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Cartagena en blanco y negro

Miguel Ángel Bastenier, español de origen y cartagenero de corazón, abre este especial que busca resaltar las paradojas de la ciudad con algunas preguntas pertinentes sobre el futuro del Corralito de piedra.

Foto: Laurie Castelli

Miguel Ángel Bastenier, español de origen y cartagenero de corazón, abre este especial que busca resaltar las paradojas de la ciudad con algunas preguntas pertinentes sobre el futuro del Corralito de piedra.

Producción: Colegio del cuerpo

Cuando me preguntan si me gusta Cartagena, respondo escuetamente que sí “porque es la ciudad más bella de España”. La Heróica es la aglomeración urbana, arquitectónicamente española, más impresionante del mundo, de edificaciones regias y viviendas de rango algo más asequible, originarias de los siglos XVIII y XIX, más vestigios restaurados de épocas anteriores. Pero mi casa, diría mejor mi apartamento, está lejos de esa concentración monumental agolpada en 2,4 kilómetros cuadrados de la ciudad vieja, tan excepcionalmente bien preservados que Cartagena parece hoy un museo viviente. Pero todo eso es la Cartagena para la exportación.

¿Por qué Colombia se preocupa tan poco de su mejor vitrina caribeña?; ¿por qué los cartageneros se muestran tan poco celosos de su ciudad? Claro que alardean justificadamente de su hermosura, y reciben con justa satisfacción elogios de propios y extraños. Pero cuando se trata de mejorar la vida en la ciudad; hacerla más habitable; convertirla en algo más que un escaparate para el visitante con ocasión de la celebración de festivales varios, y, sobre todo, los certámenes de miss Colombia, sus habitantes parecen tener siempre ocupaciones más urgentes.

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Especialmente antes del «Uribato» (2002-2010) me preguntaban en Europa si la ciudad no resultaba prohibitiva por la peligrosidad que se atribuía a todo lo colombiano. Y yo explicaba que no, que Colombia no era tan peligrosa si uno observaba ciertas precauciones elementales, y que Cartagena, en particular, era una especie de enclave de seguridad respetado por todos, fuerza pública e insurgencia, para que el lujo, el glamour caribeño, y el expolio de turistas desprevenidos pudiera llevarse a término sin innecesarias complicaciones. Cuando mi interlocutor parecía interesarse seriamente por el asunto, yo añadía como explicación suplementaria que gran parte de la ciudad se alza sobre una angostísima faja de terreno, en forma de península, en la que solo un guerrillero suicida podría querer aventurarse.

Y si digo que los naturales deberían preocuparse por su ciudad, hay que hablar del precio, ya que no valor, de las cosas. Sería de una elemental prudencia que los taxis llevaran taxímetro, con lo que se acabaría con la locura de que los trayectos cuesten entre el doble y el triple que en Bogotá. Si se quiere convertir a Cartagena en un destino turístico universal, si la municipalidad comprende que recibir 250.000 o 300.000 visitantes al año es una ridiculez, y que lo natural serían tres millones o cuatro millones, que son los que acoge Mallorca en España cuando no hay nada en la isla balear remotamente comparable a la monumental oferta cartagenera, no es de recibo que servicios de bar, restaurante o lugares de esparcimiento en general cuesten igual o más que en Roma, París o Madrid. No puede ser que el C-Store en el que forrajeo a diario sea más costoso que su equivalente en España y que todo lo importado se expenda a precios de atraco a mano armada. El trato exquisito y gentil que recibo de los dependientes del establecimiento es muy de agradecer, pero no compensa el asalto a mi cartera. La presunta justificación es bien conocida: el suelo urbano de la ciudad vieja es tan caro que repercute desmedidamente en tarifas y precios de bienes y servicios.

Pero no lo es más que en el centro de París, Roma, Londres. Los economistas hablan de economía de vendedores y compradores, refiriéndose con ello a quien tiene la sartén por el mango, oferta o demanda, y Cartagena es un ejemplo de libro de una economía de vendedores en la que un grupo reducido de cuasimonopolistas fija precios que no cesan de engordar por la nutrida ruta del intermediario. ¿Es Cartagena racista? En el mundo anglo-germánico, el apartheid es más evidente y por ello, más sincero; lo que ves es lo que hay. En el mundo afro-latino, diferentemente, la vida es por definición más llevadera, y las relaciones entre señores y sirvientes no desconocen la afabilidad, pero cada uno sabe en Cartagena qué lugar le corresponde. Pero no culpemos gratuitamente de ello al cartagenero medio. Así se le ha enseñado que son las cosas desde los tiempos de la Colonia, porque el clasismo caribeño lo inventaron los españoles y la independencia se ha mostrado en eso de fidelidad insobornable a la Corona.

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Y toquemos, por último, la lengua hablada. Reina en tierra cachaca la noción de que como en Bogotá no se habla en ningún sitio. Falso, en el Caribe colombiano se habla mejor. No se pronuncia tanto, ni igual; el castellano se hace deslizante y la supresión de sonidos es libérrima, pero yo he oído en Cartagena bellísimos casticismos olvidados en España como los que usaba mi abuela, muerta hace más de medio siglo a avanzadísima edad. Cartagena es, con todos sus problemas, una joya para disfrute de la humanidad que, como ha escrito el historiador cartagenero Alfonso Múnera, existe porque a finales del siglo XIX un empobrecimiento del tráfico portuario impidió que se derruyera la muralla y se edificara con el mal gusto que preside tantas ciudades turísticas del mundo entero. La Heroica sobrevivió, así, a un sitio más.

 

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Enero
02 / 2013

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