Un viaje a la India para descubrir los ángeles y demonios internos

Un viaje al mundo de los ashrams de la India fue, para un joven colombiano, un reto y un total cambio en su vida. Luego de cuatro viajes para profundizar en el yoga, cuenta lo que se vive al interior de ellos.
 
Un viaje a la India para descubrir los ángeles y demonios internos
Foto: Ashes Sitoula/ Unsplash
POR: 
Gabriel Silva

Para Nicolás, una parte esencial del camino espiritual significaba encontrarse con lo desconocido. Pocos años después de graduarse del colegio se sintió atraído por el misterio que envuelve a los ashrams de la India –esa especie de ermitas del yoga–. “Sabía que era la mejor opción para lo que quería; como ir a Harvard para estudiar administración”, dice. Como muchos jóvenes de hoy, tenía el anhelo de que luego de atravesar miles de kilómetros, incomodidades y peligros, pudiera encontrarse consigo mismo.

Después de volar todo el día, aterrizó en Nueva Delhi, donde el nivel de complejidad de la ciudad –su pobreza, congestión, inseguridad y contaminación– hace que Bogotá parezca Berlín. Tenía que coger un tren eterno al pueblo del ashram, y esa sería su primera lección en paciencia, pues los trenes en la India siempre van con horas de retraso. Los indios hacen lo que sea para sobrevivir, y muchos lo acechaban y le ofrecían cualquier cosa por unos dólares.

“La humedad es agobiante, y en el verano, cuando la temperatura puede subir hasta 50 grados centígrados, uno nunca está seco. Cuando calienta, en el ashram dan jugo, té frío o yogur con hielo. Pero también a veces dan té hirviendo cuando hace 48 grados”.Hay pocos lugares en el mundo que llevan a preguntarse: “¿Qué diablos estoy haciendo acá?”, como la India. Pero precisamente ese era el propósito de su peregrinación. Como todo era tan diferente a lo que estaba acostumbrado, sabía que algo tenía que cambiar.

El ashram al que fue Nicolás queda en el pueblo de Munger, sobre una colina al borde del río Ganges. De vez en cuando micos pasan por los jardines. El olor a incienso de sándalo siempre está presente. “Veinte veces al día se oye el mantra om cantado al comienzo y cierre de las clases”, recuerda. Por la noche hay kirtans (cantos meditativos), acompañados de instrumentos indios. Algo que lo impresionó es que todo el día se oye el sonido de gente barriendo. Es como un mantra en sí mismo.

“El primer día que llegué”, cuenta Nicolás, “sentí que todos a mi alrededor iban montados en tren, mientras yo iba en bicicleta”. Después entendió que esto era porque todos seguían la rutina exigente del ashram. “Uno se levanta antes del amanecer y hace una hora de yoga. Luego desayuna y va a su puesto de trabajo. El almuerzo es a las once, y toda la tarde se dedica a clases o al trabajo, con un descanso a la 1:30 para tomar té. A las 5:30 es la comida, y luego hay tiempo libre o se hacen discusiones teóricas. A las ocho y media se apagan las luces”. Los cuartos son austeros, con camas de madera y un colchón de unos cinco centímetros. “Yo me robaba colchones de por ahí y cuando me iba bien tenía tres o cuatro”, confiesa.

A la comida en el ashram terminó cogiéndole gusto. Es una dieta simple que consiste en arroz, garbanzos, lentejas, fríjoles y vegetales hervidos. De tomar sólo hay agua. La comida se considera un prasad, una ofrenda, y hay que contentarse con lo que dan sin pedir nada especial. “Pero todo el mundo tiene sus mañas para comer más rico”, revela Nicolás. “Algunos traen un montón de especias, otros compran frutas y otras cosas en el mercado”. Es obligatorio observar silencio en el comedor. Todas las mañanas un grupo de maestros entra a la despensa y le reza a la comida.

“El trabajo físico es duro en el ashram: mover ladrillos, pintar paredes, cocinar, limpiar. Pero también lo es el trabajo mental, y son dos elementos que nunca van por separado”, cuenta. Ese trabajo físico llamado karma yoga (yoga de la acción) fomenta el altruismo y la buena voluntad.  Nicolás, a sus 24 años, ha ido tres veces a la India. “No es fácil, pero poco a poco, de la mano con las prácticas de yoga, uno empieza a descubrir la capacidad que todos tenemos de ser más conscientes”.

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Un día se enfermó en el ashram. Pidió medicina, pero le recomendaron que no se tomara nada, que lo que pasaba realmente era que se estaba purgando de una energía negativa.  Pronto se dio cuenta de que en el ashram todos buscan su gurú o maestro espiritual. En sánscrito la palabra significa “el que remueve la oscuridad”, y a Nicolás le dijeron que cuando el discípulo está listo, el gurú llega, y que el gurú es como un espejo. El ashram gira en torno a uno o varios de estos maestros, vivos o muertos, y para muchos se vuelve una obsesión: creen estar enfrente de un verdadero ser iluminado. Muchos se traen consigo imágenes del suyo para colgar en la casa.

Parece fácil confundirse con tantos gurús, pero en la India esto nunca es un problema. “No es raro montarse en un taxi y ver que el conductor tiene sobre el tablero una estatua de Buda, al lado una imagen de Cristo, al lado una de Krishna y una de Rama, y colgando del espejo una foto de un tipo que uno no tiene ni idea quién es”.

Hay personas que creen que basta con ir a la India para solucionar todos sus problemas. No podrían estar más equivocados. India no tiene poderes sobrenaturales y no le va a solucionar la vida a nadie. Lo que ofrece es un lugar propicio para el duro trabajo espiritual. “Muchos creen que en el ashram uno está en un jardín todo el día mirando el arco iris, pero los mismos maestros dicen que la meditación no es sólo ver ángeles”, dice Nicolás, “sino también los demonios que uno tiene por dentro”.

Hay demonios por fuera también. Mucha gente se ha aprovechado de ese anhelo de encontrar un camino espiritual y lo han convertido en negocio. En la India hay un ashram cada tres cuadras –incluyendo uno basado en el libro Comer, rezar, amar, y un ashram para swamis surfistas.

Sin embargo, al salir del ashram, el joven colombiano sí se sintió más sereno y con nuevos conocimientos para darle más sentido a su vida. Pero volver a la ciudad no le fue fácil. El ruido, el agite, la agresividad y la vida misma en sociedad le parecían exigir que se saliera de esa mentalidad positiva. “Cuando uno vuelve al mundo de afuera pierde la mitad de lo que ganó”, remata. Recuerda con risa una pregunta que le hicieron cuando regresó de su primer viaje a la India.

–¿Entonces –le dijo una amiga–, ya estás iluminado?

         

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diciembre
28 / 2011