, pasó de ser una cuestión que únicamente interesaba a los más viejos o a los extranjeros, para convertirse en una alegría cotidiana: la ciudad se llenó de milongas que están abiertas durante todo el día. Están en todos los barrios, a la vuelta de cada cualquier esquina, siempre repletas de gente de todas las edades. Incluso hay milongas gays y eso habla, también, del cambio radical en las costumbres que modeló la crisis, de la irremediable apertura de las mentes que engendró; no olvidemos que el tango, hasta hace no hace demasiado tiempo, era la música lastimera de los hombres del puerto, de los compadritos, de los machos más machos de Buenos Aires.

Un bastión inexpugnable, para los flojos de espíritu. Ahora el tango es de todos. También de los extranjeros que, de a centenares o de a miles, vienen de visita o, bastante a menudo, se quedan a vivir entre nosotros. Y esa es otra de las grandes transformaciones de la ciudad: hoy por hoy, es más cosmopolita que nunca. O al menos parecida, según cuentan los libros, a aquella señorial Buenos Aires de principios del siglo XX repleta de inmigrantes.

Los cambios en los hábitos también llegaron, como no podría ser de otra manera, a la forma de vivir que eligen los porteños. Si bien es cierto que el casamiento entre gays está permitido, la realidad marca que la mitad de la población vive sola y las parejas no siempre deciden convivir bajo el mismo techo.

Se podría decir, para terminar, que el porteño, tan prendado de sí mismo y de su ciudad, a partir de la crisis del 2001 ha descubierto, de golpe, la existencia de los otros. Y que, encima, da toda la impresión de que le empiezan a gustar las diferencias. Las comienza a disfrutar.

         

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marzo
28 / 2012