¿Cuál es el encanto de las islas turísticas de Panamá?

Con una extensión unas quince veces menor que Colombia y menos de cuatro millones de habitantes, Panamá cuenta con más de 1.500 islas que rodean los 1.900 metros de costa.
 
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POR: 
Lara Díaz

Recorrer los principales archipiélagos ofrece una amplia fotografía de las diferentes culturas y tradiciones que conviven en el país. 

El vuelo era demasiado temprano como para no quedarse dormido. Un giro de la avioneta de poco más de 30 plazas me despertó, miré por la ventana. El amanecer más mágico que haya vivido jamás estaba antes mis ojos. Había descubierto un trocito del paraíso en la tierra a sólo 40 minutos de avión –y poco más de cien dólares– de la vertical y siempre ruidosa Ciudad de Panamá.

Hacerse una idea de cómo es Kuna Yala resulta sencillo. Le invito a cerrar los ojos y dibujar, como si fuera un niño, una islita paradisíaca. Multiplique la imagen por 360 y ahí está. Kuna Yala es el lugar idílico donde todos queremos perdernos al menos una vez al día.

Me pregunté por qué nadie me había hablado de aquel rincón secreto del Caribe cuando anuncié mi viaje a Panamá. Por qué Google me había escondido sus imágenes, y lo agradecí. Kuna Yala hay que descubrirlo navegando entre sus islas, conversando con su gente.

La comarca de Kuna Yala, también conocida como San Blas, está formada por un archipiélago de trescientas y tantas islas y un área de 373 kilómetros a orillas del Caribe. Habitada por la etnia kuna, originaria de Colombia, fue el primer pueblo indígena del país centroamericano en adquirir derechos sobre sus territorios. Desde entonces mantiene cierta autonomía político-administrativa que le ha llevado a conservar en gran medida su tradicional forma de vida.

“Para amar San Blas, hay que vivirlo como un kuna”, me dijeron al bajar de un cayuco con motor a la llegada a nuestra isla. El Consejo de la comarca, en su apuesta por basar su economía en el turismo sin perder sus raíces, estableció la prohibición de desarrollar cualquier tipo de construcción no tradicional, por lo que las cabañas de palma con hamacas o sencillas camas de madera eran el hospedaje que me esperaba. Un alto bidón de agua y un cazo me servían de ducha, y el ruidoso generador, junto con pequeñas placas solares, permitió alumbrar la temprana cena que disfrutamos poco después de las 6.00 h.

Tras pasar el día descubriendo islotes, arrecifes y piscinas naturales cuya belleza no pude encerrar en ninguna de mis fotografías, me senté con los kunas a devorar el pescado que poco antes coleteaba alrededor de la isla. El tradicional ron Abuelo con agua de coco me ayudó a descubrir los secretos de San Blas. Los ancestrales ritos de la pubertad o las bodas; la religión politeísta con guiños a la católica; los rústicos instrumentos de madera para cantar a la naturaleza, y el significado de las tradicionales molas –telas bordadas con las que se visten las mujeres de la etnia–. Todo en San Blas gira alrededor del amor y el respeto a la madre tierra.

Una resistente cabaña de palma me salvó de la inquietante tormenta caribeña de aquella noche, dejando pasar la luz de los rayos que me permitía adivinar el mar. A la mañana siguiente, un peculiar ruido de caracola anunciaba el desayuno pero era imposible resistirse a un chapuzón en el juego de aguas azules que descansaba ante mis ojos.

Mi escapada de fin de semana por el archipiélago de San Blas fue un impresionante viaje al pasado que presagiaba lo mejor para el resto de mi paseo por las islas de Panamá. Con una extensión unas 15 veces menor que Colombia y menos de cuatro millones de habitantes, Panamá cuenta con más de 1.500 islas que rodean los 1.900 metros de costa del país. Recorrer los principales archipiélagos ofrece una amplia fotografía de las diferentes culturas y tradiciones que conviven en el país.

La Perlas

Con la satisfacción de haberme inundado de la magia de esta cultura ancestral, salí de Kuna Yala para conocer el archipiélago más cercano, esta vez en el Pacífico. Unos 50 minutos de avión, con escala en la capital, me llevaron al otro lado del país y, sin duda, a la cara opuesta de lo que acababa de vivir. La isla más cara del planeta también está en Panamá: isla San José. Rápidamente entendí por qué. San José es un paraíso natural de 44 kilómetros cuadrados y 57 playas de aguas turquesas, bosques tropicales, cascadas y ríos. Y está a la venta.

Esta es una de las muchas islas privadas del archipiélago de Las Perlas, llamado así por la abundancia de estas gemas en la época del domino español. Tras aterrizar, un paseo en lancha por sus tranquilas aguas me descubrieron colosales mansiones escondidas entre la vegetación que se atribuyen a famosos y políticos. Cuentan sus habitantes que Elizabeth Taylor, John Wayne e incluso la familia Kennedy pasearon por las playas doradas de Las Perlas en su momento de mayor apogeo, las décadas de 1970 y 1980. A estos afamados vecinos, se han sumado en los últimos años decenas de supervivientes que han participado en las diversas ediciones de Survivors allí grabadas.

Pero este enclave del lujo es además un escondite lleno de historia. Los múltiples recovecos entre sus 200 islotes y sus aguas calmadas lo hicieron el favorito de los piratas para esperar a los españoles que transportaban el oro del Perú. Era isla Contadora, actualmente el principal punto turístico del archipiélago, donde se realizaba el inventario de los objetos robados. Hoy Contadora, poblada de numerosas casonas privadas y algunos pequeños hoteles y restaurantes, queda alejada de la opulencia que debió vivir un día para alojar a turistas en busca de sol, pesca y descanso.

Coiba

Tras haber descubierto el archipiélago más lujoso de Panamá, me hicieron falta unas cinco horas de carro y casi dos de lancha para descubrir otro de los rincones más hermosos del país. Comparado con las ecuatorianas Islas Galápago, el Parque Nacional de Coiba es el archipiélago en el Pacífico panameño más cercano a Costa Rica y uno de los parques marinos más extensos del mundo.
La exuberante naturaleza del área debe su conservación a que la isla principal, isla Coiba, fue una prisión de máxima seguridad del Gobierno panameño hasta 2004. Desde entonces, la autoridad del Medio Ambiente está al cargo de su gestión, lo que ha permitido mantener intacto uno de los últimos santuarios naturales del mundo.

Paseando por la isla, la más grande del Pacífico americano, pude descubrir la historia viva de aquella cárcel cuyos muros eran los márgenes de las fabulosas playas de la isla: documentos perdidos y pertenencias abandonadas dan fe del modo de vida de los que estuvieron encerrados en la isla Coiba. Parada obligatoria fue la visita a Tito, un coqueto cocodrilo en total libertad que, acostumbrado a los turistas, rara vez se mueve del lugar.

El color tostado de su arena ha dado nombre a otra de las islas más famosas del archipiélago: Granito de Oro. “No hay nada como el fondo marino de Coiba”, me advirtieron. Y era verdad. A escasos metros de la orilla, me encontré buceando con decenas de tranquilos tiburones que nadaban entre cientos de peces de colores, mantas rayas, atunes y las siempre observadoras morenas. Un golpe de suerte me llevó a descubrir también al pez más grande del mundo, el tiburón ballena.

Bocas del Toro

Los tranquilos días en el parque marino me ayudaron a tomar fuerzas para mi última parada. El archipiélago de Bocas del Toro es internacionalmente conocido por ser tan vivo de noche como de día. Aquí, el sabor afroantillano de Panamá cobra vida en sus islas.

Una escapada a Bocas del Toro es un paseo al Caribe de casas de colores vivos, aguas cristalinas y sonido a reggae. A pesar del desarrollo turístico que ha vivido el área, Bocas del Toro ha sabido mantener la esencia de aquellos lugares en los que un turista se siente en casa. La frescura, ritmo y alegría del panameño se perciben como en pocos lugares del país y por ello, algunos de sus visitantes decidieron hacer de Bocas del Toro su lugar para vivir.

De las 9 islas, 50 cayos y más de 200 islotes que componen el archipiélago, muy pocos están habitados. La vida de la provincia de Bocas gira alrededor de isla Colón, el centro turístico invadido por hoteles pequeños al alcance de todos los bolsillos.

Isla Colón es probablemente la única isla panameña que ofrece actividades las 24 horas del día. A primera hora de la mañana los motores de las lanchas marcan la partida de los visitantes a un sinfín de playas desiertas rodeadas de corales, estrellas de mar y peces de colores. Los delfines han creado su propia bahía donde permanecen todo el año y diversos tipos de aves han encontrado su lugar en una irregular formación rocosa en la que el sol juega con el agua dotándola de vivos colores. Plataformas en medio del mar hacen las veces de restaurantes con delicias recién sacadas del mar.

Al atardecer, la calle principal de isla Colón cobra vida: mochileros disfrutando del happy hour del popular hostal Mondo Taitu se mezclan con parejas en busca del mejor coctel caribeño y los vendedores de las tradicionales artesanías. Horas después, el sonido de isla Carenero anuncia el inicio de la larga noche bocatoreña. El Barco Hundido e Iguana, construidos en madera junto al mar, garantizan el chapuzón a altas horas de la madrugada.

Una torrencial lluvia caribeña me ayudó a quedarme en el hotel mi última mañana en Bocas. La relajante sensación de una hamaca frente al mar disfrutando de las tradicionales cervezas panameñas y la conversación infinita de los habitantes de la isla eran una opción igual de apetecible. Un singular bocatoreño de pelo afro me preguntó cuál era mi playa favorita y fue entonces cuando descubrí que la grandeza de las islas de Panamá no está en sus playas sino en su interior, en el interior de sus mares, en el interior de sus pueblos y sobre todo en el interior de su gente que me ha enseñado a leer cada uno de sus rincones como si siempre hubiera vivido allí.

         

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enero
10 / 2012